La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1) CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

La víspera de Beltane, las mujeres me echan al novio de casa entre las tres.

—La víspera se duerme aparte —dictamina Maired, plantada en mitad de mi claro con los brazos en jarras—. Es ley vieja, y las leyes viejas no se discuten. Se acatan o se paga la multa, y la multa de esta es de mala suerte para siete años.

—Yo cinco años he dormido en esta linde —alega el condenado, buscando jurisprudencia.

—Pues esta noche conocerás tu torreón, que dicen que es bonito. —Morvenna le cuelga a su hijo el zurrón del hombro con mano de madre y sentencia de señora—. Andando, heredero. Esta noche el claro es de las mujeres y de las costumbres.

Se va monte arriba con Bríde de escolta aérea y cara de destierro, volviéndose dos veces, y las mujeres rematan los últimos pespuntes, me cuelgan el vestido blanco de la viga, donde la luz de la lumbre lo vuelve un fantasma bueno, me dan tres instrucciones cada una y se van con la última luz, y el claro se queda, por primera vez en meses, como estuvo años. La cabaña, el fuego, y yo.

Sola.

Y entiendo entonces para qué sirve de verdad la ley vieja de las vísperas, que no es para la suerte: es para esto. Para despedirse.

Porque mañana se acaba algo, y no es la soledad mala, la de las piedras del cruce, que esa enterró su última piedra hace tiempo.

Es la otra. La soledad de oficio, la que me crio cuando no quedó nadie, la que me enseñó a partir leña y a hacer las cuentas y a hablar sola para taparle la voz al viento.

Esa soledad fue mi niñera, mi maestra y mi casa, dieciocho años, y mañana la jubilo, y a las que te criaron no se las jubila sin despedida.

Conque hago la víspera entera con ella, las dos solas, todos los ritos de la casa.

Parto la leña del día aunque sobra leña.

Pongo una cena para una, la última, en el cuenco desportillado, y ceno despacio, dándole conversación al fuego como en los viejos tiempos.

Saco la piedra del río de debajo de la tabla y la pongo en la mesa, de testigo.

Y le digo a la soledad lo que se le dice a la niñera el último día, mirando la estancia que compartimos dieciocho años.

—No me has tratado mal, oye. Para lo que se dice de ti.

Me enseñaste a no deberle nada a nadie, a apañarme el techo y el ánimo, a hablar sola sin volverme rara del todo, que en eso lo tuyo tiene mérito.

Y supiste irte a tiempo, además, que es lo más fino que sabe hacer una niñera.

Te fuiste haciendo pequeña según el claro se llenaba, sin escándalo, una liebre cada vez.

—Levanto el cuenco desportillado a su salud—.

Quedas jubilada con honores. Y si algún día te necesito un rato, que pasa hasta en las mejores familias, ya sé dónde encontrarte.

Una legua y media monte adentro, en cualquier dirección.

Y al caer la noche subo al serbal del este, con el sendero ya de memoria de los pies, a hacer la visita que no se delega.

—Mañana me caso, madre. —Le quito a la piedra de la tumba una hoja del invierno y me siento donde me siento siempre, con las rodillas recogidas—.

Ya lo sabes todo, que te lo he ido contando a plazos.

El lobo, el hombre, el torreón, las violetas.

Solo falta lo de mañana, y lo de mañana es esto: me caso en los fuegos, de blanco, con las marcas al aire, que lo ha mandado Maired y a Maired ya la conoces de oídas.

Y voy a bailar, madre. —Se me dobla la voz por la mitad y la dejo doblada, que aquí arriba no hay nadie a quien guardarle compostura—.

Voy a bailar en Beltane, delante de la comarca entera, los pasos que me enseñaste tú en la cabaña vieja, descalza, con las faldas en el puño.

Talón y vuelta, y no mirar al suelo, que el suelo ya sabe dónde está.

Los he guardado dieciocho años, no se me ha perdido ninguno.

Mañana los estreno. —Pongo la palma en la piedra fría, que es lo más parecido que me queda a una mano—.

Tú agárrate al serbal y mira, que pienso bailar para las dos.

El serbal me contesta como contesta siempre, moviendo las hojas nuevas, que cada cual entienda lo suyo, y yo entiendo lo mío y bajo el monte en paz, con la luna de víspera alumbrando el sendero.

Y en la linde de mi claro, plantado en su sitio viejo de los doce pasos, me espera un lobo gris.

Me paro en seco. El lobo me sostiene la mirada con esos ojos de ámbar de inocencia ensayada, las orejas francas, la cola quieta de pura disciplina, y a mí la risa me sube desde el estómago y se me derrama entera por el claro de noche.

—Serás tramposo. —Me acerco con los brazos cruzados, saboreándolo—.

La ley vieja dice que el novio duerme aparte.

Tú no eres el novio, ¿verdad? Tú eres un animal del monte que pasaba por aquí.

Del lobo, las viejas no dijeron nada. —El lobo ladea la cabeza, conforme con la doctrina—.

Has encontrado el agujero de la ley en menos de una tarde.

Tu padre estaría orgulloso. Tu madre, no le digas nada.

Y entonces entiendo lo que ha venido a hacer, porque lo veo retirarse, paso a paso, hasta la distancia exacta: doce pasos.

Se echa en la hierba, en su sitio del primer Beltane, el de la torta de pasas, y me mira, y la invitación está clara como el agua del manantial.

Una última vez. La última guardia. La geometría vieja entera, jugada una noche más, de despedida, como me he despedido yo de mi soledad.

Me siento en mi piedra del umbral, me abrazo las rodillas, y le doy al lobo la última tertulia de soltera, como en los viejos tiempos, de todo y de nada.

De la torta de pasas de aquel Beltane, de las cintas que llevarán mañana las muchachas, de Maired y sus leyes, de lo rara que está la casa con un vestido blanco colgado de la viga, como si la luna se hubiera quedado a dormir.

—¿Te acuerdas de la pregunta de la loba?

—le digo, en mitad de la tertulia, porque las vísperas son noches de saldar—.

Aquel Beltane. Te pregunté si tenías a alguien, una loba en alguna parte, una familia que te esperara.

Y tú bostezaste, sinvergüenza, que ahora ya sé leer aquel bostezo.

Te estabas aguantando la respuesta con toda la cara.

—Muevo la cabeza, mirando las brasas de ámbar de la linde—.

Pues mírala. La loba era yo, la familia me la has dado tú, y mañana se cierra el cuento.

Si me lo dice alguien aquella noche, con mi torta y mis tambores lejos, le receto algo fuerte y lo mando a dormir.

El lobo escucha con las orejas francas, en su sitio de los doce pasos, y la noche tibia de víspera nos pasa por encima a los dos, mansa, contando lo que ve.

—Buenas noches, lobo —le digo al fin, desde la puerta, como mil veces—.

Y gracias por la guardia. Aunque no te la haya pedido nadie.

—Y antes de cerrar, lo último, que mañana ya no se podrá decir igual—.

Mañana a estas horas seré tu mujer ante los fuegos y la comarca.

Pero que conste en el cuaderno, criatura: tuya soy desde mucho antes.

Desde una manzana en un umbral, calculo yo.

Lo que pasa es que tardé cinco años en leer la letra pequeña.

Cierro la puerta de mi última noche de soltera, y por la ventana, hasta que el sueño me gana, veo las dos brasas de ámbar montando guardia en la linde.

Donde han estado siempre. Donde estarán.