10. La despedida personalizada
El pack Celebración incluye, según la ficha que Iván imprimió y pegó con celo en la puerta de la oficina: personalización del espacio, animación musical con técnico de sonido, servicio de bebidas, retransmisión en directo para familiares y amigos a distancia y un momento homenaje de quince minutos con pase de fotos.
Cuesta tres mil cuatrocientos euros más que un servicio normal.
Maruxa Iglesias lo pagó con una tarjeta que hubo que pasar dos veces.
Su hijo Brandon tenía treinta y ocho años. Trabajaba en un taller de neumáticos de Lalín y el sábado por la noche, volviendo de un concierto, se salió con la moto en la curva de A Pena. Manolo lo trajo el domingo desde Pontevedra, después del forense. Al abrir el portón del Mercedes me dijo:
—Este no se enteró. Pero no lo mires mucho.
Lo miré mucho, porque es mi trabajo. Estuve cuatro horas en la sala de preparación.
Cuando terminé, Brandon tenía la cara de alguien a quien le han interrumpido la siesta y ha decidido no protestar.
La chupa la trajo su madre en una bolsa de supermercado.
Era de cuero negro, con un águila bordada en la espalda y una mancha de grasa en el puño izquierdo.
La mancha no la limpié. Hay cosas que son del muerto.
Iván llegó el lunes a las ocho, una hora antes que de costumbre. Traía dos cafés de la gasolinera en vasos de cartón y me dio uno.
—Es nuestro primer pack Celebración —dijo—. ¿Te das cuenta, Carme? Esto nos posiciona.
No le pregunté dónde nos posicionaba. Me bebí el café, que estaba aguado, y repasé la lista de tareas de la tablet.
Tenía cuarenta y una. El contrato del ascenso seguía en el primer cajón de mi mesa, debajo de las facturas de la floristería.
No lo había firmado. Tampoco lo había devuelto.
Iván no me lo había vuelto a mencionar, y yo había decidido entender eso como un plazo.
Lo montaron todo entre las doce y las cuatro.
Los globos llegaron en una furgoneta de Pontevedra: ciento veinte, negros, de helio, con una cinta plateada cada uno.
Los ataron a los respaldos de las sillas de la sala del alcalde y a la barandilla del pasillo.
Las sillas, que desde diciembre son grises y apilables, quedaron como si cada una tuviera una idea.
El DJ se llamaba Yeray. Tenía veintitantos años, una gorra con la visera hacia atrás y dos altavoces negros del tamaño de una lavadora.
Los puso a ambos lados del cristal. Le pregunté si iba a poner la música alta y me contestó que la iba a poner «con respeto, pero con energía».
Me enseñó la lista en el portátil. Tenía cuarenta canciones.
La madre había elegido tres. Las otras treinta y siete las había elegido un amigo de Brandon al que todos llamaban el Chino y que no era chino.
Iván subió las luces LED al modo que en el panel se llama «Celebración». La sala del alcalde se puso de color morado.
En la cafetería, donde antes estaban las pastas, colocaron cuatro neveras portátiles con cerveza y hielo.
En el aparcamiento, a partir de las tres, empezaron a llegar las motos.
Desde la ventana de la oficina se veían veinte.
Aparcaron en dos filas, en espiga, con la rueda delantera hacia la puerta, y los moteros se quedaron de pie a su lado, fumando, con el casco debajo del brazo, como si esperaran una orden.
A las cuatro y media, Iván puso un móvil en un trípode delante del ataúd. Brandon había vivido seis años en Tenerife y allí tenía amigos que no podían venir. En una esquina de la pantalla aparecía un número. Era el número de personas que estaban mirando. A las cinco eran catorce.
Para el pack, Iván había hecho sacar el ataúd de detrás del cristal y lo había puesto delante, en el centro de la sala. Estaba abierto. Brandon tenía la chupa puesta y las manos cruzadas encima de un casco que su madre había pedido que le pusiéramos. El casco estaba rayado por un lado. No pregunté.
Yo llevaba la tablet y el guion. A las cinco en punto abrí la puerta y le dije a la primera persona que entró la frase número uno:
—Estamos aquí para acompañarte en este momento.
Era Suso. Me miró, miró los globos y dijo:
—Carallo.
Y fue derecho a las neveras.
Lo que pasó después lo apunté esa noche en las últimas hojas del libro de servicios, las que uso para borradores.
Lo apunté con la hora, como se apunta un parte de incidencias, porque así fue como ocurrió: una cosa detrás de otra, en orden, sin que ninguna tuviera que ver con la anterior y todas con todas.
A las cinco y diez entró Jessica. Había sido la pareja de Brandon durante once años y lo había dejado hacía dos.
Llevaba un vestido negro corto y un ramo de rosas rojas que dejó encima del ataúd, encima del casco.
Maruxa cogió el ramo y lo tiró al suelo.
Jessica lo recogió. Maruxa dijo algo sobre once años de mantenerla.
Jessica dijo algo sobre once años de aguantar a su hijo.
Las dos lo dijeron delante del trípode. El número de la esquina subió a veintidós.
A las cinco y veinticinco llegó Tamara. Era la pareja actual de Brandon.
Tenía unos treinta años, el pelo teñido de rojo y un niño de unos cuatro años cogido de la mano.
El niño llevaba un chaleco de cuero pequeño, como el de los moteros.
Nadie en la sala sabía que existía. Lo supe por el silencio, que no era un silencio de respeto sino de cálculo. Maruxa miró al niño y se sentó.
A las cinco y cuarenta, Yeray puso una canción lenta, en inglés, con un saxofón.
Jessica se echó a llorar en voz alta. Era su canción, la de cuando se conocieron.
Se la había pedido a Yeray en el pasillo sin decírselo a nadie.
Tamara se levantó, cogió al niño y salió.
El niño iba diciendo que quería ver las motos.
A las cinco y cincuenta y dos, la abuela de Brandon, que tenía ochenta y siete años y había bebido media lata de cerveza porque alguien se la había puesto en la mano, se desmayó en su silla.
No se cayó. Se fue quedando ladeada, muy despacio, con el bolso en el regazo.
La tumbamos en el sofá de la oficina con las piernas en alto.
A los tres minutos abrió los ojos y preguntó si ya había llegado el cura.
A las seis y tres, un globo se soltó, subió hasta el foco que había encima del ataúd y explotó. Sonó como un disparo. Gritaron tres personas. El niño de Tamara, que había vuelto a entrar, se echó a llorar. Un motero de los grandes dijo una palabra muy fea y luego le pidió perdón al muerto.
Yo estaba en la puerta. En la tablet, en la tarea treinta y dos, ponía: Momento homenaje (18:15). Confirmar con técnico de sonido .
Y entonces lo oí.
Lo diré como lo oí: el velorio sonaba como la mesa de O Lar la noche del cumpleaños de Sabela, pero con altavoces.
Había mucho ruido y ningún ruido era el que tenía que ser.
El bajo de los altavoces estaba debajo de todo, como un suelo que vibra.
No se oían tazas, porque no había tazas: había vasos de plástico y latas.
No se oía murmullo. Se oían dos volúmenes, uno muy alto y otro muy bajo, y nada en medio.
La puerta no sonaba, porque nadie entraba ni salía.
Cada uno estaba quieto donde le había tocado.
Y por encima de todo, desde el móvil del trípode, una voz pequeña con acento canario repetía que no se oía nada.
Lo había oído la noche de Anselmo y luego se había vuelto a ir sin avisar. Ahora estaba ahí otra vez, claro, y estaba mal.
Dejé la tablet en una silla. La del extremo del semicírculo, donde antes estaba la primera de la izquierda.
Fui hasta el portátil de Yeray y desenchufé el cable. El saxofón se cortó en mitad de una nota. Yeray me miró.
—Ahora no —le dije.
Dijo que vale. La gente casi siempre dice que vale cuando se le habla así.
Fui hasta Maruxa, que estaba en la primera fila mirando a ningún sitio, y le dije que la sala era suya.
Que la familia se quedaba allí, con Brandon.
Fui hasta Jessica y le dije que la sala 1 era para ella, con sus amigas y con quien quisiera estar con ella, y que podía volver a ver a Brandon cuando quisiera, pero no al mismo tiempo que Maruxa.
Cogí el trípode y lo llevé a la sala 1, mirando hacia la puerta abierta, para que los de Tenerife vieran a la gente y no al muerto.
A Jessica no le pregunté qué necesitaba.
Le llevé una silla con brazos y una caja de pañuelos.
En el aparcamiento estaba Manolo, fumando al lado del Mercedes. Le llevé al niño de Tamara y a dos sobrinos de Jessica que se aburrían en el pasillo.
—Manolo, que vean las motos.
Manolo miró a los moteros. Los moteros miraron a Manolo. El Chino se encogió de hombros, cogió a uno de los niños por las axilas y lo sentó en el depósito de su moto. A los dos minutos había tres niños en tres motos y Manolo les explicaba cuál hacía más ruido.
Dona Esperanza estaba en la última fila de la sala del alcalde, con el bolso negro en las rodillas y el rosario de nácar en la mano, sin rezar. Había llegado a las cinco, como siempre, y no se había movido.
—Dona Esperanza, ¿nos reza un rosario?
—Xa era hora, filla.
Empezó sin levantarse. Iba muy deprisa, como siempre, y al principio solo la seguían dos vecinas del bloque de Maruxa. Al tercer misterio la seguía Maruxa. Al cuarto, la abuela, desde la puerta de la oficina, con las piernas todavía flojas.
Después hice café.
La máquina de cápsulas hace una taza cada cuarenta segundos y allí había ciento y pico personas.
Abrí el armario de debajo del fregadero, donde desde la noche de Anselmo estaban la pota de Suso y el hornillo de camping, envueltos en un trapo de cocina.
Suso me vio sacarlos desde la mesa del fondo y se levantó sin que se lo pidiera.
Encendió el hornillo con su mechero. Yo llené la pota.
—Esto no viene en el pack —dijo.
—No.
—Mejor.
Saqué del almacén las tazas de loza, las que había guardado en una caja cuando llegaron las tazas de cartón. Las conté al sacarlas. Doscientas diez. No faltaba ninguna. Las lavé y las puse en las bandejas.
A las siete y diez, el velorio sonaba bien.
Tazas. Murmullo. El rosario de Dona Esperanza bajando de volumen hasta quedarse en un rumor.
La puerta, que se abría y se cerraba porque la gente había vuelto a moverse: de la sala 1 al pasillo, del pasillo a la sala del alcalde, del pasillo al aparcamiento.
De vez en cuando, una risa. De vez en cuando, desde fuera, una moto que arrancaba un segundo y se apagaba, y un niño que aplaudía.
A las siete y media vi a Maruxa salir al aparcamiento. Se paró junto a la moto del Chino, donde estaba sentado el niño del chaleco de cuero. Le dijo algo. El niño le contestó algo. Yo estaba en la puerta y no lo oí. No hacía falta.
Esa noche velamos entre muchos. Los moteros no se fueron.
Se quedaron en la sala del alcalde hasta las cuatro, primero hablando bajo, luego contando cosas de Brandon, luego riéndose, como se hacía antes en las casas.
A las cuatro se durmieron en las sillas grises, con los globos todavía atados detrás.
Yo cogí la tablet, que se había quedado sin batería, y me senté en la primera de la izquierda.
A las once de la mañana, el Mercedes salió hacia la iglesia.
Los moteros se habían puesto en dos filas a los lados de la carretera, desde la puerta hasta la gasolinera, montados en las motos.
Cuando el coche pasó entre ellos, aceleraron todos a la vez, sin moverse del sitio.
Fue un ruido enorme y largo, y era el ruido correcto.
Manolo conducía muy despacio, con las dos manos en el volante.
Un chico al final de la fila lo grababa todo con el móvil.
Antes de subir al coche de la familia, Maruxa vino hasta la puerta y me abrazó. No dijo nada. Olía a tabaco y a colonia de bebé. Luego se fue.
Iván estaba a mi lado. Tenía la tablet en la mano y la cara del color de la pared.
—Carme —dijo—. Esto no es el protocolo.
—No —dije yo.
Asintió muy despacio y no apuntó nada.
Dos días después llegó la encuesta de las cuarenta y ocho horas.
La había contestado Maruxa. Había puesto un diez en todas las preguntas, y en la casilla de comentarios había escrito una sola frase, sin tildes: La chica del cafe sabia .
Iván la imprimió y me la dejó encima de la mesa, al lado del contrato, que alguien había sacado del cajón.
Debajo de la frase había escrito él, a bolígrafo:
Nota más alta de la historia del grupo.