CAPÍTULO 40
Llevar a Aila al torreón es la maniobra militar más delicada de mi vida, y se me deshace en las manos en el primer minuto, porque mi familia decide quererla por asalto.
Oisín se la gana en el patio con la reverencia y las tres preguntas.
Mi padre, que lleva una semana ensayando solemnidades, se las guarda todas cuando ella le devuelve el conque con el cubierto sin parpadear, y le da lo que no le he visto dar a ningún señor del este: el apellido del sitio.
Aila de Strathos. Y mi madre se la lleva a la despensa antes del primer cuenco, que en esta casa es como llevarse a alguien a la capilla, y a los hombres nos deja en el patio, midiendo las losas.
—¿De qué hablarán? —pregunta Oisín, a la quinta vuelta.
—De nosotros —digo—. Seguro que bien.
—De hierbas —sentencia mi padre desde su banco, sin abrir los ojos—. Que es peor. Dos mujeres que se saben los venenos de memoria, poniéndose al día. Rezad lo que sepáis y revisad vuestros cuencos esta noche.
—¿Y si no se entienden? —Oisín se sienta, se levanta, vuelve a sentarse—. Madre impone lo suyo, y la del claro, por lo que cuenta el paciente, no se deja imponer ni el tiempo.
—Por eso se van a entender —dice mi padre, y abre un ojo para mirarme a mí—.
Los que no se dejan imponer se reconocen a la legua.
Es lo más parecido a una cofradía que existe.
Tu madre lleva treinta años buscando a alguien que le aguante el pulso sin parpadear, y por fin el necio de mi hijo le trae una.
Esa despensa va a salir hermanada, ya lo veréis.
Lo que debe preocuparos no es que no se entiendan.
Es lo que harán las dos el día que se entiendan del todo. Contra eso no hay torreón.
Salen de la despensa al cabo de un mundo, y salen como yo no me atrevía a esperar.
Mi madre con la mano en el hombro de Aila, y en la cara de las dos esa paz gastada de las cuentas saldadas.
No pregunto qué se ha dicho ahí dentro. Sé lo bastante de las dos para saber que se ha dicho todo, a peso y de frente, y que mi madre ha pagado por fin la deuda que la he visto cargar sin nombrarla desde la solana, y que Aila la ha recibido como recibe ella las verdades. Sin rebajarla y sin cobrarla dos veces.
La cena es la más ruidosa que recuerda este salón en años, y yo me paso la mitad mirándola a ella.
Mirando a la mujer de la legua y media sostenerle la mirada a un laird, desmontarle un verso a Oisín con un dato, preguntarle a Bríde por la cetrería con preguntas de quien ha pensado en volar, y comerse el guiso de mi madre con el elogio exacto, ni corto ni servil, que mi madre lleva treinta años esperando de alguien.
La linde, la ventana, el muro, y ahora esto: ella en el centro de mi casa, con las botas de monte puestas, llenando el salón como llenaba el claro.
Con los postres, mi padre hace sonar la mesa con los nudillos, dos golpes, que en esta casa valen por trompetas, y se pone en pie con su copa.
—Dos cosas, que soy hombre de pocas. —Mira a Aila, y luego a mí, y de vuelta a ella—.
La primera. Hace años, un señor del este me ofreció a sus hijas para este hijo, y le contesté que mis hijos eligen solos.
Lo dije por quitármelo de encima y resultó profecía.
Ha elegido solo, ha elegido despacio, y por lo que esta mesa ha visto esta noche, ha elegido por encima de sus méritos, que es como se debe elegir.
—Alza la copa un dedo más—. La segunda. Aila de Strathos.
Este torreón es viejo, frío en enero y ruidoso en las cenas, y todo lo que hay en él, empezando por el heredero, está en deuda contigo.
Cuando quieras cobrarte, aquí se paga. Y cuando queráis casaros, aquí se celebra.
—Y como los dos nos quedamos con el aire a medio tragar, el viejo zorro remata, sentándose—.
Era por ir adelantando trámite. Seguid con los postres.
El salón estalla, Oisín el primero, y en mitad del estruendo Aila me busca con los ojos por encima de la mesa, y no hay susto en ellos: hay cálculo. Mi mujer está calculando, lo conozco, y cuando el salón se calma lo suelta, a la mesa entera, con esa calma suya de anunciar cosechas.
—Ya que el laird adelanta trámites, adelanto yo otro: Beltane.
—¿Beltane? —Mi madre deja la copa.
—Beltane. —Aila me mira a mí, y solo a mí, mientras lo explica a todos—.
Hay una noche al año en que la comarca entera baila, y yo llevo dieciocho años oyéndola de lejos, desde una legua y media, con una torta de pasas por toda fiesta.
Y hay en esta mesa un hombre que una vez juró, según me ha contado, que el día que yo bailara no bailaría sola.
—Levanta la barbilla, y la voz no le tiembla ni en el filo—.
Pues lo cobro. Este Beltane, en los fuegos, delante de la comarca que me llamó bruja.
Que me vean bailar de blanco la noche en que más miran.
Si hay que darle a la aldea un espectáculo, que sea ese.
El silencio que sigue dura lo que tarda Oisín en subirse al banco.
—¡Boda en Beltane! —brama, copa en alto—. ¡Cuatro semanas! ¡Madre, el vestido! ¡Bríde, los cielos! ¡Yo, la balada! ¡Padre...! —mira a mi padre, se queda sin cargo que asignarle, y resuelve—. ¡Padre, la solemnidad!
—Alguien tendrá que ponerla —concede mi padre, y por debajo de la barba gris, juro que la montaña entera está sonriendo.
Volvemos al claro de noche cerrada, por el camino del bosque, con una luna de cuento y el eco del salón todavía en los oídos, y a media legua del torreón Aila se para en mitad del sendero, sin aviso, y se vuelve hacia mí.
—Cael. Te quiero.
Así. En mitad del bosque, con la luna de testigo y su voz de los hechos, la de las cuentas claras.
—Te lo digo ya y te lo digo aquí —sigue, antes de que yo encuentre el aire— porque las cosas grandes de mi vida me las he tragado siempre por prudencia, el mi lobo cinco años, el llanto bueno dieciocho, y se acabó la costumbre.
Te quiero. Lo sé desde antes de la flecha y lo digo después de los postres, que cada cosa tiene su hora.
Y ahora dime tú lo que tengas que decir, que te veo la cara y trae carga.
Lo que tengo que decir lleva años dicho por dentro, y sale entero, hecho de una pieza.
—Te quiero desde un río, Aila. Te he querido con cuatro patas y con dos, a doce pasos y a ninguno, callando y ahora ya nunca más callando.
—Le tomo la cara con las dos manos, como se sostiene lo sagrado—.
Te quiero. Y tengo para dieciocho años de atrasos, que lo sepas.
Pienso decírtelo hasta que te canses, y después más bajito, para que no te canses.
—Trato hecho —dice mi mujer, y me besa bajo la luna, en mitad del bosque de Strathos, a cuatro semanas de Beltane.
Seguimos camino de la mano, y a la altura de la vaguada del fresno doble ella rompe el silencio bueno con la última cuenta del día, dicha a la luna más que a mí.
—Cuatro semanas. En cuatro semanas la que no bailaba baila de blanco en los fuegos, la que cenaba sola pone mesa para un clan, y la maldita de la comarca se apellida del sitio.
—Mueve la cabeza, con esa media risa suya de cuando el mundo le crece—.
Si me lo cuenta alguien el invierno pasado, le receto algo para las visiones.
La vida, Cael, es de un género que no se atreverían a cantar ni las baladas de tu hermano.
—Las suyas no. —Le aprieto la mano—. La nuestra la está rimando entera, y me temo que con estribillo.
Y el bosque entero, que nos ha visto todas las distancias, se guarda esta para contarla.