La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1) CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

Tres cuencos.

El mundo hace una cosa que no había hecho nunca: se detiene del todo.

El claro entero se queda sin ruido, el guiso sin olor, el suelo sin abajo, y en mitad de esa nada perfecta solo quedan ella, la mesa puesta y lo que acaba de decir, y yo repitiéndola por dentro a ver si así se vuelve de verdad. Tres cuencos. Para la primavera. Tres.

—¿Cael? —Mi mujer ladea la cabeza, con la sorna asomándole por debajo del brillo de los ojos—. Te se ha caído la cara al guiso. ¿Respiras? Respira, anda, que no me sirves desmayado y el oficio hoy no está para levantar maridos.

Cruzo la estancia sin enterarme de cruzarla y la levanto en brazos, con cuidado de cuenco sagrado, y ella se ríe contra mi cuello, esa risa entera que era de las fiestas y ahora es de los martes, y nos quedamos así en mitad de la estancia, ella en vilo y yo en otro mundo, el guiso esperando con la paciencia de los guisos buenos, y contra mi cuello la oigo decir, bajito, ya sin sorna ninguna, lo que los números no decían.

—Vamos a ser tres, Cael. La de la legua y media va a tener una casa de tres. Si me descuido, lloro, y hoy ya he llorado en el serbal, conque sujétame fuerte y dame un minuto, que se me pasa.

La sujeto fuerte. No se le pasa. No se nos pasa a ninguno de los dos, y bien está, que hay minutos que no se hicieron para pasarse.

Y cuando el minuto largo nos suelta, entiendo de golpe, con la claridad tonta de las revelaciones, una cosa que llevo dos semanas sin entender.

—El lobo lo sabía. —La dejo en el suelo, sin soltarla—.

Aila. El lobo lo sabía. Llevo dos semanas durmiendo atravesado en la puerta sin saber por qué, dos semanas que el monte me sabe a poco y la guardia a necesaria, dos semanas gruñéndole a la linde por nada.

El lobo lo olió antes que tu oficio, mujer, y no supo decírmelo, o yo no supe leerle.

—Muevo la cabeza, sin acabarme de creer la criatura que soy—.

Cinco años leyendo rastros y no me sé leer el morro.

—Pues ya somos dos analfabetos. —Me pone la mano en la cara, con esa ternura suya que viene siempre vestida de sorna—.

La curandera de la comarca ha tardado tres semanas en leerse un pulso que le lee a cualquiera en dos visitas.

Anda que el par de sabios que va a criar a esta criatura.

Menos mal que lo que no sepamos lo trae ella de fábrica, que los hijos vienen con su propio libro, decía mi madre.

Cenamos el guiso de perdiz más feliz de la historia de Escocia, y después, junto al fuego, con su espalda contra mi pecho y mis manos donde ya se me van a quedar nueve meses, hablamos hasta tarde de todo lo que no se puede saber.

Si vendrá con su pelo o con mis ojos, si llorará con genio de la madre, que el cielo nos asista, y la pregunta grande, la que ella me saca con su valentía de siempre, de frente.

—¿Y lo tuyo? Lo de tu sangre. ¿Se hereda? ¿Lo sabremos pronto?

—Se hereda como quiere. —Le hablo al oído, con las manos quietas en la cuenta nueva—.

Mi madre dice que la sangre de los suyos es como el agua de monte, que busca su cauce y no avisa por dónde.

Bríde voló a los siete años. Oisín corrió a los cinco.

Yo cambié antes de andar, dicen, y le di a mi madre el susto fundacional de la familia.

Puede venir con don y puede venir sin él, y puede ser lobo, o ave, o ciervo, o cosa que no haya visto el clan.

Se sabrá cuando se sepa. —Y le digo la única verdad que importa de esa pregunta—.

Y venga como venga, esta criatura va a tener lo que no tuve yo hasta los diecisiete.

Una casa donde lo raro se cuenta en la mesa, a la luz, sin postigos.

Eso ya lo hemos construido, Aila. Lo demás es ajuar.

Esa noche, ya con ella dormida, el lobo me pide la suya, y se la doy.

Salgo al claro, me quito la forma bajo las estrellas de junio, y el lobo hace lo que el hombre lleva todo el día conteniendo.

Echa la cabeza atrás y le canta a la luna la noticia, un aullido largo y entero que cruza el bosque de Strathos de loma en loma, y a las dos leguas y media, desde el torreón, otro aullido contesta que no es de lobo, es de hermano con buen oído y mejor laúd imitando como puede, y a mí la risa me sale en la otra forma, que suena a estornudo de oso, y monto después la guardia nueva, la primera de las que vienen.

Una vuelta entera a la linde del claro, despacio, marcando el perímetro de lo que ahora guardo, que ya no es una mujer sola. Es una casa con primavera dentro.

Y al alba siguiente, en el umbral, el parte del viento tiene un renglón nuevo. Debajo del romero y del humo y de ella, finísimo, recién escrito, un olor que no estaba y que el lobo, ahora sí, me traduce entero. Dos respiraciones largas le echo al renglón nuevo. Tres.

Al torreón subimos a los tres días, a dar la noticia en persona, que estas cosas mi mujer las despacha de frente.

Y la despacha como ella sabe. Espera a los postres, deja que mi padre sirva el aguamiel, y suelta, mirando al laird de Strathos a los ojos.

—Ronan. Va siendo hora de que vaya poniendo otro cubierto.

El silencio dura un latido. Mi padre deja la jarra despacio, con ese cuidado suyo de hombre grande, mira a Aila, me mira a mí, vuelve a ella, y al viejo zorro de Strathos, al que no le tiembla la voz ni ante los señores del este, se le moja la montaña entera de la cara, y se levanta, y levanta la copa, y solo le sale la mitad de la solemnidad que le habían asignado.

—El cubierto... —Carraspea. Vuelve a empezar—. El cubierto se pone hoy.

Lo que sigue es un terremoto familiar de los buenos: Oisín se sube al banco anunciando que el Romance del Correo del Bosque tendrá segunda parte, con cuna, y que ya tiene tres rimas y media.

Bríde declara, con su sequedad de tratados, que el ahijado es suyo y que el que quiera disputárselo que aprenda a volar primero.

Y mi madre, que ha recibido la noticia más quieta que nadie, se acerca a Aila, le toma las dos manos, se las mira un momento con esos ojos suyos que leen lo que no está escrito, y le dice una sola cosa, bajito, con una sonrisa que conozco y no sé de qué.

—Vienes fuerte, hija. Vienes... abundante. —Y a las preguntas de la mesa contesta como contesta mi madre cuando ha decidido guardar algo—. Nada. Cosas de despensa. Habrá que hacer acopio de pañales, digo yo.

Volvemos al claro de noche, por el camino del bosque, y mi mujer camina a mi lado con la mano en el sitio nuevo, ese gesto que le ha nacido en tres días y ya parece de toda la vida, y yo la miro caminar y hago la cuenta de mi vida entera, la que empezó en un río.

Una cría que se ahogaba. Una muchacha a doce pasos. Una mujer en un umbral con una manzana. Una jueza, una novia, una loba. Y ahora esto que camina a mi lado bajo la luna de junio. La madre de los míos, con la primavera dentro.

Hay hombres que rezan por reinos. Yo monté cinco años de guardia por una legua y media, y me ha tocado el mundo.