11. El método
El vídeo dura un minuto y cuarenta y dos segundos.
Empieza con la puerta del tanatorio desenfocada y termina con el Mercedes doblando en la gasolinera.
En medio están las motos, el humo de los tubos de escape, Manolo con las dos manos en el volante y, durante un segundo y medio, en la esquina izquierda, yo, en la puerta, con el moño y el delantal.
Lo subió el chico que lo grabó, un sobrino del Chino, con el título Así despiden los moteros a un hermano y tres dibujitos de fuego.
A los ocho días tenía doscientas mil visitas.
Me enteré por Noelia. Me llamó a las once de la noche, que es una hora a la que Noelia no llama nunca.
—Carme, ¿tú sabes que eres viral?
—No.
—Que sales en un vídeo. Me lo ha mandado una clienta de la gestoría. Brais dice que tiene más visitas que el ayuntamiento de Pontevedra.
No sé cuántas visitas tiene el ayuntamiento de Pontevedra. Le pregunté si en el vídeo se veía bien al muerto, porque eso sí me preocupaba. Me dijo que no, que el muerto no salía, que salía el coche.
—Pues bien —dije.
—¿Pues bien? Carme, esto es marca personal. Esto hay que aprovecharlo.
En Vigo pensaron lo mismo. Dos días después, Susana Vilas vino a Arentei.
Susana Vilas llegó en un coche eléctrico que no hacía ningún ruido, con un fotógrafo y una chica de marketing que tomaba notas en el móvil. Iván los recibió en la puerta con la chaqueta del traje abotonada, cosa que yo no le había visto hacer nunca.
Susana quiso verlo todo. La sala del alcalde, la cafetería, el armario de debajo del fregadero. Cogió la pota de Suso con las dos manos y la miró por dentro.
—Esto es auténtico —dijo.
Era una pota de aluminio con una abolladura en el fondo.
Le pregunté si quería que hiciera café y me dijo que sí, por favor, que le encantaría vivir la experiencia.
Lo hice. El fotógrafo me sacó fotos mientras echaba el agua, mientras esperaba a que hirviera y mientras lo colaba con el colador de tela.
Me pidió que mirara a la pota. Ya estaba mirando a la pota.
Suso, que estaba en la mesa del fondo con sus bolsitas, se acercó a ver qué hacían con su pota y se quedó al lado, con el anorak puesto.
Susana se bebió el café de pie en la cafetería y cerró los ojos.
—Carme, lo que tú haces no se puede comprar —dijo—. Por eso lo vamos a vender.
Me explicó la idea en la mesa del fondo, la de la máquina de bolas, que ya no estaba.
Nimbo iba a lanzar un producto nuevo para los veintitrés centros: el Pack Despedida Tradicional.
Café de pota servido en tazas de loza. Rezo del rosario con una persona mayor de la comunidad.
Velada nocturna acompañada. Mantel de ganchillo en la mesa de firmas.
Lo llamaba «la esencia rural». Costaba mil doscientos euros más que el servicio básico.
—Y tú lo vas a diseñar —dijo—. Tú vas a ser el método.
La chica de marketing escribió el método en el móvil y lo subrayó con el dedo.
Yo pregunté una sola cosa. La misma que le había preguntado a Anselmo en noviembre: si en los veintitrés centros se iba a hacer el café a las seis de la mañana.
Susana lo pensó. Se le notaba que lo pensaba de verdad, porque se quitó las gafas.
—Lo podemos ofrecer como opción premium —dijo—. Madrugada auténtica. ¿Cómo lo ves?
No lo vi de ninguna manera. La chica de marketing lo escribió también.
Firmé el contrato del ascenso esa misma tarde, en la oficina, con el bolígrafo de Iván. Iván me dio la mano y luego, como no sabía qué más hacer, me dio también un abrazo. Susana aplaudió dos veces.
No lo firmé por el sueldo, aunque el sueldo era mejor.
Lo firmé porque pensé una cosa que me pareció lógica.
El manual Despedida 360 tenía doscientas catorce páginas y en ninguna ponía cómo se hace un velorio, y aun así yo había aprendido a cumplirlo entero en una noche.
Si alguien escribía bien lo que yo sabía, otros podrían aprenderlo igual.
En Lalín, en Ourense, en Viana do Castelo.
Veintitrés centros con el café a las seis.
Eso pensé. Lo apunto porque fue lo que pensé, no porque fuera verdad.
Mi primera tarea como coordinadora de despedidas fue escribir mis reglas para el anexo del manual. Susana me mandó una plantilla con el logo de la nube arriba y tres apartados: Objetivo , Procedimiento , Indicador de calidad .
Me pasé una semana delante del ordenador de la oficina.
El lunes escribí la primera: El café se hace a las seis de la mañana y no se deja de hacer hasta que se cierra la sala. Me quedé mirándola. En el apartado Objetivo no supe qué poner. El objetivo del café es que haya café. Escribí eso y lo borré.
El martes escribí cuatro más. Al leerlas seguidas parecían las normas de una casa rural. A los niños se les deja jugar. Un velorio sin niños está mal hecho. Escrito así parecía que estuviera recomendando traer niños, como quien recomienda traer paraguas.
El miércoles hubo un servicio en la sala 2, un señor de Ferreiros de noventa y cuatro años.
Entré a saludar a la familia y me quedé quieta en la puerta, pensando cuál de los hijos lloraba menos.
Lo pensé con las palabras exactas que había escrito el día anterior: primero se saluda a quien menos llora .
Mientras lo pensaba, una vecina se adelantó y saludó al hijo pequeño, que era el que lloraba menos.
Yo llegué después. El hijo pequeño me dio la mano como se le da a la segunda persona.
Nunca había tenido que pensar una regla antes de hacerla. Las reglas se hacían solas. Ahora, cada vez que entraba en una sala, oía la frase escrita antes de mover las manos. Lo anoté en el libro de servicios, en las hojas del final: Las reglas escritas llegan tarde. Un segundo, más o menos.
El jueves llegué a la décima: Por la noche, alguien vela. Si no hay nadie, vela Carme. Luego quité Carme y puse el personal del centro .
El viernes escribí la undécima: Se escucha.
En Procedimiento no puse nada. En Indicador de calidad puse: El ruido es el correcto. Lo mandé todo a las ocho de la tarde.
Susana me lo devolvió el lunes con control de cambios. Las correcciones salían en rojo, en el margen, con su nombre y la hora.
Primero se saluda a quien menos llora era ahora Identificar al usuario con menor expresión emocional y priorizar el primer contacto.
A una viuda no se le pregunta nunca qué necesita: se le da era ahora Anticipación proactiva de necesidades (ver anexo IV).
A los niños se les deja jugar era ahora Espacio infantil (sujeto a disponibilidad del centro).
Por la noche, alguien vela era ahora Servicio de acompañamiento nocturno (opcional, consultar tarifa).
Al lado de la undécima había un comentario en un globo amarillo: ¡Me encanta! Muy tú. ¿Podemos concretar un poco más? ¿Escucha activa? ¿Algún indicador medible?
Le contesté en el globo que no. Al día siguiente, en la versión definitiva, la regla once ya no estaba. Había diez. En la portada del anexo ponía: El método Carme. Diez claves para una despedida auténtica.
A mediados de febrero, una furgoneta de Vigo trajo los vinilos para el Mercedes. Una nube azul claro en cada puerta y debajo, en letra redonda, Cada vida, una despedida única . Los pegó un chico con una espátula de plástico en el aparcamiento, mientras Manolo lo miraba fumando, apoyado en la pared.
Cuando el chico terminó, Manolo tiró el cigarro, lo pisó y entró en la oficina de Iván. Salió a los diez minutos.
—Me prejubilo —me dijo en el pasillo.
—¿Cuándo?
—A final de mes. Ya lo tenía mirado. —Se atusó el bigote—. Con eso en la puerta no conduzco, Carme. Treinta y un años llevando a la gente de la comarca y ahora parece que la llevo a una excursión.
—Esto antes era de otra manera —dije yo.
Me miró un momento, como si le hubiera quitado algo del bolsillo.
—Pues eso.
El último día de Manolo no hubo servicio.
Lavó el Mercedes por dentro y por fuera, aunque estaba limpio, y vació el cenicero, que nunca vaciaba.
Antes de irse vino a la cafetería y dejó un mechero encima de la mesa, delante de mí.
Era de metal, de los de gasolina, con una rosa de los vientos grabada en la tapa que se había borrado casi del todo de tanto llevarlo en el bolsillo.
—Yo no fumo, Manolo.
—Ya lo sé, home. Es para las velas. En Vigo no sé si habrá.
Lo guardé en el bolsillo del delantal. Manolo se fue a pie hasta la gasolinera, donde le esperaba su Berlingo blanca, y desde allí me tocó el claxon dos veces.
El estudio lo encontró Noelia por internet.
Un bajo interior en el Calvario, a diez minutos andando de la parada del autobús que va al polígono.
Una habitación con cocina americana, un baño sin ventana y una ventana que daba a un patio de luces con cuatro tendales.
No tenía vistas. Noelia dijo que eso no importaba porque yo iba a estar todo el día en la sede.
La mudanza la hicimos un sábado. Brais nos dejó el coche familiar y se quedó con los niños.
Noelia conducía, mi madre iba delante con una empanada de bonito en el regazo y yo iba detrás con las cajas.
Eran siete. Ropa, sábanas, la radio, la olla, los platos, las toallas y una caja pequeña con papeles.
Mi madre fregó el estudio entero, que ya olía a la lejía de la casera. Puso un mantel de hule en la mesa y una estampa de la Virgen de los Dolores en la puerta de la nevera, con un imán.
—Para que te acompañe, filla.
Estaba contenta. Se le notaba en que hablaba más rápido.
Cada poco decía «en Vigo», como quien prueba una palabra nueva: tienes la panadería en la esquina, en Vigo; aquí hay de todo, en Vigo.
Noelia montó la cama, que era de las de tornillos, y luego se sentó en ella y me miró con los ojos brillantes.
—Esto es un salto cualitativo, Carme. Una ciudad de verdad. Gente nueva. Te va a cambiar la vida.
—Vale.
—¿No estás contenta?
Lo pensé. Había siete cajas, una cama, una mesa con mantel y una Virgen en la nevera. Todo estaba en su sitio.
—Está todo en su sitio —dije.
Noelia se lo tomó como un sí. Comimos la empanada en la cama, porque solo había una silla.
Mi madre contó que el domingo anterior, a la salida de misa, le había dicho a don Celso que su hija se iba a Vigo de coordinadora, y que don Celso le había dado la enhorabuena llamándome Carmela, como a la abuela. Ella no lo había corregido.
—Total, para qué —dijo, y se limpió las migas de la falda.
A las seis se fueron. Desde la acera, antes de subir al coche, Noelia me hizo una foto en la puerta del portal. Me pidió que sonriera. Sonreí lo que pude, y ella dijo que estaba muy bien.
Suso no vino a despedirse.
No esperaba que viniera, porque no se lo había dicho. Pero en Arentei todo se sabe antes de decirlo, y la última semana había dejado de aparecer por la cafetería. Rosi, la de la floristería, me dijo que lo había visto en el Central mirando la tele con el anorak puesto, a las once de la mañana.
El domingo por la tarde, al volver de Vigo para pasar la última noche en el piso de encima de la ferretería, encontré una bolsa de papel en el buzón.
Era de la panadería de Vilacova. Dentro había doce pastas de mantequilla, seis de guinda y seis de chocolate, colocadas de dos en dos. No había ninguna nota. No hacía falta.
Esa noche fui al tanatorio por última vez como empleada de Arentei.
Iván me había pedido que dejara mis llaves en su mesa.
Lo de la media semana en Arentei se había quedado por el camino: ahora era la sede, de lunes a viernes.
El lunes empezaba una chica nueva de Pontevedra con un título de técnica en servicios funerarios.
No había ningún muerto. Las tres salas estaban a oscuras y la máquina de cápsulas tenía la luz verde encendida.
Me senté un rato en mi silla de la sala del alcalde. No oí nada, pero no había nada que oír. Una sala sin muerto no suena.
Después fui a la oficina. Dejé encima de la mesa de Iván la llave pequeña de la puerta de atrás, la de la cinta azul, y la llave de la sala del alcalde que me había dado Anselmo. Las puse juntas, una al lado de la otra.
La chaqueta de pana seguía en el perchero.
Llevaba allí desde noviembre, salvo las dos noches de diciembre en que estuvo en la silla de la puerta, velando a su dueño.
Nadie la había tocado. La chica nueva no sabría de quién era.
Al cabo de un mes, alguien la metería en una bolsa de basura para hacer sitio.
La descolgué. Pesaba más de lo que parecía. Olía a armario, a tabaco de otro y un poco a lirios. La doblé sobre el brazo, como se dobla la ropa de un difunto antes de devolvérsela a la familia, y apagué la luz de la oficina.
El perchero se quedó vacío. Ya no iba a volver nadie a colgar nada en él.