La veladora 8. Nochebuena
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8. Nochebuena

Para la cena de Nochebuena éramos siete, y mi madre puso ocho platos.

Lo vi al llegar, a las siete, cuando entré en el comedor con la cesta del pan.

La mesa de Vilacova es de castaño y tiene dos alas que solo se abren en Navidad y en los entierros.

Estaba abierta entera, con el mantel de hilo de la abuela Carmela y ocho servicios: mi madre en la cabecera, Noelia y Brais a un lado, Antía y Hugo enfrente, yo, un sitio para Óscar, y uno más al lado de la puerta, sin nadie.

—¿Quién falta? —pregunté.

—Nadie —dijo mi madre—. Es el de tu padre.

Lo pone todos los años y todos los años lo pregunto, porque todos los años se me olvida que lo pone. Es una regla de mi madre. Yo no la cuestiono. Le di la vuelta al vaso de ese sitio para que no le cayera polvo, que es lo que hacía la abuela.

Óscar llegó a las ocho menos cuarto con una botella de albariño en una bolsa de papel y una caja de bombones para mi madre.

Noelia lo había invitado «por si acaso», según me dijo en la cocina mientras yo pelaba los langostinos, aunque no me dijo por si acaso qué.

Él me dio dos besos en la puerta y me preguntó qué tal. Le dije que bien. Era verdad.

Cenamos bacalao con coliflor, como todos los años, y después pavo, porque Noelia dice que el bacalao solo no es una cena de Nochebuena de verdad. A los postres mi madre se puso de pie con la copa de cava.

—Por la niña —dijo—. Que por fin.

Todos levantaron la copa. Antía levantó su vaso de zumo. Hugo, que no sabía por qué brindábamos, levantó el tenedor. Brindé también, porque en un brindis no se queda nadie con la copa abajo, y bebí un poco.

Durante la hora siguiente hablaron de mi futuro.

Noelia habló del sueldo, que yo no le había dicho pero que Iván le había dicho a alguien que se lo había dicho a ella.

Habló del coche de empresa, de lo bien que me iba a venir conocer gente en Vigo, de que ahora sí que iba a tener que comprarme ropa de verdad.

Dijo «plan de carrera» tres veces y «salir de la zona de confort» una.

Brais dijo que en Vigo los pisos estaban carísimos, pero que el Calvario estaba bien.

Mi madre dijo que en Vigo había muchas iglesias, que no me iba a faltar misa, aunque yo no voy a misa.

Óscar dijo que el tráfico de la autopista por la mañana era terrible y que le preguntara a él por los atajos.

Antía preguntó si en Vigo había muertos.

Noelia le dijo que se comiera el turrón.

Yo escuchaba y comía. No había firmado nada.

Le había dicho a Iván que lo pensaría y todavía no lo había pensado.

Pero nadie me preguntó si lo había pensado, ni qué pensaba, ni si quería ir.

Hablaron de mí como se habla de un muerto en el velorio cuando ya han pasado las primeras horas: con cariño, con detalles, en tercera persona, como de alguien que no puede oírte.

Conté los vasos de la mesa. Quince, contando el de mi padre.

Óscar salió a la galería a fumar a las once. Yo salí a recoger los manteles, que mi madre había tendido allí por la mañana.

La galería de Vilacova es de madera pintada de blanco, con cristales pequeños, y en invierno hace más frío dentro que fuera. Óscar estaba de pie junto a la ventana del fondo, con el cigarro en la mano y sin fumárselo.

—Mi madre está peor —dijo, sin que yo le preguntara.

Doblé un mantel. Esperé.

—No come. Duerme casi todo el día. El médico dice que es cuestión de semanas, o de meses, que no se sabe. Hoy la dejé con mi hermana porque mi hermana me dijo que viniera, que me distrajera. —Miró el cigarro—. No sé muy bien qué tengo que hacer. Nadie te lo dice.

Pensé un momento. Tres cosas. Las dije en orden, de usted, como se las digo a las familias.

—La primera: pregúntele ahora, mañana mismo, qué ropa quiere llevar y dónde quiere que la velen.

Ahora, mientras puede contestar. A las madres les gusta que se lo pregunten, aunque digan que no.

Apúntelo en un papel y póngalo en el cajón donde ella guarda el DNI.

Cuando llegue el momento no se acordará de nada, y el papel sí.

Óscar asintió.

—La segunda: cuando pase, no llame a nadie durante la primera hora, salvo al médico. Ni a la funeraria ni a los primos. La funeraria puede esperar. Siéntese con ella. Cójale la mano si quiere. Es la última hora en que su madre va a estar en su casa, y esa hora no se recupera.

—Vale —dijo, en voz más baja.

—La tercera: lo que le ofrezcan ese día, pídalo por escrito y con el precio cerrado. Y no diga que sí a nada a lo que no diría que sí un martes cualquiera.

Óscar se quedó callado un rato largo. Después tiró el cigarro entero a un tiesto, sin haberlo encendido nunca, y me miró.

—Gracias, Carme. De verdad. Es lo más útil que me ha dicho nadie en tres meses.

—De nada.

Cuando me di la vuelta con los manteles, Noelia estaba en la puerta de la cocina, mirándonos.

Me hizo un gesto con los dos pulgares hacia arriba y abrió mucho los ojos.

Luego articuló algo con la boca, sin voz.

Creo que era «¿Ves?». No sé qué tenía que ver.

Llevé los manteles al cuarto de la plancha.

A las doce menos cuarto todos estaban en la cama. Mi madre se acuesta pronto incluso en Nochebuena, porque la misa del gallo la oye por la radio, en la cama. Noelia y Brais dormían en mi antiguo cuarto, los niños en el sofá cama, y Óscar se había ido a Vilagarcía.

Yo estaba en la cocina, sentada, con la luz apagada. Trasno dormía al lado de la cocina de hierro, que todavía estaba templada.

Llevaba tres días con una cosa sin encajar.

Desde la noche de Avelino o Ferreiro, cuando no supe si el ruido había cambiado o si era yo la que había dejado de oírlo.

Una avería se puede comprobar. Se apaga lo que puede estar fallando y se escucha si el fallo sigue.

Si el ruido de un velorio estaba en el tanatorio, en una sala vacía no tendría que oírse nada.

Si estaba en mí, tendría que oírse igual, o no oírse igual.

No había ningún muerto esa noche en Arentei. Lo sabía porque lo miro siempre antes de salir.

Cogí las llaves del coche de mi madre, que cuelgan de un clavo junto a la puerta, al lado del calendario de la Caja. El coche de mi madre es un utilitario rojo de cinco puertas que solo sale para ir a misa y al médico. Arrancó a la segunda. Trasno levantó la cabeza al oír el motor y no ladró.

Llegué al tanatorio a las doce y diez. La gasolinera estaba cerrada, con un árbol de Navidad de luces azules en el escaparate. El cartel nuevo, el de la nube, estaba encendido, porque está encendido siempre.

La luz de la cafetería también estaba encendida.

Me quedé un momento en el coche, con el motor apagado, mirando la ventana. Después marqué el código de la puerta de atrás, entré sin hacer ruido y fui por el pasillo hasta la cafetería.

Era Suso.

Estaba sentado en la mesa del fondo, al lado de la planta de plástico, con el anorak rojo cerrado hasta la barbilla y las manos alrededor de una taza de cartón.

Delante tenía una caja de cápsulas abierta y una tableta de turrón duro, envuelta todavía a medias en su papel dorado.

Cuando me vio, no se levantó. Solo dejó la taza en la mesa.

—Ah —dijo—. Hola.

—¿Cómo has entrado?

—Con el código. Cuatro, uno, nueve, nueve. —Se encogió de hombros—. Te he visto marcarlo cien veces, cuando sales a vaciar el cenicero de la puerta de atrás. Lo marcas muy despacio.

Lo marco despacio para no equivocarme. No le dije nada.

—En mi casa no hay calefacción —dijo—. Bueno, hay, pero es de gasóleo, y el depósito está vacío desde noviembre, y el de la empresa no viene hasta después de Reyes.

Hace dos grados dentro. Lo miré en el termómetro de mi madre.

—Cogió la taza otra vez—. Aquí la calefacción está siempre puesta.

No toco nada. Me hago un café y me voy antes de las cinco, antes de que vengas tú. Ya llevo cuatro noches.

Cuatro noches. Yo había velado una de ellas en la sala 1 y él había estado al otro lado de la pared, en la cafetería, y yo no lo había oído.

—¿Quieres que le diga a Iván que…?

—No.

—Vale.

Me senté enfrente. Él partió el turrón con las manos, contra el borde de la mesa, en trozos más o menos iguales, y me acercó la mitad.

—Era de mi madre —dijo—. Lo encontré en la despensa. Lo compró el año pasado y no se lo comió nadie. No caduca, el turrón duro. Es lo bueno que tiene.

Comimos turrón. Él cogía los trozos de dos en dos y se los comía uno detrás de otro. El turrón duro hace mucho ruido cuando se muerde en una cafetería vacía.

Hablamos poco al principio. Luego habló él.

—Mi madre murió un martes de abril, a las seis de la mañana —dijo—.

Yo estaba en Ginebra. Me llamó mi tía a las seis y cuarto y yo estaba en la cocina del hotel con un desayuno de doscientos para un congreso.

Terminé el servicio. No sé por qué terminé el servicio.

Luego cogí un avión, luego otro, luego un taxi desde Santiago.

Llegué aquí a las seis de la tarde, todavía con la chaquetilla de cocinero debajo del abrigo.

Lo escuché. Yo me acordaba de la tarde de Elvira por las coronas y por la gente mayor. Seguía sin acordarme de él.

—Entré por esa puerta. —Señaló el pasillo—.

La sala dos estaba llena. Todas las vecinas de mi madre, todas las de la Rúa da Fonte, la del estanco, primas que yo no conocía.

Me vieron entrar y se levantaron todas a la vez, y yo pensé: ahora me van a preguntar.

Me van a preguntar por qué no vine antes, por qué estuve quince años fuera, por qué mi hermano no ha venido.

Me iban a preguntar todo eso delante de mi madre.

Mordió otro trozo de turrón.

—Y entonces apareciste tú con una bandeja y dijiste: «Señoras, hay café recién hecho en la cafetería». Y se fueron todas detrás de ti. Todas. Y cerraste la puerta. —Hizo un gesto con la mano—. Diez minutos. Me quedé solo con mi madre diez minutos. Nadie entró. Lo miré en el reloj.

Se quedó callado.

—Fue lo único que alguien hizo por mí cuando volví —dijo—. Lo único. En ocho meses.

Yo no me acordaba de haberlo hecho por él.

Lo hago por todos. Cuando un hijo llega tarde de fuera, entra solo.

Diez minutos sin nadie. Lo he hecho cientos de veces, con hijos que venían de Madrid, de Suiza, de Venezuela, de Lugo.

No me acuerdo de ninguna en particular, igual que no me acuerdo de cada vez que he cerrado una ventana.

No se lo dije.

Le serví otro café de cápsula. La máquina hizo su ruido corto. Él lo cogió con las dos manos.

—Vine a comprobar una cosa —dije.

—¿Qué cosa?

—Si se oye algo.

Suso me miró. Luego miró al techo, y al pasillo, y escuchó con la cabeza un poco ladeada, como si le hubiera pedido que oyera un pájaro.

—Se oye la nevera grande —dijo.

—Es la cámara frigorífica.

—Pues eso.

Y se oían las luces, que en la cafetería también son nuevas. Y la lluvia en la chapa del aparcamiento. Y nosotros dos masticando turrón. Nada más. No sé si eso contestaba a lo que había venido a comprobar. Las averías que solo aparecen a veces son las más difíciles.

A las tres de la mañana sonó mi móvil.

Suso se había quedado dormido con la cabeza encima de los brazos, en la mesa. Yo estaba recogiendo los papeles dorados del turrón y doblándolos en cuadrados pequeños. En la pantalla ponía Manolo .

Manolo no llama nunca de noche si no hay un muerto. Pensé, en el tiempo que tardé en contestar, en qué casa sería. Las de Ferreiros estaban todas bien. En A Pena había un viejo enfermo desde el verano.

—Dime, Manolo.

Oí su respiración. Oí que estaba fuera, porque se oía el viento, y que había un coche con el motor encendido cerca.

—Carme. —Se calló. Volvió a empezar—. Anselmo.

No dije nada.

—Lo encontró la vecina hace una hora. Vio la luz encendida a las tantas y la radio muy alta, y como no contestaba… —Respiró—. Estaba en el sillón, filla. Sentado. Con la manta en las piernas y la radio puesta. Estaban dando la misa del gallo, la repetición. Ni se enteró. Coma un paxariño.

Manolo dice siempre algo así de los muertos. Esta vez lo dijo muy despacio, como si fuera la primera vez que lo decía.

Suso había levantado la cabeza y me miraba.

Dejé los papeles dorados encima de la mesa, en un montón cuadrado, y me levanté. Fui al pasillo. La oficina estaba abierta, con la luz apagada. En el perchero de detrás de la puerta, donde llevaba colgada desde finales de noviembre, estaba la chaqueta de pana.