6. Una mujer con otro apellido
Sergio Valdés envió primero una fotografía de un salón que no tenía relación aparente con la investigación. Después llegaron varios mensajes de voz y, por último, la captura de una conversación. Mara lo llamó para pedirle que conservara los originales y le aclarase qué correspondía a cada cosa.
El salón era el del catorce, antes de que aparecieran manchas de humedad en una pared.
Los mensajes trataban sobre materiales y una fecha para la visita del albañil.
La conversación incluía una petición de su prima, Alicia: una compañera de trabajo necesitaba alojamiento temporal en Huelva y podía aprovechar para ventilar la casa y estar presente cuando fueran a revisar la filtración.
—¿Usted conocía a esa compañera? —preguntó Mara.
—De verla una vez en un montaje. No mucho.
—¿Le entregó las llaves personalmente?
—Se las dejé a Alicia. Los dueños estaban de acuerdo en que yo me encargara. No pensé que fuera necesario explicarles cada detalle.
Aquella última frase parecía destinada a una discusión futura con los Verhaegen.
—¿Le pidió documentación?
—No. Era una amiga de mi prima, no un alquiler turístico.
Mara obtuvo los datos de Alicia. No necesitó entrar en ninguna base de datos para deshacer el primer misterio: bastaba una cadena de favores que cada participante había resumido de una manera distinta.
Alicia trabajaba en la producción de una compañía teatral de Sevilla. Atendió la llamada en el exterior de una nave, con viento golpeando el micrófono. Cuando Mara explicó el motivo, dejó de andar.
—¿Irene no está en la casa?
—Intentamos localizarla desde anoche. ¿Cuándo habló con ella por última vez?
—El jueves. Me dijo que iba a quedarse otra semana. Teníamos previsto volver a contar con ella a final de mes.
—¿Irene Salas?
—Requena. Irene Requena. ¿Por qué dice Salas?
Mara escribió el apellido sin levantar la vista del papel.
Rubén, sentado enfrente, dejó de mover el ratón.
—Necesito que comprobemos que hablamos de la misma persona —dijo ella.
Alicia facilitó los datos que podía aportar de su compañera y acordaron el envío por el cauce indicado de una fotografía reciente.
También dio el contacto del responsable de producción, que podía acreditar la relación laboral.
Mara le pidió que no difundiera hipótesis ni intentara buscar a Irene por su cuenta, pero que guardara cualquier mensaje que recibiese de ella.
—¿Está herida?
—No lo sabemos.
—No habría dejado de contestarme así. No ahora.
—¿Por qué dice «ahora»?
Alicia tardó en responder.
—Estaba arreglando cosas de su hermana. Dijo que por fin alguien la escuchaba.
Mara le pidió el nombre de la hermana, aunque ya lo tenía escrito en otra página.
—Elena. Desapareció hace mucho.
La fotografía llegó poco después. Irene aparecía agachada junto a una estructura de focos, con una cinta métrica en la mano y el cabello recogido con un lápiz.
Detrás, otras dos personas montaban una tarima.
No había pose ni una expresión escogida para resultar memorable; por eso la inspectora encontró útil la imagen.
Era una mujer realizando su trabajo antes de convertirse en el centro de un expediente.
La comparación con las imágenes aportadas por Lucía no ofrecía dudas razonables sobre a quién se referían. La identidad, comprobada después con sus datos, correspondía a Irene Requena, de treinta y cinco años.
Mara pidió que corrigieran la información operativa de la búsqueda sin borrar el apellido Salas: seguía siendo relevante que pudiera ser conocida por él. También solicitó el expediente de Elena y cualquier documentación asociada a las actuaciones de 2008.
Rubén se levantó para ir a hablar con archivo.
—No sabemos cuánto tardarán con todo —dijo—. Hay una parte digitalizada y puede haber anexos en papel.
—Primero las declaraciones de Lucía y Andrés. Y la denuncia inicial.
Mara volvió a llamar a Alicia. Esta vez pudo hablar sin viento: estaba sentada en su coche.
Irene había trabajado con ellos durante cinco años, por proyectos.
Montaba y programaba iluminación, llevaba una libreta para anotar las posiciones de los focos y odiaba que alguien moviera una escalera sin avisar.
No tenía pareja que Alicia conociera en el último año.
Compartía piso con otra mujer en Sevilla, no con un hombre del que estuviera separándose.
—¿La ha visto con alguna lesión reciente?
—Se da golpes trabajando. No sé a qué se refiere.
Mara describió el moratón del antebrazo tal como Lucía lo había recordado, dejando claro que no conocían su origen. Alicia dijo que no podía ayudar con eso.
—¿Mencionó a Lucía Roldán?
—No estoy segura. Hablaba de una amiga de su hermana que vive con alguien de aquella época. Pensé que iría a verla.
—¿Y a Andrés Molina?
—Ese nombre no.
La inspectora anotó la respuesta sin intentar empujarla hacia otra. Si le sugería una historia entera, terminaría recibiendo recuerdos construidos con sus propias preguntas.
—¿Llevó material de trabajo a Huelva?
—Una maleta de herramientas. Y una lámpara nuestra, que luego devolvió. Dijo que la luz de la casa era malísima.
—¿Cámaras?
—Yo no le presté ninguna. Le gustaban las fotos, por su hermana. Pero no sé qué se llevó.
Mara cerró la conversación acordando una entrevista formal. Le agradeció la información y volvió a recomendar que conservase los mensajes completos.
En la pantalla del ordenador seguía abierta la foto de Irene junto a la tarima.
Rubén regresó con una primera ficha de la desaparición de Elena.
Dieciocho años antes habían localizado sangre en una escalera de servicio de un hotel sin terminar.
No había cuerpo. La investigación había manejado varias posibilidades, entre ellas una caída y una salida posterior del lugar.
Las actuaciones no habían demostrado ninguna de las dos como explicación definitiva.
Lucía figuraba como testigo. También Andrés.
—La amiga de su hermana —dijo Rubén.
—Sí.
—¿Y la mujer de enfrente?
Mara miró el croquis que Lucía había dibujado por la mañana.
—La misma persona.
Todavía no podían saber si Irene había llegado para pedir ayuda, exigir una explicación o tender una trampa. Tampoco si su ausencia era una consecuencia de esa búsqueda. Lo único que había cambiado con certeza era la posibilidad de llamar casualidad a su elección de vivienda.
Mara cogió el teléfono para contactar con Lucía y luego lo dejó en la mesa. Recordó la pregunta al terminar la declaración: «¿Se lo van a decir a mi marido?».
Prefería comunicarle la identidad en persona y sin que Andrés contestara por ella. Escribió un mensaje al móvil de Lucía, no al fijo de la casa, pidiéndole que la llamara cuando pudiera hablar con tranquilidad.
La respuesta llegó dos minutos después.
Puedo salir a la entrada. ¿Es sobre Irene?
Mara llamó.
—Hemos comprobado su identidad —dijo—. Quisiera hablar con usted esta tarde.
Al otro lado se oyó una puerta al cerrarse. Lucía preguntó si estaba viva.
—Aún no la hemos localizado.
El silencio que siguió no fue de alivio ni de decepción. Mara escuchó una respiración contenida, el esfuerzo de una persona que intentaba no adelantarse a lo que iban a decirle.
—No se apellida Salas, ¿verdad? —preguntó Lucía.
Mara cerró la libreta.
—¿Por qué lo pregunta?
—Porque llevo desde esta mañana intentando recordar a una chica. La veía en una casa de la que no quería acordarme.