3. Lo que usted vio
La sala no se parecía a las que Lucía había visto en las series.
No había cristal oscuro ni una lámpara dirigida a su cara, sino un dispensador de agua en una esquina y una caja de cables debajo de una mesa auxiliar.
La silla cojeaba ligeramente. Cuando Lucía cambió de postura, Mara colocó bajo una pata una tarjeta doblada.
—Llevamos una semana pidiendo otra —dijo.
El comentario consiguió que Lucía soltara el aire.
Rubén se sentó a un lado del ordenador. Mara comprobó los datos personales y le explicó que podía pedir una pausa. No le prometió que Irene estuviera bien ni le dijo que no se preocupara.
—Vamos a empezar antes de anoche —propuso—. ¿Cuándo la conoció?
Lucía miró su móvil. Había buscado la fecha durante el trayecto.
—El quince de octubre. Tenía que recoger un paquete. El repartidor lo había dejado en el catorce porque se equivocó de número.
—¿Está segura del día?
—Tengo el correo de entrega.
Giró la pantalla para que pudieran verlo. La precisión le produjo un alivio breve. Aquello no dependía de que ella lo contase bien.
Irene había abierto con un destornillador en la mano.
Tenía el paquete encima de una mesa plegable y una lámpara tumbada en el suelo.
Lucía se disculpó por la confusión, aunque la culpa no era suya, y la otra mujer dijo que prefería un error del repartidor a la visita de un vecino con un impreso que firmar.
Habían hablado en la puerta. Del frío de las casas cerradas, del supermercado que seguía abierto fuera de temporada, de la humedad que dejaba cercos detrás de los armarios.
—Dijo que venía de Sevilla —continuó Lucía—. Que trabajaba poniendo luces para teatro. O conciertos. No recuerdo las palabras exactas.
—¿Le dijo su apellido?
—Salas. Irene Salas.
Mara apuntó sin reaccionar.
—¿Volvieron a verse?
Lucía enumeró encuentros en la calle, el préstamo de la escalera, un café en su cocina. Se había quedado de pie junto al fregadero mientras Irene bebía sentada, y solo ahora le pareció una forma extraña de recibir a alguien. Había estado pendiente de que no regresara Andrés antes de terminar.
—¿No le gustaban las visitas? —preguntó Mara.
Lucía advirtió que lo último lo había dicho en voz alta.
—Le gusta saber quién viene.
—¿Por qué?
—Por organizarse.
Rubén siguió escribiendo. Ninguno la obligó a defender aquella explicación, y eso hizo que sonara más débil.
Irene había aceptado el café sin azúcar. Se quitó la chaqueta y dejó al descubierto un moratón amarillento en el antebrazo. Lucía le preguntó si se lo había hecho con la lámpara. La mujer bajó la manga y dijo: «Con una persona que no acepta que me vaya».
—¿Le dio un nombre? —preguntó Mara.
—No.
—¿Dijo que fuera su pareja?
—Yo lo entendí así. Ella no lo dijo.
Mara separó ambas cosas en sus notas. Lucía vio el gesto y comprendió que podía hacer lo mismo: dejar a un lado lo que había oído y a otro lo que había añadido después.
La conversación había cambiado al entrar Celia en la cocina.
La niña buscaba un paño negro para el cuarto de baño, donde intentaba oscurecer la ventana cuando preparaba sus experimentos fotográficos.
Irene le preguntó por la cámara. Hablaron de película y de bombillas rojas; Lucía apenas escuchó porque el teléfono de la editorial estaba sonando en el despacho.
—¿Su hija ya la conocía?
—No lo sé. Se saludaron como…
Se interrumpió.
—No lo sé —repitió.
Después repasaron las once de la noche. Mara le pidió que dibujara la ventana de Irene y que indicase dónde había visto cada cosa.
Lucía trazó un rectángulo, luego otro más estrecho para el marco practicable.
Al colocar la mano que había escrito la palabra tuvo que borrarla: desde su despacho había visto a Irene un poco por encima, no de frente.
—¿Por qué puso las letras así? —preguntó.
Mara observó el papel.
—¿Así cómo?
—Al revés para ella. Yo pensé que quería que las leyera.
—Es una posibilidad. ¿La vio mirarla a usted?
Lucía iba a responder que sí. Recordaba la sensación de que Irene la estaba mirando, pero no habría sabido dibujar hacia dónde apuntaban sus ojos.
—Miró hacia mi casa.
—De acuerdo.
Le preguntaron por la sombra del piso superior, por el golpe, por la silla que podría haberlo provocado. Mara no le enseñó ninguna fotografía de la silla. Anotó la descripción que Lucía hizo del sonido y pasó al fragmento de plástico.
—¿Por qué lo recogió?
—Lo pisé. Creí que podía ser importante.
—¿Se lo enseñó a alguien?
—Andrés me preguntó qué era. Lo guardé.
—¿Lo sacó después?
—Esta mañana, para comprobar que seguía ahí. No se lo enseñé a mi hija ni a nadie más.
Mara anotó también eso. Lucía sintió vergüenza al ver que el error adquiría una forma tan precisa.
—¿He estropeado una prueba?
—Ha añadido una manipulación que tendremos que tener en cuenta. Por eso es importante saberla.
No había reproche, pero tampoco aquella absolución instantánea que Lucía había esperado sin reconocerlo.
El teléfono vibró sobre la mesa. Andrés.
Mara miró la pantalla y luego a ella.
—Puede contestar.
Lucía rechazó la llamada. No tenía nada que contarle aún y tampoco quería decir «todavía estoy aquí» delante de las dos personas que lo sabían.
—Hay una llamada que no les he explicado —dijo.
Rubén dejó las manos quietas sobre el teclado.
Irene había telefoneado al fijo cinco noches antes. Lucía estaba recogiendo los platos. Andrés se duchaba y Celia escuchaba música en su cuarto. La voz de Irene llegó baja, casi sin saludo.
—Me preguntó si estaba sola.
—¿Qué le respondió?
—Que no. Pero que podía hablar.
Irene tardó en continuar. Se oía tráfico detrás de ella. Lucía recordó haber mirado hacia la ventana de enfrente y haberla encontrado a oscuras.
«Si él te dice que no has visto algo, compruébalo antes de darle la razón».
—¿Quién era él? —preguntó Mara.
—Yo pensé en el hombre del que se estaba separando. Ahora no estoy segura.
—¿Se lo preguntó?
—Le dije: «¿Te ha vuelto a molestar?». Me contestó que no podía seguir y colgó.
—¿La llamó usted después?
—Dos veces. No respondió. Al día siguiente la vi desde mi ventana. Me saludó con la taza y pensé que estaba bien.
Mara le pidió el historial de llamadas que ella pudiera mostrarles y documentó lo que Lucía aportó. El aviso de batería baja le recordó que no había cargado el teléfono en toda la noche.
—¿Por qué no lo contó antes? —preguntó la inspectora.
Lucía se frotó las palmas sobre los pantalones.
—Porque parecía algo íntimo. Porque no sabía si hablaba de mí.
Mara esperó.
—Y porque no quería que Andrés lo oyera.
La frase la dejó cansada. No era una denuncia contra su marido. Tampoco podía recogerla y devolverla al lugar donde había estado hasta entonces.
Mara apartó el dibujo de la ventana.
—Él nos ha hablado de una amiga suya que desapareció en dos mil ocho. Elena Requena.
Lucía apoyó los pies en el suelo para detener el temblor de la rodilla.
—¿Para qué?
—Eso tendría que preguntárselo a él. Yo quisiera saber si Irene habló alguna vez de Elena.
—No.
Era la primera respuesta de la mañana que no necesitaba matices.
—¿Y usted?
Lucía negó con la cabeza.
—No se lo cuento a la gente que acabo de conocer.
Mara le preguntó si quería hacer una pausa. Lucía dijo que no. Le pareció que, si salía al pasillo, Andrés encontraría alguna manera de alcanzarla por teléfono y ayudarla a ordenar lo que debía decir.
El recuerdo que llegó no contenía una cara ni una caída. Solo una cremallera atascada en una chaqueta verde. Elena riéndose porque habían intentado arreglarla con una horquilla. Una tarde cualquiera, mucho antes de la última.
—Era mi amiga —dijo Lucía—. Antes de que fuera una desaparición, era mi amiga.
Mara le preguntó si quería hablar un poco de ella. No de la última noche. De cómo se habían conocido.
Compartieron piso durante una temporada, aunque Elena seguía pasando muchas noches en la casa familiar.
Lucía estudiaba y aceptaba traducciones pequeñas; Elena ocupaba la mesa del comedor con fotografías, trozos de cartón y vasos que luego ninguna sabía si contenían agua limpia.
Discutían por la compra y por una ventana que no cerraba.
Cuando llegaba una factura, Elena dibujaba en el sobre una calavera y la dejaba en el centro de la mesa para que Lucía no pudiera fingir que no la había visto.
—Me obligaba a salir cuando llevaba demasiadas horas trabajando —dijo—. No porque supiera lo que me convenía. Porque quería ir al cine y no le gustaba ir sola.
La diferencia la hizo sonreír.
Una vez habían conseguido entradas baratas para una película que ambas odiaron.
Se quedaron hasta el final porque Elena decía que marcharse les quitaría el derecho a criticarla entera.
Después caminaron hasta casa haciendo imitaciones de los diálogos.
Lucía recordaba el cansancio de la mandíbula de tanto reírse, un dolor que nunca había asociado con aquella época desde que tuvo que contarla en una comisaría.
Rubén había dejado de escribir cada detalle. No todo pertenecía a una declaración sobre la desaparición presente.
—¿Andrés vivía con ustedes? —preguntó Mara cuando Lucía hizo una pausa.
—No. Venía. A veces se quedaba varios días.
—¿Elena estaba de acuerdo?
Lucía recordó dos tazas apartadas al preparar el desayuno, una conversación sobre la llave del piso y el enfado de su amiga al encontrar a Andrés allí sin que ella estuviese.
—Le parecía que empezaba a ocupar demasiado sitio.
—¿Se lo dijo?
—Sí. Y yo pensé que estaba celosa de que tuviera pareja.
La frase no le gustó al oírla. No intentó corregirla para ofrecer una versión más generosa de la joven que había sido.
—Eso pensé entonces —añadió—. Ahora no sé si era lo que estaba pasando.
Mara anotó esa última distinción. Lucía había dado una respuesta sobre su pasado, no la explicación definitiva de su amiga.
Mara no escribió durante unos segundos.
Cuando terminaron, Lucía leyó su declaración despacio. Corrigió «la miró» por «miró hacia mi casa». Cambió «pareja» por «un hombre». Al final de la página, su firma ocupó más espacio del necesario.
Rubén le ofreció agua antes de salir. Ella bebió de pie junto a la mesa auxiliar.
—Lo que he contado de esa llamada… ¿se lo van a decir a mi marido?
—No voy a prometerle cómo avanzará una investigación —respondió Mara—. Pero no vamos a utilizar sus palabras para tener una conversación informal con él.
Lucía dejó el vaso en la papelera.
En el aparcamiento había un coche gris con Andrés al volante. No le había dicho que fuera a recogerla.