2. El peine
Si tuviera que rellenar una ficha sobre mí, como las que rellenamos en la oficina para cada servicio, pondría lo siguiente.
Nombre: Carme Lamas Outeiro. Nombre de casa: la de Pilar, o la hija de Xosé el camionero, o, desde hace veinte años, la del tanatorio. Lugar: Vilacova, parroquia de Arentei. Primer velorio: a los ocho años. Difunta: mi abuela Carmela, la madre de mi madre, de la que tengo el nombre.
Murió en enero, en su cama, en la habitación de arriba de la casa de Vilacova, que entonces era suya y ahora es de mi madre.
En aquel tiempo los muertos de la aldea se velaban en casa.
Se quitaba la colcha buena y se ponía la sábana blanca.
Se paraba el reloj de la cocina. Se tapaba con un paño el espejo del armario.
Mi madre hizo todo eso llorando, y yo la seguí por la casa mirando cómo lo hacía.
Las vecinas vinieron con sillas de sus casas, porque en la nuestra no había bastantes. Subí porque era la habitación de mi abuela y yo subía todas las tardes. Estaba llena de mujeres sentadas. En el centro, la cama. En la cama, mi abuela, con la cara muy blanca y el pelo suelto sobre la almohada.
Mi abuela no llevaba nunca el pelo suelto. Llevaba un moño bajo, en la nuca, sujeto con cuatro horquillas negras. Se lo hacía cada mañana delante del espejo del armario, el que ahora estaba tapado, y tardaba exactamente lo que se tarda en rezar un avemaría.
En la mesilla estaba su peine. Era de carey, con dos dientes rotos en una punta. Lo cogí, me senté en el borde de la cama y empecé a peinarla.
Las mujeres dejaron de hablar. Abajo, en la cocina, mi padre y mi tío Ramón discutían sobre quién había pagado la caja y quién iba a pagar la misa, y eso se oía muy bien por la escalera. Arriba solo se oía el peine.
Le hice el moño. Me salió peor que a ella, un poco torcido hacia la oreja izquierda, pero le hice el moño. Luego vi que tenía el rosario enredado en los dedos, al revés, con la cruz hacia la muñeca, y se lo puse bien, con la cruz hacia fuera, como lo llevaba ella en misa. Luego me quedé sentada.
No lloré. No es que no quisiera. Es que estaba ocupada.
Una vecina, la de Ferreiros, le dijo a otra, en voz baja pero no lo bastante:
—Esa niña no es normal.
Después las dos se levantaron y le arreglaron la sábana a mi abuela por los pies, aunque estaba bien.
A los diez años murió el hámster de la clase. Se llamaba Copito y era marrón. Lo encontramos un lunes tumbado de lado junto a la rueda. La maestra lo tapó con un pañuelo de papel y dijo que no pasaba nada, que los hámsteres vivían poco.
Yo pensé que sí pasaba algo. Por la tarde, en casa, escribí una esquela en una cuartilla, con una cruz arriba y un borde negro hecho con rotulador. Copié el modelo de las del poste de la luz de la plaza, que yo leía todas las semanas:
Falleció COPITO. A los dos años de edad. Sus compañeros de 4.º B lo comunican a sus amistades y les ruegan una oración por su alma.
No puse que era un hámster. En las esquelas no se pone qué es el difunto. Se pone el nombre.
La pegué en el poste con celo a las ocho de la mañana.
A las diez, la señora del estanco había llamado al colegio para preguntar qué niño había muerto.
A las once había tres mujeres delante del poste santiguándose.
A mediodía el director vino a clase con la cuartilla en la mano y me preguntó si la había escrito yo.
Dije que sí. Me preguntó por qué. Le dije que porque nadie la había escrito.
Esa semana mi madre me llevó por primera vez al médico.
El médico de Arentei me miró los oídos, la garganta y las rodillas y dijo que la niña estaba muy bien.
Mi madre no se quedó tranquila y me llevó a otro de Pontevedra, y luego a una psicóloga que tenía una consulta con muchos juguetes y me pidió que dibujara a mi familia.
Dibujé a mi abuela Carmela en la cama, con el moño hecho.
Mi madre les decía a todos lo mismo: que había que ver qué tenía la niña. Ninguno encontró nada. La psicóloga dijo que era «una niña muy suya». Mi madre pagó y en el autobús de vuelta me cogió la mano y me dijo:
—Ai, filla, tú no estás bien.
Me lo sigue diciendo. Yo contesto que estoy bien, y ella suspira.
Mi padre murió cuando yo tenía veintiún años.
Era camionero. Llevaba pescado a Madrid y fruta de vuelta.
Le dio un infarto en la cabina, en un área de servicio cerca de Benavente, mientras dormía.
Un pajarito, habría dicho Manolo. Pero Manolo no fue a buscarlo.
Lo trajo un coche fúnebre de una funeraria de Zamora, y llegó al Tanatorio Lestón a las cuatro de la tarde de un jueves de junio.
El tanatorio llevaba pocos años abierto y nadie de la familia había estado nunca dentro. Mi abuela Carmela había sido la última muerta de casa, y la habíamos velado en su cama.
Lo que recuerdo de aquella tarde es que nadie sabía qué hacer.
Mi madre estaba sentada delante del cristal y no se levantaba.
Noelia tenía dieciocho años y lloraba en el pasillo.
Mi tío Ramón discutía con un primo de mi madre sobre la hora del entierro.
Llegaban coronas y los repartidores las dejaban apoyadas en la puerta de la sala, una encima de otra, y la gente tenía que pasar de lado para no pisarlas.
Una señora preguntó dos veces si había café. Nadie le contestó.
El señor Lestón estaba solo. Tenía entonces poco más de cincuenta años y llevaba ya la chaqueta de pana. Estaba cogiendo las coronas de una en una y llevándolas al fondo de la sala, y cada vez que volvía a la puerta ya habían dejado otra.
Cogí la corona siguiente por el otro lado.
No me dijo nada. Yo tampoco. La llevamos entre los dos al fondo y la apoyamos contra la pared.
Luego la siguiente. Cuando terminamos con las grandes, me señaló con la cabeza los ramos pequeños, y yo los puse delante, en el suelo, uno al lado de otro, con las cintas hacia fuera para que se pudieran leer.
Luego entré por la puerta de atrás, porque había visto que por ahí entraba él, y encontré una cafetera.
Hice café. Lo llevé en una bandeja. Le pregunté a la señora si quería azúcar.
Esa tarde serví cuarenta y tres cafés. Los conté.
Por primera vez en mi vida supe qué hacer con las manos. No sé explicarlo mejor. Era como si alguien me hubiera dado por fin unas instrucciones. No las que tenían los demás, sino otras, y estas sí las entendía.
A la una de la mañana la familia se fue a dormir. Mi madre no quería irse y Noelia se la llevó. Yo me quedé. El señor Lestón también. Nos sentamos en dos sillas, una a cada lado de la puerta de la sala, y estuvimos callados hasta las tres.
A las tres se levantó, fue a la oficina y volvió con un delantal negro, doblado en cuatro. Me lo dio.
—La muerte tiene sus reglas —dijo.
Fue todo lo que dijo. Me puse el delantal encima de la ropa de luto y me volví a sentar. Al día siguiente enterramos a mi padre. El lunes siguiente, a las seis menos diez, estaba en la puerta de atrás.
Nunca me explicó ninguna regla. Las aprendí mirándolo.
El domingo me levanté a la hora de todos los días, y no supe qué ponerme.
Tengo cinco blusas blancas y tres faldas negras. Elegí la blusa más nueva, la de los botones de nácar. Me hice el moño. En el espejo del baño estaba igual que siempre, pero con los botones de nácar.
Cogí el autobús de las doce y fui andando desde el cruce de Vilacova. Trasno, el perro de mi madre, que es viejo y no le ladra a nadie, salió a recibirme al camino y me olió los zapatos con mucho detalle, porque huelen a tanatorio y eso le interesa.
En la cocina olía a empanada de zorza, como todos los domingos, pero esta vez había además un pollo asado y el mantel de las Navidades, el de las piñas bordadas.
—¿Esa es la blusa nueva? —me preguntó mi madre.
—Sí.
—Ai, filla. Bueno. Bueno.
Noelia llegó a la una y media con Brais, sus hijos, Antía y Hugo, que tienen nueve y seis años, y un hombre.
Bajaron de dos coches. El hombre traía un ramo de flores para mi madre, envuelto en papel de celofán, de gasolinera.
Eran crisantemos amarillos. Mi madre le dio las gracias muy contenta y los puso en un jarrón en el centro de la mesa.
Yo no dije nada. Hay gente que no sabe para qué son los crisantemos.
—Carme, este es Óscar. Óscar, mi hermana Carme.
Óscar tenía cuarenta y cinco años, una chaqueta azul marino con botones dorados y el pelo muy corto por los lados. Me dio dos besos. Olía a colonia y, debajo, a coche nuevo.
Antes de comer, Noelia me llevó al baño de arriba.
—¿Te acuerdas de la lista?
—Sí.
—¿La has repasado?
—Sí.
La lista me la había escrito Noelia hacía dos años, en una hoja de su gestoría. Se titulaba Cuando te pregunten por tu vida y tenía seis frases numeradas. La guardo en el cajón de la mesilla, debajo de la radio.
—Tú sé natural —me dijo Noelia—. Y no hables del trabajo, por favor te lo pido.
Nos sentamos a la mesa a las dos y diez. Óscar enfrente de mí. Noelia a su lado. Brais al lado de los niños.
La primera pregunta llegó con la empanada.
—¿Y tú vives aquí, en Vilacova?
—No. En Arentei, encima de la ferretería. Estoy muy centrada en el trabajo.
Era la frase número uno. Noelia sonrió.
—Claro, claro —dijo Óscar—. Hoy en día es lo que hay. Yo igual, el concesionario me come la vida.
Me habló del concesionario durante catorce minutos. Yo escuché. Escuchar se me da bien.
La segunda pregunta llegó con el pollo.
—¿Y nunca te has casado?
—No ha aparecido la persona adecuada.
Número dos. Mi madre suspiró hacia el pollo.
—A mí me apareció la equivocada —dijo Óscar, y se rio solo.
Con el postre, que era tarta de Santiago comprada en la panadería, me preguntó qué hacía los fines de semana.
Le dije que me gustaba mucho mi independencia, que era la número tres.
Me preguntó si viajaba. Le dije que ahora mismo estaba bien así, que era la cuatro.
Las frases estaban funcionando. Noelia me miraba como se mira el marcador de un partido que se va ganando.
Entonces Óscar se apoyó en la mesa con los dos codos y me preguntó:
—¿Y qué haces exactamente? En el tanatorio. Noelia me dijo que trabajabas allí, pero no me dijo de qué.
Esa pregunta no estaba en la lista.
Pensé en qué era lo que hacía exactamente. Hago muchas cosas. Pero había preguntado exactamente , y lo más exacto que se me ocurrió fue lo que había hecho el viernes por la tarde, con un señor de Ferreiros.
—Muchas cosas. Por ejemplo, cerrar la boca de los difuntos —dije—.
Cuando alguien muere, los músculos se relajan y la mandíbula cae.
Si la familia ve a su padre con la boca abierta, eso es lo único que recordará.
Antes se ataba un pañuelo por debajo de la barbilla hasta la coronilla, pero deja marca.
Ahora se hace por dentro. Se pasa una aguja curva con hilo por detrás de la encía de abajo, se sube por el tabique de la nariz y se anuda, sin apretar demasiado, porque si se aprieta mucho los labios quedan finos y la cara no parece suya.
Luego se coloca un poco de algodón para que las mejillas tengan su volumen.
Y se cierran los labios con un poco de crema.
Lo importante es que no parezca que está dormido con esfuerzo. Tiene que parecer que está callado.
Nadie dijo nada.
Mi madre se había quedado con la cucharilla en el aire. Brais miraba el mantel de las piñas. Óscar tenía una mano sobre la boca, sin darse cuenta.
—¿Con aguja de verdad? —preguntó Antía.
—Sí. Curva. Como un anzuelo pequeño.
—Hala.
En ese momento Noelia me dio una patada por debajo de la mesa, en la espinilla, con la punta del zapato. Fue una patada pequeña y precisa. Me pareció que la tenía ensayada.
—Bueno —dijo mi madre—. ¿Quién quiere café?
Óscar se fue a las cinco. Noelia y Brais se quedaban a merendar, así que salí con mi madre a despedirlo hasta el coche, porque es lo que se hace con las visitas.
Era un coche grande y gris, con un ambientador de pino colgado del espejo. Óscar arrancó y empezó a dar la vuelta en la era. A mitad de la vuelta paró. Bajó la ventanilla de mi lado.
—Carme.
Me acerqué. Mi madre se quedó atrás, junto al hórreo, con las manos juntas.
—Mi madre tiene ochenta y siete años —dijo—. Se llama Celia. Está bien, pero está mayor. —Miró el volante—. En Vilagarcía hay dos tanatorios y no me gusta ninguno. Fui al velorio de un amigo el año pasado y la sala olía a lejía y la chica hablaba por el móvil delante del muerto.
—Eso no se hace —dije.
—Ya. —Me miró—. ¿Te puedo pedir el teléfono? Para cuando llegue el momento.
Se lo di. Él lo apuntó en su móvil con mucho cuidado, número por número, y me lo repitió en voz alta para comprobarlo. Luego dijo «gracias» de una manera que no se parecía a ninguna de las otras veces que había dicho gracias en todo el día, subió la ventanilla y se fue.
Mi madre me cogió del brazo y no dijo nada hasta la puerta de la cocina. En la puerta dijo:
—Ai, meu Deus.
Pero no supe si era bueno o malo.
Noelia estaba fregando. Brais secaba. Los niños estaban en la galería con Trasno, que se dejaba hacer cualquier cosa.
—¿Qué te dijo? —preguntó Noelia sin darse la vuelta.
—Me pidió el teléfono.
Noelia cerró el grifo. Se dio la vuelta con los guantes amarillos puestos, goteando sobre las baldosas.
—¿Qué?
—Me pidió el teléfono.
—¡Te ha pedido el teléfono! —Le dio a Brais en el brazo con un guante mojado—.
¡Brais! ¡Le ha pedido el teléfono! Te lo dije.
Te dije que a Óscar le iba la gente natural.
Lo de la aguja, mira, al final hasta le ha hecho gracia.
Es que es eso, Carme, es eso, tienes que mostrarte tal y como eres, pero con un poco de filtro, ¿me entiendes?
—Para su madre —dije.
Noelia ya había abierto otra vez el grifo.
Fregaba la fuente de la empanada con mucha fuerza y hablaba a la vez: que Óscar tenía un piso con vistas a la ría, que el divorcio había sido de mutuo acuerdo, que en Navidades a lo mejor podíamos quedar los cuatro.
Brais secaba un plato y me miraba. Creo que él sí me había oído.
Cogí un paño del cajón y me puse a secar los vasos.