La veladora 9. Anselmo
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9. Anselmo

Manolo lo trajo a las cinco y veinte de la mañana del día de Navidad, en el Mercedes, por la puerta de atrás.

Yo lo esperaba en el muelle con la camilla. Suso se había ido a su casa sin que se lo pidiera, con el anorak cerrado y la caja de cápsulas debajo del brazo. No le dije que la dejara. Manolo abrió el portón y se quedó quieto un momento, con la mano en la manilla, antes de sacarlo.

—Pesa poco —dijo—. Pesaba poco ya.

Lo preparé yo. No dejé entrar a nadie en la sala de preparación, como siempre, y Manolo tampoco lo pidió.

El señor Lestón tenía setenta y cuatro años y la cara de alguien que se ha quedado dormido escuchando una cosa interesante.

Le cerré bien la boca. Lo peiné hacia atrás, con agua, como se peinaba él.

Le puse el traje oscuro que Manolo trajo de su armario, que era el de la boda de su hija, y una corbata negra.

Le crucé las manos. Sus manos eran grandes y yo las conocía mejor que su cara, porque durante veinte años las había visto más: colocando una corona, cerrando una puerta, señalándome una silla.

Lo pusimos en la sala 1. Sus hijos no llegaban hasta el día siguiente.

Esa noche, la del 25, lo velé sola. Saqué la chaqueta de pana del perchero de la oficina, por primera vez desde noviembre, y la colgué en el respaldo de la silla de la puerta, que es donde él se ponía. Me senté en la silla de al lado y escuché.

Oí el zumbido de las luces. Oí la cámara frigorífica. Nada más.

A las seis menos diez devolví la chaqueta al perchero, antes de que llegara nadie.

Iván llegó de Vigo el 26 a las ocho de la mañana. Tenía los ojos rojos. Me dio la mano, y después me abrazó, y después se quedó un rato de pie delante del cristal de la sala 1, sin decir nada, con la tablet colgando de una mano.

Luego se sentó en la cafetería y en veinte minutos lo tenía todo pensado.

—Una celebración de la vida —dijo—. Se lo merece, Carme. Era el fundador. Era… una institución. No podemos hacerle un servicio estándar.

Me explicó la idea. Lo pasaríamos a la sala del alcalde, porque era «su casa».

Se instalaría una pantalla grande al lado del cristal con un pase de fotos de su vida, en bucle.

Música: una selección especial, no «Serenidad», algo con más personalidad.

Tarjetas en las sillas para que la gente escribiera un recuerdo y lo colgara en un panel de corcho.

—¿Te parece? —preguntó.

La página 140 del manual dice que la celebración de la vida es «la opción recomendada cuando el homenajeado tuvo una trayectoria relevante en la comunidad». El señor Lestón la tuvo.

—Sí —dije.

Fernando llegó a las once y media en un coche de alquiler desde Santiago.

Lucía llegó a la una, en otro coche de alquiler, desde el mismo aeropuerto pero de otro vuelo.

Los dos tenían las manos del padre. Se dieron un abrazo en el pasillo, corto, como dos personas que se ven poco, y entraron juntos en la sala 1.

Les dejé diez minutos solos.

Cuando salieron, Iván les explicó la celebración de la vida con la tablet.

Fernando miraba el móvil. Lucía miraba la puerta.

Dijeron que sí a todo. Iván les preguntó si preferían piano o cuerda y Lucía dijo que lo que él viera.

Iván les preguntó si tenían fotos y Fernando le mandó cuarenta y dos desde el móvil sin mirarlas.

—Lo que diga Carme —dijo Fernando al final, y se fue al coche a hacer una llamada.

Nadie me preguntó nada.

Por el día hice lo que me mandaron.

Pasamos al señor Lestón a la sala del alcalde a las tres.

Iván colgó la pantalla. Las fotos salían cada ocho segundos con un efecto de fundido: el señor Lestón de niño delante de la funeraria de su padre, con pantalón corto; el señor Lestón con su mujer, en la boda, muy delgado; el señor Lestón delante del tanatorio el día de la inauguración, con don Ramiro cortando una cinta.

En ninguna sonreía mucho. En todas tenía las manos detrás de la espalda.

La música era de piano con violonchelo. Las coronas las puso el chico de las mañanas a los dos lados de la pantalla, para «enmarcarla», con las cintas giradas hacia dentro para que no taparan las fotos.

Recibí a la gente con la frase de la página 31. La dije ciento ochenta veces. A las cinco llegó Dona Esperanza. Me miró, miró la pantalla, se sentó en el semicírculo y no me preguntó nada.

Vino toda la comarca. Vinieron los de Ferreiros, los de A Pena, los de la Rúa Maior, don Celso, tres alcaldes.

Firmaron en la tablet. Se quedaron de pie delante de la pantalla, esperando a que volviera a salir la foto de la boda, y comentando.

Muy poca gente se acercó al cristal. El panel de corcho se llenó de tarjetas.

Yo iba y venía con las tazas de cartón.

Fernando y Lucía se fueron a la casa del padre a las once, a dormir. Iván se fue a las once y cuarto. Antes de irse se quedó mirando la pantalla un momento, con las manos en los bolsillos.

—Ha quedado precioso —dijo—. ¿No?

—Sí.

Me dio una palmada en el hombro. A las once y media el panel de la entrada pasó a «modo reposo» y la puerta de cristal de la sala se bloqueó, porque así está programada: el protocolo no contempla presencia en sala de noche si la familia no la pide, y la familia no la había pedido.

El señor Lestón se quedó al otro lado del cristal, con las fotos pasando a su lado cada ocho segundos en una sala sin nadie.

Saqué del bolsillo del delantal la llave larga, la de hierro, la del cordón negro.

Salí al patio por la puerta de atrás. Llovía poco. Abrí la puerta antigua de la sala del alcalde, la de madera, la de los muertos, y entré.

Primero desenchufé la pantalla. Se quedó negra, con un punto rojo pequeño en una esquina. Le puse encima un mantel de la cafetería para que no se viera el punto.

Después fui al almacén y saqué las dos lámparas de pie, que los de Vigo habían dejado allí en diciembre, envueltas en plástico de burbujas. Las enchufé a los dos lados del cristal. Bajé las luces LED hasta donde dejaba el panel, que no es del todo.

Después las coronas. Las grandes al fondo, contra la pared.

Los ramos pequeños delante. Las cintas, todas, giradas hacia fuera, para que se leyeran: Tus hijos Fernando y Lucía.

Tus compañeros de Nimbo. El Concello de Arentei.

Os veciños de Ferreiros . Una corona pequeña, de claveles blancos, no tenía cinta. La puse en el centro, delante.

Después las sillas. Dos filas, contra las paredes. El centro, libre.

Después fui a la oficina, descolgué la chaqueta de pana del perchero y la llevé a la silla de la puerta, la primera, donde él se ponía.

La colgué en el respaldo. Al colgarla, el bolsillo de la derecha golpeó la madera con un ruido pequeño.

Sabía lo que había dentro. Era la bola roja de la máquina de los niños, la que él se guardó en noviembre. No la saqué.

A las doce y cuarto oí un coche en el patio. Era la Berlingo de Manolo. Manolo bajó, abrió la puerta del copiloto y ayudó a bajar a Dona Esperanza, que llevaba el bolso negro colgado del brazo y el rosario ya en la mano.

—Llamó ella —dijo Manolo—. A las once. Que si había alguien con él. Le dije que estarías tú.

Detrás de la Berlingo, andando por el arcén desde la gasolinera, venía un anorak rojo.

Suso traía en una mano una pota de aluminio con una abolladura en el fondo y, en la otra, una bolsa de plástico con un hornillo de camping, una bombona azul, un colador de tela y un paquete de café molido.

Debajo del brazo traía una caja de cartón de la panadería de Vilacova.

—Las compré esta tarde —dijo, y me dio la caja—. Las últimas que quedaban. De guinda y de chocolate.

Suso puso el hornillo en una mesa de la cafetería, encima de una bandeja, para no quemar la fórmica.

Llenó la pota de agua. Cuando hirvió, echó el café, lo dejó subir una vez, lo apartó, le dio un golpe con la cuchara en el borde y lo coló por el colador de tela en una jarra.

El olor llegó hasta el pasillo. Era el olor de antes.

Yo fui al almacén y saqué la caja de las tazas de loza, las blancas, con el borde azul, que estaban en la balda de arriba desde que llegaron las de cartón. Saqué veinticuatro. Las lavé. Las conté.

Nos sentamos en la sala del alcalde. Dona Esperanza en una silla de la pared de la derecha, la segunda. Manolo enfrente, con las piernas estiradas. Suso al lado de la puerta, junto a la silla de la chaqueta, que nadie ocupó. Yo en la primera de la izquierda.

Dona Esperanza empezó el rosario. Esta vez no fue deprisa. Fue a la velocidad a la que se puede seguir, y Manolo la siguió, en voz baja, equivocándose en los misterios. Suso no rezaba. Comía pastas de dos en dos, una de guinda y una de chocolate, y escuchaba.

Después del rosario, Manolo contó cosas.

Contó que el señor Lestón, de joven, había llevado un muerto de Bustelo a Arentei en un carro de bueyes porque la nieve no dejaba pasar la furgoneta de su padre.

Contó que una vez, en un entierro doble, dos hermanos el mismo día, se equivocaron de ataúd, y que él lo arregló en la puerta de la iglesia sin que nadie se diera cuenta, cambiando las placas con un destornillador.

—Nunca comía delante de una familia —dijo Manolo—. Decía que el de Lestón no tiene hambre en un velorio. Y luego en el coche se comía dos bocadillos.

Dona Esperanza se rio. Fue una risa corta, por la nariz. Suso se rio también. Manolo se pasó la mano por el bigote.

Yo serví café.

Fue a las dos y media, cuando volví de la cafetería con la jarra llena.

Me paré en la puerta de la sala. Oí la jarra contra la bandeja.

Oí el rosario de Dona Esperanza, que había vuelto a empezar, más bajo, sola.

Oí a Manolo diciéndole algo a Suso y a Suso contestando que eso no podía ser.

Oí una taza que alguien dejaba en el suelo.

Oí la lluvia en la chapa del aparcamiento, y la cámara, y el reloj de la oficina, que adelanta dos minutos.

Y debajo de todo eso oí lo otro. La forma que tienen los ruidos de colocarse alrededor de un muerto.

Cada cosa a la distancia a la que tenía que estar.

Estaba ahí. Sonaba bien.

Y entonces comprendí que llevaba dos semanas sin oírlo.

Desde el primer servicio con el manual, desde Benito o do Muíño.

Trece días. No se había estropeado nada en las salas.

No era el zumbido de las luces. El zumbido estaba, pero estaba encima, no en lugar de.

Era yo la que había dejado de escuchar, porque el manual decía en qué página estaba cada cosa y yo había ido a buscar las páginas en lugar de escuchar.

Y no me había dado cuenta. Eso era lo que no encajaba.

Un mecánico que deja de oír el motor no sabe que ha dejado de oírlo hasta que vuelve a oírlo.

Dejé la jarra en la mesita del libro de firmas, que ya no tiene libro.

Después me pasó una cosa que tengo que describir con cuidado, porque no me había pasado nunca.

Me empezó a salir agua de los ojos. No la había pedido.

No tenía ninguna sensación previa, ni presión en la garganta, ni nada de lo que describen las familias.

Simplemente empezó, primero por el ojo izquierdo y después por los dos, y bajaba por la cara y se metía por el cuello de la blusa.

Intenté pararlo. No sabía dónde estaba el mando.

Me quedé de pie al lado de la jarra, con las manos quietas, esperando a que terminara, como se espera a que termine de gotear un grifo que se ha cerrado mal.

No sé por qué era. No lo sé todavía. No era por el señor Lestón, o no solo. No era por esos trece días.

Manolo me miró y miró hacia otro lado, que es lo correcto. Suso me miró y no supo qué hacer, y cogió dos pastas, y no se las comió, y se quedó con ellas en la mano.

Dona Esperanza dejó de rezar. Abrió el bolso negro, sacó un pañuelo de tela planchado en cuatro y me lo dio sin levantarse.

—Ahí estás, filla —dijo.

Después volvió al rosario, en el misterio donde lo había dejado.

Me sequé la cara. Doblé el pañuelo en cuatro otra vez. Me senté en la primera silla de la izquierda y escuché hasta las seis menos diez.

A las seis menos diez hice café. En la pota.

A las siete y media se fueron Manolo y Dona Esperanza en la Berlingo, y Suso andando hacia la gasolinera.

Lavé las tazas de loza y las guardé en la caja.

Envolví la pota y el hornillo en un trapo de cocina y los guardé en el armario de debajo del fregadero, porque Suso dijo que los dejaba allí, por si acaso. No dijo por si acaso qué.

No toqué nada más. La pantalla siguió tapada con el mantel. Las coronas siguieron con las cintas hacia fuera. Las lámparas de pie siguieron encendidas. La chaqueta siguió en la silla.

Iván llegó a las ocho y cuarto. Entró en la sala del alcalde con su tarjeta, por la puerta de cristal, y se quedó parado justo después de cruzarla.

Miró el mantel encima de la pantalla. Miró las lámparas.

Miró las sillas contra las paredes y la chaqueta de pana en la primera.

Después me miró a mí, que estaba cambiando el agua de los lirios.

No dijo nada.

Se fue a la oficina y cerró la puerta. Por el cristal de la puerta lo vi sentarse delante del ordenador, abrir el programa de las cámaras y pasar la noche a velocidad rápida.

Vi en su pantalla, muy pequeños, la Berlingo, el anorak rojo, el hornillo.

Me vi a mí, de pie al lado de la jarra, sin moverme, durante mucho rato.

Iván paró ahí la grabación. Estuvo un minuto mirándola. Luego cerró el programa.

Fernando y Lucía llegaron a las nueve. Entraron en la sala, miraron las coronas, y Lucía se acercó al cristal por primera vez y puso la mano encima. No preguntaron por la pantalla.

El entierro fue a las doce. Don Celso dijo bien el nombre, porque se lo había escrito yo en un papel: Anselmo o de Lestón .

Cuando volví del cementerio, a las dos, había una carpeta azul encima de mi mesa, en el centro, con la nube en la portada. Dentro estaban las cuatro páginas del contrato de coordinadora de despedidas, con un clip de colores y una pestaña adhesiva amarilla donde tenía que ir mi firma.

Iván no estaba. No había ninguna nota.