CAPÍTULO 47
El embarazo me crece como lo hacen las cosas de esta casa. Sin pedir permiso y desbordando el libro de cuentas.
El verano se me pasa entera de huerto y consulta, con la cintura todavía mía.
El otoño me redondea ya sin disimulo, y la comarca lo celebra como cosecha propia.
La del molinero y yo nos cruzamos los partes de barriga en el cruce como dos labradoras comparando trigos, las mujeres de la aldea me suben hilo y consejos, todos contradictorios y todos bienintencionados, y Maired me toma posesión de la cocina un día por semana, por decreto, que la embarazada guisa para tres y eso lo vigila ella.
Y el invierno, el invierno me vuelve un prodigio de feria, porque a la altura de la primera nieve esta barriga ya no es barriga: es un acontecimiento.
—Esto no es una criatura —dictamino yo misma, varada en mi banqueta como un barco en bajamar, mirándome el horizonte propio—. Esto es una mudanza.
Los meses de barriga tienen sus liturgias nuevas, y dos se me quedan para siempre.
La primera es mía: le canto. Me sale una tarde de otoño, amasando, sin pensarlo, la canción de moler de mi madre dirigida barriga abajo, y desde entonces es costumbre fija de los anocheceres.
La de moler, la de la siega, las tres o cuatro que me sé del repertorio de la abuela Eilidh, cantadas bajito a quien escuche ahí dentro.
Que se vayan sabiendo las canciones de la casa, le explico a la barriga, que aquí la música viene de serie y la letra hay que ganársela.
La segunda es de él, y la descubro una noche fingiéndome dormida.
Mi marido le da el parte a la barriga. En voz baja, muy serio, con su voz de centinela.
Que el día ha amanecido con escarcha, que la guardia de la linde sin novedad, que el huerto aguanta y la despensa sobra, que la madre ha comido bien y reñido mejor, todo en orden, se puede dormir tranquilo ahí dentro.
Cada noche. El parte entero. Y yo me hago la dormida y escucho al lobo de Strathos rendirle cuentas a una barriga, y pienso que estos críos van a nacer siendo los mejor informados de Escocia.
Y la curandera, claro, hace lo que hace siempre que el cuerpo le habla raro: se lee.
Me pongo a la escucha una tarde de enero, las manos en la propia tierra, el oído del oficio puesto, paciencia de pulso, y lo que encuentro me deja la respiración a medias: dos.
Dos corrientes chicas debajo de la grande, dos tambores menudos llevándose el compás a su manera cada uno, dos.
Y cuando Morvenna sube a la semana, con su zurrón y su calma, y le doy el parte, mellizos, Morvenna, vienen dos, la señora del torreón me sonríe esa sonrisa suya de despensa, la que guarda desde junio, me pone las manos donde yo las tuve, escucha el rato largo de las que saben escuchar más hondo, y me corrige con dos palabras que me cambian el plano de la casa.
—Yo cuento tres.
Tres. La abundante era esto. La sonrisa de junio era esto. Acopio de pañales era esto.
—Tres —repito, cuando me vuelve la voz, y me sale la curandera antes que la madre, que cada una tiene su orden de salida—. Tres es palabra mayor, Morvenna. Tres es parto de cuidado, eso lo sabemos las dos sin decirlo.
—Lo sabemos las dos. —No me lo endulza, que por eso la quiero—.
Y por eso lo vas a pasar como no lo ha pasado mujer en esta comarca.
Con dos curanderas de oficio, una vieja de hierro, la despensa de un torreón y un clan entero haciendo guardia.
Tu madre te trajo sola al mundo a ti, hija, en una cabaña, sin nadie.
Mira el camino andado en una generación: su nieta llega con ejército.
—Me aprieta las manos, y la delfa se le vuelve abuela un momento—.
Tres, Aila. Esta familia no sabe hacer nada de uno en uno. Ya deberías saberlo.
A Cael se lo digo esa noche con el método de la casa, que ya es tradición. La mesa en medio y la cuenta clara.
—Hay novedad en el libro. —Espero a que deje la cuchara, por seguridad del ajuar—.
¿Te acuerdas de los tres cuencos? Pues quédate con la cifra vieja, que era bonita, porque la nueva es esta: cinco.
Tu madre cuenta tres tambores, y tu madre no se equivoca ni queriendo.
Trillizos, Cael. Esta casa, que no sabe hacer nada a medias, va a estrenar la familia por el procedimiento de fundarla entera en una noche.
Mi marido se queda mirándome con la cuchara a medio camino, y le veo hacer el viaje completo, el pasmo, la suma, el barranco del miedo, la subida, y al final del viaje hace lo que hace este hombre con todo lo que le desborda: se ríe.
Se ríe con la risa rota de la primera vez, la del costado cosido, y se levanta y me besa la frente y la barriga, por turnos, repartiendo, y dice, contra el acontecimiento.
—¿Habéis oído, los tres? Vuestra madre acaba de daros la primera lección de esta casa.
Las cuentas, claras y a la mesa. —Y a mí, con los ojos de ámbar encendidos—.
Cinco cuencos. Cinco años montando guardia para una sola mujer, y la mujer me planta un clan en una nevada.
Avisa al roble, Aila, que se nos queda corto.
Los últimos meses son los más raros y los más mansos de mi vida.
La noticia del tres convierte el ajuar en campaña militar.
Las tres mujeres cosen por triplicado con una organización que da miedo, Maired al mando de la lana, Bríde de la cuna grande, que la diseña ella con tres plazas y barrotes de fresno, y Morvenna del arcón de remedios del parto, que sube pieza a pieza al claro como quien arma una plaza fuerte.
Oisín aporta tres sonajeros tallados y una nana compuesta, que ensaya sin que nadie se lo pida.
Y Ronan, que no cose ni rima, sube un día con dos hombres y un carro y deja en el cuarto nuevo, sin discurso, tres arcones pequeños de madera buena con tres lobos tallados en las tapas, y cuando le pregunto se encoge de hombros con toda la montaña.
En esta familia los arcones se heredan, y estos los hizo mi padre para los míos. Ahora les toca llenarse otra vez.
El cuerpo manda y yo, por primera vez en treinta años, obedezco sin pleito.
Dejo la consulta en manos del carteo, que ahora las hierbas suben y bajan entre el claro y el torreón con servicio diario de lobo, y me dedico al oficio nuevo de estar, que es el que peor se me da y el que más me enseña.
Cael no se aparta una legua. El heredero despacha lo del clan desde mi mesa, con permiso del laird, que lo dio con una frase de las suyas, los papeles viajan mejor que los nietos.
Las tres mujeres me montan turnos que creen disimulados.
Y el lobo duerme las noches enteras atravesado en la puerta del cuarto nuevo, de guardia ya declarada, y yo me duermo oyéndolo respirar y pensando que mis hijos van a creerse que todas las casas tienen un lobo en la puerta, y que esa va a ser la primera mentira hermosa de su infancia.
Y una noche de los primeros deshielos, con la luna llena encima del claro, me despierta la señal que las curanderas conocemos de las otras y reconocemos en nosotras al primer aviso: ha llegado la hora. La primavera ha venido puntual a su cita, como todo lo que él me manda.
Despierto a mi marido con la calma de las que llevan la cuenta hecha.
—Cael. Ve a por tu madre y a por Maired.
—Y como salta de la cama con el cambio ya soltándosele en los hombros, de puro instinto, lo paro un latido, el justo, para decirle lo último que se dice en este libro con la casa todavía de dos—.
Y no corras de más, que llegamos bien. Esta noche no se me muere nadie y no nace nadie solo.
Se acabaron las dos costumbres, para siempre, en este claro.
—Le pongo la mano en la cara, en la cara del hombre y del lobo, mi cara—.
Corre, mi lobo. Y vuelve con la primavera.