La ventana de las once 9. El cuarto de Celia
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9. El cuarto de Celia

Al día siguiente, Lucía se despertó con un correo de la editorial. Su editora agradecía la aclaración y proponía hablar el lunes, cuando todo estuviera más tranquilo. No preguntaba por la recaída. No convertía aquella palabra en una explicación de su trabajo.

Lucía leyó el mensaje antes de levantarse, con el teléfono cerca de la cara para que el brillo no despertara a Andrés.

Él dormía de espaldas a ella.

Durante la noche se había despertado dos veces para comprobar la ventana del catorce.

La primera desde el despacho. La segunda desde el rellano, porque le dio vergüenza repetir el recorrido.

En ambas ocasiones vio lo mismo: oscuridad, cinta en la puerta y el coche blanco de Irene inmóvil bajo la farola.

No había traducido una línea.

Bajó a la cocina y se preparó café. Su madre le había escrito que iría después de comer con Antonio, un vecino que debía hacer un recado en Huelva. Traería las dos cajas. Lucía respondió que la esperaba y le recordó que no separase nada antes de salir.

Cuando oyó a Celia moverse arriba, puso otra taza junto a la suya.

La muchacha tardó diez minutos en bajar. Tenía marcas de almohada en una mejilla y un sobre entre las manos.

—No es para la policía —dijo, antes de sentarse.

Lucía retiró el plato de tostadas para hacerle sitio.

—¿Qué es?

—Lo que hice con Irene. Las pruebas de luz.

El sobre contenía seis fotografías pequeñas. Una planta contra una pared. Un vaso colocado junto a una puerta. La misma silla iluminada desde tres lugares distintos. En la última aparecía una mano sosteniendo una bombilla apagada; detrás se distinguían las baldosas de la cocina del catorce.

Lucía no tocó las copias. Las miró mientras Celia las extendía.

—¿Entraste en su casa?

—Dos veces.

—No me lo habías dicho.

—Tampoco me preguntaste.

La réplica llevaba la velocidad de una defensa practicada. Celia bajó los ojos enseguida.

Lucía se obligó a no contestar que tendría que habérselo dicho sin preguntar. Podían hablar de eso después. Había una mujer desaparecida y su hija estaba intentando contar una parte de algo que le costaba.

—¿Cuándo fueron esas dos veces?

—La semana pasada y la anterior. Tengo que mirar los mensajes para los días.

—Vale.

La palabra hizo que Celia relajara un poco los hombros.

Irene le había enseñado a observar las sombras antes de mover una lámpara. Le dijo que no comprara nada todavía, que primero probara con lo que tenía en casa. También le explicó que la bombilla roja no servía para manipular cualquier película, aunque saliera así en algunas imágenes de internet.

—Yo ya sabía que el carrete había que cargarlo a oscuras —añadió Celia—. Me lo dijo como si fuera idiota y me enfadé.

—¿Y ella?

—Se rio. Dijo que las personas mayores repetían cosas porque tenían miedo de olvidarlas.

La frase le devolvió a Lucía una mujer que había estado sentada en aquella misma silla. No una identidad falsa, ni un motivo oculto. Una vecina capaz de corregir a una adolescente y reírse cuando esta se molestaba.

—¿Le hablaste de nosotros?

Celia alineó las fotografías sobre la mesa.

—De cosas normales.

—¿Como cuáles?

—Que tú traduces. Que papá es arquitecto. Que quería irme a estudiar fuera cuando terminara el instituto.

—¿Le dijiste que discutíamos por eso?

La muchacha apartó una copia del resto.

—Todo el mundo discute por eso.

Lucía no estaba segura. Andrés había decidido que Celia podía empezar una carrera en Huelva y pensar después si necesitaba marcharse.

La niña hablaba de fotografía o de restauración, pero todavía no lo tenía claro.

Cada conversación terminaba con él explicándole cuánto costaba estar indecisa fuera de casa.

—¿Ella te preguntó por Elena?

—No.

Celia recogió las fotos. Las metió en el sobre salvo la de la mano con la bombilla.

—Esta es suya —dijo—. Me pidió que la guardara.

—¿La hizo ella?

—La hice yo. La mano es de Irene.

Lucía observó el dorso de la mano. Una marca pequeña cerca de la muñeca, el borde oscuro de una manga. No había nada que explicara una desaparición.

—Deberíamos decirle a Mara que tienes estas fotos —respondió—. Ella decidirá si necesita verlas.

—Te he dicho que no eran para la policía.

—Y te he escuchado. Pero has estado dentro de esa casa. No podemos decidir nosotras qué les va a ayudar.

Celia se levantó tan deprisa que la silla golpeó el mueble de la pared.

—No te tenía que haber enseñado nada.

Cogió el sobre y salió de la cocina. Lucía se quedó con la copia de la mano delante. No la había retenido: Celia la había olvidado. La diferencia no le pareció una buena excusa para guardársela.

Subió y llamó a la puerta de su hija.

—Has dejado una.

No hubo respuesta.

—Te la dejo aquí fuera. No voy a entrar.

Puso la fotografía sobre un libro en el rellano para que no quedara en el suelo. Después bajó y mandó a Mara un mensaje breve: Celia había tenido contacto con Irene y conservaba fotos; necesitaban concertar la conversación de la que habían hablado.

No envió imágenes a escondidas.

Andrés apareció media hora después. Llevaba ropa deportiva y preguntó si necesitaban algo antes de salir. Lucía dijo que llegaría Teresa con unas cajas de su época universitaria.

Él dejó de atarse los cordones.

—¿Para qué?

—Quiero ver lo que hay.

—Tu madre debería descansar los domingos.

—Ha decidido venir ella.

Andrés se incorporó y se guardó el teléfono en un bolsillo con cremallera.

—Hay cosas que guardamos precisamente para no tener que verlas todo el tiempo.

—Y siguen siendo mías.

Él miró hacia las escaleras, quizá para comprobar si Celia los oía.

—Solo digo que no tienes que demostrar nada revolviendo cajas.

Lucía pensó en preguntarle por las otras, las que Teresa decía que se había llevado él. Prefirió hacerlo después de saber qué contenían las dos que iban a llegar. No quería recibir una explicación antes de haber encontrado la pregunta exacta.

Cuando Andrés salió, Lucía se sentó en el despacho y abrió el trabajo pendiente.

Tradujo tres párrafos. En el cuarto, un personaje escondía una carta en un cajón; la escena le pareció de una comodidad insultante.

Las personas de los libros sabían qué ocultaban y a quién.

Ella ni siquiera estaba segura de cuántas cajas de su propia vida existían.

Oyó pasos y levantó la vista.

Celia estaba en la puerta. Ya no llevaba el sobre.

—Puedo hablar con la inspectora —dijo—. Pero no quiero que papá me haga preguntas después sobre todo lo que he dicho.

Lucía apartó las manos del teclado.

—Se lo explicaré. No voy a prometerte algo que tenga que decidir ella.

La muchacha asintió. Parecía decepcionada por no recibir una garantía y, al mismo tiempo, menos dispuesta a huir.

—¿Y tú? —preguntó.

—Yo tampoco voy a interrogarte después.

Celia apoyó un momento la frente en el marco. Lucía estuvo a punto de levantarse para abrazarla, pero la niña se enderezó antes.

—Irene decía que una foto también podía mentir —murmuró.

—Claro. Si la retocas.

Celia negó con la cabeza.

—No. Si dejas fuera lo importante.

Se fue antes de explicar por qué había querido decirlo.