2. La casa cerrada
Mara Cid leyó el aviso a las seis y cuarenta y ocho, sentada en el borde de la cama, con un calcetín puesto y el otro en la mano.
Durante la noche una patrulla había entrado en el número catorce de Las Jaras.
No había nadie. La ocupante seguía sin localizar y había posibles restos de sangre en la cocina.
El mensaje de su padre figuraba encima del de Rubén: «El izquierdo ha vuelto a hacer ruido. No te preocupes. He sacado la pila».
Mara le respondió que hablarían después y se puso el segundo calcetín.
Al llegar, encontró a Rubén bajo un paraguas pequeño, leyendo las diligencias de la patrulla. Un agente uniformado custodiaba la puerta. Las luces del interior continuaban encendidas y, sobre el suelo del recibidor, las huellas de lluvia terminaban junto a una cinta que delimitaba el paso.
—Entraron a las doce y veintiséis —dijo Rubén—. Comprobaron las habitaciones por si había alguien herido. Después cerraron el acceso. La señora de enfrente vio a la ocupante a las once; nadie ha vuelto a tener contacto con ella.
—¿La llave?
—La de la administradora no servía. Abrió un cerrajero. Está identificado.
—¿Y los dueños?
—Contestó uno a la una. Están en Gante. La vivienda no la han alquilado directamente. Un conocido tiene permiso para usarla mientras revisa unas humedades, pero él dice que no sabe nada de ninguna mujer.
Mara tomó nota del nombre del conocido. No era Andrés Molina. Le pareció importante no decepcionarse por ello: todavía no había hablado con el marido de la testigo y ya podía sentir cómo el resumen de la patrulla empujaba la historia hacia él.
Pidió que continuaran intentando localizar a Irene en hospitales y entre los contactos disponibles. Luego se colocó la protección para entrar.
La casa olía a un producto de limpieza perfumado.
El recibidor estaba desnudo, salvo por un paraguas abierto dentro de una bandeja de plástico.
En el salón había una mesa plegable con dos sillas diferentes, una lámpara y un sofá tapado con una sábana.
Una bolsa de supermercado descansaba junto a la escalera.
No parecía abandonada. Tampoco completamente instalada.
En la cocina, una técnica de científica le señaló una zona junto al fregadero.
—Aquí se ha fregado. En la junta queda material que podría ser sangre. Lo confirmaremos.
Mara se inclinó sin traspasar el límite marcado. Vio un rastro pardo demasiado pequeño para sostener por sí solo una historia sobre su procedencia. En la encimera había un hervidor con agua y, al lado, una taza blanca. La ventana estaba entreabierta por arriba.
—¿Habéis visto letras?
—No. Tenemos las fotografías que hizo la patrulla al llegar. Se aprecia suciedad en el cristal, pero no una palabra completa.
Mara miró hacia el otro lado de la calle.
Desde allí veía el despacho del número trece, con la silla apartada y el ordenador cerrado.
Más arriba, una ventana estrecha tenía una cortina con dibujos.
La altura de la mano de quien escribiera podía importar; por ahora solo anotó la posición de ambas habitaciones.
Rubén le mostró las fotografías de la primera entrada. En una se distinguía un trozo de gasa debajo del cubo de basura.
—La han recogido —dijo—. Y hay una pequeña mancha en la cara interior del tirador trasero.
La salida daba a un patio de baldosas y a un paso común que discurría detrás de los adosados. La cancela estaba entornada. No hacía falta atravesar la calle para marcharse.
—¿El ruido que oyó la vecina?
Rubén señaló una silla de metal caída junto a la pared.
—Podría ser esto. O la puerta del garaje. No podemos saberlo aún.
Subieron por la ruta que la patrulla había utilizado.
En el dormitorio principal había un colchón hinchable y ropa doblada sobre una caja.
Un libro abierto boca abajo había dejado una marca en la manta.
El baño tenía cepillo de dientes, desodorante, compresas y un envase de lentillas.
Mara no encontraba equipaje, pero aquello podía significar una salida apresurada o simplemente que una mujer con poco dinero utilizaba bolsas.
Rubén se detuvo ante el espejo del rellano.
—La patrulla lo encontró apoyado así.
Estaba ligeramente separado de la pared, inclinado por un tornillo que no había entrado del todo. Mara pidió una fotografía antes de que lo retiraran. Tras él apareció una marca rectangular más limpia y, cerca del borde, un nombre escrito a lápiz.
Lucía.
No había apellido, fecha ni explicación. El técnico fotografió la pared con una escala.
—Puede llevar aquí años —dijo Rubén.
—Puede.
Mara anotó la grafía. Un nombre propio escondido detrás de un espejo resultaba demasiado atractivo. Prefería comprobar antes si figuraba también en un inventario de muebles o si algún niño de los propietarios había escrito en las paredes.
En el garaje hallaron el teléfono.
Estaba entre una estantería y el soporte del motor de la puerta, sin funda, con el cristal astillado en la esquina inferior. No parecía haber caído hasta allí desde un bolsillo; alguien tendría que haberlo deslizado o arrojado. Un técnico lo fotografió en su posición antes de recogerlo.
La pantalla se iluminó mientras lo examinaban. Se veía una llamada entrante de un contacto guardado como LUCÍA CASA.
—Que conserve el estado que corresponda para el examen —dijo Mara—. Sin responder ni explorar el contenido aquí.
Salió y cruzó hacia el número trece.
Lucía Roldán estaba bajo el porche con un teléfono inalámbrico en la mano. Llevaba unos pantalones grises y una chaqueta azul oscura; el pelo recogido dejaba escapar mechones húmedos junto a las orejas. A su lado, Andrés Molina sostenía dos tazas.
—¿Lo han oído? —preguntó Lucía.
Mara se presentó y le pidió que no siguiera llamando de momento.
—Hemos encontrado un teléfono. Necesitamos comprobar de quién es.
Andrés ofreció una taza a su mujer.
—Te dije que habría dejado el móvil.
Lucía no la cogió.
—¿Dónde estaba?
—Dentro —respondió Mara—. Hablaremos de eso con calma. Quiero tomarle declaración sobre anoche y sobre los días anteriores.
—Ya se lo conté a los agentes.
—Lo sé. Ahora tenemos algunos datos más y necesito preguntarle cosas distintas.
Andrés dejó ambas tazas en el alféizar.
—Podemos sentarnos en la cocina.
—Preferiría que viniera a comisaría. Si le viene bien, la llevamos nosotros.
Miraba a Lucía al hablar. La mujer abrió la boca, la cerró y consultó con los ojos a su marido antes de responder.
—Sí. Voy a coger el bolso.
Cuando entró, Andrés bajó la voz.
—Hay algo que conviene que sepa. Tuvo una crisis hace años. Una desaparición de alguien a quien conocía. Estas cosas le afectan de una manera…
Buscó una palabra que no llegó.
—¿Qué desaparición? —preguntó Mara.
—Una amiga. En dos mil ocho.
—Nombre.
—Elena Requena.
Mara lo anotó en una página nueva.
Lucía volvió con el bolso antes de que pudieran seguir. A su espalda, en la escalera, apareció una adolescente descalza. Llevaba una cámara colgada del cuello, como si se la hubiera puesto por costumbre y hubiese olvidado quitársela.
—Mamá, ¿te llevan?
—Voy a hablar con ellos.
La muchacha miró a Mara.
—¿Van a quedarse aquí?
—Tenemos trabajo en la casa de enfrente —respondió la inspectora.
—Bien.
No preguntó por Irene. Apretó el cuerpo de la cámara con las dos manos y retrocedió un peldaño.
Mara acompañó a Lucía hacia el coche. En el escalón del porche, la mujer se detuvo y metió la mano en el bolsillo de la chaqueta.
—He hecho una cosa mal —dijo.
Sacó un fragmento de plástico transparente.
—Lo recogí anoche. No debería haberlo tocado.
Mara le pidió que no lo manipulara más y llamó a Rubén para que documentara la entrega. Después preguntó dónde lo había encontrado.
Lucía se lo señaló con exactitud. Una baldosa rota, junto a la rueda trasera del coche de Irene. Al describirlo no utilizó una sola vez la palabra «quizá».
Mara volvió a mirar el nombre que acababa de anotar en la libreta: Elena Requena.
Era demasiado pronto para relacionar las dos ausencias. También para aceptar que una de ellas explicaba a la otra como un simple recuerdo que había alterado a una testigo.