La ventana de las once 4. La taza azul
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4. La taza azul

Andrés levantó el brazo al verla, como si estuviera esperándola a la salida del supermercado.

Lucía se quedó un momento bajo la marquesina.

Podía pedirle a Rubén que la llevara, como habían acordado, pero el subinspector había vuelto dentro para recoger unas cosas.

El coche de su marido estaba a seis pasos.

Se acercó.

—¿Cómo sabías que había terminado?

—No lo sabía. He venido a esperar.

El asiento del acompañante tenía la calefacción encendida. Había una botella de agua en el portavasos y un paquete de galletas sobre la guantera. Lucía se sintió mezquina por buscar una segunda intención en aquellas cosas.

Le escribió a Rubén que ya tenía transporte. Después se abrochó el cinturón.

—¿Has desayunado? —preguntó Andrés.

—No tengo hambre.

Él arrancó sin insistir. La amabilidad era más difícil de rechazar cuando no exigía una respuesta inmediata.

Al llegar al primer semáforo, preguntó qué había dicho la policía.

—Que la están buscando.

—Eso ya lo sabemos.

—Y que no vuelva a entrar en el paso lateral.

—No entraste.

—Anoche. Cuando miré la cancela.

Él volvió la cabeza.

—No me dijiste eso.

—Estabas hablando con Beatriz.

El semáforo cambió. Andrés tardó lo suficiente en reanudar la marcha para que el coche de atrás tocara el claxon.

—Precisamente por eso conviene que me cuentes estas cosas —dijo—. Luego hacen preguntas y parece que damos versiones distintas.

Lucía apoyó la cabeza en el respaldo.

—Las damos. Estábamos haciendo cosas distintas.

Andrés no contestó hasta que dejaron atrás la glorieta.

—No quiero discutir. Llevas toda la noche despierta.

La carretera hacia Las Jaras atravesaba una franja de talleres y luego se estrechaba entre pinares.

Lucía miró los carteles mojados de una inmobiliaria.

Habían comprado su casa cuando Celia tenía cuatro años.

Andrés había hablado de aire limpio, de espacio para jugar y de un despacho sin ruido.

Ella recordaba haber calculado cuántas horas de traducción necesitaba cada mes para pagar su parte.

El primer invierno pidió unas cortinas gruesas para el despacho. Andrés dijo que taparían la luz. Todavía no las habían puesto.

—¿Por qué les hablaste de Elena? —preguntó.

Él redujo la velocidad antes de una curva.

—Porque iban a encontrarlo. Preferí explicarlo bien.

—¿Qué había que explicar?

—Cómo te afectó.

Lucía observó su perfil. La barba afeitada, la pequeña marca bajo la oreja, una vena que se le hacía visible en la sien cuando llevaba rato conduciendo.

—Podías haberme dejado contarlo a mí.

Andrés suspiró.

—De acuerdo. Lo siento.

Lo dijo con rapidez, sin ironía. Lucía no encontró cómo continuar sin parecer que estaba rechazando una disculpa.

Al llegar, los vehículos policiales seguían en el catorce. Celia esperaba dentro del recibidor. Llevaba vaqueros y unas zapatillas sin atar; la cámara ya no colgaba de su cuello.

—¿Han encontrado algo? —preguntó.

—Están trabajando —respondió Andrés, antes de pasar junto a ella hacia la cocina.

Lucía se quitó la chaqueta. Celia le cogió la manga, con suavidad.

—¿El teléfono era suyo?

—No lo sé todavía.

—¿Cómo era?

Lucía miró a su hija.

—No me lo han enseñado. ¿Por qué?

—Por nada.

Desde la cocina, Andrés les dijo que había tostadas. Celia soltó la manga y subió las escaleras sin hacer ruido.

Lucía la siguió con la mirada. A los dieciséis años, su hija había aprendido a irse sin cerrar de golpe, a retirar el cuerpo de una discusión antes de que pudiera considerarse una falta de respeto. Lucía no recordaba habérselo enseñado.

En la mesa de la cocina, Andrés había dispuesto aceite, tomate rallado y tres platos. Su taza estaba junto al portátil, abierto con una hoja de cálculo. La de Lucía era azul, con un pequeño desconchado en el asa.

Al verla recordó a Irene sosteniéndola con ambas manos.

—Esta taza —dijo.

Andrés levantó la vista.

—¿Qué?

—Es la que usó cuando vino.

—Hay seis iguales.

—Esta tiene el asa rota.

—Entonces deberías tirarla. Vas a cortarte.

Lucía levantó la taza. El desconchado llevaba allí meses, liso por el uso. Irene lo había palpado al hablar, una costumbre que a Lucía le llamó la atención porque ella hacía lo mismo al buscar una palabra.

«Me gustan las cosas que no están del todo nuevas», había dicho la vecina.

Después Celia entró preguntando por el paño negro. Después sonó la editorial. La visita tenía un orden. No necesitaba que Andrés la hubiera presenciado para que existiera.

Dejó la taza fuera de su alcance.

—No voy a tirarla.

Él se encogió de hombros.

Comieron sin hablar de Irene. Andrés explicó que tendría que salir después de comer, una incidencia en una obra. Preguntó por la entrega del libro y se ofreció a escribir a la editora para pedir una prórroga.

—Ya le escribiré yo.

—Era por quitarte trabajo.

—Lo sé.

La repetición de esa respuesta le quitó el hambre que acababa de aparecer.

Cuando Andrés se encerró en su estudio, Lucía llevó una tostada al cuarto de Celia. Llamó antes de entrar. La muchacha estaba en el suelo, rodeada de apuntes y con unos auriculares que no tenían cable conectado a nada.

—Toma.

—Gracias.

Lucía dejó el plato sobre el escritorio. Había una tira de negativos sujeta a una pinza, lejos de la ventana, y un sobre de un laboratorio fotográfico. No tocó ninguna de las dos cosas.

—¿Habías hablado con Irene antes de aquel café?

Celia miró hacia la puerta.

—Alguna vez.

—¿De qué?

—De fotos. Sabía cosas de luz.

—¿Por eso quieres saber cómo era su teléfono?

La muchacha pasó el pulgar por una esquina del cuaderno. Tenía una pequeña costra junto a la uña, arrancada demasiadas veces.

—La vi con uno. Eso es todo.

Lucía se sentó en el borde de la cama.

—Si recuerdas algo que pueda ayudar, puedes contárselo a la inspectora.

—¿Sin papá?

La pregunta llegó tan deprisa que Celia pareció sorprenderse de haberla hecho.

—Podemos preguntárselo —dijo Lucía.

No añadió que no había motivos para esconderle nada a Andrés. Le habría salido por costumbre, y no estaba segura de creerlo.

Celia cogió la tostada. Lucía esperó un poco más, pero la conversación había terminado.

Bajó al despacho y abrió el correo de la editorial. Había una respuesta a una solicitud de ampliación de plazo enviada a las ocho y doce desde su cuenta. La editora comprendía la «crisis familiar» y le daba hasta el miércoles.

Lucía leyó el mensaje que figuraba debajo, el que supuestamente había escrito ella.

No mencionaba una desaparición. Decía que estaba atravesando una recaída de salud y que su marido la ayudaba con la organización.

La palabra recaída estaba escrita sin tilde en el correo. Andrés siempre la olvidaba cuando escribía deprisa.

Lucía apoyó las manos en el teclado, pero no respondió aún. Primero hizo una copia del mensaje y la guardó en una carpeta nueva.

La llamó «Noviembre».