La veladora 15. Santos
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15. Santos

Mi libro de servicios es un cuaderno de tapas negras de la papelería de la Rúa Maior. Tiene cien hojas y ya he gastado tres.

En medio hay cuarenta y cuatro nombres más. No pongo el del DNI en ninguno.

No tengo tarifa. Cuando me preguntan cuánto es, digo lo mismo que le dije a Manuel en Bustelo, que no lo sé, y entonces la familia me da lo que le parece, y yo lo apunto.

Algunas veces es mucho. Algunas veces es un saco de patatas.

Manolo dice que así no voy a llegar a ninguna parte.

Yo le digo que ya he llegado. Él suelta el humo del Ducados por la ventanilla de la Berlingo y no contesta, que es su manera de darme la razón.

Lo de este año lo voy a contar como se rellena una ficha, porque es la manera que tengo de que no se me olvide nada.

Manolo conduce. Cuando suena el teléfono, a cualquier hora, me recoge en la puerta de la ferretería en diez minutos, con la Berlingo blanca y el asiento de atrás lleno de sillas plegables que compramos en la feria del día 7 de junio, veinte, a seis euros cada una.

Llega siempre antes que nadie a la casa, aparca donde no estorba y saluda a la familia por el nombre de la casa, nunca por el apellido.

Luego se sienta en la cocina y cuenta historias del muerto que la familia no sabía. Muchas son verdad.

Suso cocina. Llega con dos bolsas del supermercado, el hornillo de camping y la pota de aluminio de la abolladura, que Iván nos devolvió en mayo en una bolsa de Nimbo, junto con la caja de las letras del cartel, y en una hora hay caldo.

La cafetera del águila no la devolvió. La pusieron en la entrada, con un foco.

Luego tortilla. Si el velorio dura dos días, hace una bica, que en el hotel de Ginebra no se la habrían dejado hacer porque lleva demasiada mantequilla.

Las familias le dan las gracias y él dice que no es nada, que en el hotel servía cuatrocientos cubiertos.

Pero se pone colorado. Desde la primavera ya nadie en Arentei le pregunta qué va a hacer.

Lo saben. Ahora entra por la puerta de la cocina.

Iván llama algunas noches. No muchas. Llama para los que nadie quiere en Nimbo Arentei: el hombre que llevaba tres semanas muerto en un piso de la villa, el chico de la moto en la curva de Soutelo, la señora sin familia que vino de una residencia y a la que nadie fue a ver.

Me llama, me dice el nombre, y yo voy y me siento en la sala del alcalde toda la noche, y por la mañana él me paga en mano, en un sobre, y no lo pasa por la tablet.

La última vez me contó que el Pack Despedida Tradicional se había retirado del catálogo en septiembre, por bajo rendimiento.

Me lo dijo sin darle importancia, pero lo había estado pensando.

La madre de Óscar, doña Celia, murió en julio, en su casa de Vilagarcía, con las ventanas abiertas por el calor.

Óscar me llamó a las cinco de la mañana.

Me dijo: «Ya ha pasado la primera hora».

La velamos en su casa, en el salón, entre las vitrinas de los trofeos de pesca del marido.

Óscar estuvo diez minutos solo con ella, y luego otros diez, y luego me pidió que le enseñara a hacer café de pota.

Noelia se enteró por Brais y me llamó para preguntarme si había pasado algo entre Óscar y yo.

Le dije que sí: que había muerto su madre.

Noelia estuvo unos meses sin saber qué preguntarme, y ella sin una lista no sabe hacer las preguntas.

Me hablaba del tiempo, de los niños, de la gestoría.

En junio, un domingo, al despedirse en Vilacova, con Brais ya al volante, me dio un sobre.

Dentro había una hoja de la gestoría, con el membrete, escrita a mano.

Se titulaba Cuando te pregunten por tu trabajo . Tenía cuatro frases numeradas:

1. Soy veladora.

2. Sí, de las de antes.

3. No, no es triste.

4. Es un trabajo con propósito.

La cuarta tenía un asterisco y, en el margen: esta solo si insisten .

No me dijo nada al dármela. Se subió al coche y bajó la ventanilla para decirme que me pusiera crema en las manos, que las tenía fatal.

La lista la guardo en el cajón de la mesilla, debajo de la radio, encima de la otra. La he usado tres veces. Funciona.

Mi madre reza menos. No lo ha dicho, pero el rosario de la radio ya no lo pone todas las tardes.

Algunas las pasa en la galería, con Trasno, que está más viejo y casi no ladra.

Un domingo de agosto, mientras yo cortaba la empanada, me preguntó cómo se colocaba bien un rosario en unas manos, y se lo enseñé con el suyo.

Dona Esperanza me regaló su rosario de nácar en septiembre, al salir de un velorio en Vilacova. Me lo puso en la mano y me cerró los dedos encima.

—Para cuando yo no esté —dijo.

—Usted está.

—Por eso te lo doy ahora, que después no me va a dar tiempo. —Se colgó el bolso negro del brazo—. Los muertos no dan trabajo, filla. Los vivos sí.

Sigue viniendo a todos los velorios. Ahora reza con un rosario de madera que compró en la feria, y dice que es más lento.

Laia me escribe algunas veces desde Barcelona, en castellano, con faltas y sin mayúsculas.

En agosto subió a Bustelo con su padre para cerrar la casa y me mandó una foto de la camelia, que no tenía flores, solo hojas.

Debajo había escrito: t acuerdas . Sin interrogación.

Le contesté que sí. Manuel me mandó por correo, en un sobre, una cantidad que apunté en el libro con una línea aparte, porque llegó seis meses tarde y no sabía en qué columna ponerla.

El uno de noviembre amaneció sin llover, que en Arentei es una cosa que se comenta.

A las diez el cementerio estaba lleno. Es el único día del año en que se llena de vivos.

Las familias llegan con cubos, estropajos, botellas de lejía, escaleras de mano para los nichos de la tercera altura.

Limpian las lápidas, cambian las flores de plástico por crisantemos de verdad, se saludan de nicho a nicho.

Rosi había vendido ya todos los crisantemos blancos y estaba vendiendo los amarillos, con cara de que no le gustaban.

Yo fui primero al nicho de Anselmo. Está en la segunda altura, junto al de su mujer.

Alguien, Fernando o Lucía, había mandado poner una corona de flores artificiales con una cinta que decía Tus hijos no te olvidan .

Estaba bien puesta, pero la cinta se había dado la vuelta con el viento y no se leía.

La giré. Limpié el cristal con un pañuelo.

Le dejé un ramo pequeño de lirios, que no son flores de Santos, pero a él le gustaba el olor, y a mí también.

No le dije nada. Él tampoco me decía nada nunca. Me quedé un momento delante, con las manos detrás de la espalda, como se ponía él en la puerta.

Luego fui al de mi padre. Mi madre ya estaba allí, en la escalera de mano, frotando la lápida con un estropajo verde, y Noelia la sujetaba desde abajo diciéndole que se iba a caer.

Antía y Hugo corrían entre las tumbas, y una señora los miraba mal.

Los dejé correr. Subí yo a la escalera y terminé la lápida.

Xosé Lamas Rey. Os teus non te esquecen.

El dorado de las letras se había gastado en la e de Xosé .

Mi madre dijo que había que repintarlo. Lo dice cada año.

A las doce llegó don Celso para el responso general.

Tenía una lista de nombres que le había dado la sacristana y la leyó entera, con mucha fe, y se equivocó en cuatro.

A un Manuel lo llamó Manolo y a una Dolores la llamó Dorinda, y las familias se miraron entre sí, pero nadie dijo nada, porque en Santos se perdona todo.

Cuando pasó a mi lado me apretó el brazo y me dijo:

—La próxima vez me das tú la nota, Carmela.

No lo corregí. Era el nombre de mi abuela, y aquel día no estaba mal dicho.

Al salir, vi a Suso en la puerta del cementerio, con el anorak rojo y un cubo de agua para la señora de Seixo, que había bajado de Bustelo en el coche de un sobrino y no podía con el cubo.

Le estaba explicando algo de los crisantemos, que en Suiza se llevan otras flores, que allí no se limpian las tumbas, que allí lo hace todo el ayuntamiento y por eso nadie va.

Llevaba una bolsa de pastas de la panadería de Vilacova en el bolsillo y se comía dos cada vez que se paraba. Una de guinda, una de chocolate.

Marta, la de la peluquería, estaba con su madre al lado del nicho de don Ramiro, que había muerto hacía un año justo. Me vio mirar a Suso. Se acercó, me dio dos besos y me dijo bajito, con la sonrisa que pone la gente cuando cree que sabe algo:

—Qué bien se os ve. ¿Y para cuándo?

—¿Para cuándo qué?

—Mujer. Lo vuestro. Todo el mundo lo dice.

Miré a Suso, que estaba dejando el cubo junto al nicho de los de Seixo y le estaba cogiendo una pasta de la mano a Hugo, que se la había robado del bolsillo.

—No —le dije a Marta—. Viene por las pastas.

Marta se rio, como si fuera un chiste. No lo era. Pero no me importó.

El teléfono sonó a las siete de la tarde, cuando ya era de noche.

Llamaban de una aldea de la parroquia de Santa Mariña, a veinte minutos, más allá de Vilacova.

Había muerto un hombre de ochenta y ocho años, el de Casa de Arriba, que se llamaba Aurelio y al que en la casa le decían o avó.

Se había muerto en el banco de la cocina, después de comer castañas, con la radio puesta.

La familia no quería tanatorio. Quería que fuera en casa, como su mujer, hacía veinte años.

Manolo me recogió en diez minutos. Suso ya estaba en la Berlingo, detrás, entre las sillas plegables, con la pota de la abolladura en las rodillas.

Lo hice todo por orden. La ventana diez minutos.

La sábana, que estaba preparada en el arca, como siempre.

La boca, las manos, el rosario, que era el suyo y sí apareció.

Las sillas contra las paredes. La luz del techo apagada y dos lámparas, una a cada lado.

El café a las ocho, en una pota, y ya no se dejó de hacer.

Los nietos jugaron al parchís en la mesa de la galería, y nadie les dijo que se callaran.

Al más pequeño, que se aburría, le di la bola roja que llevo en el bolsillo del delantal.

La tiró contra el suelo para ver cuánto botaba, y nadie le dijo nada.

Una nuera empezó a hablar de las tierras del monte y le llevé un café, y se le olvidó.

Llegó un hijo de Bilbao a las once, con el abrigo puesto, y entró solo. Estuvo diez minutos.

Cuando salió, se sentó a mi lado en la cocina con una taza que no se bebía. Me miró las manos, el delantal, las tazas en fila.

—Perdone —dijo—. ¿Usted es de la funeraria?

Hace un año habría dicho que sí. Hace ocho meses habría dicho un cargo que nadie sabe decir.

—No —dije—. Soy la veladora.

Asintió. No me preguntó qué era eso. Lo sabía, aunque no lo supiera. Se bebió el café de un trago, como si de repente tuviera sed, y fue a buscar a su hermana para decirle algo de la sábana, que estaba muy bonita, que quién la había bordado.

A las dos se durmió todo el mundo.

La hija mayor, en un sillón, con una manta.

Los nietos, arriba. Manolo, fuera, en la Berlingo, con el asiento echado.

Suso, en la mesa de la cocina, al lado de la fuente de la tortilla, con el delantal puesto.

El hijo de Bilbao, en una silla, con el abrigo doblado en el regazo, sin saber todavía dónde dejarlo.

Recogí las tazas. Las conté: treinta y ocho. No estaba nerviosa. Es lo que se hace con las tazas al final. Las lavé y las dejé secando en el escurridor, una contra otra. Hice otra pota de café, pequeña, para quien se despertara.

Me senté en mi silla, al lado de la puerta de la habitación, donde se ve al muerto y se ve la cocina. Me toqué el moño. Llevo horquillas nuevas desde marzo. Todavía resbalan un poco.

Aurelio, o de Casa de Arriba, estaba en su cama, con la sábana blanca, el traje de la boda de su nieta y la cara de alguien que ha terminado una cosa. Las dos lámparas estaban encendidas. El café estaba caliente. Todo estaba en su sitio.

Escuché.

El fuego. La lluvia, que había vuelto. Un reloj de pared que nadie había parado, porque ya nadie se acuerda de pararlos.

Un coche en la carretera de abajo, que pasó y se fue.

La pota enfriándose. Y debajo de todo, lo otro, lo que no es un ruido, sino la manera que tienen los ruidos de colocarse alrededor de un muerto cuando alguien vela.

Lo escuché mucho rato. No le faltaba nada y no le sobraba nada.

El ruido era el correcto.