La veladora
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1. El alcalde
Un tanatorio suena antes de que llegue nadie.
A las seis menos diez abro la puerta de atrás con la llave pequeña, la que tiene un trozo de cinta azul, y lo primero que oigo es el zumbido de la cámara frigorífica.
Es un zumbido grave, constante, como el de una nevera grande que estuviera pensando.
Después oigo el reloj de la oficina, que adelanta dos minutos desde antes de que yo llegara y que nadie ha querido arreglar.
Después oigo mis propios zapatos en el terrazo.
Son zapatos de goma y hacen un ruido muy pequeño, como de beso.
Entonces enciendo la cafetera.
La cafetera es italiana, de palanca, con un águila de latón encima. La compró el señor Lestón en una subasta de un hotel de Vigo que cerró. Tarda veinte minutos en coger temperatura y hace un ruido que empieza siendo un suspiro y termina siendo un silbido. Cuando silba, el tanatorio está despierto.
Aquel 31 de octubre silbó a las seis y once. A las seis y doce sonó el timbre de la puerta principal. Era Manolo con el Mercedes.
—Ya está aquí don Ramiro —dijo.
—Buenos días, Manolo.
—Buenos días. Noventa y un años. Durmiendo. Coma un paxariño.
Manolo dice siempre algo así de los muertos.
«Como un pajarito», «como una vela», «sin enterarse».
No sé si lo sabe o si lo dice para que las familias lo oigan después, cuando yo se lo repito.
Yo se lo repito siempre. A las familias les gusta saber que el muerto no se dio cuenta, aunque nadie puede saberlo, ni siquiera el muerto.
Don Ramiro Barreiro había sido alcalde de Arentei durante veintiocho años.
Había inaugurado el polideportivo, la depuradora, la rotonda con el hórreo de hormigón y este tanatorio, que en su momento fue el primero de la comarca.
La sala grande, la 3, se estrenó con su mujer, doña Amparo, el primer año, y desde entonces todo el mundo la llama «la del alcalde». Ahora iba a estar él.
Me puse el delantal y fui a preparar la sala.
Voy a explicar cómo se prepara una sala, porque es lo que mejor sé hacer.
Primero se abre la ventana alta durante diez minutos, aunque llueva.
Después se cierra. Se encienden las dos lámparas de pie y la luz del techo se deja apagada, porque la luz del techo es de oficina y nadie quiere ver a su padre con luz de oficina.
Se ponen las sillas en dos filas contra las paredes, nunca en el centro: el centro es para estar de pie, para abrazarse, para no saber dónde ponerse.
Se pone una caja de pañuelos en cada esquina y una en la mesita del libro de firmas.
El libro se abre por una página nueva y se escribe arriba, con mi letra, el nombre del difunto. No el del DNI. El de casa.
En el DNI ponía Ramiro Barreiro Casal. Yo escribí: Don Ramiro, o alcalde .
A las siete llegaron las coronas. A las siete y media, el primer hijo.
Se llamaba Ramiro también, como su padre, y en la villa le decían Ramiriño aunque tenía sesenta y cuatro años y era notario en Pontevedra.
Entró con el abrigo puesto y se quedó mirando el cristal sin acercarse.
Detrás venía su mujer, que se llamaba Begoña y que lloraba mucho, y detrás de ella su hija adolescente, que no lloraba nada y miraba el móvil.
Yo saludé primero a la hija.
Es una regla. Primero se saluda a quien menos llora. Quien llora ya tiene algo que hacer. Quien no llora está esperando que alguien le diga qué hacer, y si nadie se lo dice, empieza a sentir que está haciéndolo mal.
—¿Quieres un Cola Cao? —le pregunté.
La niña levantó la vista del móvil. Tenía los ojos de su abuelo, que yo conocía de los carteles electorales.
—Vale.
Después saludé a Begoña, que me abrazó sin conocerme, y después a Ramiriño, que me dio la mano. Le dije que su padre se había ido durmiendo, como un pajarito, y él asintió muy despacio, como si le hubiera dado un dato importante.
—¿Puedo entrar? —preguntó, señalando el cristal.
—Claro. Entre usted solo. Nosotras vamos a la cafetería.
Me llevé a Begoña y a la niña. Ramiriño estuvo dentro once minutos. Cuando salió, tenía la corbata torcida y ya no llevaba el abrigo puesto.
A partir de las nueve empezó a venir la villa.
Un velorio se llena como se llena un vaso: primero despacio, por el fondo, y luego de golpe.
Primero vienen los de la familia lejana, los que madrugan para cumplir antes de ir a trabajar.
Luego los jubilados. Luego, a media mañana, los comerciantes de la Rúa Maior, que cierran media hora y vienen todos juntos, el de la ferretería, el del Central, las de la mercería, como una delegación.
A mediodía hay un hueco. Y por la tarde viene todo el mundo.
Aquel día, además, era la víspera de Santos.
Medio Arentei estaba ya en el cementerio limpiando nichos y cambiando flores, y la otra mitad venía al tanatorio con los crisantemos todavía en la mano.
A las cinco de la tarde había gente en el pasillo, en la cafetería, en el aparcamiento y en la gasolinera de al lado.
Yo hice café. Muchísimo café. Hice once cafeteras de las grandes y fui por el pasillo con la bandeja, dando vueltas, como hago siempre, porque un velorio necesita circular. Si la gente se queda quieta en un sitio empieza a hablar de herencias. Si se mueve, habla del muerto.
Oí, por orden:
—Hizo mucho por el pueblo.
—Era muy suyo, muy suyo.
—Decían que tenía una amiga en Lalín.
—Eso es mentira.
—Es verdad, yo la conocí.
—Ai, meu Deus, cuántos años.
—«Como un pajarito», dijo la chica.
—A mi madre le pasó igual.
—¿Y el tanatorio quién lo lleva ahora? ¿Sigue Anselmo Lestón?
—Anselmo ya está mayor.
Esa última conversación la corté con un café.
Es otra regla: las conversaciones que no deben seguir se cortan con un café.
Se pone la bandeja delante y se dice «¿quiere un cafeciño, señora?
», y la señora dice que sí, y coge el azúcar, y busca la cucharilla, y cuando vuelve a levantar la cabeza ya no se acuerda de lo que iba a decir.
El señor Lestón estaba en la puerta, como siempre, con la chaqueta de pana y las manos detrás de la espalda.
Saludaba a todo el mundo por su nombre. Él no hace café ni coloca coronas ni lleva el libro.
Él está. Durante veinte años he intentado entender en qué consiste exactamente lo que hace él, y la mejor manera que tengo de explicarlo es que, cuando él está en la puerta, la gente entra de otra manera.
Cuando pasé a su lado con la bandeja vacía, me dijo, sin mirarme:
—Bien, Carme.
Eso es todo lo que me dice cuando algo está bien. Llevo veinte años oyéndolo y todavía me sienta igual que la primera vez.
A las seis de la tarde apareció el hombre del anorak rojo.
Me fijé en él porque no encajaba en ningún grupo.
En un velorio la gente se agrupa: la familia cerca del cristal, los vecinos en el pasillo, los del ayuntamiento juntos, los del partido juntos, las mujeres mayores en las sillas.
Él no estaba en ninguno. Entró, firmó en el libro, no miró el cristal y fue directamente a la cafetería.
Tenía unos cuarenta y tantos años, barba de varios días, pantalón de chándal gris y unas zapatillas de deporte manchadas de barro. Se sentó a la mesa del fondo, la que está junto a la máquina de bolas de colores, y se quedó mirando la bandeja de pastas.
Las pastas las traigo yo de la panadería de Vilacova. Son de mantequilla, con una guinda roja o con un poco de chocolate. Las familias no se las comen nunca, pero los vecinos sí, y si no hay pastas la gente lo comenta.
El hombre del anorak se comió dos. Luego otras dos. Luego otras dos. Siempre de dos en dos, una de guinda y una de chocolate, como si tuviera que mantener un equilibrio.
Fui a la mesa con la cafetera.
—¿Quiere café?
—Si es gratis, sí.
Le serví. Se bebió la mitad de un trago y me miró.
—Tú eres la del tanatorio.
—Sí.
—Haces muy buen café. Mejor que en el Central.
—Gracias.
—Soy Suso. El hijo de Elvira, la de la Rúa da Fonte. Murió en abril. Aquí. En la sala dos.
Me acordaba. Elvira Seoane, ochenta y dos años, cáncer de páncreas.
Un hijo que llegó de Suiza la misma tarde y otro que no llegó.
En la sala 2 había pocas coronas y mucha gente mayor.
Me acordaba de las coronas, de la gente mayor y de la tarde lluviosa, pero no me acordaba de él.
Supongo que eso quiere decir que aquel día hizo lo que tenía que hacer.
Los que hacen lo que tienen que hacer en un velorio no se recuerdan.
—Lo siento mucho —dije.
—Ya. —Cogió otras dos pastas—. ¿Y tú conocías al alcalde?
—Sí. ¿Y tú?
—Yo no. —Masticó despacio—. Pero aquí hay calefacción.
No supe qué contestar a eso, así que le volví a llenar la taza y me fui.
Cuando volví a pasar, media hora después, la bandeja de pastas estaba vacía y él ya no estaba.
En el libro de firmas, debajo de una señora que había escrito tres líneas sobre la depuradora, había una firma grande y torcida: Suso Fandiño, de Ginebra .
La familia se fue a la una de la mañana.
Antes de irse, Ramiriño me preguntó si de verdad no hacía falta que se quedara alguien. Lo preguntó con la cara de quien quiere que le digan que no. Le dije que no hacía falta, que me quedaba yo. Begoña me dio las gracias muchas veces. La niña me dijo adiós con la mano.
Es otra regla: por la noche, alguien vela.
Antes velaba la familia, en la casa, toda la noche, con aguardiente y chistes a partir de las tres.
Ahora la familia se va a dormir porque al día siguiente hay entierro y porque en el tanatorio hay cámaras y alarma y no le pasa nada a nadie.
En casi todos los tanatorios de la comarca, a las once se apagan las luces y se cierra la puerta con llave hasta la mañana.
En el nuestro, no. Alguien tiene que velar.
No por el muerto. El muerto no lo necesita. No sé muy bien por qué, pero lo sé.
Si no se queda nadie, me quedo yo. Llevo veinte años quedándome casi todas las noches de velorio. El señor Lestón me lo paga como horas extra, aunque yo le he dicho muchas veces que no hace falta.
Apagué la cafetera. Recogí las tazas y las conté: ciento noventa y cuatro.
Lavé las tazas. Barrí el pasillo. Recogí los pañuelos usados de las cuatro esquinas.
Coloqué las sillas otra vez contra las paredes.
Cambié el agua de los lirios. Dejé las dos lámparas de pie encendidas, porque mientras hay un muerto en la sala la luz no se apaga nunca.
Luego me senté en la silla de siempre, la primera de la izquierda, y escuché.
Por la noche el tanatorio suena distinto.
La cámara frigorífica. El reloj de la oficina.
Un coche que para en la gasolinera y se va.
La lluvia en el tejado de chapa del aparcamiento.
Y algo más, algo que no sé describir bien, que no es un ruido sino la forma que tienen los demás ruidos de colocarse alrededor de un muerto.
Como cuando en una habitación alguien duerme y todo el mundo baja la voz sin que nadie se lo pida.
Don Ramiro estaba al otro lado del cristal, con el traje gris marengo que había elegido Begoña y una corbata granate. La boca bien cerrada. Las manos cruzadas con un rosario que no era suyo, porque el suyo no apareció. Tenía buena cara. Tenía la cara de alguien que ha terminado una cosa.
Me gusta esta hora. Es la hora en que todo está en su sitio.
Yo no siempre he sabido estar en un sitio.
Hasta los veintiún años no supe qué hacer con las manos.
Iba al colegio, comía, dormía, contestaba cuando me preguntaban, pero todo lo hacía un poco tarde y un poco mal, como si los demás tuvieran unas instrucciones que a mí no me habían dado.
Mi madre me llevaba al médico. Mi hermana me corregía.
Las profesoras decían que era «muy callada» y que «vivía en su mundo», aunque yo no tenía ningún mundo, ni mío ni de nadie.
Luego murió mi padre y entré por primera vez en este tanatorio por la puerta de atrás, y el señor Lestón me dio un delantal.
Pero eso lo contaré otro día.
A las cinco y media de la mañana se me durmió un pie. A las seis menos diez me levanté, fui a la oficina y encendí la cafetera. Silbó a las seis y nueve. Era el uno de noviembre, Santos, y el entierro era a las once.
A las seis y cuarto me sonó el móvil. Era mi madre. Mi madre se levanta a las seis para escuchar la misa de la radio, y los días de fiesta, antes de la misa, me llama.
—¿Estás en el tanatorio?
—Sí.
—¿Pasaste la noche ahí?
—Sí.
—Ai, filla. —Suspiró. Mi madre suspira como si tuviera un fuelle dentro—. ¿Viste que se murió el alcalde?
—Está aquí, mamá. Lo velé yo.
—Xa. Xa. —Hubo un silencio y oí la radio de fondo, el órgano, alguien tosiendo en una iglesia lejana—. Escucha, el domingo viene tu hermana a comer. Y viene con un primo de Brais.
Brais es el marido de mi hermana.
—Vale.
—Para que lo conozcas, Carme.
—¿Para qué?
—Para conocerlo, filla. Está divorciado. Muy buena persona, dice Noelia. Tiene un concesionario de coches en Vilagarcía.
No dije nada. En la sala, al otro lado del cristal, don Ramiro seguía con la boca bien cerrada.
—Carme, ¿estás ahí?
—Estoy aquí.
—Ponte guapa, filla. Por favor.
Colgó. Dejé el móvil en la mesa de la oficina, al lado del libro de servicios, y fui a buscar la primera bandeja de tazas.
Eran las seis y veinte. Faltaban cuarenta minutos para que llegara la familia, cuatro horas y cuarenta minutos para el entierro y cinco días para el domingo. De las tres cosas, solo sabía cómo hacer dos.