CAPÍTULO 41
La noticia baja de las colinas más rápida que el deshielo. La del bosque se casa con el heredero, y en Beltane, y en los fuegos, delante de todos.
Bajo al cruce a los tres días, a propósito, con la cabeza alta y la cesta de las hierbas, porque las mareas hay que ir a verlas subir en persona, y la marea está que se sale.
La mujer del panadero, la que me servía con dos dedos, me da los buenos días con la voz entera y me cuela en la cesta una hogaza que no he pedido.
El crío Tomas se me cuelga de la saya a media plaza, gritando que la señora de los sapos va a ser señora de verdad, y su madre, la que decía antes muerta, viene a despegármelo con la cara colorada y un que sea enhorabuena que se le atraganta a medias y sale entero.
Y hay caras agrias también, claro, dos o tres de las de siempre, masticando en los portales su rabia de no entender el mundo, y a esas las saludo con la cabeza, una por una, con toda la cortesía, que no hay venganza más fina que los buenos días de la que ibas a ver hundida.
Y está lo del yesero, que merece capítulo aparte en el libro nuevo de la comarca.
El hombre sale de su obra al verme cruzar la plaza, con la cal hasta las cejas, se planta delante de mí a la vista de todos, y me da la mano.
La mano. En mitad de la plaza, delante de los portales, la mano entera y un que sea muy enhorabuena, Aila, dicho con el nombre y sin mirar alrededor, y yo se la estrecho y los dos sabemos lo que se está pagando ahí.
La acera cambiada de tantos años, devuelta con intereses delante de testigos.
La marea, ya digo. Hay quien la sube nadando y hay quien la sube de un salto, por vergüenza atrasada, y todas las maneras me valen.
—La marea sube, niña —sentencia Maired, que asiste al espectáculo desde su puerta como desde un palco—. Y al que no suba con ella, que se moje.
Lo del vestido es una conspiración a tres bandas que descubro tarde y pierdo entera.
Yo tenía pensado arreglarme la saya buena, y lo dije en voz alta una sola vez, y fue como decirlo delante de un tribunal.
A la semana se me presentan en el claro Morvenna con un lino blanco que no se teje en esta comarca, Bríde con alfileres y criterio, y Maired, subida a saber cómo, con su ojo de tasadora y voz de mando, y entre las tres me suben a la banqueta y me convierten en alfiletero con vistas.
—Yo sé coser —protesto, por protestar.
—Tú sabes coser heridas y dobladillos —me corrige Maired, con dos alfileres en la boca—. Esto es otro oficio. Tú hoy eres la tela. Calla y gira.
—El blanco con tu pelo —dictamina Morvenna, frunciendo el lino en mi hombro con dos dedos de cirujana— va a hacer que media comarca se persigne y la otra media se enamore. Las dos mitades nos convienen.
—Va a parecer la luna bajada a los fuegos —dice Bríde, seca, midiendo, y de su boca eso es un soneto.
—Y otra cosa, niña —añade Maired, recolocándome un pliegue a tirón limpio—.
Ni se te ocurra esconder el cuello. Te conozco las mañas, media vida con el pelo suelto tapando lo del fuego.
Pues esta noche no. El escote va como va, y lo que se vea, se ve.
Que la comarca te ha visto media vida de lejos. Que te vea una noche entera, y entera.
Miro a Morvenna, buscando una aliada de moderación, y la señora del torreón me sostiene la mirada con los ojos de su hijo y remata la sentencia.
—La vieja manda en esto. Las marcas que se llevan con la cabeza alta cambian de bando, hija. Dejan de ser de quien las hizo y pasan a ser de quien las luce. Beltane es buena noche para cambiar marcas de bando.
Y yo giro en la banqueta, hecha la tela, con tres mujeres alrededor cosiéndome el vestido que no tuve nunca, y en una de las vueltas se me van los ojos por la ventana al serbal de la loma, y le mando el parte sin mover los labios: mira esto, madre. Tres. Tengo tres. Donde no había nadie.
Lo de los celos pasa en el cruce, el día de la cal.
Cael baja conmigo a por cal para encalar la cabaña antes de la boda, ya de prometido oficial, con la comarca entera mirándonos pasear como se mira un prodigio de feria, y en el almacén el sobrino del yesero, un mozo de mi edad con más músculo que luces, se desvive.
Que si te lo cargo yo, Aila, que si esta cal es poca para ti, Aila, que si necesitas un brazo para la cuesta, Aila.
El mozo no pretende nada, pretende quedar bien con la futura señora, que la marea sube y todos quieren su ola, y yo lo despacho con oficio y dos gracias.
Cael no dice nada. Nada de nada. Carga la cal, paga, sale, y camina la cuesta entera con la mandíbula de piedra y un silencio tan trabajado, tan perfecto, tan elocuente, que a media legua ya no puedo más y me paro en mitad del sendero a reírme.
—¿Qué? —dice, con la cal al hombro y la dignidad en obras.
—Que ya van dos. —Cuento con los dedos, llorando de risa—. La chimenea y el mozo de la cal. Cinco años de paciencia de santo y no me aguantas ni un te lo cargo yo, Aila . ¿Qué viene después, celos del atizador, que también me ha visto las manos?
—El atizador se lo ha ganado —concede, muy serio, y la risa lo alcanza a medio gesto y se rinde—. No es celo, mujer. Es que el lobo lleva el registro de quién te ofrece cosas, por costumbre vieja, y le sale una lista muy larga de pronto. Ya se acostumbrará a la abundancia. Dale un siglo.
Y luego está la noche en que se acaban todas las distancias, hasta la última.
Lo de mi cuerpo y yo merece dos palabras antes, porque mi cuerpo y yo tenemos historia: dieciocho años de tregua.
Un cuerpo de trabajo, de cargar y cavar y aguantar, con sus marcas de fuego que escondí media vida, un cuerpo al que nadie tocó por gusto y al que yo traté siempre como se trata una herramienta buena, con mantenimiento y sin ternuras.
Y ahora ese cuerpo lleva semanas despertándose antes que yo, levantando la cabeza como el lobo al viento cada vez que él cruza la estancia, reclamando atrasos por su cuenta, sin consultarme, y yo he tardado en entender que no hay nada que entender.
Que el hambre vieja era de muchas cosas, y esta también, y que a las hambres de esta casa ya no se les esconde la ración.
No la planeamos, o la planeo yo sin decírmelo, que viene a ser lo mismo.
Es una noche tibia de vísperas, con las ventanas abiertas al claro y las velas haciendo su oficio dorado, y al recogernos, en vez de irme a mi camastro, me quedo de pie junto al jergón, y él me mira desde su lado de la estancia, muy quieto, con esa quietud suya de no estorbar a los momentos que se deciden solos.
—Faltan dos semanas para la boda —digo, con mi voz de los hechos, aunque esta vez los hechos me tiemblan un poco—.
Y a mí los curas me importan lo que a ti, y los trámites ya están todos elegidos.
Conque ven aquí, Cael MacRath. Que la última distancia de esta historia también la cruzo yo, y la cruzo esta noche.
Y la cruzo.
De lo que pasa después diré lo que se puede decir con palabras decentes, que es lo de menos y es todo.
Que me desnuda como se abre un regalo que se ha esperado mucho, despacio, dándole su tiempo a cada lazada.
Que cuando llega a las quemaduras, las del hombro y el cuello, las que escondí media vida, no las esquiva ni las compadece.
Las besa, una a una, todo el mapa viejo del fuego, y dice contra mi piel rugosa la cosa que me desarma entera, esto también te lo guardaba, y yo entiendo que es verdad, que este hombre lleva cinco años guardándome hasta las cicatrices.
Que tiembla más él que yo, el lobo terrible, las manos grandes temblándole en mi cintura como si yo fuera de cristal de iglesia, hasta que le digo al oído que no me rompo, que llevo dieciocho años sin romperme, y entonces se ríe contra mi cuello y deja de temblar.
Y que no hay en toda la noche un solo gesto que no sea el mismo gesto.
El del cuenco llevado a los pies, el de la cabeza entregada al regazo, el de la espada rendida.
Devoción. Cinco años de devoción puestos por fin donde caben.
Después, mucho después, con su brazo de almohada y el corazón de tambor lento del sueño de la fiebre sonando de verdad bajo mi oreja, hago la última cuenta del día, y por primera vez en mi vida la cuenta no la hago yo: me la encuentro hecha.
Esto era. Todo aquello, el hambre vieja, la ración escondida, los doce pasos, la cola, el cuenco, el sueño del calor. Todo era el camino a este brazo y a este tambor. Los números, decía mi madre, no mienten.
Es que yo sumaba en la columna equivocada.