La ventana de las once 1. La luz
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La ventana de las once

La ventana de las once

Por Zeus H

© inepub.com

1. La luz

A las once en punto, la mujer de la casa de enfrente encendió la cocina.

Lucía Roldán levantó los ojos del ordenador. Había pasado diez minutos con una sola frase y no sabía si la dificultad estaba en el inglés o en el hecho de llevar desde las ocho sentada. En el margen del documento, una editora había escrito: «¿Podemos hacerlo más acogedor?».

Al otro lado de la calle, Irene dejó una taza sobre la encimera.

Lo hacía cada noche. Encendía la luz, llenaba el hervidor y esperaba apoyada en el fregadero.

A veces miraba el teléfono. Otras contemplaba la oscuridad de Las Jaras como si acabara de llegar y aún esperase encontrar algo abierto.

En noviembre, la mayoría de los vecinos de fin de semana habían regresado a Sevilla o a Madrid; de las veintiocho viviendas, apenas siete mantenían alguna ventana iluminada después de cenar.

Lucía no solía quedarse mirándola. Bastaba aquel movimiento, una mano que alcanzaba un armario, para sentir que alguien más continuaba despierto mientras ella decidía entre «hogar» y «casa».

Esa noche Irene no llenó el hervidor.

La tarde anterior habían coincidido al sacar los contenedores pequeños. Irene llevaba dos cartones plegados bajo el brazo y preguntó qué día recogían el vidrio. Lucía se lo explicó con más detalle del necesario. Le gustaba conocer una respuesta sin tener que consultar a Andrés.

La vecina se quedó mirando el libro que ella llevaba todavía en la mano.

—¿Es lo que traduces?

Lucía asintió. Había salido con el ejemplar lleno de notas porque intentaba resolver una frase mientras esperaba a que se cerrara la puerta del garaje.

—¿Cómo sabes cuándo una palabra está bien? —preguntó Irene.

—A veces solo sé que las otras están mal.

La mujer se rio. Tenía una risa breve, como si la soltara antes de decidir si quería compartirla.

—Eso sirve para bastantes cosas.

Lucía iba a responder cuando Andrés las llamó desde el porche.

Quería saber dónde estaba el recibo de una reparación.

Ella le indicó el cajón y él dijo que allí no había nada.

Lucía había vuelto a casa a buscarlo. Estaba exactamente donde había dicho, bajo un sobre blanco que Andrés no había levantado.

Cuando salió de nuevo, Irene ya se había marchado. Los cartones estaban dentro del contenedor, perfectamente doblados, y el espacio en el que habían hablado parecía más vacío de lo que justificaba la ausencia de una sola persona.

Lucía pensó en mandarle un mensaje para terminar la conversación. No lo hizo. Se dijo que habría muchas ocasiones de hablar entre dos casas separadas por una calle tan estrecha.

Ahora la mujer estaba delante del cristal, sin tocar el hervidor, y Lucía recordó que no le había preguntado qué significaba su respuesta. «Eso sirve para bastantes cosas». Tal vez solo había sido una cortesía. Tal vez había querido decir algo más.

No tenía forma de saberlo desde el escritorio.

Se acercó al cristal, que tenía vaho en la parte inferior, y levantó una mano. Movió el índice despacio, deteniéndose entre un trazo y el siguiente.

Lucía se inclinó hacia delante.

MIRA.

Las letras estaban hechas para leerse desde fuera.

Irene tenía el rostro demasiado cerca de la ventana para que se le distinguiera bien. Señaló hacia un lado, o quizá hacia abajo. Lucía buscó algo en la encimera: otra taza, una fotografía, un objeto que Irene quisiera mostrarle. No vio nada.

Alzó su propia mano.

La luz se apagó.

Esperó con el brazo todavía levantado, sintiéndose absurda. Después cogió el teléfono.

¿Estás bien?

El mensaje quedó con un solo tic. Irene había guardado su número cuando le devolvió la escalera, hacía seis días.

Se habían conocido antes, pero Lucía podía poner fecha al préstamo porque aquella tarde Andrés le había preguntado dónde estaba la escalera: necesitaba alcanzar la caja del router y le molestó que una herramienta de la casa estuviese en otra parte.

Lucía pulsó el icono de llamada. El tono se repitió hasta cortarse.

Arriba sonó agua en una tubería. Andrés había subido a acostarse media hora antes.

Celia seguía en su habitación; bajo su puerta había visto luz al ir al baño.

La cena había transcurrido sin problemas, una tortilla demasiado hecha y una discusión breve sobre quién debía comprar un cartucho para la impresora.

Nada que justificara aquella sensación, el convencimiento de que la noche se había desviado sin hacer ruido.

Se puso una chaqueta sobre el pijama y salió.

La calle medía poco más que dos coches aparcados en batería. Durante el día, los repartidores la recorrían marcha atrás porque nadie respetaba el espacio de maniobra del fondo. Ahora parecía más ancha. Lucía evitó un charco, cruzó frente al utilitario blanco de Irene y pulsó el timbre del catorce.

Oyó la campanilla dentro.

—¿Irene?

La ventana de la cocina quedaba a la izquierda de la puerta, alta para mirar desde el camino de entrada. Solo vio el reflejo de la farola. Las letras seguían allí, deshaciéndose por los bordes.

Pulsó de nuevo.

Un golpe llegó de la parte posterior de la vivienda. No fue muy fuerte. Le recordó el sonido de una silla al caer de lado. A continuación oyó un roce prolongado, metal sobre cemento.

Sacó el móvil para llamar otra vez. Tenía las manos frías y se equivocó de contacto.

—¿Lucía?

Andrés estaba en la ventana de su dormitorio, al otro lado de la calle.

—Irene no abre.

—¿Quién?

—La vecina. Creo que necesita ayuda.

Él miró hacia la casa, no hacia la ventana de la cocina.

—Espera ahí.

La cortina cayó. Lucía agradeció que bajase; agradeció no tener que decidir sola si aquel ruido justificaba llamar a emergencias.

Durante unos segundos, mientras esperaba, la presencia de Andrés le devolvió la escala normal de las cosas: una mujer despierta, un golpe en una casa, un teléfono sin respuesta.

Entonces una sombra atravesó el rellano del piso superior.

Lucía avanzó hasta el escalón.

—Te he visto. Abre, por favor.

Andrés cruzó la calle con una chaqueta de punto sobre el pijama. No llevaba las zapatillas de estar en casa, sino los zapatos de salir que guardaba en el recibidor. Lucía reparó en ese detalle sin saber por qué.

—Ha escrito MIRA —le dijo—. Después se ha apagado la luz.

Él se situó junto a la ventana y levantó una mano para quitarse el reflejo.

—Yo no veo nada.

—Queda la eme. Ahí.

—¿Has hablado con ella esta tarde?

—No.

—Puede que estuviera escribiendo para alguien de dentro.

Lucía miró las letras. Había tardado un segundo en leerlas desde su despacho; desde aquel ángulo apenas podía reconstruirlas.

—Las había puesto del revés. Para fuera.

Andrés se apartó de la ventana.

—Llama otra vez.

Lo hizo. Él esperó sin hablar hasta que la llamada terminó. En alguna casa se cerró una persiana, pero nadie acudió.

—A lo mejor no quiere abrir —dijo Andrés.

—He oído un golpe.

—Ya. Yo también oigo cosas en nuestra casa.

Lucía volvió a pulsar el timbre. Andrés no la detuvo, aunque cambió el peso de una pierna a otra con la impaciencia que mostraba cuando un cliente seguía haciendo preguntas después de haber recibido una explicación.

En el número diecinueve se abrió una puerta. Beatriz Robles salió envuelta en una bata roja, con las gafas en la punta de la nariz.

—¿Qué pasa?

—La vecina no contesta —dijo Lucía.

Beatriz miró el catorce.

—¿Los Verhaegen han venido?

—Irene. La que vive aquí desde hace unas semanas.

Beatriz se acercó, sujetándose la bata por el pecho.

—A mí nadie me ha dicho que hayan alquilado.

—Pues lo habrán hecho sin decírtelo —contestó Lucía, más bruscamente de lo que pretendía.

La administradora miró el coche blanco, después la puerta. Andrés le preguntó si conservaba una llave y ella respondió que sí, una para emergencias, pero que no iba a entrar en casa de los Verhaegen sin llamarles primero.

—Entonces llamamos a la policía —dijo Lucía.

Andrés se volvió hacia ella.

—No sabemos si ha pasado nada.

—Por eso.

No esperó a que él enumerase otras posibilidades.

Marcó el 112 y, mientras escuchaba las preguntas de la operadora, se alejó dos pasos para entenderla mejor.

Dio la dirección. Explicó la palabra, la falta de respuesta y el ruido.

Al preguntarle si había visto a alguien armado, dijo que no.

Al preguntarle si había oído una petición verbal de auxilio, tuvo que decir también que no.

La operadora le indicó que esperara fuera y que no intentara entrar.

Lucía guardó el teléfono. Se había formado un pequeño grupo bajo la lluvia: Beatriz buscando un número entre sus contactos, Andrés con las manos en los bolsillos, ella misma temblando. Ninguno miraba ya la ventana.

Algo crujió bajo su suela.

Se agachó y recogió un trocito de plástico transparente. Tenía un adhesivo azul en una esquina y parecía recién roto. Lo sostuvo entre dos dedos, distraída, hasta que Andrés preguntó qué era.

—No sé.

Lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. Enseguida se arrepintió: le habían dicho que no tocara nada, aunque quizá eso se refería solo al interior.

Cuando llegaron los agentes, Andrés empezó a explicar lo ocurrido. Lucía lo interrumpió al oír que hablaba de una casa vacía.

—No está vacía. He tomado café con ella.

Uno de los agentes se dirigió a Lucía. El otro pidió a Beatriz que volviera a intentar localizar a los propietarios. Por primera vez desde que había cruzado la calle, cada uno tenía una tarea distinta y Lucía no necesitaba discutir para hacerse entender.

Arriba, en su propia casa, se movió una cortina.

Creyó ver el objetivo de la cámara de Celia antes de que la habitación quedara a oscuras.