6. Despedida 360
—Estamos aquí para acompañarte en este momento.
Hortensia me miró. Me conocía de toda la vida. Yo había velado a su madre, a su suegra y a un hermano que se ahogó en el río un verano, y las tres veces le había dicho lo mismo: «Siéntese aquí, que ahora le traigo un café».
—Ai, Carme —dijo—. ¿Y eso?
El marido de Hortensia se llamaba Benito Pazos Rey, pero en Requeixo, que es su aldea, todo el mundo le decía Benito o do Muíño, porque su abuelo había tenido el molino.
Antes yo habría escrito eso en la primera página del libro de firmas.
Ahora el nombre lo pone una pantalla en la puerta de la sala, en letras blancas sobre fondo azul claro, y debajo una nube.
El nombre sale del programa de gestión, y el programa lo saca del DNI.
Intenté añadir «o do Muíño» en el campo de observaciones, pero el campo de observaciones no sale en la pantalla. Lo comprobé dos veces.
En la pantalla ponía: D. Benito Pazos Rey . Era correcto.
Voy a explicar cómo se prepara ahora una sala, porque en diciembre la preparé muchas veces y me la sé de memoria.
Primero se pulsa el botón del panel de la entrada y se elige el ambiente.
Hay cuatro: «Calma», «Recogimiento», «Luz de tarde» y «Celebración».
El manual recomienda «Recogimiento» para personas mayores de setenta y cinco años y «Luz de tarde» para el resto.
«Celebración» solo se activa si la familia ha contratado el pack.
La ventana alta no se abre, porque el sistema de climatización «garantiza la renovación del aire».
Las sillas nuevas son grises y apilables, y no se ponen contra las paredes sino en semicírculo, mirando hacia el cristal, porque así «se favorece el foco en la persona homenajeada».
Se encienden los altavoces y se pone la lista de reproducción «Serenidad», que tiene cuarenta y siete canciones de piano con un fondo de lluvia grabada.
En Arentei, en diciembre, llueve casi todos los días, así que en la sala suele haber dos lluvias, una encima de la otra.
Después se enciende la tablet de pésames y se coloca en el atril de la puerta.
La tablet sustituye al libro. La gente escribe con el dedo, y al final del servicio el programa genera un documento con todos los mensajes y se lo manda a la familia por correo electrónico, con la nube arriba.
Los jóvenes escriben rápido. Los mayores aprietan demasiado y la tablet no entiende lo que ponen, y entonces se quedan mirando la pantalla como si les hubiera llevado la contraria.
La página 62 dice que hay que «asistir al usuario sin invadir su espacio».
Yo me ponía a su lado, un poco detrás, y les decía las letras.
El día de Benito asistí a sesenta y tres personas.
La cafetera de cápsulas está en la cafetería, donde estaba la de palanca.
No silba. Hace un ruido corto, como de alguien que se suena, y a los cuarenta segundos el café está hecho.
Cada cápsula es una taza. Las cápsulas vienen en cajas de cincuenta, y yo empecé a contar las cápsulas en lugar de las tazas, porque las tazas ahora son de cartón y se tiran, y lo que se tira no se cuenta.
El día de Benito gastamos dos cajas y veintiuna cápsulas. Ciento veintiuna.
A las cuarenta y ocho horas del entierro, el programa le manda a la familia un mensaje al móvil con un enlace.
El enlace lleva a una encuesta. La primera pregunta es: «Del 0 al 10, ¿recomendarías Nimbo Arentei a un familiar o amigo?
». No sé cuándo se recomienda un tanatorio a un amigo, pero no me corresponde a mí saberlo. Me corresponde que la nota sea alta.
Descubrí una cosa en esas semanas, y la apunto porque me sorprendió: era más fácil de lo que yo había temido.
Durante veinte años, cuando entraba en una sala, tenía que estar atenta para saber qué hacía falta.
Si la viuda tenía frío. Si el hijo mayor iba a discutir con el pequeño.
Si había que sacar a alguien a la cafetería o dejarlo donde estaba.
Eso cansa, aunque yo no sabía que cansaba hasta que dejé de hacerlo.
El manual tiene doscientas catorce páginas, y en las doscientas catorce páginas está escrito qué se hace en cada caso.
Familiar que no sabe qué pedir: página 71.
Familiar en estado de agitación: página 88.
Niños en sala: página 58. Uno no tiene que adivinar. Uno busca la página.
No había que oír nada. Había que leer.
El jueves murió una mujer de Ferreiros y la pusieron en la sala 2. A las cinco de la tarde llegó Dona Esperanza.
Dona Esperanza tiene ochenta y seis años, es viuda desde antes de que yo naciera y va a todos los velorios de la comarca.
Lleva siempre el bolso negro colgado del antebrazo y el rosario de nácar en la mano izquierda, ya preparado, como quien lleva las llaves de casa antes de llegar a la puerta.
Se sienta siempre en la misma silla, la segunda de la derecha.
Ahora las sillas estaban en semicírculo y no había segunda de la derecha.
Se quedó de pie un momento, mirando el semicírculo. Después se sentó en un extremo.
Fui a saludarla.
—Estamos aquí para acompañarte en este momento.
Dona Esperanza levantó la cabeza muy despacio. Miró mi cara, después la tarjeta que llevaba prendida en la blusa, y después otra vez mi cara. La tarjeta es blanca, con la nube arriba y mi nombre debajo: Carme Lamas · Asesora de Despedidas .
—¿Y tú quién eres ahora? —preguntó.
Le señalé la tarjeta.
—Asesora de Despedidas.
—Xa —dijo. No dijo nada más. Empezó a rezar el rosario a su velocidad, que es una velocidad a la que no la sigue nadie, ni siquiera don Celso, y a la segunda decena tres mujeres que intentaban seguirla ya se habían rendido y solo movían los labios.
Le llevé un café de cápsula. Se lo bebió sin dejar de rezar, que es algo que solo sabe hacer ella.
La página 124 dice que cualquier comentario del usuario sobre el servicio debe quedar registrado en la ficha. Esa noche, al cerrar, abrí la ficha de la difunta de Ferreiros y escribí en observaciones: Una asistente pregunta quién es la asesora. Se le indica el cargo . No había nada más que poner.
Suso seguía viniendo.
Venía a todos, como antes. Firmaba en la tablet con una firma enorme que se salía del recuadro, no miraba el cristal e iba directo a la cafetería.
La primera semana se quedó mucho rato delante del mostrador, donde antes estaba la bandeja de pastas.
Ahora hay una cesta de mimbre con bolsitas: chips de manzana deshidratada, mezcla de semillas, barritas de avena con arándanos. Las bolsitas tienen la nube impresa.
Cogió dos bolsitas, una de manzana y otra de semillas, y se sentó en la mesa del fondo. La máquina de bolas ya no estaba. En su lugar había una planta grande, de plástico, con las hojas muy brillantes.
—Esto es comida de periquito —me dijo cuando pasé con las tazas de cartón.
—Son snacks saludables.
—Ya sé lo que son. En el hotel los poníamos en los minibares. Los cobrábamos a nueve francos. —Abrió las dos bolsitas a la vez y se echó un poco de cada una en la mano—. Nadie se los comía. Los tirábamos cuando caducaban.
—Aquí no caducan hasta junio.
—Pues peor. —Masticó. Las semillas hacían un ruido seco—. Todo esto es por las encuestas. Te vigilan con la encuesta. Antes te vigilaba la vecina desde la ventana y ahora te vigila una empresa desde Vigo. Es lo mismo, pero con wifi.
Cogió otras dos bolsitas. Al final de la tarde había dejado en la mesa catorce envoltorios, en dos montones de siete, uno de manzana y otro de semillas.
Manolo también seguía viniendo, porque es su trabajo.
En la segunda semana de diciembre llegó de Vigo una caja con su uniforme nuevo: un polo azul claro con la nube bordada en el pecho y un chaleco acolchado del mismo color.
Manolo sacó el polo de la caja, lo sujetó por los hombros delante de él, como quien mide a un niño, y lo estuvo mirando un rato sin decir nada.
—Parezco el de los helados —dijo por fin.
Se lo puso al día siguiente. Encima se puso la cazadora de cuero, cerrada hasta arriba, y así no se veía la nube.
Antes Manolo fumaba tres cigarros por servicio: uno al llegar, uno mientras esperaba la salida del féretro y uno en el cementerio.
Lo sé porque fuera, junto a la puerta de atrás, hay un cenicero de pie lleno de arena, y yo lo vacío cada noche.
Con Benito o do Muíño hubo siete colillas.
Con la mujer de Ferreiros, nueve. No le dije nada.
No hay ninguna página del manual sobre los cigarros de los conductores, y Manolo tampoco es un usuario.
El viernes murió Severino o de Casa Nova, de Lamela, y el sábado por la tarde sus hijos pidieron hablar con el gerente.
A los hijos los conozco. Mari Carmen y Toño. Hace once años velé a su madre, Lola, en la sala 2, y a las cuatro de la mañana Mari Carmen estaba temblando en la cafetería y yo le traje una manta y se la puse por los hombros sin preguntarle. Me lo recordó ella, delante de Iván.
—Y esta vez —dijo— parecía una máquina.
Iván tenía la tablet abierta. Yo estaba de pie al lado de la puerta, porque en la oficina solo hay dos sillas.
—Le dices que tu padre se ha muerto y te contesta «estamos aquí para acompañarte» —dijo Toño—. Igual que el contestador del banco. Y luego me pregunta qué necesito. Qué necesito. Yo qué sé lo que necesito, carallo. Para eso vengo aquí.
Eso era la página 71.
—Y cuando me puse nervioso con lo de la tablet —siguió Toño—, me habló muy bajito, mirándome fijo, y me dijo que entendía cómo me sentía.
Eso era la página 88. Tono bajo, contacto visual, validación emocional, ofrecimiento de un espacio tranquilo. Lo había hecho todo, y en ese orden.
Iván escuchaba muy serio y escribía en la tablet. Cuando terminaron, la dejó encima de la mesa y juntó las manos.
—Tenéis toda la razón —dijo—. Y os lo agradezco, de verdad. En el momento de agitación faltó validación emocional. Página 88. Os pido disculpas en nombre de todo el equipo. Y en nombre de Carme.
Mari Carmen me miró. Esperaba algo de mí.
Yo no sabía qué. Había dicho «entiendo cómo te sientes», que es la frase de la validación emocional, la tercera línea de la página 88. La había dicho con el tono bajo y mirándolo a los ojos. No había faltado nada.
—Lo siento —dije, porque Iván también me estaba mirando.
Nadie había pedido perdón por mí desde el colegio, y entonces lo hacía mi madre.
Toño, en la puerta, le dio la mano a Iván. A mí no. Mari Carmen salió la última.
—Con mi madre no fue así —dijo. No me lo dijo a mí. Se lo dijo al pasillo.
Cuando se fueron, Iván me puso una mano en el brazo.
—No pasa nada, Carme. Es feedback. El feedback es un regalo.
Esa noche, al cerrar, leí la página 88 entera, línea por línea, con el dedo debajo. Dos veces. No encontré el fallo. Todo lo que yo había hecho estaba ahí, y en el mismo orden. La manta no estaba en ninguna página, pero lo de la manta había sido hace once años.
El domingo comí en Vilacova.
Mi madre hace empanada todos los domingos del año, menos el de Pascua, que hace cordero.
En diciembre la hace de zamburiñas, porque en diciembre las zamburiñas están mejor y porque mi padre las prefería.
Mi padre lleva veinte años muerto y ella sigue haciendo la empanada que le gustaba en el mes en que le gustaba.
Trasno estaba echado debajo de la mesa, con la cabeza encima de mi zapato, como siempre que voy.
Mi madre sirvió el café. Después sacó el cuchillo para partir la tarta de Santiago y, antes de partirla, me miró.
—Carme.
—Qué.
—¿Tú tienes novio?
—No.
—Porque dicen en la villa —dijo, y partió la tarta en ocho trozos exactos, aunque éramos dos— que el de Elvira, el de la Rúa da Fonte, el que vino de Suiza…
—Viene por las pastas.
Mi madre dejó el cuchillo encima del plato.
—Pero, filla, si dice la de la mercería que ya no ponéis pastas.
Lo pensé. Era verdad. Desde el día en que llegaron las furgonetas de Vigo no había vuelto a haber pastas en el tanatorio, ni de guinda ni de chocolate, y Suso había venido a todos los velorios de diciembre igual que a los de noviembre.
—Ahora viene por los snacks —dije.
Mi madre suspiró como un fuelle. Trasno levantó la cabeza al oírla y la volvió a bajar.
—Ai, filla. Tú no estás bien.
En el autobús de vuelta pensé en lo de las pastas, porque era una cosa que no encajaba, y una cosa que no encaja hay que mirarla hasta que encaje. Pero el autobús llegó a Arentei antes de que encajara, y al día siguiente era lunes, y los lunes como lentejas, y se me olvidó.
El ranking mensual llegó un lunes de mediados de diciembre, por la mañana, en un correo electrónico.
Lo sé porque Iván salió de la oficina con la tablet en las dos manos, sujetándola delante del pecho como si fuera una bandeja llena. Yo estaba en el pasillo, entre la sala 2 y la cafetería, cambiando el agua de las flores de la difunta de Ferreiros. Ya no había difunta, pero las flores seguían.
—Carme. Carme. Mira esto.
Me enseñó la pantalla. Era una tabla con veintitrés filas, una por cada tanatorio del grupo, de Ourense a Braga. Cada fila tenía un número. El primero de la tabla era el nuestro.
Nimbo Arentei · Espazo de Despedida · NPS 94 · 1.º/23
—Primeros —dijo Iván—. De veintitrés. En las primeras semanas. ¿Tú sabes lo que es esto? En Vigo no se lo creen. Me ha escrito Susana Vilas, directamente, a mí. Dice que no había visto nada igual en el grupo.
Leí la tabla entera, fila por fila. El último era un tanatorio de una ciudad grande, con un 41.
—¿Y los de abajo qué hacen mal? —pregunté.
Iván no me contestó. Dejó la tablet encima del carrito de las flores, dio un paso hacia mí y me abrazó.
Fue un abrazo corto, de dos o tres segundos.
Iván es más alto que yo y tuvo que agacharse un poco.
Olía a colonia de naranja y a la tela nueva del traje azul.
Me puso una mano en la espalda, entre los omóplatos, y me dio dos palmadas.
Yo tenía las manos mojadas del agua de las flores y no supe dónde ponerlas, así que las dejé quietas, a los lados, un poco separadas del cuerpo para no mojarle el traje.
A mí me abrazan mucho. Me abrazan las viudas, los hijos, las nueras, gente que no me conoce y que al día siguiente no se acordará de mi cara.
Me abrazan en la puerta de la sala, en el aparcamiento, junto al coche, en el cementerio.
Llevo media vida dejándome abrazar y sé cuánto tiempo dura cada abrazo y en qué momento hay que soltar.
Pero cuando Iván me soltó y recogió la tablet y volvió a la oficina diciendo algo de una videollamada, me quedé un rato en el pasillo, con el agua de las flores goteando en el terrazo, y repasé uno por uno los abrazos que recordaba. Era la primera vez que me abrazaba alguien que no estaba de luto.