CAPÍTULO 45
La vida de casada, descubro, se parece mucho a la de antes y no se parece en nada, que es la mejor descripción que sé hacer de un milagro doméstico.
El claro es el mismo y está irreconocible.
La cabaña blanca con su cuarto nuevo, el huerto a dos manos, que las habas de este año dan vergüenza de gordas, y un tráfico que mi legua y media no había visto nunca.
Porque ahora vienen. La comarca entera, por el camino y de día, con sus pulsos y sus toses y sus criaturas.
La consulta de la señora del claro, la llaman, y pagan en huevos y en lana y en quedarse un rato de conversación, que es la moneda que más me cuesta aceptar y la que más me está curando lo viejo.
Mi marido reparte sus días entre el claro, el monte y el torreón, hombre y lobo a su hora cada uno, y las noches son todas de aquí, de esta casa, de este jergón ancho nuevo donde duermo escuchando un tambor lento que ya no es sueño de fiebre.
Y la vida, que tiene un humor muy suyo, me manda el aviso por mensajera ajena.
Una mañana de junio sube la mujer del molinero, recién casada en otoño, con cara de no saber si trae enfermedad o noticia, y yo le tomo el pulso como me enseñaron, los tres dedos, el peso justo, y ahí está.
La segunda corriente, ese río chico que corre por debajo del grande, el pulso lleno de las que vienen dos.
Le doy la buena nueva, la mujer llora y ríe a la vez y baja la cuesta como quien baja volando, y yo me quedo en mi umbral, contenta del oficio, sin caer en nada.
Caigo dos días después, delante del barreño, al darme cuenta de que la cara de sospecha de la molinera la llevo yo puesta desde hace una semana.
Porque la curandera de la comarca, está visto, tarda en leerse a sí misma lo que le lee a cualquiera en dos visitas.
Lo primero lo apunto sin apuntarlo. El cansancio dulce de las tardes, un sueño que me baja a la caída del sol como una manta echada por alguien.
Lo segundo me hace gracia y la gracia me dura poco.
El olor del cuero curtido del taller de Cael, que llevo meses sin notar, una mañana se me vuelve enemigo personal y me saca de la casa con arcadas.
Lo tercero es la cuenta, y las cuentas, en esta casa, ya se sabe.
Yo soy de luna exacta desde los quince años, mi cuerpo y el cielo llevan el mismo calendario, y la luna ha cumplido y mi cuerpo no.
Me siento a la mesa una mañana que estoy sola, con el cuenco del desayuno apartado, y hago lo que no he hecho nunca: me atiendo.
Me tomo el pulso en la muñeca izquierda con los dedos de la derecha, como me enseñó mi madre, los tres dedos, el peso justo, y me quedo muy quieta, escuchándome el río de dentro.
El pulso está distinto. Lleno, rápido por debajo de la calma, con esa segunda corriente que he aprendido a buscar a las mujeres de la aldea cuando vienen con la misma cara de sospecha que debo de tener yo ahora mismo.
Me leo el pulso, me leo el sueño, me leo el asco del cuero y la luna incumplida, y junto las cuatro lecturas encima de la mesa como quien junta las esquinas de un pañuelo, y en medio del pañuelo está la cuenta hecha.
Los números no mienten.
Y hay una lectura más, la quinta, la que no viene en ningún saber de curanderas y vale por todas.
Que al juntar las esquinas del pañuelo no me ha entrado frío.
A mí, que me he pasado la vida esperando la mala noticia detrás de cada puerta, que tenía el susto por primer reflejo como otros tienen el parpadeo.
La suma me ha salido y el cuerpo, antes que la cabeza, ha hecho una cosa nueva: se ha alegrado primero.
Sin pedir permiso, sin mirar el suelo. Algo se habrá curado de verdad en esta casa para que las noticias grandes entren ya por la puerta grande.
Me quedo sentada un rato largo, con la mano todavía en la muñeca, oyendo el claro hacer sus ruidos de mañana, y lo que me sube por dentro no es una cosa.
Son todas a la vez, en tropel, como me sube todo lo grande.
La alegría, enorme y muda, asustada de sí misma.
El vértigo. Y debajo de las dos, despacio, la vieja conocida.
El miedo, que en mí nunca avisa de frente, que viene disfrazado de pregunta razonable.
¿Y si no sé? Yo aprendí de madre de la mejor, y la mejor se me murió a los trece, y de ahí para abajo todo lo que sé de criar lo aprendí del lado de la huérfana.
¿Con qué manos se cría, si las tuyas las criaron a medias?
Le doy al miedo su rato, como le doy a todo lo mío, que los miedos desatendidos vuelven de noche. Y luego lo siento a la mesa y le contesto como me ha enseñado este año a contestar.
—A medias me criaron, sí. Y mira la cuenta entera, miedo.
Una madre trece años, la mejor. Una soledad dieciocho, dura y honrada.
Una vieja del cruce con leyes para todo.
Una señora de torreón que corta a uña. Una cuñada que vuela y un cuñado que rima.
Y un hombre que monta guardias. —Cuento con los dedos, uno a uno, delante del miedo y de quien quiera mirar—.
A esta criatura la crían siete, contando a la del serbal, que pienso subirla en brazos a que la vea.
Tú, miedo, si quieres opinar, coges número como todos.
La primera visita, claro, es al serbal.
Subo con la tarde dorada, me siento en mi sitio de las rodillas recogidas, y se lo digo a la piedra antes que a nadie en este mundo, porque hay jerarquías que no se tocan.
—Tú la primera, madre, como todo. —Pongo la palma en la tierra tibia, entre la piedra y el tronco—.
Vas a ser abuela. La huérfana de la comarca, la de la legua y media: abuela te va a hacer.
Y te aviso de una cosa, y va en serio. A esta criatura le pienso hablar de ti desde antes de que entienda, para que te tenga sabida de siempre, como se saben las canciones.
La abuela Eilidh, la de las manos buenas.
La del serbal. No vas a ser una piedra para ella, madre.
Vas a ser una historia. Te lo firma tu hija, que ya sabes que cumple.
El serbal mueve las hojas de junio, que cada cual entienda lo suyo, y yo bajo el monte con las dos noticias dadas, la de la tierra y la del cielo, y me queda la tercera, la del claro, y para esa no quiero discursos.
Le doy vueltas a la manera mientras guiso, porque las maneras importan.
Podría esperarlo en el umbral con la noticia por delante, como se dan los partes.
Podría llevarlo al roble de las muescas, que tiene su poesía.
Podría decírselo esta noche al oído, en lo oscuro, que es donde caben las cosas que tiemblan.
Y mientras sopeso maneras caigo en la cuenta de que todas las grandes verdades de esta casa se han dicho siempre igual, sin querer y queriendo: con la mesa en medio.
El cuenco en el umbral. El guiso grande.
Los dos cuencos del torreón. El tribunal del lo siento.
La mesa es nuestro púlpito y nuestro juzgado, y lo que se dice con la mesa puesta va a misa.
Conque esa noche guiso despacio, perdiz con su laurel, pongo la mesa como siempre, los dos cuencos, el desportillado y el sagrado, y espero a que mi marido vuelva del torreón, oyéndome el río de dentro con la mano en la muñeca, de contrabando, una vez más, por el gusto de oírlo.
Y cuando entra por la puerta con el atardecer a la espalda y me besa el pelo y pregunta qué hay de cena, le contesto con la calma de las cuentas claras, señalando la mesa puesta con la barbilla.
—Hay guiso de perdiz. Y hay una cuenta nueva. —Y como se me queda mirando con la ceja de los avisos, se la doy entera, redonda, la mejor cuenta de mi vida—. Se nos ha vuelto a desbordar el libro, Cael. Para la primavera que viene, en esta mesa van a hacer falta tres cuencos.