La veladora 4. La venta
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4. La venta

El señor Lestón no explica las cosas. Las dice en el orden en que se le ocurren, con mucho espacio entre una y otra, y uno tiene que ir colocándolas como se colocan las coronas, las grandes al fondo y las pequeñas delante, hasta que se pueden leer.

Aquel domingo, en la oficina, con el libro de servicios abierto, dijo estas:

—Fernando no quiere. Mi hijo. Lo llamé. Dice que en Madrid tiene la vida hecha.

Luego, un rato después:

—Lucía tampoco. Mi hija. Ni contestó. Contestó el marido. En inglés.

Luego:

—Setenta y cuatro años, Carme.

Luego:

—Son de Vigo. Tienen veintidós. Este sería el veintitrés. Pagan bien. Pagan mejor de lo que vale. —Pasó una página del libro, sin mirarla—. Y garantizan los puestos. Lo pusieron por escrito. El tuyo y el de Manolo.

Yo seguía de pie en la puerta, con el abrigo puesto. No me había quitado el abrigo porque no sabía si me iba a quedar.

—Estoy cansado —dijo.

Fue lo último. Cerró el libro.

Pensé en muchas preguntas. Cuándo. Cuánto. Quiénes eran. Qué iba a hacer él. Si se iba a ir de Arentei. Si lo había pensado bien. Pero todas eran preguntas de las que no se hacen, de las que se cortan con un café, y la única que me pareció que tenía derecho a hacer era otra.

—¿Seguirá habiendo café a las seis?

El señor Lestón me miró. Se quedó mucho rato mirándome, con las dos manos encima del libro cerrado.

—No lo sé —dijo.

Luego se levantó, cogió la gorra y se fue a casa.

Yo me quité el abrigo, me puse el delantal y encendí la cafetera, aunque era domingo y no había nadie.

Silbó a las seis y veintiocho. Me bebí el café de pie, en la cafetería vacía, y conté las tazas del armario.

Doscientas diez. Las mismas que el sábado.

La firma era el día 30. Quedaban algo más de dos semanas. En ese tiempo tuvimos cuatro servicios, y tres fueron como siempre.

El cuarto fue el de Iago, el de Casa Pena, de Soutelo.

Tenía treinta y seis años. Trabajaba en un aserradero en Forcarei y se cayó de un tejado un sábado por la tarde, en su propia casa, arreglando una teja que goteaba encima del cuarto de los niños.

Manolo lo trajo el domingo por la mañana.

Al bajar del Mercedes no dijo nada de pajaritos.

Se quedó fuera, fumando, más tiempo del normal.

Los niños se llamaban Martín y Uxío. Tenían siete y cuatro años.

Ese servicio lo hicimos el señor Lestón y yo sin hablar.

No es que habláramos poco, que es lo normal.

Es que no dijimos nada en dos días, ni una palabra que no fuera para la familia.

No hizo falta. Él estaba en la puerta y yo dentro.

Cuando entraba alguien que iba a llorar mucho, él me miraba y yo ya estaba con la caja de pañuelos.

Cuando la viuda, que se llamaba Noa y tenía la edad de mi hermana, se quedó de pie en el centro de la sala sin saber dónde ponerse, él movió una silla medio metro hacia ella, y yo la cogí del brazo y la senté, y le puse una manta por las piernas, y le traje un caldo.

No le pregunté si quería un caldo. A una viuda no se le pregunta.

Llevábamos veinte años haciendo eso. Aquellos dos días me di cuenta de que estábamos haciéndolo por última vez, y me fijé mucho en cómo lo hacíamos, para acordarme.

A media tarde del primer día, los niños empezaron a dar vueltas.

Habían estado sentados una hora en dos sillas, al lado de su madre, con los zapatos de los domingos y el pelo mojado y peinado con raya. Luego el pequeño se levantó y empezó a correr por el pasillo, y el mayor lo siguió, y una señora les chistó, y el pequeño se echó a llorar.

Fui a la oficina. En el cajón de abajo del escritorio hay un bote de cacao lleno de monedas de veinte céntimos. Lo tengo para eso. Cogí un puñado, fui a buscar a los niños y los llevé a la cafetería, a la máquina de bolas de colores.

La máquina es de cristal y tiene dentro unas cuarenta bolas de goma, de todos los colores, que botan muchísimo. Cada bola cuesta veinte céntimos. Está ahí desde que yo empecé. Le di a cada niño un montón de monedas y les dije que se las podían gastar todas.

A la tercera bola ya estaban tirándolas contra la pared de la cafetería para ver cuál botaba más alto.

La abuela de los niños, la madre de Iago, apareció en la puerta de la cafetería. Era una mujer pequeña, de luto de arriba abajo desde hacía años, de otros muertos. Se puso blanca.

—¡Martín! ¡Uxío! ¡Ai, meu Deus! ¡Con vuestro padre ahí! —Me miró—. ¿Usted les dio dinero para esto?

—Sí, señora.

—¡Pero qué falta de respeto! ¿Qué va a decir la gente?

No le contesté. Un velorio sin niños está mal hecho, pero eso no se le puede decir a una abuela en ese momento. Me quedé quieta a su lado. Ella también se quedó quieta, porque iba a seguir hablando y no sabía cómo.

Una bola verde pegó en el techo, bajó, rebotó en una mesa y se fue rodando hasta los pies de la abuela. Uxío corrió a buscarla. Se agachó delante de ella, la cogió y la levantó para enseñársela, con la cara roja.

—¡Abuela! ¡Esta es la que más bota!

Se estaba riendo. El mayor también se reía, detrás, con una bola en cada mano.

La abuela miró al niño. Abrió la boca y la cerró. Después se sentó en la silla más cercana, muy despacio, y se quedó mirándolos jugar. No dijo nada más en toda la tarde. A las siete le llevé un café y una pasta, y me cogió la mano un momento, sin mirarme, y me la soltó.

Esa noche, cuando se fue la familia, el señor Lestón y yo recogimos once bolas de debajo de las mesas. Las metimos en el bote de las monedas. Él se guardó una en el bolsillo de la chaqueta, una roja. No sé para qué.

Noa no quiso irse a casa. Dijo que en casa estaba la teja.

Le preparé el sofá de la oficina con una manta y una almohada de las que guardo en el armario de la limpieza, y se durmió a las dos, vestida, con los zapatos puestos.

Se los quité. El señor Lestón y yo nos sentamos en las dos sillas de la puerta de la sala, una a cada lado, como la noche de mi padre.

A las cuatro se levantó, fue a la cafetería y volvió con dos tazas. Era la primera vez en veinte años que me hacía él el café. Estaba demasiado fuerte y sin azúcar. Me lo bebí entero.

Por la mañana Noa se despertó, vio la manta y los zapatos colocados juntos al lado del sofá, y preguntó quién se los había quitado.

Le dije que yo. Me dijo que gracias, y luego, en el entierro, cuando metieron la caja, no miró al nicho: miró a sus hijos, que tenían una bola de goma cada uno en el bolsillo del abrigo.

Suso empezó a venir todos los días.

No solo cuando había un muerto. Venía a las once, cuando yo hacía la segunda cafetera, y se sentaba a la mesa del fondo, la de la máquina de bolas, con el anorak puesto. Si había pastas, comía pastas, con su sistema. Si no había, se tomaba el café y miraba la gasolinera por la ventana.

Hablaba él. Yo limpiaba la barra, o ponía las tazas en el escurridor, o repasaba el libro de firmas, y él hablaba.

—¿Sabes lo que es Galicia? —me dijo un martes—.

Una aldea con wifi. Eso es. Una aldea enorme, con wifi.

Todo el mundo te ve. Antes te veían desde la ventana, ahora te ven desde la ventana y desde el móvil.

En Ginebra podías estar quince años en el mismo edificio y no saber cómo se llamaba el de al lado.

Aquí vas al súper a comprar yogures y cuando llegas a casa tu tía de Silleda ya sabe de qué sabor.

—¿Tienes una tía en Silleda?

—Tengo tres. —Se comió dos pastas—. Ninguna me llama.

Me contó, en días distintos, que en Ginebra vivía en un estudio con vistas a una vía de tren, que el lago se congelaba por los bordes en enero, que en el hotel había un sumiller que olía los corchos como quien huele a un bebé.

Me contó que su madre lo llamaba todos los domingos a las ocho de la tarde y que él casi nunca lo cogía, porque a esa hora empezaba el servicio de cenas.

Que la última vez que lo cogió, ella le preguntó si comía bien.

—Y yo le dije que era cocinero, mamá, ¿cómo no voy a comer bien? —Se miró las manos—. Y no comía bien. Comía de pie, en la cocina, lo que sobraba.

Un jueves se quedó callado mucho rato. Luego dijo:

—¿Sabes qué? Eres la única persona de Arentei que no me ha preguntado qué voy a hacer ahora.

Lo pensé. Era verdad.

—No me interesa —dije.

Suso se quedó mirándome con una pasta de chocolate a medio camino.

Luego se echó a reír. Se rio mucho, con la boca llena, hasta que tosió, y siguió riéndose después de toser.

Era la primera vez que lo veía reírse. Se reía como se ríen algunos en los velorios a las cuatro de la mañana, por algo que no tiene gracia, porque llevan muchas horas aguantando otra cosa.

—Perfecto —dijo—. Perfecto. Gracias.

No sé de qué me dio las gracias.

El viernes fui a la ferretería a comprar una bombilla para el piso.

Lino Outeiro, el primo de mi madre, me la envolvió en papel de periódico aunque ya venía en una caja. Mientras la envolvía me dijo, sin levantar la vista:

—Así que tienes novio.

—No.

—El de Elvira. El del anorak. Dicen que está todos los días en el tanatorio.

—Está todos los días en el tanatorio.

—Pues eso. —Me dio la bombilla—. Me alegro, home. Ya era hora.

El sábado, en el Central, cuando fui a por el pan, la mujer del dueño me preguntó por «el chico de Ginebra» y me guiñó un ojo. Dos señoras que estaban tomando un vino en la barra se dieron la vuelta para oír la respuesta.

—No es mi novio —dije—. Viene por las pastas.

Las señoras se miraron. La mujer del dueño se rio como si yo hubiera hecho una gracia. No la había hecho. Era la explicación más exacta que tenía.

La última mañana, el señor Lestón llegó a las seis menos cuarto, antes que yo. Estaba en la puerta de atrás, esperándome, con las manos detrás de la espalda.

Entramos juntos. Encendí la cafetera. Esperamos sin hablar a que silbara, cada uno apoyado en un lado de la barra. Silbó a las seis y doce. Le serví una taza. Se la bebió despacio, de pie.

Luego sacó del bolsillo de la chaqueta una llave.

Era la llave larga, de hierro, con un cordón negro, de la puerta de la sala 3.

De la sala del alcalde. La sala 3 tiene dos puertas: la de cristal, que da al pasillo, y la antigua, de madera, que da al patio de atrás, por la que entran los muertos.

Esa llave solo la tenía él. Cuando hacía falta, me la dejaba, y yo se la devolvía.

Me la puso en la mano y me cerró los dedos encima con su mano, que era grande y estaba fría.

—Las reglas no son mías —dijo—. Son de los muertos.

Le dije que sí con la cabeza. No supe decirle otra cosa. Me guardé la llave en el bolsillo del delantal.

El resto del día fue un día normal. No había servicio.

Vinieron dos hombres del grupo de Vigo con un portátil y una carpeta, y él les enseñó las salas, la cámara, el coche, la oficina.

Yo limpié los cristales. Manolo lavó el Mercedes, aunque estaba limpio.

A las siete de la tarde los hombres se fueron.

A las siete y diez el señor Lestón salió de la oficina, me dijo «Bien, Carme», como decía siempre, y se fue por la puerta principal, la de la gente, que no usaba nunca.

Fue Manolo el que se dio cuenta, al ir a fichar.

—Carme. Ven.

Fui a la oficina. En el perchero de detrás de la puerta, donde la colgaba todos los días, estaba la chaqueta de pana. Marrón, con los codos gastados y un botón distinto de los otros. Se le había olvidado. O no.

Manolo alargó la mano para cogerla.

—Déjala —dije.

Manolo me miró. Bajó la mano. Encendió un Ducados en la puerta, aunque estaba prohibido, y no le dije nada.

Yo cerré la oficina con la chaqueta dentro. El bolsillo de la derecha abultaba un poco, como si dentro hubiera algo pequeño y redondo. No lo toqué.