La veladora 7. Vigo
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7. Vigo

La sede de Nimbo está en un polígono, al lado de la autopista, y desde la sala de formación se ven pasar los camiones.

Es un edificio de cuatro plantas, todo de cristal, de un cristal un poco verde que hace que el cielo de fuera parezca más limpio de lo que es.

En la entrada hay un mostrador blanco, una chica con auriculares y una pared entera con la nube azul y el lema.

Al lado del ascensor hay una máquina de agua con trozos de pepino flotando dentro.

Me serví un vaso porque no sabía si era obligatorio. Sabía a agua con pepino.

—Tú sé tú misma —me dijo.

No supe qué otra cosa podía ser.

Las salas de reuniones de la segunda planta tienen nombres de islas.

La nuestra era Cíes. Al lado estaban Ons y Sálvora.

Cíes tenía una mesa larga, catorce sillas con ruedas, una pantalla grande y una ventana a la autopista.

En la mesa, delante de cada silla, había una carpeta, un bolígrafo con la nube y una bolsita de semillas.

La primera mañana vino una psicóloga a hablarnos de las cinco fases del duelo.

Se llamaba Begoña, como la nuera de don Ramiro, aunque no se parecía a ella.

Llevaba un jersey de color mostaza y hablaba con las manos abiertas, las palmas hacia nosotros, como quien enseña que no lleva nada.

Las cinco fases salieron en la pantalla en cinco colores, en una escalera: negación, ira, negociación, tristeza, aceptación. Cada fase subía un escalón.

Las copié en la carpeta.

Después pensé en todos los velorios que había hecho, que según el libro de servicios del señor Lestón son algo más de tres mil, e intenté recordar a alguien que hubiera subido esa escalera en orden.

No me acordé de nadie. Me acordé de una viuda de Cerdedo que pasó de la tristeza a la ira en el tiempo que se tarda en servir un café, porque vio entrar a la cuñada.

Me acordé de un hijo que aceptó la muerte de su padre en el aparcamiento, antes de entrar, y que dentro se puso a negociar con el cura el precio de las misas.

Me acordé de muchas personas que se quedaron toda la noche en un escalón que no salía en la pantalla, que es el de no saber dónde ponerse.

Levanté la mano para decirlo. Begoña me sonrió con las palmas abiertas.

—¿Sí?

—Nada —dije, y bajé la mano.

Lo dejé estar porque en la página 9 del manual también salen las cinco fases, en los mismos colores, y si estaban en el manual era porque alguien había decidido que estuvieran.

Después de la psicóloga pusieron un vídeo.

Duraba cuatro minutos. Salía una mujer corriendo por una playa al amanecer, luego un niño soltando un globo, luego unas manos viejas cogiendo unas manos jóvenes, luego la nube.

Una voz de hombre decía que la vida es un viaje y que cada despedida es una forma de llegar.

Al final había música de violines. Uno de los de Portugal se emocionó.

Yo me fijé en que en la playa no llovía.

Por la tarde fue el role-play.

Habían contratado a dos actores de una compañía de teatro de Vigo.

Ella tenía unos treinta años y una peluca gris, y hacía de viuda.

Él tenía la edad de Iván y hacía de hijo.

Nos sacaban de uno en uno a una sala más pequeña, que era Sálvora, y nos daban una tarjeta con el caso.

El mío decía: Dolores, 72 años. Su marido ha fallecido de forma repentina.

El hijo vive fuera y acaba de llegar. Tiempo: 10 minutos .

En la sala había dos observadores con tablets.

Lo hice todo por el manual. Saludé primero a quien menos lloraba, que era el hijo, porque eso coincide con la página 40.

Dije la frase de la página 31. Le pregunté a la viuda qué necesitaba, porque la página 71 dice que hay que «explorar las necesidades del usuario con preguntas abiertas».

El hijo se puso agitado en el minuto seis, como debía de poner en su guion, y apliqué la página 88: tono bajo, contacto visual, validación emocional, ofrecimiento de un espacio tranquilo.

Lo dije todo con las palabras exactas. Me las sabía.

La actriz lloraba muy bien. Lloraba cuando tenía que llorar y paraba cuando tenía que parar, y entre lloro y lloro me miraba a los ojos para ver si yo seguía en el ejercicio.

Las viudas de verdad no lloran así. Lloran a destiempo, cuando les preguntas si quieren azúcar o cuando ven entrar a alguien que se parece a alguien.

Pero no era una viuda de verdad, y tampoco tenía por qué llorar como una.

A los diez minutos sonó un timbre de cocina y la actriz se quitó la peluca. Tenía el pelo negro, cortado muy corto.

—Uf —dijo—. Tú das miedo. Lo haces perfecto.

Los observadores escribieron en las tablets.

Al día siguiente nos dieron las notas en Cíes, en voz alta, de menor a mayor. La mía fue la última. Un 9,8. Me quitaron dos décimas por no sonreír al final.

Susana Vilas bajó a la sala a la hora de la comida. Es la directora de Experiencia de Cliente. Tiene cincuenta años y el pelo corto y blanco, muy bien cortado, como si se lo hubieran medido, y unas gafas de pasta verde. Llevaba un vestido negro y unas zapatillas blancas iguales que las de Iván.

—Tú eres Carme —dijo, y me dio dos besos—. Iván me ha hablado muchísimo de ti. Lo de Arentei es lo más auténtico que tenemos en todo el grupo. Lo más auténtico.

—Gracias.

—Lo rural es un valor, ¿sabes? La gente busca eso. Busca verdad, busca raíces, busca algo auténtico. Y tú eres eso. Tú eres auténtica.

Me lo dijo cogiéndome las dos manos. Dijo «auténtico» cuatro veces en dos minutos. Una palabra que se repite tanto en tan poco tiempo es como una taza que alguien deja en la mesa y vuelve a coger y vuelve a dejar: algo quiere decir, aunque no sé qué.

Después de la comida me hicieron una foto.

Me pusieron de pie delante de la pared de la entrada, con la nube detrás, un poco por encima de mi cabeza.

El fotógrafo me pidió que bajara la barbilla, que girara un poco los hombros, que pensara en algo bonito.

Pensé en la sala del alcalde a las cuatro de la mañana, con las dos lámparas encendidas. Hizo la foto.

A las seis de la tarde salió en la intranet del grupo: Carme Lamas, Nimbo Arentei. Empleada del trimestre . Debajo había un texto que yo no había escrito, que decía que yo llevaba «veinte años acompañando a las familias con una sensibilidad única».

Era la primera vez que salía en algún sitio que no fuera una esquela.

En el coche, de vuelta, sonó mucho el móvil.

Las de octavo habían visto la foto. No sé cómo, porque la intranet es solo para empleados, pero Marta tiene la peluquería en la plaza y la peluquería lo ve todo.

En el grupo, «As de 8ºB», había veintiséis mensajes.

La mayoría eran corazones. Había corazones rojos, corazones azules, una nube y un aplauso.

Sabela había escrito: Orgullosas de ti!!

! Lorena había escrito: Q guapa sales . Uxía no había escrito nada, pero había puesto un pulgar.

Noelia me mandó una foto de la pantalla de su ordenador de la gestoría. De fondo de pantalla estaba yo, con la nube encima.

Para motivarme , ponía, y un brazo haciendo músculo. Esto es plan de carrera, Carme. ESTO.

Mi madre llamó a las siete y media, cuando pasábamos por Pontevedra.

—Se la enseñé a todas —dijo—. A la salida de misa. A la de Castro, a la de la mercería, a la sobrina de don Celso. Hasta don Celso la vio, filla, y dijo que qué guapa estabas. Me la pasó Noelia al móvil y la llevé en el bolso.

—Vale.

—Dicen que pareces de la tele.

—Es la luz de la pared.

—Ai, Carme. —Suspiró, pero el suspiro era distinto, más corto y más alto—. Por fin.

No le pregunté por fin qué. Iván, que conducía, sonreía mirando la carretera.

Esa noche había un muerto en Arentei.

Se llamaba Avelino Castro Iglesias, pero era Avelino o Ferreiro, de Sobrado, porque su padre había herrado caballos.

Ochenta y cuatro años, neumonía. Había entrado en la sala 1 a las tres de la tarde, mientras yo estaba en Vigo, y lo había recibido el chico que Iván contrató para las mañanas.

La familia se fue a las once. Iván me dejó en casa a las ocho y media.

Yo llegué al tanatorio a las once y diez, con la carpeta de la formación debajo del brazo.

Recogí las tazas de cartón y las tiré. Vacié el cubo de las cápsulas.

Ordené el semicírculo de sillas. Revisé las flores.

A las once y media el panel de la entrada pasó solo a «modo reposo», que es una función que baja la luz al treinta por ciento durante la noche «para garantizar el descanso visual».

Apagada no se queda nunca. La primera semana lo comprobé.

Luego me senté en mi silla. Ya no es la primera de la izquierda, porque ya no hay sillas a la izquierda; es la del extremo del semicírculo, la más cerca de la puerta. Me senté y escuché, como hago siempre.

Oí el zumbido de las luces.

Los focos nuevos del techo, cuando están al treinta por ciento, hacen un zumbido muy fino, muy agudo, que de día no se oye porque lo tapa la lista «Serenidad». De noche, con la música apagada, lo llena todo. Es un zumbido igual, sin principio ni final, como una línea recta.

Escuché media hora. Después una hora. La cámara frigorífica seguía ahí, debajo del zumbido.

La lluvia también. Un coche paró en la gasolinera y se fue.

Pero lo otro, lo que no es un ruido sino la forma en que los ruidos se colocan alrededor de un muerto, no lo encontré.

O estaba y no lo oía, o no estaba. No supe distinguir una cosa de la otra, y eso no me había pasado nunca.

Avelino o Ferreiro estaba al otro lado del cristal con una camisa de cuadros, porque así lo había pedido su mujer. Tenía las manos grandes de su padre.

A las dos de la mañana abrí la tablet de incidencias, que es donde se registran las averías, y escribí: Sala 1. Zumbido continuo en focos LED en modo reposo. Revisar . Lo leí dos veces. Lo envié.

Después me volví a sentar y seguí escuchando hasta las seis menos diez, que es la hora a la que me levanto siempre. Encendí la máquina de cápsulas, aunque la máquina de cápsulas no necesita veinte minutos para coger temperatura y no había ninguna razón para encenderla a esa hora.

Iván llegó a las nueve, con dos cafés de la gasolinera en una bandeja de cartón. Me dio uno. Era la segunda vez que alguien me traía un café a mí al tanatorio. La primera había sido el señor Lestón.

—Siéntate un momento, Carme.

Nos sentamos en la cafetería, en la mesa del fondo, al lado de la planta de plástico. Iván dejó la tablet entre los dos, boca abajo, que es lo que hace cuando no quiere que lo que va a decir parezca salir de la tablet.

—Te lo iba a decir en Navidad, pero no aguanto.

—Se rio—. En Vigo quieren crear una figura nueva.

Coordinadora de despedidas de zona. Alguien que forme a la gente de los tanatorios de la provincia, que revise los protocolos, que lleve la calidad.

Alguien que sea… referente. Y te quieren a ti. Bueno, te quiero yo, y Susana también.

—¿Qué tendría que hacer?

—A partir de febrero. Media semana aquí y media semana en Vigo, en la sede. Con un sueldo que no tiene nada que ver con el que tienes. Coche de empresa para los desplazamientos. —Le dio la vuelta a la tablet y me enseñó un documento con la nube arriba—. Es un salto enorme, Carme. Enorme.

Miré el documento. Tenía cuatro páginas. En la primera ponía mi nombre y, debajo, Coordinadora de Despedidas · Zona Pontevedra Interior .

Desde que me puse el delantal, cada vez que alguien me ha preguntado algo, he contestado que sí o que no.

Una familia pregunta si puede quedarse un rato más, y es que sí.

Pregunta si puede traer al perro, y es que no.

Me pregunta mi madre si quiero más empanada, y es que no, y me la pone igual.

Las cosas que me preguntan tienen respuesta, y yo la sé, o la busco, y la digo.

Me quedé mirando las cuatro páginas. Iván esperaba.

—Lo pensaré —dije.

Iván asintió, contento, y recogió la tablet, y se fue a la oficina a llamar a Vigo. Yo me quedé sentada en la mesa del fondo con el café de la gasolinera, que ya estaba frío.

Nunca había dicho esa frase. La repetí en voz baja para oír cómo sonaba en mi boca, y sonaba como si la hubiera dicho otra persona.