La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

De la noche en que ella cruzó la última distancia hablaré poco, porque hay claros donde no se caza y noches que no se cuentan: se guardan.

Diré solo tres cosas, y las tres son verdad.

La primera, que temblé. El lobo de Strathos, el del virote y las cinco estaciones por invierno, temblando como un mozo en su primera feria, porque cinco años de querer a distancia no te enseñan nada de la cercanía, y porque ella pesaba en mis manos lo que pesa lo único.

La segunda, que me dijo al oído que no se rompía, que llevaba dieciocho años sin romperse, y que esa frase me curó el temblor y me rompió a mí, por dentro, por el sitio bueno, el que ya no se vuelve a cerrar.

Y la tercera, que besé el mapa del fuego entero, el hombro y el cuello, todo lo que ella escondió media vida bajo el pelo y los cuellos altos, porque en este cuerpo mío no hay reverencia más honda que esa.

Lo que el mundo le marcó, yo lo bendigo.

Hasta ahí puedo contar. Lo demás es nuestro y del claro.

Lo que sí contaré es el amanecer.

Me despierto antes que ella, por oficio viejo, y no me muevo.

Su cabeza en mi brazo, el pelo de luna desparramado por mi pecho, su respiración honda y soberana en mitad de la cama estrecha, y yo me quedo mirándola dormir con una atención que debería estar penada, aprendiéndome de cerca lo que me aprendí cinco años de lejos.

Y en esas abre los ojos, los de enero, ya despiertos del todo desde el primer parpadeo, que esta mujer no conoce el duermevela, y me pilla.

—¿Por qué me miras así?

—Porque todavía me cuesta creer que estés aquí.

Lo digo como es, sin adorno, y ella me estudia un momento con la cabeza en mi brazo, sopesándolo a peso de mano, y contesta lo que solo ella contestaría.

—Pues ve creyéndotelo, que tengo planes largos y no me sirves incrédulo.

—Y me planta un beso corto en el pecho, encima del tambor, y se levanta a avivar el fuego, y desde el hogar, de espaldas—.

Y para que conste. Yo también me miro las manos desde anoche y no me las creo.

Dos incrédulos en una cama, Cael. Menos mal que el cuerpo tiene más fe que nosotros.

El desayuno de esa mañana es el primero de la era nueva, y la era nueva tiene una geografía distinta.

Ella pasa por detrás de mi banqueta y me deja la mano en la nuca al pasar, sin motivo, por el puro derecho de hacerlo.

Yo le aparto el pelo del cuello cuando se inclina sobre la olla, porque puedo.

Tocarse por nada, a deshora, de paso. Esa es la riqueza que nadie me había contado, la abundancia escandalosa de los que ya no miden.

Cinco años contando pasos, y ahora la distancia entre nosotros se mide en ganas, y las ganas dan siempre cero.

Las dos semanas que quedan hasta Beltane se nos van en una felicidad con lista de tareas, que es la mejor clase de felicidad que existe.

Encalamos la cabaña entre los dos, y queda tan blanca que Oisín, de visita, jura que se ve desde el torreón y que parece una novia adelantada.

Levanto con mi padre y seis hombres del clan el cuarto nuevo, pegado al viejo, piedra y buena viga, y los seis hombres del clan, que subieron el primer día callados y de reojo, a conocer a la bruja del bosque, bajan al tercero conocidos de la señora, porque la señora les ha mirado las manos una a una, le ha vendado al cantero un pulgar machacado con dos vueltas justas, le ha dado al más viejo un remedio para las rodillas que su mujer llevaba años pidiendo a la villa, y a la hora de comer les ha puesto guiso para siete sin preguntar.

El clan se conquista por el estómago y por las rodillas, todo lo demás son baladas.

Aquí se ha decidido lo que se ha decidido y mi padre lo bendijo con una sola frase de las suyas.

El heredero puede heredar desde una legua y media, que para heredar lo que hace falta es que yo me muera, y pienso morirme despacio y de viejo.

El claro se queda. El claro es la capital de este matrimonio, y el torreón, cuando toque, será la provincia.

Mi madre y Aila pasan dos tardes por semana en la despensa una de la otra, intercambiando saberes con una avidez de conspiradoras que confirma la profecía de mi padre, contra eso no hay torreón.

Bríde le ha puesto fecha a la cetrería para después de la boda.

Y Oisín, que ha terminado la balada y la guarda bajo siete llaves para la noche de los fuegos, me embosca un atardecer en el patio con la cara seria que dura un latido.

—Oye. El verso del final. Tengo el de boda y tengo el de funeral, te lo dije una vez.

—Me tiende la mano—. Vengo a quemar el de funeral.

Delante de ti, que eres el interesado. Me costó dos noches y lo quemo sin pena, y quiero que conste en acta que es la mejor rima que he tirado al fuego en mi vida.

Lo quemamos juntos en el brasero del patio, el final que no fue, y mi hermano me pasa el brazo por los hombros mientras arde.

—¿Sabes lo que más rabia me da? —dice, mirando las llamas—. Que rimaba mejor. Las desgracias siempre riman mejor, hermano, por eso los bardos somos gente triste. Menos mal que tú has tenido el detalle de sobrevivir y estropearme la obra.

—¿Y el de boda? ¿Rima?

—El de boda no rima: acierta. —Se da dos golpes en el pecho, donde guarda los papeles—. Que es mejor y es más difícil, y lo entenderás en los fuegos. Hasta entonces, ni una palabra, que las baladas estrenadas antes de hora son como el pan sacado pronto. Se desinflan.

Hay un momento de esos días que me guardo aparte, y es pequeño y no lo es.

Una tarde la encuentro frente al barreño del agua, quieta, mirándose en el reflejo con el vestido a medio probar, el lino blanco sobre los hombros, y no se mira cómo se miran las novias.

Se mira como quien verifica una aparición.

Levanta la vista, me ve en la puerta, y en vez de esconder el momento me lo entrega.

—Es que no la conocía —dice, señalando el agua con la barbilla—.

A esta. La del lino blanco. Dieciocho años viéndome en este barreño y nunca había salido esta.

—Se aparta el pelo del hombro, despacio, y deja que el reflejo le devuelva también las marcas, el mapa viejo del fuego en el cuello, y no aparta la vista, y entiendo que estoy asistiendo a algo más grande que una prueba de vestido—.

Y mira tú las marcas. Media vida escondiéndolas del agua, de los vasares bruñidos, de cualquier cosa que devolviera estampa, que yo me he peinado dieciocho años de memoria por no mirarme.

Y ahora el agua me las saca junto al lino blanco y resulta que...

—busca la palabra con los dedos, como busca las hierbas— ...

que son del dibujo. Que no son el borrón, Cael.

Son del dibujo. La que sobrevivió al fuego y la que se casa de blanco son la misma mujer, y el barreño lo ha sabido antes que yo.

—Y se encoge de hombros, con la media risa, devolviéndole el momento a la casa—.

Habrá que irla conociendo, digo yo. A la del reflejo. Parece de fiar.

—Es de fiar —digo desde la puerta, porque hay testimonios que no se guardan—. La conozco hace cinco años. No ha fallado una sola estación.

La víspera de la víspera, ya con el claro oliendo a cal nueva y la comarca entera afilando Beltane, vuelvo una tarde de cargar leña y me la encuentro parada en mitad del claro, quieta, mirando la cabaña blanca, el cuarto nuevo, las campanillas pasadas, el huerto, todo, con una cara que le conozco: la de hacer inventario.

—¿Qué cuentas? —le pregunto, dejando la carga.

—Lo de siempre. Lo que entra y lo que sale.

—Se vuelve, y tiene los ojos brillantes y secos, que es su manera de estar conmovida—.

Toda mi vida la cuenta dio sola, Cael. Una columna, un número.

Y mírala ahora. Un hombre, una casa blanca, un cuarto nuevo, tres costureras, un clan, una vieja, un crío de los sapos, y pasado mañana, una boda en los fuegos.

—Mueve la cabeza despacio—. Se me ha desbordado el libro de cuentas, MacRath. Voy a tener que empezar uno nuevo.

—Empiézalo pasado mañana —le digo, abriéndole los brazos—. En la primera página pon: bailó.

Y viene, y se deja abrazar en mitad de su claro blanco, y por encima de su cabeza yo miro la loma del roble, donde veintiuna muescas esperan compañía.

Pasado mañana, Beltane. Pasado mañana, los fuegos.

Que se prepare la comarca, que viene la luna a bailar.