La veladora 5. Los de Vigo
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5. Los de Vigo

Las furgonetas llegaron el lunes a las ocho y cuarto.

Eran dos, blancas, con una nube azul claro pintada en los lados.

Era el logotipo del Grupo Nimbo. Esa noche lo busqué: un nimbo es una nube de lluvia.

Debajo de la nube, en letras redondas, ponía Cada vida, una despedida única .

Aparcaron en las plazas de las familias, delante de la puerta principal, y de la primera se bajó un hombre joven con un traje azul marino y unas zapatillas blancas.

Yo estaba en la puerta. Llevaba allí desde las seis menos diez, como siempre, y había hecho café, como siempre, aunque no había servicio. No sabía si iba a haber más cafés y quería que el último estuviera bien hecho.

—¡Tú tienes que ser Carme! —dijo el hombre joven, y me dio la mano con las dos manos—. Iván. Iván Castro. Soy el nuevo gerente. Bueno, el gerente. Nuevo no, porque no había otro. Bueno. Encantado. De verdad. Me han hablado muchísimo de ti.

No pregunté quién. Llevaba una tablet debajo del brazo, en una funda de cuero, y la sujetaba como se sujeta un misal.

—¿Quiere un café? —le pregunté.

—¡Me encantaría!

Se lo serví en la cafetería. Lo probó y cerró los ojos.

—Guau. Esto es otro nivel. —Miró la cafetera, el águila de latón, la palanca—. Qué pieza. Qué pieza más bonita.

Luego abrió la tablet y me enseñó un plano del tanatorio, nuestro tanatorio, dibujado en colores, con flechas que iban de un sitio a otro y círculos numerados. Los círculos se llamaban puntos de contacto. Había once. El primero era el aparcamiento. El último, la encuesta.

—Vamos a hacer una transición suave —dijo—. Muy suave. Lo importante es que el usuario no note el cambio, solo la mejora.

Le pregunté quién era el usuario.

—La familia. Las familias. Los que vienen.

—Ah —dije—. Los vivos.

Iván se rio, como si yo hubiera dicho algo ingenioso, y lo apuntó en la tablet.

Tardaron cuatro días.

El lunes cambiaron el cartel. El de antes era de letras de metal atornilladas en la pared de ladrillo, TANATORIO LESTÓN , y a la N le faltaba un tornillo desde hacía años, de manera que en los días de viento se inclinaba un poco hacia la derecha.

Dos operarios lo desatornillaron letra por letra y fueron metiendo las letras en una caja de cartón.

El nuevo era una placa blanca con luz por detrás: Nimbo Arentei · Espazo de Despedida .

Por la noche se veía desde la gasolinera.

Por la noche, antes, desde la gasolinera no se veía nada.

Le pregunté a uno de los operarios qué iban a hacer con las letras.

—Al contenedor.

Le pedí la caja. Me la dio sin preguntar. La guardé en el almacén, debajo de las sillas plegables.

El martes cambiaron la cafetera. Vino un técnico con una máquina negra, del tamaño de un microondas, que funcionaba con cápsulas de colores.

Cada color era un café distinto. Había uno que se llamaba Intenso, otro que se llamaba Armonía y otro descafeinado que se llamaba Serenidad.

La enchufó, apretó un botón y en cuarenta segundos salió un café.

—Cuarenta segundos —me dijo Iván, enseñándome el cronómetro de la tablet—. Imagínate. Ya no tienes que madrugar.

No le dije que yo no madrugo por la cafetera. Madrugo porque es la hora.

La cafetera del águila la desenchufaron y la envolvieron en plástico de burbujas. Iván dijo que era una pieza preciosa y que a lo mejor la ponían en la entrada, como decoración, «con un foco». De momento la llevaron al almacén. La dejé al lado de la caja de las letras.

El miércoles cambiaron las sillas. Las de antes eran de madera, con asiento de enea, ochenta y seis en total, de tres modelos distintos porque se habían ido comprando a lo largo de los años. Las nuevas eran todas iguales, grises, tapizadas, y se podían apilar de diez en diez. Eran más cómodas.

El mismo miércoles cambiaron la luz. Quitaron las lámparas de pie de las salas y pusieron en el techo unos focos redondos con una rueda en la pared que los hacía más fuertes o más flojos y más blancos o más amarillos.

—LED regulable —dijo Iván—. Para crear ambientes. Calma, Recogimiento, Luz de tarde, Celebración. Está todo programado.

Probé la rueda. En Recogimiento la sala se quedaba de un color naranja, como un horno apagándose. Lo dejé en Luz de tarde, que era el que más se parecía a las lámparas de antes, aunque no se parecía.

Ese mismo miércoles pusieron un teclado en la puerta de atrás, con un código de cuatro cifras. La cerradura vieja la dejaron, y yo seguí llevando la llave de la cinta azul, por si un día se iba la luz.

El jueves se llevaron la máquina de bolas.

Iván me lo explicó él mismo, en la cafetería, con la voz baja que usa la gente cuando da una mala noticia que no le parece mala.

—Es por imagen, Carme. No encaja con el posicionamiento. Una máquina de chicles en un espacio de despedida… Hay estudios. Los usuarios lo perciben como poco profesional.

La levantaron dos operarios. Dentro sonaron las bolas que quedaban. La sacaron por la puerta de la cafetería y la subieron a una furgoneta.

En su sitio, en la pared, se quedó un cuadrado de pintura más clara, del tamaño exacto de la máquina.

Ese mismo día, a media tarde, llegaron también unas cajas de cartón con bolsitas.

Las bolsitas eran de papel marrón, con la nube impresa, y dentro había rodajas de manzana deshidratada, o un puñado de almendras, o unas galletas de avena sin azúcar.

En cada bolsa ponía Snack saludable . Iván me explicó que a partir de ahora íbamos a ofrecer eso en vez de las pastas, porque era más higiénico, porque venía envasado y porque había que cuidar a los usuarios también en lo físico.

Esa tarde, a las cinco, fui a la panadería de Vilacova y anulé el encargo de pastas de los martes y los viernes. La panadera me preguntó si había muerto alguien. Le dije que no.

Ese viernes había servicio, el primero con la nube. Un señor de Covelo, de noventa años, que Manolo tenía que ir a buscar a la residencia de Ponteareas.

Me fui con él en el Mercedes, porque Iván había dicho que a partir de ahora había que acompañar los traslados «para garantizar la experiencia desde el primer punto de contacto».

Manolo no dijo nada durante el primer cuarto de hora.

Conducía con las dos manos en el volante, despacio, como siempre, y yo miraba los eucaliptos.

En la puerta del conductor, por fuera, le habían puesto el martes una pegatina con la nube. No la habían puesto recta. Se notaba desde dentro, por el borde, en el reflejo del retrovisor.

Al pasar por Mondariz encendió un Ducados con la ventanilla bajada, aunque llovía.

—El de Covelo —dijo—. Era el de Casa da Ponte. Tenía un hermano que se fue a Venezuela y volvió con un loro. El loro hablaba. Decía «carallo» y el nombre del cura. Lo tuvieron que esconder cuando vino el obispo.

—No lo sabía.

—Nadie lo sabe ya. —Echó el humo hacia la lluvia—. Iván me dio un papel. Que no fume en el coche. Que no lleve la cazadora, que lleve una chaqueta que me dan ellos, azul. Que diga «te acompañamos en este momento» en vez de «lo siento mucho». Que no diga nada de los muertos que no esté en la ficha.

No dije nada.

—Esto antes era de otra manera —dijo Manolo.

Lo dijo hacia el parabrisas. Luego subió la ventanilla y no volvió a hablar hasta Ponteareas.

Mi hermana me llamó el sábado por la tarde, cuando yo estaba en casa planchando las blusas de la semana. Había visto la nube en el periódico de la provincia, en una noticia de media página con una foto de Iván delante del cartel nuevo.

—¡Carme! ¡Pero esto es buenísimo!

—¿El qué?

—¡Nimbo! ¿Tú sabes lo que es Nimbo? Tienen veintitrés centros.

Cotizan, o van a cotizar, no sé. Tienen un departamento de recursos humanos de verdad, con formación, con evaluación del desempeño, con plan de carrera.

¡Plan de carrera, Carme! ¿Tú cuántos años llevas con Anselmo sin que nadie te evalúe nada?

—Veinte.

—¡Veinte años! ¡Sin un objetivo! Esto es una oportunidad. Tienes que verlo como una oportunidad. Tienes que salir de tu zona de confort. —Oí a Hugo de fondo, pidiendo algo, y a Noelia diciéndole que se esperara, que estaba hablando con la tía de una cosa importante—. ¿Cómo es el gerente?

—Joven. Lleva zapatillas blancas con el traje.

—Eso ahora se lleva. Eso es muy de empresa moderna. ¿Está casado?

—No lo sé.

—Pregúntaselo. No, no se lo preguntes. Bueno, sí, pero de forma natural. —Se rio—. Ay, Carme, no sabes lo contenta que estoy. Por fin una empresa de verdad.

Cuando colgó, terminé de planchar. Eran cinco blusas. Las colgué en el armario, de la más vieja a la más nueva, como siempre, y me quedé mirándolas un rato con la puerta abierta.

Iván me había dado el manual el jueves, el día que se llevaron la máquina de bolas.

Era un libro grueso, encuadernado en espiral, con las tapas de plástico azul y la nube en la portada. Se titulaba Despedida 360. Manual de experiencia del usuario en servicios funerarios . Tenía doscientas catorce páginas.

—Esto es la biblia —me dijo Iván, poniéndomelo en las manos—. Todo lo que hacemos está aquí. Tienes dos semanas para leerlo. Luego hay un examen en la tablet. Tranquila, nadie lo saca a la primera.

Lo abrí por el índice. Había capítulos para todo.

Recepción del usuario en estado de shock.

Gestión de conflictos familiares en sala.

Protocolo de condolencias digitales. Ambientes lumínicos.

Selección musical según perfil. Encuesta de satisfacción a las 48 horas: cómo maximizar la tasa de respuesta.

En la página 112 había una tabla con las frases que había que decir y las que no.

Lo siento mucho estaba en la columna de las que no.

Me dio miedo. No sé explicar de qué. Era como cuando se abre una sala y el muerto no es el que uno esperaba.

Pero también me dio otra cosa, al mismo tiempo, algo parecido al alivio. Porque eran reglas. Estaban escritas, numeradas, con epígrafes. No había que adivinarlas mirando a nadie durante veinte años. Estaban ahí, todas, y se podían aprender.

Esa noche no me fui a casa.

A las nueve, cuando Iván cerró su despacho y se fue a Vigo por la autopista, abrí la sala 3 con la llave larga, la del cordón negro, por la puerta de madera.

No había muerto. Busqué la rueda de la luz y la puse en Luz de tarde, que era la que menos se notaba.

Cogí una silla de las nuevas, la puse en el sitio de la mía, la primera de la izquierda, y me senté con el manual en las rodillas.

Lo leí entero. Lo leí como quien aprende un idioma: primero de corrido, sin entender, para oír cómo suena; luego despacio, frase por frase, apuntando en mi libreta las palabras que se repetían.

Usuario. Experiencia. Punto de contacto.

Personalizar. Acompañar. Celebrar. Duelo saludable.

La palabra muerto no aparecía en ninguna de las doscientas catorce páginas.

Aparecía ser querido , ciento cuarenta y tres veces, y persona fallecida , nueve. Las conté.

Busqué también lo que no estaba. No había nada sobre los niños, salvo una línea en la página 58 que recomendaba «espacios infantiles diferenciados».

No había nada sobre el nombre de casa. Sobre la noche había un párrafo, en la página 190: El centro permanece cerrado de 23:00 a 8:00 y la vigilancia se realiza mediante sistema de alarma y cámaras conectadas a central.

Lo leí tres veces. Luego miré el cristal de la sala, que estaba vacío, y seguí leyendo.

A las tres de la mañana me levanté a hacer un café. Fui a la cafetería, encendí la luz y me quedé delante de la máquina de cápsulas sin saber qué color elegir. Elegí Intenso. Tardó cuarenta segundos. Me lo bebí de pie, al lado del cuadrado claro de la pared.

A las cinco y media había terminado la tercera lectura. Me sabía de memoria la tabla de la página 112.

A las seis menos diez me levanté, salí por la puerta de madera, la cerré con llave y entré otra vez por la de atrás, como todos los días, porque es la hora a la que entro.

Le pedí hacer el examen el lunes. Fue en el despacho de Iván. Tenía cien preguntas, todas de elegir entre cuatro respuestas, y una hora para contestarlas. Tardé veintiséis minutos. Iván me había dejado sola por delicadeza y estaba en la cafetería, tomando un Armonía y mirando el móvil.

Fui a buscarlo y le dije que ya estaba.

—¿Ya? ¿Seguro? Puedes repasar, ¿eh? No hay prisa.

—Ya está.

Volvió al despacho, se sentó, cogió la tablet y apretó un botón. Esperó. Yo me quedé de pie, al lado de la puerta, con las manos juntas por delante, como me quedo cuando una familia está leyendo las cintas de las coronas.

En la oficina, al otro lado de la pared, seguía colgada la chaqueta de pana. Desde donde yo estaba no se veía, pero sabía exactamente dónde estaba.

Iván miró la pantalla. Deslizó el dedo hacia abajo. Hacia arriba otra vez. Hacia abajo. Luego levantó la vista y se me quedó mirando. No me había mirado así desde el día que llegó.

—Cien por cien —dijo—. No había pasado nunca en todo el grupo.