La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

La noche en que nacen mis hijos, el bosque de Strathos no duerme.

Corro al torreón en la otra forma, bajo la luna llena del deshielo, más rápido que el virote que no me mató, y vuelvo con mi madre y su zurrón a la grupa del caballo de Bríde y con Maired recogida al paso en el cruce, refunfuñando que ya lo decía ella que sería en luna llena, que las cosas grandes de esa niña vienen todas con luz.

Y después, las puertas del cuarto nuevo se cierran con las mujeres dentro, y empieza el oficio más viejo del mundo, y a los hombres nos toca el segundo más viejo: esperar al otro lado.

Esperamos mi padre, mi hermano y yo, en la estancia de los dos cuencos, alrededor de un fuego que no necesita leña porque la alimento yo a fuerza de no estarme quieto.

Mi padre, que ha esperado tres partos, administra su solemnidad en silencio.

Oisín, que no ha esperado ninguno, me da conversación de la que no requiere respuestas.

Y del otro lado de la puerta llega la voz de mi mujer, que ni en esto pierde el mando, riñendo al dolor como riñó a la fiebre y al virote, no te atrevas, se le oye decir en lo más duro, no-te-atrevas, y mi padre levanta la cabeza y dice, a la lumbre más que a nadie.

Esa mujer le ganaría una guerra al invierno.

Amanece el deshielo entero cuando llega el primero.

Y el primero no llora.

El primer hijo de Aila y de Cael saluda al mundo con un sonido que no es de criatura.

Menudo, ronco, inconfundible, la nota exacta que yo le canté a la luna la noche de la noticia.

Un aullido. Chico como un puño y entero como un juramento, y al otro lado de la puerta se hace un silencio de un latido, y después la voz de mi madre, rota por el medio de una manera que no le había oído en la vida: lobo. Es lobo.

El segundo llega con el sol en la ventana, y aúlla.

Y el tercero, que se hace rogar lo justo para que su madre lo riña ya con nombre de hijo, llega a media mañana, y aúlla también, la misma nota menuda, la tercera, y desde el patio le contesta el bosque entero de Strathos, los pájaros del deshielo y un halcón que da vueltas de gloria sobre el claro, y Oisín llora sin esconderse y mi padre no llora porque está la montaña ocupada en sostenerme a mí.

Tres. Tres varones. Tres aullidos.

Y entonces, antes de que nadie pueda impedírmelo, ni yo el primero, salgo al claro del amanecer, me quito la forma en mitad de la hierba nueva, y le contesto a mis hijos como se contesta en esta familia.

Con la cabeza atrás y la nota entera, el aullido más largo de mi vida, lanzado al cielo del deshielo, y dentro de la casa, juro que lo oigo, tres notas menudas lo recogen al vuelo, las tres a destiempo y las tres mías, y así, en ese coro disparatado de un lobo grande y tres del tamaño de un puño, se estrena el clan que viene.

—Los tres —me dice mi madre cuando abre la puerta, con la cara de quien ha visto el centro del mundo—.

Los tres con el don, Cael, y de la misma sangre que tú.

No hay memoria en el clan de una camada entera.

No hay memoria en el clan de tres de una vez.

—Y la señora del torreón, que no se asombra de nada desde antes de que yo naciera, mueve la cabeza despacio—.

Tu mujer no sabe hacer nada como todo el mundo. Bendita sea por los siglos.

Y luego hace una cosa que no le he visto hacer nunca. Se vuelve hacia las colinas del norte, hacia donde el clan no sube y los mapas se callan, y se las queda mirando como se mira una carta vieja que se sabe de memoria y no se ha contestado.

—La sangre vieja está despertando, hijo —dice, en voz baja, para mí solo—.

Tres de una vez no es abundancia: es aviso.

—Y antes de que pueda preguntar, me pone la mano en el hombro, con ese peso suyo de las advertencias dichas con cariño—.

Hay una hebra de nuestra historia que le prometiste a tu mujer que se la daría entera quien debiera.

Quien debe soy yo. Y va tocando darla. A ella, a ti, y a tus hermanos, que también la esperan sin saberlo.

Cuando tus hijos duerman sus primeras lunas, subidme a la solana, que las cosas grandes de esta familia se hablan al monte.

Lo guardo donde guardo lo grande, junto al aullido triple. El clan que viene trae preguntas, y mi madre, por lo visto, guarda respuestas más viejas que el torreón. Bien está. En esta casa nunca se ha acabado nada: se continúa.

Entro al cuarto nuevo con el corazón en las orejas, como he entrado a todo lo de ella.

Y ahí está. Incorporada en el jergón grande, pálida y despeinada y soberana, con el pelo de luna hecho un caos de batalla ganada y dos críos al pecho y el tercero en el regazo de Maired, que lo mece con su crujido de leña vieja y cara de no haber llorado, que nadie la desmienta.

Mi mujer me mira llegar, me mira caer de rodillas junto al jergón, me deja besarle las manos, la frente, la cara entera, y cuando recupero el habla, que tarda, hago la pregunta de los padres.

—¿Cómo estás?

—Hecha polvo y mejor que nunca, que por lo visto se puede.

—Me estudia con esos ojos de enero que ni un parto triple les quita el filo, y la sorna le sube como le sube siempre, desde el centro—.

Tres, Cael. Te dije una vez que me habías malacostumbrado al mañana.

Pues toma mañana. Toma tres mañanas de golpe.

—Y baja la voz, y la sorna se le vuelve la otra cosa, la honda—.

Míralos. Mira lo que ha hecho la que cenaba sola.

Los miro. Me los van poniendo en los brazos de uno en uno, y yo los recibo como se reciben los cuencos sagrados, y les vamos dando los nombres que traíamos pensados y el que se piensa solo: Conall, el mayor, que en la lengua vieja es lobo fuerte, y ya se le nota el genio en el agarre.

Faolán, el segundo, lobito, el de la nota más dulce.

Y el tercero, el que se hizo rogar, el que nos miró al llegar con los ojos grises de su madre, no trae nombre pensado, y lo bautiza ella desde el jergón, con la última autoridad que le queda al día.

—Ailean. Que es lo más cerca de Aila que consiente la lengua de tu clan, me lo dijo tu padre en la boda. Uno con mi nombre, que me lo he ganado. —Y al crío, que la mira muy serio—. Tú y yo, criatura. Los del nombre. Ya hablaremos.

Esa tarde, mientras la casa duerme su primera siesta de cinco, con Maired de centinela interior y mi madre subida al serbal del este, que la he visto desde el patio cuesta arriba con un manojo de romero en la mano, pagando por fin su deuda en la única moneda que vale, yo subo a la loma del roble con el cuchillo de mi padre.

Y hago tres muescas nuevas, juntas, pequeñas, en fila debajo de la honda de la elección. Veintidós, veintitrés, veinticuatro. El cuaderno de victorias de Aila de Strathos, al día.

Desde la loma se ve el claro entero. La cabaña blanca con su humo, el huerto que despierta, el serbal con dos mujeres, una de pie y otra de tierra, charlando por fin sus cuentas, y la ventana del cuarto nuevo donde duermen tres lobos del tamaño de un puño y la única mujer que los hizo posibles.

La única que me vio entero y no echó a correr.

La única que cruzó los últimos doce pasos.

La única, de todas las criaturas de este bosque, que eligió al lobo sabiendo lo que elegía.

Te encontré antes de que supieras mi nombre, le dije el día de los fuegos.

Lo que no le dije, porque entonces no lo sabía entero, es lo otro, lo que sé hoy desde esta loma, con el cuchillo de mi padre en la mano y tres muescas recién hechas oliendo a madera viva.

Que no fui yo el que la encontró.

Fue ella la que me hizo digno de ser encontrado. Ella, que no cambió un borde, que no soltó un palmo de su claro, que cobró cada deuda y pagó cada gracia, y que al final, contra toda la aritmética de su vida, abrió la mano y eligió.

Todos merecen ser elegidos. Eso es lo que guardan estas colinas, lo que canta la balada de mi hermano sin saber que lo canta, lo que aullarán mis hijos cuando les toque entender. Todos. Hasta la cría que se ahogaba en un río. Hasta el lobo que la sacó del agua.

Abajo, en el claro, el humo de nuestra chimenea sube derecho al cielo del deshielo.

La guardia continúa. Ahora somos cinco.