La ventana de las once 5. Nueve minutos
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5. Nueve minutos

El cuarto de la comunidad estaba detrás de los aseos de la piscina. Había un armario con productos de mantenimiento, una mesa laminada y un calendario de una correduría de seguros. El grabador de las cámaras ocupaba una balda junto a varias cajas de bombillas.

Beatriz abrió con una llave marcada por una funda naranja.

—La empresa viene los martes —explicó—. Yo sé ver las imágenes, poco más.

Mara esperó a que el técnico que los acompañaba documentara el equipo. Rubén había pedido que se conservaran las grabaciones antes de que el sistema las sobrescribiera. Preferían no depender de una selección de clips elegida por alguien que podía no entender qué necesitaban.

Había dos cámaras. Una cubría la entrada de vehículos. La otra, un tramo del camino que discurría detrás de las viviendas. Ninguna mostraba la ventana de Irene.

—¿Siempre graban? —preguntó Mara.

—Eso se supone.

Beatriz se quedó de pie, lejos del teclado. La bata roja había sido sustituida por un jersey de cuello alto y pantalones de lino demasiado finos para el tiempo que hacía. Tenía barro seco en el borde de un zapato.

El técnico comprobó la hora que indicaba el grabador comparándola con una referencia actual.

El reloj del equipo iba retrasado cuatro minutos y algo más de veinte segundos.

Advirtió que debían tener en cuenta esa diferencia al estudiar la noche anterior; no convertiría cada cifra de la pantalla en una hora exacta sin verificarla.

Mara anotó el desfase. La mayor parte de los errores que había visto en una cronología no procedían de un plan inteligente, sino de un reloj que alguien había dado por bueno.

En las imágenes de la entrada, un coche oscuro llegó antes de las diez. Beatriz reconoció a un vecino y el técnico marcó el intervalo para exportarlo junto con el resto. Después apareció una motocicleta de reparto. A continuación, lluvia y luces reflejadas sobre el asfalto.

En la cámara del paso trasero, la línea temporal mostraba un hueco.

Rubén señaló la pantalla sin tocarla.

—¿Desde ahí hasta ahí?

—Algo más de nueve minutos —respondió el técnico—. No hay archivo reproducible en este tramo. Todavía no puedo decir por qué.

La primera imagen posterior mostraba la cancela del patio del catorce entornada.

Mara pidió que regresaran al último minuto disponible antes de la interrupción. La cancela estaba cerrada. Una bolsa vacía se hinchaba contra un seto. No apareció nadie antes de que terminase el fragmento.

—¿Puede ser detección de movimiento? —preguntó.

—La configuración actual es continua. Hay que revisar registros y archivos. No conviene sacar una conclusión solo por lo que enseña el reproductor.

Beatriz se tocó el cuello del jersey.

—La luz se va a veces. Con tormenta, sobre todo.

—¿Se fue anoche en su casa? —preguntó Mara.

—No me fijé.

La otra cámara mantenía imágenes durante el intervalo. El técnico no necesitó señalarlo; Beatriz estaba mirando la esquina de la pantalla donde se veía la lluvia de la entrada.

Mara salió con ella al porche de los aseos para dejar espacio a los otros dos.

—¿Quién puede entrar en este cuarto?

—Mantenimiento. El jardinero. Yo.

—¿Alguien más tiene llave?

—El presidente de la comunidad. Creo.

—¿Quién es?

Beatriz dio un nombre y una dirección en Madrid. Después explicó que aquel hombre pagaba sus cuotas, pero no contestaba los mensajes y aparecía dos veces al año para quejarse de los gastos.

Mara esperó a que terminara.

—¿Se han prestado llaves para alguna obra?

—Sí, claro. A contratistas. Al de la fibra. No llevo una lista de cada vez que se abre una puerta.

—Necesitaré que intente reconstruirla.

Una pelota desinflada se había quedado atrapada bajo la malla que cubría la piscina. El agua acumulada en el centro de la lona tenía hojas de pino y una lata. Alguien había mantenido las tumbonas apiladas con una cadena, como si pudieran escapar durante el invierno.

—Anoche dijo que no había nadie viviendo en el catorce —continuó Mara.

—Dije que no sabía que estuviera alquilado.

Era una corrección legítima. Mara la aceptó.

—¿No había visto a la mujer?

—La vi una vez con una caja. Pensé que venía por las humedades. Los Verhaegen dejaron a Sergio ocuparse de eso.

—¿Sergio Valdés?

—Sí.

Coincidía con el nombre facilitado por el propietario.

—¿Le dio usted una llave a Sergio?

—Hace meses.

—¿Sabía que habían cambiado el bombín?

—No.

Beatriz abrió el bolso y sacó el llavero que había llevado la noche anterior. La llave del catorce tenía una etiqueta de papel protegida con celo amarillento. La del cuarto de mantenimiento era más nueva, con un duplicado unido mediante una anilla pequeña.

Mara le pidió que identificara cada una. Beatriz lo hizo sin vacilar hasta llegar a una llave estrecha, sin marca.

—Del buzón de casa —dijo.

La inspectora no tenía ningún dato que permitiera discutirlo. Tampoco le gustaba la idea de que cada vacilación tuviera que significar culpa. Le pidió que conservara el llavero tal como estaba por si necesitaban comprobar los accesos de nuevo.

Al terminar, Beatriz miró hacia las viviendas.

—¿Le ha pasado algo de verdad?

—Por eso estamos aquí.

—Lucía a veces se preocupa mucho.

Mara aguardó.

—Pero no se inventaría a una mujer —añadió Beatriz—. Eso no. La he visto yo también.

Era la primera vez que alguien de la urbanización lo afirmaba sin convertirlo enseguida en una posibilidad.

Dentro del cuarto, Rubén recibió una llamada. Se apartó del técnico para escuchar y anotó varias líneas sobre una hoja apoyada en la pared.

La mujer buscada no figuraba entre los ingresos revisados hasta entonces. Tampoco habían encontrado una denuncia presentada por familiares. Aquello no reducía el riesgo, solo dejaba abiertas más preguntas.

El técnico explicó cómo se preservaría el material y qué examen quedaba pendiente. Mara insistió en que no se restableciera ni se actualizara nada por iniciativa de la comunidad. Beatriz dijo que avisaría a la empresa.

Al salir, Rubén caminó a su lado hasta el coche.

—La patrulla se ve entrando en la cámara de acceso. Eso nos dará otro punto para comparar horas.

—Bien.

—Y Valdés ha contestado. Dice que no cedió la casa a Irene Salas.

Mara detuvo la mano antes de abrir la puerta.

—¿Dice que no la cedió o que no conoce ese nombre?

Rubén consultó su nota.

—Que no conoce ese nombre.

Mara le pidió que concertara una conversación más larga. Habían pasado casi doce horas buscando a una mujer a partir de cómo se había presentado ante una vecina. El nombre era un dato aportado por una testigo, no una identidad comprobada.

Mientras Rubén llamaba de nuevo, la inspectora respondió al mensaje de su padre. Joaquín cogió el teléfono al tercer tono.

—He pedido cita yo —dijo, antes de saludar—. Para el martes. No hace falta que vengas.

Mara abrió la boca para recordarle que no condujera de noche si llovía. Se detuvo. Su padre no había mencionado conducir de noche ni había pedido permiso para hacerlo.

—¿Quieres que te acompañe?

—Si puedes. Si no, voy con Antonio.

—Te digo algo mañana.

Joaquín preguntó si había desayunado. Ella miró el envoltorio de una barrita en el asiento del coche y decidió que aquello contaba.

Cuando colgó, Rubén ya tenía una dirección de correo para recibir documentación de Valdés.

—Al parecer dejó las llaves a una amiga de su prima —dijo—. Hay un mensaje de presentación.

Mara se sentó, cerró la puerta y apoyó la libreta sobre las rodillas.

—Empecemos por ahí.