La veladora 12. Vigo en marzo
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12. Vigo en marzo

En el estudio del Calvario me despierto a las seis menos diez.

No pongo despertador. Llevo veinte años despertándome a esa hora y el cuerpo no ha recibido ninguna orden nueva.

Abro los ojos, miro el techo, que tiene una mancha de humedad con forma de bota, y espero.

En Arentei, a las seis menos diez, había que ir a abrir la puerta de atrás.

Aquí no hay que salir de casa hasta las ocho menos cinco, para coger el autobús del polígono, que pasa a las ocho y cuarto.

Así que me quedo en la cama dos horas y veinticinco minutos.

Las primeras mañanas encendía la radio. Luego dejé de encenderla, porque a esa hora solo hablan de tráfico, y el tráfico de Vigo no me concierne.

Ahora oigo lo que hay. El patio de luces.

Una cisterna en el tercero. Una pareja que discute en voz baja en portugués.

Los tendales, cuando hace viento, que golpean contra la pared con un ruido de hueso.

La chaqueta de Anselmo está colgada detrás de la puerta, en un gancho que puso mi madre. Desde la cama es lo único que veo con claridad cuando todavía no hay luz.

Nimbo me dio un coche de empresa, un utilitario blanco con la nube en las puertas.

Me lo entregaron en el aparcamiento de la sede, en una plaza con mi nombre escrito en el suelo, y allí sigue desde el primer día.

No lo uso. El autobús tarda veinticinco minutos y hace siempre las mismas paradas, y eso me gusta más.

La sede de Nimbo es un edificio de cristal de cuatro plantas al lado de la autopista. Desde la tercera, donde está mi mesa, se ven los camiones pasar en las dos direcciones sin que se oiga ninguno. El cristal es doble.

El open space tiene sesenta y dos mesas blancas, iguales, sin cajones.

No hay sitio fijo. Cada mañana se reserva una mesa en una aplicación del móvil, y si llegas tarde te toca al lado de la impresora.

Yo llego la primera, así que siempre me toca la misma, la del fondo junto a la ventana.

Los compañeros creen que es mía. Me llevo la chaqueta de Anselmo doblada en el brazo, en el autobús, y la cuelgo en el respaldo de la silla.

Una chica de recursos humanos me dijo el segundo día que era muy bonita, muy vintage, y que si era de mi padre.

—No —le dije—. Es de un muerto.

No me volvió a preguntar nada.

Los lunes a las nueve y media hay reunión de indicadores en la sala Ons.

Estamos Susana, los coordinadores de zona, una chica de datos y alguien de marketing que cambia cada semana.

La chica de datos proyecta una hoja de cálculo en la pared.

En la hoja están todos los servicios de la semana anterior de los veintitrés centros, uno por fila.

Centro, fecha, número de servicio, tipo de pack, importe, nota de satisfacción.

Las filas buenas salen en verde. Las malas, en rojo.

La primera semana eran doscientas once filas. Doscientos once muertos en siete días, entre Galicia y el norte de Portugal. En ninguna fila ponía el nombre. Ni el del DNI ni el de casa. Ponía Servicio 4471. Lalín. Básico. 8.

Yo me quedo mirando la fila y pienso quién habrá sido el servicio 4471. Si tenía hijos fuera. Si alguien lo peinó. Si a las tres de la mañana hubo alguien en la silla. La chica de datos pasa a la siguiente diapositiva antes de que yo termine de pensarlo.

En Vigo no hay muertos. Los muertos de Vigo están en los tanatorios de Vigo, que no están en la sede. En la sede hay doscientas y pico filas cada lunes, y yo las miro como quien mira un tablero de llegadas en una estación a la que nunca llega nadie.

Arentei salió en la fila catorce del ranking de febrero. En diciembre había sido el primero. Nadie lo comentó en la reunión. Susana dijo que el mes había sido «de consolidación».

En la segunda semana grabamos el vídeo tutorial.

Se hizo en la sala Sálvora, que es la más luminosa.

El equipo de marketing había comprado una pota nueva, de acero, sin ninguna abolladura, y un hornillo de camping con la etiqueta todavía pegada.

Pusieron un mantel de ganchillo en la mesa de reuniones, una taza de loza y, al lado, un rosario de plástico que no era de nadie.

El cámara se llamaba Dani. Tenía veinticinco años y una sudadera gris con capucha.

Me explicó que yo tenía que contar el proceso mirando a cámara, paso a paso, con naturalidad.

Lo expliqué. Cuánta agua por persona. Cuándo se echa el café.

Por qué no se deja hervir con el café dentro.

Cómo se cuela por un trapo de tela limpio, y que el trapo se aclara solo con agua, nunca con jabón.

—Genial, genial —dijo Dani—. ¿Puedes sonreír un poquito? Para transmitir calidez.

—En un velorio no se sonríe al hacer el café.

—Ya, pero esto es para el vídeo.

Lo intenté. Dani paró la grabación y me enseñó en la pantalla cómo había quedado. Parecía una mujer a la que le habían pisado un pie. Hicimos once tomas. En la once, Dani dijo que valía y que en edición le ponía una música suave.

El café de esa pota no se lo bebió nadie. Cuando terminamos lo tiraron en el fregadero de la cocina de la planta, al lado de la máquina de agua con rodajas de pepino.

Los miércoles doy formación.

Vienen empleados nuevos de los centros, en grupos de ocho o diez, a la sala Cíes.

Son jóvenes. Tienen títulos de técnico en servicios funerarios y de animación sociocultural, y dos de ellos un máster.

Son educados, toman apuntes en tablets y me llaman «Carme» con mucha seguridad, como si me conocieran de antes. Se han aprendido el anexo. Lo recitan.

—Primero se saluda a quien más llora —dijo una chica de Ourense el primer miércoles, levantando la mano.

—Menos —dije yo.

—¿Perdona?

—A quien menos llora. Quien llora ya tiene algo que hacer.

Lo corrigió en la tablet. Vi que escribía menos y luego, al lado, entre paréntesis, (¿?) .

Un chico de Viana do Castelo me preguntó qué había que hacer si no lloraba nadie.

Le dije que eso pasaba mucho y que entonces se saludaba a quien estuviera más cerca de la puerta, porque es el que está pensando en irse.

Lo apuntó también. Otro preguntó si lo de los niños era obligatorio o se podía adaptar según el perfil de la familia.

Otra preguntó cuántos minutos exactos eran los diez minutos del hijo que llega de fuera.

—Diez —le dije.

—¿Y si sale antes?

—Si sale antes, sale antes.

—¿Y eso cómo se registra?

Eso no lo había registrado nunca nadie. Al final de la sesión rellenaron una encuesta sobre mí. Me pusieron un 7,8 de media. En el apartado de comentarios, alguien escribió: Muy cercana pero poco concreta.

Nunca hablé de la regla once, porque ya no estaba en el anexo. Pero cuando se fueron me quedé un momento en la sala Cíes, sola, y escuché. Se oía el aire acondicionado. Y nada más.

Lo que me pasa en Vigo lo he ido apuntando en una libreta de espiral que compré en el quiosco de la parada del autobús. No en el libro de servicios, porque el libro de servicios se quedó en Arentei. Lo apunto como apuntaba antes las averías de la cámara frigorífica: fecha, síntoma, posible causa.

Lunes. No he comido lentejas. He comido un sándwich de la máquina de la segunda planta a las once y cuarto y un yogur a las diez de la noche. Causa: no hay hora de comer. Se come cuando se pasa por delante de la máquina.

Martes. No he comido merluza. No me acuerdo de lo que he comido.

Jueves. A las tres de la tarde me he dado cuenta de que llevaba todo el día con la sensación de haberme olvidado algo. He revisado el bolso, el móvil y las llaves. Estaba todo. Causa: desconocida.

Viernes. En la reunión de las doce me he puesto nerviosa porque Susana ha dicho que había que «escalar el método». He buscado algo que contar. En la sala Ons no hay tazas. Hay botellas de agua de cristal con el logo, seis. Las he contado once veces. No funciona igual.

Sábado. Me he despertado a las seis menos diez. He estado en la cama hasta las once. No estaba cansada. No había nada en lo que estar.

Leído seguido, parece el informe de un aparato que funciona bien pero en el sitio equivocado. Como una cafetera de palanca enchufada en una oficina donde nadie bebe café.

Mi madre me llama los domingos después de misa.

—¿Qué tal en Vigo?

—Bien.

—¿Comes bien?

—Como.

—Ai, filla. —El suspiro del fuelle—. Le enseñé el vídeo ese que hiciste, el del café, a la de Ferreiros, la que se escandalizó cuando peinaste a la abuela. Dice que pareces una presentadora.

Me cuenta quién se ha muerto en la parroquia.

Desde que me fui han muerto tres personas en Arentei.

Las conocía a las tres. Mi madre me dice los nombres de casa sin que yo se lo pida, y yo los apunto en la libreta, debajo de las averías, porque no sé dónde más apuntarlos.

Uno fue velado en la sala 1 por la chica nueva de Pontevedra.

Mi madre dice que estuvo todo muy bien, muy limpio, y que pusieron una música muy bonita. Que no había pastas.

—Y vino el de Elvira —dice luego, en otro tono—. Aquí, a casa. El jueves.

—¿A qué?

—A pedirme tu número. Con el anorak ese y sin afeitar. Trasno le ladró, que no le ladra a nadie. —Se calla un poco—. No se lo di, filla. No sabía si tú querías. Le hice un café, eso sí. Me dijo que estaba muy bueno, y era de sobre.

—¿Y qué quería?

—Nada. Dejó un recado. Que la nueva del tanatorio hace el café con las cápsulas esas y que él ha dejado de ir a los velorios. —Lo dice despacio, como lo dijo él—. «Dígale que ya no voy. Que para eso me quedo en casa».

Le digo que vale. Mi madre espera un poco, por si digo algo más, y luego me habla de la empanada.

Cuando cuelgo, apunto en la libreta, debajo de los tres nombres de casa: Suso. Ya no va. No sé qué poner en el apartado de la causa. La casa de la Rúa da Fonte no tiene calefacción. Los velorios eran el único sitio caliente al que iba. Eso lo sé, pero no lo apunto.

Noelia me llama los miércoles por la noche, cuando acuesta a los niños.

—¿Y qué, has conocido a alguien?

—A muchos. Esta semana a diez. Los de la formación.

—Carme, ya sabes lo que te pregunto.

Lo sé. Pero lo que me pregunta no tiene respuesta, y la otra pregunta sí, así que le contesto la otra.

—¿Y Suso? —dice luego, porque mi madre se lo ha contado todo—. ¿Te escribe?

—No tiene mi número.

Es verdad. No se lo di nunca. En Arentei no hacía falta, porque yo siempre estaba en el mismo sitio.

Las pastas de la bolsa del buzón me duraron hasta el cuatro de marzo.

Me comía dos cada noche, una de guinda y una de chocolate, sentada en la cama, porque la única silla la tenía ocupada con la ropa del día siguiente.

No lo hacía por nada. Era una manera de que se acabaran en orden.

La última noche quedaron dos en el fondo de la bolsa, y me las comí, y doblé la bolsa en cuatro y la guardé en el cajón de los cubiertos.

No sé por qué la guardé. En la libreta no lo apunté como avería.

El Pack Despedida Tradicional se lanzó el primero de marzo.

Marketing imprimió veinte mil folletos en papel grueso, con la foto de mi pota, la de Suso, la de la abolladura, encima de un mantel de ganchillo.

Debajo ponía: Como se hacía antes. Como se hace bien.

Los folletos se repartieron por los veintitrés centros, por las parroquias, por los centros de salud y por las residencias de mayores.

En la reunión del tercer lunes, la chica de datos proyectó las cifras.

En los centros de las ciudades (Vigo, A Coruña, Ourense), el pack se había contratado cuatro veces en lo que iba de mes.

En los centros pequeños, once. En redes sociales, en cambio, el folleto tenía muchísimas interacciones.

La gente compartía la foto de la pota y escribía debajo el nombre de su abuela.

—El producto funciona a nivel de marca —dijo Susana—. Genera conversación orgánica. Ahora hay que convertir.

Yo miré la foto de la pota en la pared. En la foto se veía, en el borde de la mesa, un trozo de manga de anorak rojo que el fotógrafo no había recortado. Nadie más lo había visto.

Desde mediados de marzo ya no espero mirando el techo.

A las seis menos diez abro en el móvil la página de esquelas del periódico y busco Arentei.

Luego Vilacova, Ferreiros, A Pena, Bustelo.

Leo el nombre del DNI y, cuando lo ponen, el de casa debajo.

Los que conozco los apunto en la libreta, en una hoja aparte que no es de averías.

En la parte de arriba de la hoja he escrito Servicios .

Un viernes, al salir de la sede, cogí el autobús de línea de las seis y media en la estación.

No se lo dije a nadie. Llegué a Arentei a las ocho menos veinte y fui andando por la Rúa Maior, por debajo de los soportales, hasta la gasolinera.

En la sala 2 estaba el señor Bieito, el de Lamela, ochenta y ocho años. Lo había leído esa mañana.

No entré. Ya no tenía llave, y no era mi servicio.

Me quedé en el aparcamiento, al lado del poste de la luz, mirando por el cristal.

La chica nueva iba de un lado a otro con la tablet.

Las luces estaban en el modo que se llama «Luz de tarde».

Desde fuera no se oye nada; eso ya lo sabía.

Me quedé una hora y diez minutos de todos modos.

Volví en el último autobús. En la parada de Arentei no había nadie con anorak rojo.

El lunes, en la sala Ons, busqué la fila. Servicio 4917. Arentei. Básico. 9. La chica de datos pasó a la siguiente diapositiva. Yo me quedé con la fila, igual, hasta el final de la reunión.

El último martes de marzo, a las cuatro y veinte de la tarde, me sonó el móvil en la mesa del fondo. En la pantalla ponía Manolo . No me llamaba desde la noche de Anselmo. Al otro lado se oía un motor diésel, unos limpiaparabrisas y una radio con la voz muy baja.

—Carme. Soy Manolo.

—Hola, Manolo.

—Te llamo desde la Berlingo, que estoy en el cruce de Bustelo. —Se oyó cómo daba una calada—. Se ha muerto la señora Generosa. La de Casa Grande.

Conocía Casa Grande. Una casa de piedra con escudo, la última del camino, con un castaño delante.

La señora Generosa tenía noventa y tres años.

Había ido a todos los entierros de la montaña hasta los noventa, en el coche de línea, y siempre decía lo mismo a la salida, delante de quien fuera: que a ella la velaran en su casa, en su cama, con la puerta abierta, como a su marido.

—Esta mañana, en la cama —siguió Manolo—. Durmiendo. El hijo ha venido de Barcelona. Llamaron a Nimbo. Les han ofrecido el Pack Tradicional ese, el tuyo. En el tanatorio.

—¿En el tanatorio?

—Dicen que velar en casa no está en catálogo. —Calló un momento—. El hijo no sabe qué hacer. Las vecinas están en la cocina discutiendo. Y ella está arriba, sola, con la luz apagada.

Miré la pantalla del ordenador. Tenía abierta la hoja de cálculo de la semana. Doscientas dieciocho filas.

En el respaldo de mi silla estaba la chaqueta de Anselmo.

—¿Vienes? —dijo Manolo.