CAPÍTULO 44
Beltane amanece limpio sobre Strathos, y la comarca entera baja a los fuegos sin saber que viene a mi boda a saldar sus cuentas.
El campo de las hogueras hierve desde mediodía.
Las piras armadas, los puestos, las cintas, el ganado esperando su pasada entre los fuegos, y en medio de todo, el clan MacRath desplegado en orden de fiesta.
Mi padre administra la solemnidad que le asignaron, recibiendo a media Escocia con su calma de montaña.
Mi madre manda sobre el banquete con vara invisible.
Bríde vuela alta, en círculos lentos sobre el campo, la única invitada con palco propio, y la comarca cree que es un halcón del torreón amaestrado, y la comarca, como en tantas cosas, acierta sin saber cuánto.
Y Oisín afina el laúd con una sonrisa de siete leguas, guardándose el estreno.
Yo espero junto al fuego grande, con mi mejor lana y el corazón en las orejas, y me hace compañía la procesión de mi familia, que viene a verme uno a uno, por turnos, a su manera cada cual: Oisín me recoloca el cuello de la camisa y me pide que no me desmaye en mitad de su estribillo, que arruina la métrica.
Bríde baja del cielo el tiempo justo de decirme dos palabras, está hermosa, y volver a subirse, que mi hermana da los partes desde donde mejor se ve.
Mi madre me planta delante, me mira como se mira la obra terminada y no dice nada, que su nada de hoy vale por discursos.
Y mi padre se queda a mi lado, hombro con hombro, mirando los fuegos prender, y suelta su bendición de cuatro palabras a la hora exacta en que hace falta.
—Elegiste despacio. Elegiste bien.
Y cuando el sol se rinde y las piras prenden, una a una, llenando el campo de oro vivo, el murmullo de la gente cambia de pronto de nota, y me vuelvo, y la veo venir.
Viene del brazo de Maired.
Eso lo decidió ella, y lo defendió con cuatro palabras que no admitieron réplica: me lleva quien estuvo. Y ahí vienen las dos, cruzando el campo de los fuegos, la vieja del cruce con su mantón bueno y su barbilla de almirante, y mi mujer de blanco.
De ella diré lo que se pueda decir sin que se me rompa el renglón.
El lino blanco a la luz de las hogueras, el pelo de luna suelto y entero, y las marcas del fuego viejo al aire, el cuello y el hombro descubiertos, lucidas con la cabeza alta como mandó Maired, cambiadas de bando para siempre.
La comarca entera la mira venir y la comarca entera traga a la vez, un solo trago de toda la gente junta, y en ese trago va de todo.
El asombro, la vergüenza vieja, la marea entera subiendo de golpe.
La bruja del bosque cruza los fuegos de Beltane vestida de luna, y no ha pedido perdón ni permiso, y está, me lo dirá Oisín después con su rima, más hermosa que la mentira y más cierta que el invierno.
Llega hasta mí. Maired me la entrega poniéndome la mano de ella en la mano mía, y a la vieja le tiembla la barbilla de almirante, y lo arregla regañándome.
—Cuídamela, mozo, que la he visto crecer a legua y media. Y salúdame los rastros, que ahora ya nos conocemos todos.
La ceremonia es a la vieja manera de estas tierras: las manos atadas.
Mi madre se adelanta con la cinta, y la cinta no es una cinta cualquiera.
Es una lazada de cumplido, de las del oficio, de las que ataron milenramas y salvias todo un invierno, tejida en lino y hilo rojo, y la anuda sobre nuestras manos juntas con sus dedos de cirujana, el nudo justo, y dice, para las dos familias y para los fuegos, que se atan estas manos como se atan las hierbas de virtud. Con respeto y sin miedo.
Los votos los traemos cada uno de su casa.
—Te encontré antes de que supieras mi nombre —digo yo, con la voz entera por puro milagro—.
Te he guardado cinco años desde la linde y te guardaré los que me queden desde tu lado, que es mejor puesto.
Lo que soy, en sus dos formas, es tuyo. Lo que tengo, con sus dos casas, es tuyo.
Y lo que juré una noche de fuegos, oyéndote decir que nunca habías bailado, vengo esta noche a cumplirlo delante de todos.
—Tú me encontraste antes de que yo supiera tu nombre —dice ella, con su voz de los hechos, la que no tiembla ni en el filo—.
Y yo te elegí sabiéndolo entero, y te elijo hoy otra vez, y pienso elegirte cada mañana, que las cosas buenas hay que regarlas.
Me caso contigo con mi claro dentro y mi oficio puesto, Cael MacRath, y te doy lo que tengo, que me ha costado dieciocho años saber que era mucho.
Una casa blanca, dos cuencos, y toda la mujer que la soledad no se pudo comer.
Mi padre declara el matrimonio con dos golpes de su voz de montaña, la comarca brama, las piras escupen chispas al cielo de Beltane, y Oisín se sube de un salto al carro del banquete, laúd en alto, y suelta por fin su estreno.
El Romance del Correo del Bosque, la historia de un lobo gris que guardó cinco inviernos a una curandera sola y de un heredero que la quiso en silencio, y la comarca corea el estribillo sin saber que los dos héroes de la balada se acaban de casar en uno, y mi familia entera se ríe por dentro del secreto a la vista, que es la mejor clase de secreto que existe.
Del estribillo doy fe, porque la comarca lo va a cantar veinte años.
Guardó la nieve quien guardó la flor, / veló la linde quien veló el dolor, / y al que pregunte quién la quiso más, / que mire al monte y no pregunte más.
Y entonces el rabel y el tambor arrancan la primera ronda, y llega la hora de mi juramento.
Le tiendo la mano a mi mujer delante de la comarca entera, junto al fuego grande, y le digo las palabras de aquella noche, que ya son nuestras.
—El día que bailes, no bailarás sola.
Y la saco a la ronda de Beltane.
Baila como me contó que le enseñaron. Talón y vuelta, y sin mirar al suelo, la cabeza alta, el pelo de luna volando a la luz de las hogueras, los pasos de su madre estrenados al fin con dieciocho años de retraso y toda la comarca de testigo, y baila mejor de lo que ella se cree y peor que nadie y más hermoso que todas, y a la segunda vuelta ya no soy yo el único que la mira.
El campo entero ha hecho corro, y las muchachas de las cintas la señalan, y la mujer del yesero llora sin esconderse, y Maired, en primera fila, le marca el paso con el bastón en la tierra, talón y vuelta, niña, talón y vuelta, como si llevara dieciocho años esperando este turno de apuntadora.
En una de las vueltas, mi mujer echa la cabeza atrás y se ríe, una risa entera lanzada al cielo de Beltane, hacia las chispas y las estrellas y un serbal que mira al este desde su loma, y yo sé sin sombra de duda a quién va dirigida, y la sostengo por la cintura en el giro y la ayudo a mandarla más alta.
Bailamos hasta que las piras son brasa, como manda la noche.
Y cuando el campo afloja y los corros se deshacen y la fiesta se vuelve rescoldo y canciones bajas, mi mujer y yo nos escabullimos de nuestra propia boda por la puerta pequeña, como me escabullí yo hace dos Beltanes, solo que esta vez no corro solo.
Vamos de la mano, monte arriba, hacia un claro con una cabaña blanca, riéndonos como ladrones de lo que es nuestro.
En la linde del claro me detiene, me pone las manos atadas todavía con la lazada de hilo rojo sobre el pecho, y me da el remate del día con su sorna de siempre y los ojos brillantes.
—Feliz Beltane, lobo. Mi fiesta ha tenido un invitado.
—Feliz Beltane, mi loba. —Le beso los nudillos por encima del nudo justo—. Y los que vienen.
De la noche de bodas contaré lo que se puede, que esta también es nuestra y del claro, y lo que se puede es esto: que no se parece en nada a la primera y es la misma en todo lo que importa.
La primera vez tembló el mundo. Esta vez el mundo está firme, recién jurado delante de una comarca entera, y lo que hay en su lugar es una cosa que no habíamos estrenado: la risa.
Nos reímos desatándonos la lazada de hilo rojo, que mi madre anudó a conciencia de cirujana y no piensa rendirse a dedos con prisa, y ella dictamina que esta es la última prueba del clan, que quien no sepa deshacer un nudo de cumplido no merece lo que ata, y lo deshacemos a cuatro manos y a media risa, sin romperlo, porque ese hilo se guarda.
Nos reímos del lino blanco, que tiene más lazadas que un arnés de feria, eso lo dice ella, y de mis manos, que esta vez no tiemblan, fíjate tú, me dice contra la boca, se ve que el matrimonio cura, y de la luna de Beltane, que entra por la ventana del cuarto nuevo sin pedir permiso, como todo en esta familia.
Y debajo de la risa, lo de siempre, lo nuestro, más hondo ahora porque ya no pregunta.
La devoción con las dos manos, el mapa del fuego besado entero otra vez, que esa liturgia ya quedó fija la primera noche y no piensa derogarse, y su cuerpo y el mío diciéndose con soltura lo que tardaron cinco años en deletrear.
No hay estreno esta vez. Hay algo mejor que todos los estrenos: la certeza.
La abundancia escandalosa de los que ya no miden, ahora con todos los papeles, todas las lunas y todos los años por delante.
Después, mucho después, con su cabeza en mi brazo y la lazada de hilo rojo a salvo sobre el vasar, entre los dos cuencos, mi mujer hace la última cuenta de su día de bodas, con la voz ya de orilla del sueño.
—Para que conste en el cuaderno. Hoy he bailado, me he casado, y la comarca entera me ha visto las marcas y se ha tenido que aguantar. —Bosteza, y se me acomoda en el hombro como quien vuelve a un sitio—. Mañana empieza el libro nuevo. Página primera: bailó.
—Bailó —le confirmo a la oscuridad, con su respiración bajando ya al país del sueño—. Y no miró al suelo ni una vez.