14. La renuncia
La carta tenía cuatro líneas. La escribí a mano en la mesa de la cocina de Vilacova, en una hoja de cuadros arrancada de un cuaderno de Antía, y la pasé a limpio dos veces porque en la primera me temblaba la ese de servicios .
Decía que dejaba mi puesto de coordinadora de despedidas, que agradecía la oportunidad y que estaba a su disposición para lo que necesitaran durante el preaviso.
No decía por qué. No sabía ponerlo en una carta.
Fui a Vigo el lunes siguiente en el autobús de las siete, porque el coche de la nube ya lo había devuelto Manolo. Lo bajó él de Bustelo, y Suso iba detrás con la Berlingo, muy despacio, como en un entierro.
Susana Vilas me recibió en la sala Sálvora. Tenía la carta delante, abierta, y un vaso de agua con pepino que no tocó.
—Carme, de verdad, quiero entenderlo —dijo—. Porque esto que tienes es tan auténtico. Lo de Bustelo, por ejemplo. Ya me lo han contado. Es exactamente lo que queremos transmitir con el pack. Es rural, es humano.
—No estaba en catálogo —dije.
—Pues lo metemos. Velorio en domicilio. Podemos hacer un piloto. —Se inclinó hacia delante—. ¿Vas a renunciar a algo tan auténtico?
Pensé en la pregunta. Me pareció que estaba mal hecha, pero no supe por dónde, y tardé en contestar. Susana esperó con la cara de quien espera que un niño encuentre la respuesta solo.
—No renuncio a eso —dije al final—. Renuncio a esto.
Señalé la mesa, la sala, la ventana que daba a la autopista. Susana miró la ventana. No había nada.
Me dijo que me quedaban once días de vacaciones y que no hacía falta que volviera. Me dio la mano. Me deseó mucha suerte en mi nueva etapa y me dijo que la puerta de Nimbo estaba siempre abierta, que es lo que se dice cuando se cierra una puerta.
Recogí mis cosas del open space en una caja de folios: la libreta de espiral, un cuaderno, un paquete de pañuelos sin abrir.
La chica de la mesa de al lado me preguntó si me iba a otra empresa.
Le dije que no. Me preguntó entonces adónde me iba.
Le dije que a Arentei. Asintió como si fuera una empresa.
El estudio del Calvario lo vacié esa misma tarde. La ropa y la radio las metí en una maleta; las demás cajas las mandé por agencia a Vilacova. La chaqueta de pana no la metí en ninguna. Me la puse.
Esas semanas dormí en Vilacova, en mi habitación de niña, debajo de la colcha de ganchillo.
Mi madre no me preguntó nada. Cuando le dije que había dejado Nimbo, estaba pelando patatas, y siguió pelando patatas. Terminó la que tenía en la mano, la echó al cazo y dijo:
—Bueno.
Luego cogió otra. Por la tarde no puso el rosario de la radio. Se sentó en la galería con Trasno a los pies y estuvo mirando la huerta hasta que se hizo de noche. Yo hice la cena. Ella se la comió.
En Arentei la noticia llegó antes que yo.
Cuando bajé a la villa a comprar el pan, el de la ferretería me dijo que lo sentía mucho, como si se hubiera muerto alguien.
En la panadería de la Rúa Maior, la dependienta me preguntó si era verdad que me habían echado por lo de un velorio en una aldea.
Le dije que no, que me había ido yo. Me miró como si eso fuera peor.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —me preguntó.
Pensé en Suso, que dice que es la pregunta que más odia de Arentei. Ahora entendía por qué. No es una pregunta difícil. Es que la persona que la hace ya tiene pensada la respuesta que quiere oír.
—Comprar el pan —dije.
Me dio una barra y una docena de pastas en una bandeja de cartón. No las había pedido. Las pagué igual.
Suso apareció esa misma tarde en la puerta de mi madre, con el anorak rojo, mojado, sin haber llamado antes.
Venía andando desde la villa. Dijo que pasaba por allí, aunque Vilacova no está de paso hacia ninguna parte.
Mi madre le hizo un café. Él se comió las pastas de la bandeja de cartón por parejas, como siempre, hasta que no quedó ninguna.
No me preguntó qué iba a hacer. Me contó que en el hotel de Ginebra había un cocinero portugués que se había ido un día a media temporada, sin avisar, y que todos dijeron que estaba loco, y que ahora tenía un restaurante en Braga con una estrella.
—No lo digo por nada —dijo—. Es una historia.
Cuando se fue, mi madre miró la bandeja vacía un buen rato.
—Ese no es tu novio —dijo.
—No.
—Xa. —Recogió la bandeja—. Pero te quiere bien.
No contesté. Ella tampoco esperaba que contestara.
Iván apareció en el Bar Central un jueves.
No me avisó. Yo estaba en el Bar Central a las once de la mañana porque en Vilacova no hay periódico y mi madre no lo compra, y él entró, me vio, se quedó quieto un momento en la puerta y luego vino a mi mesa.
Llevaba el traje azul y las zapatillas blancas, pero no traía la tablet.
Nunca le había visto las dos manos vacías.
—¿Puedo?
—Sí.
Se sentó. Pidió un café. Se lo trajeron y se quedó mirándolo.
—Está malo —dije.
—Ya lo sé. —Lo removió igual—. Antes no me daba cuenta.
Pidió también un pincho de tortilla, que en el Central está poco hecha desde siempre, y se lo comió entero sin decir nada. Luego se limpió los dedos con la servilleta de papel, muy despacio, uno por uno.
—No he venido a convencerte —dijo—. Que lo sepas. Susana quería que viniera a convencerte y le dije que sí para que me dejara salir antes.
—Vale.
—Vine porque… —Dobló la servilleta en cuatro—. Carme, yo no duermo bien desde el motero.
Me callé. Una regla que no es regla: cuando alguien empieza a contar algo, no se le ayuda. Se le espera.
—Me acuerdo de la madre. Maruxa. Cuando te abrazó. Y de que yo estaba ahí con la tablet mirando si se había caído el streaming. —Se rio un poco, sin ganas—. Me he pasado ocho años hablando de duelo saludable y no sabía lo que era. No sé si lo sé ahora. Pero sé que no era una encuesta.
—La encuesta salió muy bien —dije.
—Salió perfecta. Esa es la cosa. —Me miró—. Estoy cansado. No de trabajar. De otra cosa. No sé cómo se llama.
Yo tampoco lo sabía. Pero sabía qué se hace con alguien así.
Le hice una seña al camarero y le pedí otro café para él, aunque fuera malo.
Iván lo aceptó. Nos lo tomamos sin hablar.
En la tele del bar había un concurso, y en la barra dos hombres discutían sobre el precio del pienso, y entró una señora a por tabaco y dijo que iba a llover.
Era un ruido normal de bar. No le faltaba nada.
Antes de irse, Iván pagó los dos cafés y la tortilla y desde la puerta me dijo:
—Oye. Si alguna vez…
No terminó la frase. Yo tampoco la terminé por él.
Noelia lloró el domingo, en el comedor de Vilacova, delante de la empanada.
Lloró mucho, y luego se enfadó por haber llorado, y luego lloró otra vez. Brais se llevó a los niños a ver al perro. Mi madre se quedó en la cocina con la radio puesta, aunque no había nada en la radio.
—Estás tirando tu carrera —dijo Noelia—. Tu carrera, Carme. Tenías un plan de carrera. ¿Sabes cuánta gente mataría por un plan de carrera?
—No.
—Mucha. —Se sonó—. ¿Y ahora qué? ¿Vas a ir por las aldeas? ¿Cobrando qué? ¿Con qué contrato? Eso no es un trabajo, eso es… No sé lo que es. Eso es de antes.
—Sí —dije—. Es de antes.
—¡Pues por eso! —Me miró con los ojos rojos—. Vas a acabar sola. Sola, en ese piso, encima de la ferretería, con cincuenta años y una radio. ¿Es eso lo que quieres?
Pensé en la pregunta como pensé en la de Susana. Esta estaba mejor hecha.
—No lo sé —dije—. Pero no es lo que me da miedo.
Noelia me miró un rato sin decir nada. Luego se levantó, se lavó la cara en el fregadero, cogió los abrigos de los niños y se fue sin despedirse de mí.
Brais sí se despidió. Me dio dos besos y me dijo que él no entendía de esas cosas, pero que la empanada estaba muy buena. Es lo más largo que me ha dicho nunca.
Esa semana el grupo «As de 8ºB» dejó de escribirme. No dejó de escribir: yo veía las notificaciones, las fotos de un cumpleaños, un audio de Lorena de cuatro minutos. Dejó de escribirme a mí. Nadie me preguntó nada. El jueves, por la noche, me llegó un mensaje privado de Uxía. Eran dos palabras.
Bien hecho.
Lo leí varias veces. Luego le contesté Gracias , y ella me mandó un pulgar, y no hablamos más.
El domingo siguiente Noelia no vino.
Llamó el sábado para decir que Hugo tenía fiebre. A lo mejor tenía. Mi madre dijo que bueno, que otro domingo, y colgó, y se quedó un rato con el teléfono en la mano.
El domingo, cuando bajé a la cocina a mediodía, la mesa estaba puesta para dos.
No había empanada. Había caldo de la noche anterior y unas patatas con chorizo.
Era la primera vez en mi vida que veía un domingo sin nada al horno en esa casa, y lo noté como se nota que falta un cuadro en una pared: por la marca.
Comimos en silencio. La radio estaba apagada. Afuera, Trasno ladraba a algo que no estaba.
Mi madre recogió los platos, los dejó en el fregadero y no los fregó. Se sentó otra vez enfrente de mí, con las manos encima del hule.
—Tu abuela velaba muertos —dijo.
La miré.
—De joven. Antes de casarse y después también.
Por las aldeas. En Vilacova, en Ferreiros, en A Pena, hasta en Bustelo, que entonces se subía andando.
Cuando se moría alguien, venían a buscarla.
—Se miró las manos—. La llamaban. No le pagaban, o le daban unos huevos, un queso, una gallina en Navidad.
Se pasaba la noche sentada al lado del muerto, con la luz encendida, y por la mañana volvía a casa y nos hacía el desayuno como si nada.
—No lo sabía.
—No te lo conté. —Se le movió algo en la cara—. Ai, filla. No te lo conté nunca.
Esperé.
—Cuando murió, tenías ocho años. Y te vi sentada en la cama, peinándola.
Todos llorando y discutiendo quién pagaba la caja y quién la misa, y tú peinándola, con tanto cuidado, y poniéndole el rosario derecho.
Y las vecinas dijeron lo que dijeron. —Tragó—.
Y yo no dije nada, porque había visto a mi madre hacer eso mismo cien veces. Con otros. Igual. Las mismas manos.
—¿Y por qué no lo dijiste?
—Porque me dio miedo. —Lo dijo muy bajo—. Pensé que si no lo decía, a lo mejor no te pasaba.
Fuera, Trasno dejó de ladrar.
—Era como tú —dijo mi madre—. No lloraba nunca. Y la gente la quería mucho.
No me miraba. Miraba el hule, un sitio concreto del hule donde había una quemadura vieja de una plancha. Yo tampoco la miré a ella. Estuvimos así un rato, las dos mirando la quemadura, y fue la conversación más larga que habíamos tenido nunca.
Luego se levantó y fregó los platos. Yo los sequé. No hablamos más de eso. Al ir a guardar el último, me dijo, de espaldas:
—Ponte una rebeca, que en esas casas hace frío.
El lunes volví a mi piso.
El primo de mi madre no lo había alquilado. Dijo que en Arentei nadie alquila nada y que, además, no le había dado tiempo a quitar mis cortinas. Subí la maleta por la escalera estrecha de la ferretería, que huele a aceite de máquina y a cuerda, y abrí la puerta.
Estaba todo como lo había dejado: la cocina de fórmica, la mesilla sin la radio, la ventana a la rúa, una taza boca abajo en el escurridor. Olía a cerrado. Abrí la ventana. Entró el olor del café del Central. La dejé diez minutos, como en una sala, y la cerré.
En la entrada hay un perchero de tres ganchos. Nunca he colgado nada en el gancho del medio. No sé por qué. En el de la izquierda va mi abrigo. En el de la derecha, el paraguas.
Me quité la chaqueta de pana y la colgué en el del medio.
Me quedé mirándola un momento. Las mangas, con las dos vueltas que les había dado yo.
El bolsillo de fuera, un poco descosido, donde Anselmo llevaba las llaves.
El de la derecha seguía abultando. Metí la mano y saqué la bola roja de la máquina de los niños.
La guardé en el bolsillo del delantal. La chaqueta ocupaba más sitio que mi abrigo. No parecía mía. Tampoco lo era.
Saqué la radio de la maleta, la puse en la mesilla y la encendí. Hice lentejas, porque era lunes.
El teléfono sonó el miércoles a las once de la noche.
Yo estaba en la cama, sin dormir, que es lo que hago cuando no tengo nada que velar. Era un número fijo que no conocía. Contesté.
—¿Es usted Carme? —Era una mujer, mayor, con la voz de alguien que ha llorado hace un rato y ya ha terminado—. Perdone la hora. Le llamo de Castrelo. Ha muerto mi cuñado, Baltasar, el de Casa do Souto. Esta tarde. En casa.
—Lo siento mucho.
—Gracias. —Oí, detrás de ella, voces, una puerta, alguien que preguntaba algo—. Mire, es que mi hermana no quiere llevarlo al tanatorio. Quiere tenerlo aquí, como se hacía. Y no sabemos cómo. Nos ha dado su teléfono la de Seixo, la de Bustelo, que es prima nuestra.
Me senté en la cama.
—La de Seixo dice que usted es la mujer de Bustelo —siguió la mujer—. Que no llamáramos a nadie más.