La veladora 3. Las de octavo
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3. Las de octavo

Delante de Cena había dos caras con gorro de fiesta.

Debajo empezaron a llegar corazones, globos, una copa de champán y una cara que lloraba de risa.

Luego, uno por uno, los nombres de las que iban.

A las doce menos cuarto eran seis. Yo escribí «Voy.

Carme». Fue el primer mensaje que mandé al grupo.

No sé muy bien por qué fui. Creo que porque Sabela había puesto que no valía decir que no, y yo las instrucciones las cumplo.

Nadie contestó, pero Sabela le puso un corazón.

Mi madre se enteró al día siguiente por la madre de Marta, en misa. Me llamó a las seis y cuarto de la tarde.

—¿Vas a ir a la cena de las de la escuela?

—Sí.

—Ai, filla, qué bien. —Y luego, más bajo, como si alguien la pudiera oír en su propia cocina—: Pero no hables del trabajo.

Me preparé como para un servicio.

El sábado por la mañana miré el horario del autobús.

Hay uno de Arentei a Lalín a las siete y veinte de la tarde.

A la vuelta ya no hay autobús, así que apunté el teléfono de la parada de taxis de la estación.

Miré en el mapa dónde estaba O Lar: a cuatro minutos andando de la estación.

Busqué fotos del comedor. Tenía mesas de madera, vigas en el techo y una chimenea al fondo, a la izquierda.

Planché la blusa de los botones de nácar, porque la había llevado el domingo y no se había quejado nadie.

Calculé. Siete personas. Cena de cumpleaños.

Entrantes al centro, segundo, postre, tarta, café, chupitos.

Dos horas y media. Si cada una habla un rato de su vida, más o menos lo mismo, salen veinte minutos por cabeza.

Lo apunté en una libreta pequeña que uso para los servicios, en una hoja nueva, con la fecha arriba.

No es que crea que una cena sea un velorio. Es que no sé prepararme para una cena de otra manera.

Llegué a O Lar a las nueve y cinco. El camarero me preguntó si tenía reserva y le dije que a nombre de Sabela Couto, siete personas. Me llevó a una mesa larga junto a la chimenea. Había ocho sillas.

—Somos siete —le dije.

—En la reserva pone ocho.

Lo pensé. Lo más probable era que viniera alguien que no había escrito en el grupo, o que Sabela hubiera contado mal, o que hubiera reservado una de más por si acaso.

Dejé las ocho. Pero cambié la silla que estaba pegada a la chimenea al otro extremo, porque quien se sentara allí iba a pasar calor toda la noche y se iba a querer ir pronto.

Luego me senté en la silla del medio del lado de la pared, que es desde donde se ve todo, y esperé.

Llegaron en este orden.

Sabela, a las nueve y veinticinco, con un vestido verde y una corona de cartón dorado que ponía 41 . Es maestra en Silleda. Fue la delegada de clase en octavo y lo sigue siendo. Me abrazó muy fuerte y dijo que estaba igual, igual, igual.

Marta, a las nueve y media, con el pelo de tres colores. Tiene la peluquería de la plaza de Arentei, la que antes era de su madre. Me miró el moño un momento más de lo necesario.

Las gemelas Rivas, a las nueve y cuarenta, que viven en Ourense y vinieron en el mismo coche. No me acuerdo nunca de cuál es cuál y ellas lo saben y no les importa.

Lorena, a las diez menos cuarto, sin aliento, porque había tenido que dejar a los tres niños con su madre y el pequeño no quería quedarse.

Uxía, la última, a las diez menos diez, con la ropa de calle encima del uniforme todavía, porque había salido del turno en el hospital de Santiago y había venido directa.

La octava silla no se ocupó nunca. Nadie preguntó por ella.

Habló primero Sabela, porque era su cumpleaños y porque siempre habla primero.

Brindó por nosotras, por la amistad y por «seguir siendo las mismas aunque pasen los años».

Todas levantamos la copa. Yo levanté la de agua.

Marta hizo una foto. Luego hizo otra porque en la primera Lorena tenía los ojos cerrados.

En total, a lo largo de la noche, Marta hizo treinta y una fotos. Cada vez que hacía una todas dejaban de hablar y se colocaban, y eso cortaba la conversación como corta un velorio la llegada de una corona grande.

Ahí fue cuando me di cuenta. Una cena tiene ruido, igual que un velorio.

Tiene un fondo, que son los cubiertos y las otras mesas y la chimenea, y encima tiene voces, y el ruido sube y baja, y cuando está bien parece una sola cosa.

Pero el ruido de aquella mesa estaba mal afinado.

Sabela y Marta hablaban a la vez por un extremo.

Las gemelas se hablaban entre ellas en voz baja.

Uxía comía callada, muy deprisa. Y Lorena, en la esquina, junto a Marta, se iba quedando cada vez más quieta.

A las diez y media, Lorena se puso a llorar.

Fue por el ex. Marta le había preguntado si ya le pasaba la pensión, y Lorena dijo que no, que llevaba cuatro meses sin pasarle nada, y que el domingo había subido a las redes una foto en Benidorm con la nueva.

Lloraba sin ruido, tapándose con la servilleta.

Marta le frotaba la espalda y le decía «es un cerdo, es un cerdo, es un cerdo», tres veces cada vez.

Ahí entró Sabela.

—Pues yo creo que tienes que pasar página, Lore. De verdad. Tienes que pensar en ti.

—¿Y los niños qué comen, Sabela? ¿Página?

—No digo eso, digo…

—Es que tú tienes a Rober y una nómina del Estado y es muy fácil…

El ruido cambió. Nadie había subido la voz todavía, pero lo noté igual. Las gemelas se miraron. El camarero, que venía a retirar los platos, se paró a dos metros.

Me levanté y fui a la barra.

—¿Nos puede traer siete cafés, por favor?

—¿Ahora? Si aún no han llegado los segundos.

—Ahora. Y azúcar aparte.

Los trajo. Los fui poniendo yo, uno delante de cada una, empezando por Sabela y terminando por Lorena. Sabela se quedó mirando la taza. Lorena cogió el azucarillo y lo abrió con mucho cuidado. Marta buscó una cucharilla. Cuando volvieron a levantar la cabeza, nadie se acordaba de lo de la nómina.

Luego, cuando Lorena fue al baño a lavarse la cara, cambié su copa y su plato de sitio y los puse al lado de Uxía. Cuando Lorena volvió, se sentó donde estaba su plato. No dijo nada. Uxía le pasó el pan.

El ruido mejoró. No mucho, pero mejoró. Uxía no le preguntó nada a Lorena; le habló de un turno de noche en el que se había ido la luz en toda la planta, y Lorena primero escuchaba y luego empezó a preguntar, y al final contó ella algo de su pequeño, que se había metido un garbanzo en la nariz.

Las gemelas se rieron. Sabela y Marta bajaron un poco la voz para oír lo del garbanzo.

Durante unos minutos la mesa sonó como suena la cafetería del tanatorio a media tarde, cuando ya ha pasado lo peor y la gente empieza a acordarse de cosas.

Las demás me estaban mirando.

—¿Qué haces? —preguntó Marta.

—Nada.

—Has pedido cafés antes del segundo.

—Sí.

—Qué rara eres, Carme —dijo Sabela, riéndose. Pero las gemelas no se rieron. Me miraban como me miró la de Ferreiros cuando peiné a mi abuela.

Las preguntas empezaron con el cordero.

—¿Y tú, Carme? ¿Sigues allí?

Era una de las gemelas. Dije que sí.

—¿En el tanatorio?

—Sí.

—Ay, no sé cómo puedes. ¿No te da mal rollo?

—No.

—¿Nada? ¿Ni de noche?

—De noche es cuando mejor está.

Hubo una pausa. Marta se sirvió vino.

—Pues yo me moriría —dijo la otra gemela, y luego se dio cuenta de lo que había dicho y se rio, y las demás también.

—Tienes que conocer a alguien —dijo Sabela, que no había oído nada de lo anterior porque estaba enseñándole a Lorena una foto en el móvil—. En serio. Rober tiene un compañero en el instituto que…

—Ya le presentaron a uno el domingo —dijo Marta—. Me lo dijo mi madre.

Todas me miraron.

—Me pidió el teléfono —dije—. Para su madre.

No sé si me entendieron. Sabela aplaudió.

Entonces habló Uxía. Llevaba toda la noche casi callada.

—Yo esta semana tuve tres —dijo—. En planta.

Una señora de noventa y cuatro, un señor con un cáncer de pulmón y un chico de veintinueve, de una moto.

A la señora la lavamos entre dos y la familia no quería entrar.

Al final entró la nieta, sola, y le pintó las uñas. Esmalte rosa. Yo le sujetaba la mano.

—Hizo bien —dije—. Las uñas son importantes. Es lo que más se mira, después de la cara.

—¿Verdad? Eso le dije yo. Y la madre de la chica se enfadó, que si era una falta de respeto…

—Ay, Uxía, por favor —dijo Sabela—. Que es mi cumpleaños.

—Eso, eso, que estamos cenando —dijo Marta.

Uxía cerró la boca. Me miró desde el otro lado de la mesa. No sonrió, pero levantó un poco las cejas, como cuando en un velorio dos personas que no se conocen se dan cuenta de que han pensado lo mismo del cura.

Trajeron la tarta. Cantamos. Sabela sopló las velas, un 4 y un 1 de cera, y Marta hizo cuatro fotos más.

Salí de O Lar a las once y veinticinco. Las demás iban a tomar una copa a un bar de la plaza. Me dijeron que fuera. Les dije que tenía que coger el taxi. Sabela me abrazó otra vez, Lorena también, y Uxía me dio dos besos y me dijo al oído:

—Lo de los cafés estuvo muy bien.

En la parada de taxis de la estación de Lalín no había ningún taxi, ni nadie más que un hombre sentado en el banco de la marquesina, con un anorak rojo y una lata de cerveza en la mano. Me senté en el otro extremo del banco. Él se giró y me miró un rato largo. Olía a cerveza y a licor café.

—Tú eres la del tanatorio —dijo.

—Sí.

—Haces el mejor café de la comarca.

Era lo mismo que me había dicho dos semanas antes, en el velorio del alcalde, pero con otras palabras. Le di las gracias otra vez.

—Suso —dijo, tocándose el pecho—. El de Elvira.

—Ya lo sé.

—¿Te acuerdas? —Pareció contento. Le dio un trago a la lata—.

¿Sabes cuántos cubiertos servíamos en la cena de Navidad del hotel?

Cuatrocientos. Cuatrocientos, en una noche.

Cinco platos y el postre. Langosta del lago.

Bueno, del lago no, la langosta no es del lago, pero el lago se veía desde todas las mesas.

Los banqueros de Ginebra con las mujeres y los niños, todos con pajarita, los niños también.

Yo dirigía la partida de calientes. Doce cocineros a mis órdenes. Doce.

No le había preguntado nada. Asentí.

—Y aquí… —Abrió los brazos hacia la estación vacía—. Aquí no me invitan a ninguna. A ninguna cena. En siete meses. Mis primos de Silleda hicieron una el sábado pasado, por el santo del abuelo. Me enteré por las fotos.

Se quedó callado. Arrugó un poco la lata con la mano.

—En los velorios, en cambio, no hace falta que te inviten —dijo.

—No —dije—. No hace falta.

A las once y cuarenta y dos llegó un taxi, uno solo.

El taxista bajó la ventanilla y preguntó adónde íbamos.

Dije Arentei. El hombre del anorak dijo Arentei también, y nos subimos los dos detrás.

Se durmió antes de salir de Lalín, con la cabeza contra la ventanilla.

Cuando llegamos a Arentei, a las doce y diez, le toqué el hombro.

Se despertó de golpe, sin saber dónde estaba.

Vio la Rúa Maior por la ventanilla y dijo «carallo», muy bajito, como quien encuentra las llaves.

Pagué la carrera entera. No dije nada. Él se bajó delante de mí y se fue hacia la Rúa da Fonte sin despedirse, con las manos en los bolsillos del anorak.

Subí a casa. Apunté en la libreta, debajo de los cálculos de la mañana: Dos horas y veinte. Siete personas. Treinta y una fotos. Un llanto. Una ronda de cafés. Luego taché lo de siete y puse ocho, porque la silla vacía también había estado allí toda la noche.

A las seis menos diez abrí la puerta de atrás del tanatorio. Era domingo y no había ningún servicio, pero yo voy igual los domingos sin servicio: ventilo las salas, cambio el agua de las flores que quedan y repaso el libro de firmas de la semana.

Había luz en la oficina.

El señor Lestón estaba sentado en su silla, con la chaqueta de pana puesta y la gorra encima de la mesa.

No lo había visto nunca allí antes de las nueve.

Delante tenía el libro de servicios abierto, el de tapas verdes, por una página del principio.

Desde la puerta reconocí su letra, más firme que la de ahora, y el primer nombre de la primera página.

No había encendido la cafetera.

Me miró. Tenía los ojos rojos, pero no como los tiene alguien que ha llorado, sino como los tiene alguien que no ha dormido.

—Carme —dijo—. Vendo.