8. El hombre amable
Andrés estaba en el recibidor cuando Lucía volvió. Había encendido la lámpara pequeña, la que Celia llamaba «la luz de los invitados», y llevaba un vaso de agua en la mano.
—Te he llamado.
—Lo he visto.
—Podías haber contestado un mensaje.
Lucía cerró la puerta y colgó el bolso. Todavía tenía en el cuerpo el calor del coche de Mara. No quiso perderlo respondiendo deprisa.
—Estaba hablando con la inspectora.
—Eso también lo sé. Os vio Beatriz.
Aquella explicación resolvía una parte, no la otra.
—¿Por qué le has dicho a Celia que hablábamos del pasado?
Andrés bebió un sorbo.
—Porque tú misma me preguntaste por Elena en el coche. No hace falta mucho para atar cabos.
Lucía pasó a su lado hacia la cocina. Había comida preparada en recipientes transparentes.
Andrés cocinaba cuando estaba preocupado; lo había hecho tras la muerte de su padre y cuando Celia se rompió una muñeca a los nueve años.
No todo era una representación. Esa era la parte que más le costaba explicar incluso a sí misma.
—La vecina es Irene Requena —dijo.
Él dejó el vaso en la encimera.
—¿La hermana?
Lucía asintió.
Andrés se quedó quieto. Luego se pasó la mano por la frente y miró hacia la ventana.
—No puede ser.
—Han comprobado quién es.
—Quiero decir que… ¿Qué pretende viniendo aquí?
—No lo sabemos.
—Ha estado en nuestra casa. Hablando con Celia.
La preocupación era razonable. Lucía también la sentía, y por un momento estuvieron del mismo lado de la mesa, mirando el mismo problema.
—Le he dicho que cuente lo que recuerde —respondió—. A Mara.
Andrés alzó los ojos.
—¿Ya la llamas Mara?
—Es su nombre.
Él hizo un gesto para quitar importancia al comentario.
—Claro. Perdona. Estoy cansado.
En la planta superior se abrió una puerta. Ambos miraron hacia el techo, como si Celia pudiera verlos a través de él.
Andrés bajó la voz.
—Creo que deberíamos irnos un par de días. Tu madre tiene sitio. O a un hotel, si prefieres no darle explicaciones.
Lucía abrió la nevera sin necesitar nada.
—No quiero irme.
—Han desaparecido dos mujeres relacionadas contigo. Una hace años y otra ahora, instalada delante de nuestra ventana con un apellido que no es el suyo. No me parece una situación normal.
—A mí tampoco.
—Entonces entenderás que quiera proteger a mi familia.
Lucía cerró la nevera.
—Entiendo que quieras que nos vayamos. No es lo mismo que decidirlo.
Andrés la miró unos segundos. La cocina seguía oliendo a caldo. En la pantalla del horno, la hora parpadeaba desde un corte de luz de la semana anterior; él no había tenido tiempo de ajustarla.
—No he reservado nada —dijo por fin—. Era una propuesta.
Lucía asintió. Decidió no discutir con la propuesta que él decía haber hecho, sino explicar su propia decisión.
—Voy a quedarme. Quiero entregar unas fotografías y hablar con mi madre. Y tengo trabajo.
—Lo del trabajo ya está resuelto hasta el miércoles.
La frase cayó antes de que pudiera corregirla.
Lucía apoyó ambas manos en el borde de la mesa.
—He leído tu mensaje a la editorial.
Andrés no fingió desconocerlo.
—Entró un correo urgente. Tenías la sesión abierta.
—Lo firmaste con mi nombre.
—Para evitar una llamada mientras estabas en comisaría.
—Dijiste que había tenido una recaída.
—No iba a contarles lo de la policía.
Lucía sintió que el enfado le despejaba por primera vez desde la noche anterior. No tenía que recordar un hotel, una escalera o una conversación de hacía dieciocho años. El mensaje estaba allí, con fecha, destinatario y palabras que ella no había escrito.
—No vuelvas a hacerlo.
Andrés retiró un recipiente del borde de la encimera y lo colocó dentro de la nevera. Cerró la puerta con cuidado.
—De acuerdo.
Lucía sostuvo el silencio.
—Te he dicho que de acuerdo —añadió él.
—Te he oído.
No ocurrió nada más. No hubo un golpe ni una frase que justificara salir corriendo. Andrés subió para hablar con Celia de la cena y Lucía se quedó junto a la mesa, agotada por haber defendido algo que debería haber sido evidente.
Fue al despacho. Cambió la contraseña de su correo y revisó las sesiones abiertas desde la configuración de la cuenta. No pretendía convertirlo en una investigación; quería que su trabajo volviera a depender de ella. Después escribió a la editora.
Le agradeció el plazo y aclaró que había ocurrido una emergencia en su vecindario. No había solicitado el cambio por una recaída médica. Aceptaba entregar el miércoles y se pondría en contacto directamente si surgía cualquier otro problema.
Releyó el mensaje. Quitó dos disculpas. Lo envió.
Después abrió la carpeta de facturas del trabajo. Buscaba el presupuesto del libro, para comprobar qué parte de la entrega podía aplazar sin trasladar el problema a otra persona. Encontró un archivo con un nombre distinto del que recordaba y tardó unos segundos en reconocer su propia plantilla.
Andrés la había reorganizado meses atrás, cuando ella se quejó de que perdía demasiado tiempo con los recibos.
Creó subcarpetas por cliente, cambió nombres y le explicó un sistema que entonces pareció sencillo.
Al principio Lucía le preguntaba dónde estaba cada cosa.
Después dejó de preguntar y empezó a mandárselo todo para que lo guardara él.
La ayuda había terminado pareciéndose a una puerta por la que solo podía pasar acompañada.
No había un documento oculto que demostrara un crimen. Había horas de trabajo suyo clasificadas de una manera que ya no comprendía. Lucía se enfadó por eso antes de sentirse culpable por desperdiciar energía en un problema pequeño mientras buscaban a Irene.
Creó una copia de la carpeta para no alterar los archivos compartidos y empezó por un solo cliente. Revisó el presupuesto, el correo de aceptación y el plazo. Sabía hacerlo. Lo había hecho durante años antes de que Andrés se ofreciera a encargarse.
Al cabo de veinte minutos recibió una respuesta de la editora a la aclaración. Era breve y no contenía ninguna pregunta sobre su salud. Lucía la leyó dos veces, sorprendida por la facilidad con que una información podía corregirse cuando nadie necesitaba mantenerla para tener razón.
Andrés asomó la cabeza por la puerta.
—¿Estás trabajando otra vez?
—Estoy organizando unas cosas.
Él miró la pantalla desde el umbral.
—Si tocas las carpetas, luego no voy a saber dónde lo has puesto.
—Estoy trabajando sobre una copia.
—Te vas a duplicar los archivos.
Lucía mantuvo las manos quietas sobre el teclado. Conocía la discusión que empezaba ahí: él explicaría un riesgo, ella justificaría por qué sabía evitarlo, él encontraría un segundo riesgo más pequeño. Al final, agotada, cerraría la carpeta para que la ayuda volviera a ser necesaria.
—Si me equivoco, lo arreglaré —dijo.
Andrés sonrió, pero no se marchó.
—No hace falta que lo conviertas todo en una reivindicación.
—No lo estoy convirtiendo. Estoy ordenando mi trabajo.
Él permaneció unos segundos más. Después dijo que iba a llamar a un cliente y cerró la puerta.
Lucía esperó a oír sus pasos alejarse. La necesidad de esperar le resultó más reveladora que la discusión. Guardó la copia y anotó el nombre que había elegido para ella. No necesitaba resolver toda la organización esa noche.
Necesitaba terminar una tarea sin pedirle que confirmara que la había hecho bien.
La taza azul seguía en la cocina. Fue a buscarla y la llenó de agua, no de café. Al regresar, Celia esperaba junto a su mesa.
—¿Nos vamos a casa de la abuela?
—Yo no voy a irme ahora. Si tú quieres pasar unos días allí, lo hablamos.
—No quiero dejarte.
Lucía dejó la taza.
—No tienes que quedarte para cuidarme.
Celia se encogió dentro de la sudadera. Parecía a punto de responder algo, pero se sentó en la silla auxiliar y miró la ventana.
En el catorce seguía trabajando alguien. Una luz se movía detrás del cristal, distinta de la lámpara que Irene encendía cada noche. Habían colocado una cinta junto a la puerta, demasiado fina para separar de verdad una casa de la calle.
—¿Ella te habló de su hermana? —preguntó Lucía.
Celia negó con la cabeza.
—¿Te dijo que te conocía de antes?
—No.
Lucía se sentó enfrente, para no hacer las preguntas de pie sobre ella.
—¿Qué te dijo, entonces?
La adolescente se frotó los dedos.
—Que estabas siempre trabajando. Que casi nunca salías.
—Eso podía verlo cualquiera.
—Sí.
La respuesta llegó demasiado baja.
Lucía deseó cogerle las manos y exigirle que se lo contara todo. El deseo la hizo pensar en Andrés diciendo que quería protegerlas. No quería que una intención buena bastara para justificar cualquier método.
—Voy a pedir a la inspectora que hable contigo —dijo—. Podremos preguntar cómo hacerlo para que estés tranquila. No tienes que contarme primero lo que quieras decirle.
Celia levantó la vista.
—¿No te vas a enfadar?
—Puede que me preocupe. No es lo mismo.
La muchacha se quedó un poco más, mirando las luces de enfrente. Luego se levantó y volvió a su habitación.
Lucía llamó a su madre. Teresa contestó con ruido de platos al fondo y empezó preguntando si Celia había recibido un paquete que le había enviado. Lucía le prometió comprobarlo.
—Mamá, necesito preguntarte por mis cosas del piso de estudiantes.
El ruido de platos cesó.
—¿Qué cosas?
—Las que recogiste en dos mil ocho. ¿Guardaste fotografías? ¿Papeles?
—No lo recogí todo yo, hija.
Lucía miró hacia la puerta del despacho.
—¿Quién más fue?
—Andrés me llevó las cajas. Tú no querías volver allí. Yo guardé dos en el altillo. Las otras las tenía él.
Teresa empezó a explicar que habría que buscar una escalera, que no sabía si estaban detrás de los adornos de Navidad. Lucía le pidió que no subiera sola y que por ahora no moviese nada.
—¿Ha pasado algo? —preguntó su madre.
Lucía observó su reflejo en la ventana. A sus espaldas, el despacho parecía una habitación en la que alguien acabara de empezar a vivir.
—Han vuelto a preguntarme por Elena.
Teresa guardó silencio.
—¿Quién?
—La policía.
Su madre soltó aire, despacio. No pareció sorprendida por el nombre, sino por la posibilidad de que todavía hubiera alguien dispuesto a hacer preguntas.
—Entonces no tires nada —dijo—. Esta vez, no.