13. Bustelo
—Te llamo luego —le dije a Manolo.
—Vale —dijo él, y colgó, como si ya supiera lo que eso quería decir.
Me quedé un rato sin tocar nada. La hoja de cálculo tenía doscientas dieciocho filas y yo iba por la ciento cuarenta.
En el calendario del ordenador había una reunión a las seis y media en la sala Ons: Revisión KPI Pack Tradicional (primer trimestre) .
Si me iba, me la perdía. No me había perdido nunca una reunión.
No me había perdido nunca nada que estuviera en un calendario.
Rechacé la reunión. En la casilla del motivo, donde el programa pide que escribas algo, puse: Tengo un velorio. Luego llamé a Manolo.
—Voy. Salgo a las seis, que es cuando acaba mi jornada.
—Ella no tiene prisa —dijo Manolo—. Ven igual.
Terminé las setenta y ocho filas que faltaban, porque una hoja no se deja a medias.
Salí de la sede a las seis y cuatro de la tarde.
A esa hora en Vigo se va todo el mundo a la vez y el ascensor para en todas las plantas, así que bajé por la escalera de incendios.
Antes cogí la chaqueta de pana del respaldo de mi silla, donde la colgaba cada mañana, y me la puse.
Me quedaba grande. Las mangas me tapaban los dedos y tuve que darles dos vueltas.
El coche de empresa seguía en su plaza del aparcamiento, con mi nombre pintado en el suelo, donde lo habían dejado el primer día.
Olía a plástico nuevo y el asiento estaba demasiado lejos del volante.
Lo acerqué. Fui por la autopista, luego por la nacional, luego por una carretera sin número que sube entre eucaliptos. Empezó a llover a mitad de camino.
Manolo me esperaba en el cruce de Bustelo, con la Berlingo en marcha y el limpiaparabrisas en la velocidad lenta. Bajó la ventanilla. Olía a Ducados.
—Deja eso ahí —dijo, señalando el coche de la nube—. Arriba no se puede aparcar y además no queda bien.
Lo dejé detrás de un montón de leña. Subí a la Berlingo.
—A de Casa Grande —dijo Manolo, y arrancó—. Noventa y tres. En la cama, por la mañana. La encontró la vecina al llevarle el pan.
—¿Quién está?
—El hijo, Manuel, que llegó a las tres de Barcelona. Una nieta, Laia. Cuatro vecinas. —Hizo una pausa en una curva—. Y el de Elvira, que está en la cocina desde las cinco.
—¿Quién le avisó?
—Yo. —Manolo se encogió de hombros—. Le dije que venías tú.
Bustelo son seis casas habitadas y nueve caídas. Casa Grande es la última del camino, de piedra, con un escudo encima de la puerta que ya no se lee, un castaño delante y una camelia del tamaño de un coche junto al hórreo. Tenía la luz de la galería encendida. El velorio se oía desde la pista.
Se oía mal.
Lo supe antes de entrar, como se sabe que una lavadora está desequilibrada antes de abrir la puerta del baño.
En el pasillo había dos vecinas discutiendo si había que llamar otra vez al tanatorio.
En la escalera de madera había una chica sentada con el móvil, la cara azul de la pantalla.
Arriba, al final de la escalera, había una puerta entornada, y detrás no había luz.
Al fondo, en el comedor, un hombre de unos sesenta años hablaba por teléfono de pie, con el abrigo puesto, y repetía:
—Pero ¿cómo que no está en catálogo?
Y desde la cocina llegaba olor a caldo, que era lo único que estaba en su sitio.
Entré. Era una cocina de piedra, con lareira, un banco de madera alrededor, una mesa larga y una alacena con la puerta de cristal. Suso estaba delante de la cocina de leña con una pota grande y su anorak rojo colgado de un clavo. Llevaba un delantal de flores que no era suyo.
—Llegas tarde —dijo—. Hay caldo. No hay pastas.
No le contesté. Estaba contando las tazas de la alacena. Veintitrés, de tres juegos distintos, y cuatro vasos de duralex. Cuando terminé, se me había pasado.
Me quité la chaqueta de Anselmo y la colgué en el clavo, encima del anorak.
—¿Dónde hay una pota para café? —pregunté.
Suso señaló un armario sin mirar. Ya lo sabía. La suya, la de la abolladura, se había quedado en el tanatorio, y después en un folleto.
Lo hice todo por orden. Es la única manera que conozco.
Primero el café. Agua al fuego, el café molido a ojo, porque no había medida, y una manga de tela colgada de un alambre para colarlo. Mientras subía el agua, fui al pasillo.
—Buenas noches —les dije a las vecinas—. Soy Carme. Vengo a ayudar. ¿Quieren un café?
Las dos dijeron que sí antes de saber quién era yo.
Una se llamaba Herminia, la de Riba, y la otra no me dijo cómo se llamaba, pero Manolo después me explicó que era la de Seixo.
Les pedí sillas. Todas las que hubiera en sus casas, y en las otras tres casas también.
Manolo fue con ellas en la Berlingo. Volvieron con catorce sillas de cuatro modelos y un taburete de ordeñar.
Después fui a la escalera.
—Hola —le dije a la chica—. ¿Tú eres Laia?
—Sí.
—Yo soy Carme. ¿Has cenado?
Levantó la vista del móvil. Tenía las uñas pintadas de verde, mordidas.
—No me entero de nada de lo que dicen —dijo—. Me hablan en gallego y no los entiendo, y mi padre está al teléfono desde que llegamos.
—Ya. Ven a la cocina. Hay caldo.
Primero se saluda a quien menos llora. Laia no lloraba. Manuel tampoco, pero Manuel tenía un teléfono, y un teléfono es algo que hacer.
La señora Generosa estaba arriba, en su habitación, justo encima de la cocina.
Estaba a oscuras. Llevaba así desde por la mañana, sola, porque nadie se había atrevido a decidir si se encendía la luz o no.
Encendí la bombilla del techo para trabajar.
Una cama de madera alta, un crucifijo, una cómoda con fotos, un reloj de pared parado en las nueve y veinte.
La vecina de Seixo lo había parado por la mañana, como se hacía antes.
Estaba en camisón, tapada con una manta de cuadros. Tenía la boca un poco abierta y el pelo blanco suelto sobre la almohada, muy largo, más largo de lo que parecía posible en una mujer tan pequeña.
Abrí la ventana diez minutos, aunque llovía. La cerré.
Le cerré la boca, que ya costaba, con una toalla enrollada bajo la barbilla, que es lo que se hacía antes de que hubiera otras cosas, y le crucé las manos.
Pedí la sábana buena. Herminia dijo que la buena era la del ajuar, la de lino, y la de Seixo dijo que esa estaba amarilla de no usarla.
Discutieron un poco. Yo abrí el arca que había a los pies de la cama.
Encima de todo, doblada en cuatro, con una ramita de laurel y una nota con letra temblona, había una sábana blanca de algodón. La nota decía: Esta para min .
Las mujeres de antes dejan siempre una preparada. No conozco ninguna excepción.
La puse. Las vecinas dejaron de discutir.
Luego quise peinarla. Buscamos sus horquillas en la cómoda, en el baño, en el bolsillo de la bata. No aparecieron. La señora Generosa llevaba setenta años haciéndose un moño cada mañana y nadie sabía dónde guardaba las horquillas.
Entonces me quité las mías. Tengo seis, siempre las mismas. Mi pelo cayó hacia delante y me tapó media cara. Peiné a la señora Generosa con su propio peine, que sí estaba, en la mesilla, y le hice un moño bajo, con mis seis horquillas, igual que el mío. Me quedó bien.
Cuando terminé, Laia estaba en la puerta de la habitación con una taza de caldo en las manos.
—Tienes el pelo larguísimo —dijo.
—Sí.
—Nunca lo llevas suelto, ¿no?
—No.
—Pues te queda mejor.
No contesté. Me lo eché detrás de las orejas y seguí trabajando así el resto de la noche. Era más largo de lo que recordaba.
Faltaba la luz. La lámpara del techo era una bombilla sin tulipa, de las que dan luz de cocina.
La apagué. Subí la lámpara de pie del comedor y una vela de la alacena, y las puse a los dos lados de la cama.
La vela la encendí con el mechero de Manolo, que llevaba conmigo desde febrero.
Manolo lo vio desde la puerta. No dijo nada, pero se le movió el bigote.
La luz se quedó amarilla y baja. La señora Generosa tenía ya otra cara.
Faltaban flores. En la casa no había. Le pregunté a Laia si me ayudaba.
—¿A qué?
—A cortar camelias.
Salimos a la huerta. Era de noche, llovía fino y Laia alumbraba con la linterna del móvil, que por fin servía para algo.
Cortamos ramas de la camelia grande, rojas y blancas, con una navaja de Manolo.
Laia me preguntó si no me daba asco tocar a los muertos.
Le dije que no, que los muertos están muy limpios, más que los vivos, porque ya no hacen nada. Se rio.
Me contó que solo había estado en Bustelo cuatro veranos, que su abuela le hablaba en gallego y ella le contestaba en catalán y que se entendían igual. Que no sabía que iba a ser así.
—¿Así cómo?
—No sé. Así. En casa. Con ella aquí.
Pusimos las camelias en dos jarras de barro, las grandes al fondo, junto a la cómoda, y las pequeñas delante, en vasos de duralex. Laia colocó las últimas. Lo hizo bien.
A las nueve llegó don Celso, con el paraguas y la estola en una bolsa de plástico del supermercado. En la escalera le di una nota escrita en el reverso de un sobre: Señora Generosa, de Casa Grande. 93 años. Hijo: Manuel. Nieta: Laia.
Don Celso la leyó, la guardó en el bolsillo y rezó un responso corto y bien dicho. Dijo Generosa todas las veces. Al final, al dar el pésame, le apretó la mano a Manuel y lo llamó Miguel. Manuel no lo corrigió.
Manuel había colgado el teléfono por fin. Estaba de pie en el rellano, todavía con el abrigo puesto, y miraba la puerta de la habitación sin acercarse.
—Entre usted solo —le dije—. Nosotros vamos a la cocina.
—¿No hace falta que…?
—No hace falta nada.
Cerré la puerta detrás de él y me llevé a las vecinas, a don Celso y a Laia a la cocina, con el café.
Suso sirvió caldo a don Celso sin preguntarle.
Manolo contó una historia de cuando la señora Generosa le había vendido un ternero a su padre y lo había engañado en el peso.
Las vecinas dijeron que sí, que era muy suya. Se rieron. Se oyó la lluvia.
Manuel estuvo dentro doce minutos. Cuando salió se había quitado el abrigo y lo llevaba doblado en el brazo, y no sabía dónde dejarlo. Se lo cogí yo y lo colgué en el clavo, con la chaqueta y el anorak.
A las diez empezó a llegar el resto de Bustelo, que eran once personas.
Se sentaron en las catorce sillas y en el banco de la lareira, y la que llegó última, en el taburete de ordeñar.
Pasé la pota de café y la bandeja de las tazas una y otra vez, y Suso hizo una tortilla, y luego otra.
Herminia sacó un rosario y empezó a rezar sin preguntarle a nadie, y la siguieron todas.
Una mujer muy mayor, que vino del brazo de su nieto, me miró un rato largo desde la silla mientras yo recogía tazas.
—¿Y tú de quién eres? —me preguntó.
—De Arentei. De Pilar, la de Vilacova.
—Ah. —Asintió despacio—. Eres a veladora.
No era una pregunta. Le dije que sí, porque es lo que se contesta a una señora de su edad. No pensé en ello hasta más tarde.
A la una se fueron los vecinos. A las dos Manuel se quedó dormido en el sofá de la galería, con el abrigo encima, como una manta.
Laia se durmió sentada en una silla al lado de su abuela, con el móvil en el regazo y la cabeza contra la pared.
Manolo roncaba en el banco de la lareira con la boina tapándole los ojos.
Suso se había dormido con la cabeza encima de los brazos, en la mesa larga, al lado de la pota del caldo, todavía con el delantal de flores.
Lavé las tazas, algunas por segunda vez.
Las sequé y las dejé boca abajo en la mesa, en filas.
Eché un tronco al fuego. Hice otra pota de café, pequeña, para mí y para quien se despertara.
Fui a la habitación y miré la vela, que estaba por la mitad, y la lámpara, que estaba bien, y a la señora Generosa, que tenía mi moño y estaba tranquila.
Dejé abierta la puerta de la habitación, y también la de la escalera, y volví a la cocina. Me senté en el banco, al lado de Manolo, con la taza en las manos.
Y escuché.
El fuego, que hacía un ruido pequeño y seco, como de alguien que pasa las páginas de un libro.
La lluvia en las tejas, más blanda que en la chapa.
La respiración de Suso, que silbaba un poco por la nariz.
Manolo. Un perro, lejos, en otra casa, que ladró dos veces y se calló.
La pota, que se enfriaba y crujía. Una viga.
Y debajo de todo eso, lo otro. Todo un poco más bajo que en el tanatorio. Todo en su sitio.
Desde el velorio de Brandon no lo había vuelto a oír. En Vigo no había nada que oír.
No fue nada especial. No vi ninguna luz ni sentí nada en el pecho. Fue como cuando se pasa un catarro largo y una mañana te despiertas y oyes la radio desde la cama, y no te habías dado cuenta de que no la oías, y piensas: ah, era eso. Era eso lo que faltaba.
Fue entonces cuando pensé en lo que había dicho la señora mayor.
Lo pensé despacio, como pienso las cosas, en orden.
Yo no soy una empleada de funeraria. Nunca lo he sido, aunque durante veinte años me pagara una y aunque ahora tuviera una tarjeta con la nube azul y un cargo que nadie sabe decir.
Una funeraria es una empresa. Yo no soy una empresa.
Yo me quedo despierta con los muertos para que los vivos puedan dormir.
Hay una palabra para eso, y la gente de antes la usaba sin pensar, como se dice panadera o carpintero.
Soy una veladora.
Me pareció una cosa muy sencilla. Me extrañó haber tardado tanto.
Amaneció tarde, gris, sin dejar de llover. Hice café para todos. Manolo se despertó primero y salió a fumar a la galería. Laia seguía dormida al lado de su abuela.
Manuel entró en la cocina con el pelo aplastado de un lado. Se sirvió café de la pota él mismo. Se quedó mirándome un rato, con la taza en la mano, mientras yo cortaba pan.
—Perdone —dijo—. ¿Cuánto le debo?
Dejé el cuchillo.
Nadie me había preguntado eso nunca. Siempre, las familias le pagaban a Anselmo, y luego a Nimbo, y a mí me pagaban a final de mes, por transferencia, sin que yo supiera nunca cuánto había costado cada muerto.
Pensé en el café, en las sillas, en las camelias, en la sábana, en las horas.
No supe sumarlo. No supe ni qué había que sumar.
—No lo sé —dije.
Manuel asintió y siguió con su café.
Salí a la galería. Saqué el móvil y busqué el número de Susana Vilas. Eran las ocho y media. Contestó al segundo tono, con ruido de coche detrás.
—¡Carme! Qué madrugadora. ¿Todo bien?
Miré la camelia, el hórreo, la lluvia sobre la pista. Detrás de mí, en la cocina, alguien dejó una taza en la mesa. Sonaba bien.
—Hoy no voy a ir —dije.