La ventana de las once 7. Dieciocho años
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7. Dieciocho años

Lucía esperó a Mara junto al buzón, con las llaves apretadas dentro del puño. Había dicho a Andrés que necesitaba caminar. Él propuso acompañarla y ella respondió que quería ir sola. La conversación duró menos de un minuto, pero todavía sentía la necesidad de justificarla.

No había ido muy lejos. Desde el buzón se veía su puerta.

El coche policial aparcó al principio de la calle. Mara bajó sin Rubén y le preguntó dónde prefería hablar. Lucía pensó en el despacho, en la cocina, en las escaleras por las que podía descender Celia en cualquier momento.

—Hay una cafetería junto a la carretera —dijo—. Está casi siempre vacía a esta hora.

Mara propuso volver a comisaría si necesitaban tomar una declaración. Por el momento quería comunicarle una información y escuchar lo que estuviera dispuesta a contar.

Fueron en el coche de la inspectora. La cafetería ocupaba la planta baja de una pensión y olía a aceite limpio, recién calentado para la cena. Un hombre veía un concurso en la televisión. Se sentaron lejos de él, en una mesa junto a una pared sin ventanas.

Lucía pidió una infusión. Mara, café.

—Se llama Irene Requena —dijo la inspectora cuando el camarero se alejó—. Es la hermana de Elena.

Lucía miró el sobre de azúcar que habían dejado en el plato. Tenía impresa la imagen de un faro.

Había imaginado la respuesta durante toda la tarde, pero oírla le quitó cualquier posibilidad de seguir aplazándola.

—No la reconocí.

—Tenía diecisiete años entonces.

—Llevaba el pelo muy largo. Y aparato en los dientes.

Recordaba unas manos con tinta de bolígrafo, un uniforme escolar que quizá había visto una sola vez. Elena se quejaba de que su hermana entraba en su habitación y utilizaba sus cosas sin pedir permiso. Lo decía con una indignación que desaparecía en cuanto Irene asomaba por la puerta.

En aquella casa, la madre les ponía comida aunque hubieran ido solo a recoger un libro.

—Me senté con ella después de que pasara —dijo Lucía—. En el salón. Su madre estaba al teléfono. Yo no sabía qué decirle.

Mara no interrumpió.

—Quería preguntarme algo. Cada vez que empezaba, alguien entraba. Al final me dijo que Elena odiaba la playa en invierno. Nunca entendí por qué.

La inspectora lo anotó, sin darle un significado delante de ella.

El camarero dejó las bebidas. Lucía apartó el azúcar para que no se mojara con la taza.

—¿Por qué se ha puesto enfrente de mi casa?

—Esperamos poder preguntárselo. Sabemos que estaba interesada en lo ocurrido con su hermana.

—Pudo llamarme.

—¿Habría hablado con ella?

Lucía no contestó enseguida. Vio su agenda, las entregas, las llamadas que dejaba sonar cuando no conocía el número. Una mujer diciendo «soy la hermana de Elena». Andrés preguntando desde la otra habitación quién era.

—No lo sé.

Le pareció una respuesta miserable, pero era mejor que inventar la persona valiente que habría querido ser.

Mara sacó una hoja, no una fotografía.

—Estoy reuniendo el expediente de dos mil ocho. No necesito que intente reconstruirlo todo ahora. Quiero saber qué conserva usted de aquella época: cartas, imágenes, una copia de su declaración.

—Tengo fotos. Algunas. La declaración no.

—¿Recuerda haberla leído antes de firmar?

Lucía cerró los ojos y volvió a abrirlos de inmediato. No quería que cualquier sensación que apareciera fuese interpretada como un recuerdo.

—Recuerdo un despacho. Mi madre estaba conmigo una de las veces. No sé si fue cuando firmé.

—Podemos separar las distintas comparecencias cuando tengamos los documentos.

Lucía agradeció aquel plural. Durante años había pensado en «la declaración» como en un único momento, una puerta por la que había pasado sin mirar. Quizá habían sido varios días. Quizá algunas frases que atribuía a la policía las había oído después, en casa.

—Andrés me dijo que ya había contado todo lo que podía.

—¿Cuándo?

—Después. No puedo concretar.

Mara escribió unas palabras y dejó el bolígrafo sobre la libreta.

—¿Qué sí puede concretar?

Lucía miró el faro del sobre de azúcar. La imagen tenía una escalera exterior que no llevaba a ninguna parte; se perdía al girar detrás de la torre.

—Elena estaba haciendo un trabajo de fotos. De edificios vacíos. A mí me parecía que todos eran iguales y se enfadaba cuando se lo decía.

Una risa pequeña le salió antes de que pudiera detenerla.

—Me llevaba para que apareciera alguien en las imágenes. «Si no hay una persona no se entiende el tamaño», decía. Una vez tuve que quedarme de pie en un vestíbulo mientras hacía frío. Llevaba mi chaqueta verde y ella me pidió que me la quitara porque llamaba demasiado la atención.

—¿En el hotel Mar de Plata?

—Sí.

El nombre no le produjo una imagen nueva. Solo hizo que una antigua dejara de flotar sin lugar.

—¿Conserva esas fotos?

—Puede que una copia. Elena nos daba las que no le servían.

—¿Quiénes iban con ustedes?

Lucía bajó la vista hacia su infusión.

—A veces Andrés. Su padre tenía relación con la obra. Conseguía que nos dejaran entrar.

—¿Iba con frecuencia?

—No sé qué significa frecuencia. Tres veces que yo recuerde. Tal vez más.

Era un dato pequeño, pero Mara volvió a coger el bolígrafo.

Lucía quiso aclarar que Andrés no siempre había sido la persona que ahora parecía surgir de cada pregunta. Se detuvo antes de decirlo. No sabía si lo estaba defendiendo o si necesitaba que alguien comprendiera por qué se había quedado con él.

—Lo conocí cuando todavía no sabía qué iba a hacer al terminar de estudiar —dijo.

Mara dejó que continuara.

Habían coincidido en una tienda de reprografía.

Lucía tenía una traducción de prueba que entregar y el archivo no se abría en el ordenador del local.

Andrés esperaba unos planos. Le ofreció su portátil y se quedó hasta que consiguieron imprimirlo, sin pedirle después que cenara con él ni hacer un comentario sobre lo que le debía.

Volvieron a verse por Elena, en un grupo que iba a fotografiar el hotel.

Lucía se alegró de reconocerlo. Él recordó el texto que ella llevaba a imprimir y preguntó si había conseguido el encargo.

Lo había conseguido. Esa atención le pareció distinta de los hombres que solo preguntaban por su trabajo para poder hablar enseguida del suyo.

—Era fácil estar con él al principio —dijo—. No tenía que organizarlo todo yo.

Andrés sabía elegir un restaurante, encontrar una dirección, protestar por una cuenta mal cobrada.

Lucía confundió durante mucho tiempo esa soltura con una capacidad general para saber qué convenía hacer.

Cuando él habló por ella ante un casero desagradable, sintió gratitud.

Cuando habló por ella ante una amiga, le pareció menos importante que discutir delante de todos.

No hubo una tarde en la que decidiera entregar sus respuestas. Hubo ocasiones en que no merecía la pena corregirlo y otras en que él llevaba razón. Se acostumbró a dejarlo terminar. Después comenzó a necesitar que él estuviera para atreverse a empezar.

Mara no le preguntó por qué no se había dado cuenta. Lucía habría tenido que inventar una fecha y una señal inequívoca para contestar algo que solo ahora veía como una secuencia.

—¿Elena intentó hablarle de eso? —preguntó la inspectora.

—Sí. Una vez me dijo que una persona podía hacerte la vida más fácil y más pequeña al mismo tiempo.

Lucía se frotó una ceja. Recordaba haberse enfadado. Elena no tenía pareja y a ella le pareció que juzgaba desde fuera una relación que no entendía. Contestó algo cruel sobre que no todo el mundo quería vivir sin hacer planes.

—No me gritó —dijo—. Me preguntó si los planes eran míos.

En la mesa de la cafetería, la pregunta regresó sin la arrogancia que Lucía le había atribuido entonces.

No demostraba qué había ocurrido en una escalera. Le mostraba una conversación que había dejado de escuchar antes de que terminara.

Mara anotó lo pertinente y le recordó que no tenía que explicar toda su vida sentimental para responder sobre el acceso al edificio. Podían dejar aquella parte por el momento.

Lucía agradeció el permiso. Había empezado temiendo que la inspectora no comprendiera por qué se había enamorado de Andrés. Ahora temía que comprenderlo se convirtiera en una razón para no mirar lo que vino después.

—No quiero que parezca que estoy diciendo que lo bueno era falso —aclaró.

—No hace falta que lo fuera para investigar lo demás.

—¿Por qué le interesa eso? —preguntó Lucía.

—Quiero establecer quién conocía el edificio y de qué manera.

La inspectora no le dijo que Andrés hubiera mentido. Lucía se dio cuenta de que estaba esperando una acusación que le permitiera defenderlo o dejar de hacerlo. Mara no le ofreció ninguna de las dos salidas.

Hablaron de la última tarde que recordaba con claridad. Elena había pasado por su piso para dejar una bolsa. Dentro llevaba dos carretes, una sudadera y un bocadillo envuelto en papel de aluminio. Lucía no sabía qué había ocurrido con la bolsa después de la desaparición.

—Mi madre recogió mis cosas —dijo—. Yo me quedé con ella unas semanas. Puedo preguntarle.

—Hágalo si le parece, pero no le sugiera objetos que usted no recuerde. Es preferible que nos cuente qué guardó y dónde.

Lucía asintió.

En la televisión, el concursante perdió un premio y el hombre de la barra soltó una palabrota. El sonido cotidiano le resultó casi ofensivo. No era justo que el mundo mantuviera la misma intensidad mientras ella descubría que había preparado café a la hermana de Elena sin saberlo.

—¿Soy sospechosa? —preguntó.

Mara no adoptó una expresión tranquilizadora.

—Estamos investigando la desaparición de una mujer que la buscó. Necesitamos entender esa relación y comprobar lo que cada persona cuenta. Si su situación en la investigación cambia, se le informará como corresponda.

Lucía asintió otra vez. La respuesta no era agradable, pero no contenía una promesa que pudiera romperse al día siguiente.

Antes de salir pidió una copia de lo que había firmado aquella mañana, por el procedimiento que correspondiera. También quería saber cómo podía solicitar su declaración antigua.

—No sé si quiero leerla —admitió—. Pero quiero decidirlo yo.

Mara guardó la libreta.

En el aparcamiento, la lluvia había dejado pequeñas islas secas bajo los coches. Lucía sacó el teléfono. Tenía cuatro llamadas de Andrés y un mensaje de Celia.

Papá dice que has ido a hablar del pasado. ¿Es por eso por lo que Irene vino?

No había contado a Andrés el motivo de la cita.

Esta vez Lucía no se preguntó primero si lo habría dicho y después olvidado. Buscó en su memoria la conversación junto a la puerta, completa: quería caminar, prefería hacerlo sola.

La recordaba.