CAPÍTULO 39
El día que Cael baja al torreón con las violetas y el recado, yo me quedo en el claro, y descubro un oficio que no había hecho nunca: esperar a alguien.
Esperar de verdad, digo. No el esperar de las hierbas, que es paciencia con calendario, ni el de los inviernos, que es resistencia con cuenta atrás.
Esperar a una persona. Saber que alguien tuyo anda por el mundo y que va a volver, y que la casa, mientras tanto, está en pausa.
Trabajo el huerto y el huerto no me llena la mañana.
Pongo el guiso y el guiso se hace solo. Salgo al umbral seis veces con seis excusas, la leña, el cubo, el cielo, las mismas seis excusas de las campanillas, y a la sexta me rindo y me quedo en la piedra, mirando la linde por donde se fue, con las manos quietas en el regazo, que es lo más raro que han estado mis manos en dieciocho años.
Y sentada en mi piedra, mirando una linde vacía, me cae encima la lección entera, la que ni el roble me había terminado de dar: esto era.
Esto era lo suyo, cada noche, cinco años.
Este pendiente de un punto del monte, este oído largo, este qué tardará.
Solo que él lo hacía sin saber si yo saldría siquiera al umbral, y yo lo hago sabiendo que vuelve, que me lo ha dicho, que trae la palabra dada.
Cinco años de esto, a ciegas y sin paga.
Hay que quererle mucho la vida a alguien para gastarse así la propia.
Cuando su silueta asoma en la linde con la última luz, el alivio que me sube es viejo conocido, el de Beltane, el de la fiebre, y le abro la puerta antes de que llegue y le digo, antes que el saludo.
—Ya sé lo que se siente. Lo de esperar. —Y como me mira sin entender, se lo aclaro con la barbilla, señalando la linde—. Cinco años, Cael. Cinco años haciendo esto cada noche. No sé si darte las gracias o mandarte a rezar. Las dos cosas, me parece.
Y al día siguiente subo yo al torreón, que las visitas se devuelven.
Subo al torreón con mis botas de monte, mi mejor saya, que es la menos remendada, y un manojo de hierbas cortado a uña, que a una mesa de curanderas no se llega con las manos vacías.
Las dos leguas y media de camino me las paso administrándome los nervios como me administro todo, por raciones.
La primera legua se la doy al vértigo, que se desahogue; la segunda, al repaso del protocolo que no me sé, que tampoco hay tanto que saber, digo yo, con saludar y no envenenar a nadie va sobrado el día; y la media última, a una conversación con mi madre, en voz baja, de las que se tienen andando.
Mira dónde va tu hija, madre. A la mesa del laird, convidada y con hierbas de cumplido.
Tú que no pudiste entrar ni a la feria sin que miraran.
Voy por las dos, conque agárrate a tu serbal, que pienso entrar con la cabeza alta por las dos cabezas.
Cael camina a mi lado haciéndose el tranquilo, y le sale tan mal que me tranquiliza a mí. Si el heredero está nervioso de llevarme, será que llevarme importa.
El torreón aparece tras la última loma y es lo que es.
Piedra vieja y honrada, más fortaleza que palacio, con humo en dos chimeneas y gallinas en el patio, y a mí se me afloja medio nudo del estómago, porque las gallinas igualan mucho.
La otra mitad del nudo me la deshace el recibimiento, que me cae encima antes de cruzar el portón.
—¡Ahí está! —Un mozo alto y desgarbado baja las escaleras del patio de tres en tres, con una sonrisa que le llega antes que los pies—.
¡La señora de los sapos! ¡La que cose virotes!
¡La del claro! —Se planta delante de mí, me hace una reverencia de bardo de feria y se presenta solo—.
Oisín MacRath, hermano del paciente, autor de la balada y desde hoy tu servidor.
Tengo cuarenta preguntas y madre me ha autorizado tres.
Elijo estas. ¿es verdad que lo reñiste puntada a puntada?
¿Es verdad lo del atizador? ¿Y es verdad que el muy roble cenaba de un cuenco meneando el rabo?
—Verdad, verdad y verdad —contesto, y decido en el acto que este hermano me lo quedo—. Y la cola la meneaba sin disimulo ninguno, para que conste en la balada.
—¡Para que conste! —Alza los brazos al cielo—. ¡El cuarto verso se escribe solo!
—Oisín. —La voz baja desde la puerta del salón y el patio entero se ordena con ella.
El laird de Strathos es una montaña con barba gris, y baja los escalones despacio, mirándome venir, y yo le sostengo la mirada como se la sostengo a todo, que es lo único que sé hacer con los nudos—. Conque la del claro.
—Conque el del cubierto —contesto, antes de que el miedo me alcance la lengua.
El patio se queda un instante sin respirar, Cael incluido, y entonces la montaña suelta una risa corta, de las que cuestan, y me tiende una mano del tamaño de mi cabeza.
—Ronan MacRath. El cubierto está puesto desde ayer.
—Me estrecha la mano con un cuidado de hombre grande, y añade, bajando la voz a la medida de lo que importa—.
Cosiste a mi hijo con un virote de lengüetas dentro y lo devolviste andando.
En esta casa eso no se paga. Se debe, y se recuerda. Bienvenida, Aila de Strathos.
Aila de Strathos. Nadie me había puesto nunca apellido de sitio, y el sitio que me pone es el mío, el del bosque, el de las colinas de mi madre, y el viejo zorro lo sabe, se le ve en el ojo que lo sabe.
Me ha dado el título que ya era mío por derecho de raíz.
Empiezo a entender de quién sacó el hijo lo de las cortesías que pesan.
Bríde me saluda desde la galería con una inclinación de cabeza que entre nosotras ya vale por un abrazo, y entonces la puerta del salón se abre del todo, y sale ella.
Morvenna.
La señora del torreón es alta, con el pelo oscuro vetado de plata recogido en una trenza de trabajo, las manos de oficio a la vista, y los ojos de ámbar de su hijo, y viene derecha a mí sin ceremonia ninguna, y se para a dos pasos, y nos miramos las dos como llevamos un invierno mirándonos: por las manos.
—Hija de Eilidh.
—Señora del torreón.
—Morvenna —corrige—. Las que se cartean en hierbas no se tratan de señora.
—Mira el manojo que traigo, lo toma, lee el corte con el pulgar, tallo a tallo, y por primera vez desde que ha salido se le mueve la boca hacia una sonrisa—.
Corte limpio, nudo justo, lazada de cumplido.
Tu madre te enseñó como se enseña: para siempre.
—Y alza los ojos de ámbar, y me los planta—.
Ven. Tú y yo tenemos una conversación de despensa, que es donde se hablan las cosas grandes de esta casa, y los hombres tienen un patio entero para ponerse nerviosos.
La despensa de Morvenna huele a mi infancia. Manojos por familias, tarros en orden de batalla, un arcón con llavecita. Me sienta en el arcón, ella queda de pie, y va al grano, que ya veo de quién lo saca también el hijo.
—Antes de comer en mi mesa tienes que saber una cosa de mí, porque sentarse a una mesa sin saberla sería hacerte trampa.
—Toma aire, y a esta mujer que no debe de dudar nunca le cuesta—.
Conocí a tu madre. Una feria, hace dieciséis años, una corteza de canela.
Las mejores manos de oficio que he visto, contándome a mí.
Y cuando le cayó encima la palabra y el monte, me enteré tarde, y mandé un recado con un buhonero, y el buhonero volvió con el recado entero, y yo tenía tres hijos, un clan y cien excusas buenas, y me dije que ya llegaría el verano.
—Me sostiene la mirada sin pestañear, pagando a pulso entero, que ya sé de qué casa viene la costumbre—.
No llegué. A tu madre la dejó morir sola una comarca entera, y en esa comarca estaba yo, con mis cien excusas.
Esa cuenta es mía. La llevo dieciséis años y la pago como puedo: la árnica era pago.
La salvia era pago. El fardo era pago. Y no alcanza, ni va a alcanzar, y no te pido que me la perdones.
Te pido solo que la sepas, para que cuando comas en mi mesa sepas con quién comes.
La despensa se queda en silencio, con sus manojos y sus tarros de testigos, y yo me tomo el tiempo de pesarlo todo, porque esta mujer me ha dado la verdad a peso y a peso se le contesta.
—Mi madre decía que el odio come del plato de quien lo guarda —digo al fin—.
Me hizo prometerle que no odiaría a la aldea, y la promesa la he cumplido con la aldea entera, que la dejó morir a conciencia, tirando piedras.
Usted la dejó morir por excusas y a tres valles de distancia, Morvenna, y lleva dieciséis años pagando una deuda que la comarca ni siquiera reconoce.
—Me levanto del arcón, y le tiendo el manojo que ella aún sostiene, cerrándole los dedos encima—.
La cuenta la sabe usted, la sé yo, y se acabó el inventario.
Mi madre está bajo un serbal que mira al este, y si quiere pagarle algo, súbale romero algún día, que era el suyo.
Lo demás, a la mesa. Que el guiso se enfría y los muertos, se lo digo por oficio, prefieren vernos comer.
Morvenna me mira un momento largo con los ojos de su hijo, y lo que sea que buscaba lo encuentra, porque asiente, una vez, de las que cierran tratos, y me abre la puerta de la despensa, y al pasar yo delante me deja en el hombro la mano, un peso firme, de los que prometen.
—Eilidh crio bien —dice—. Vamos a la mesa, hija.
Hija. Vaya día llevan hoy los apellidos y los parentescos.
Nadie me llamaba hija desde un jergón de hace cinco inviernos, y la palabra me cae dentro como cae la primera lluvia en tierra hecha al secano.
Sin escándalo y hasta el fondo. Cruzo la despensa detrás de la señora del torreón con la palabra puesta, bien sujeta, y decido no agradecérsela nunca en voz alta, que hay regalos que se estropean agradeciéndolos.
Esta casa y la mía, está visto, se rigen por las mismas leyes.
La cena en el salón del torreón es larga, ruidosa y la mejor de mi vida: Oisín estrena cuatro versos y Bríde lo desmiente dos veces, Ronan me pregunta de hierbas y de lindes como se pregunta a un igual, Cael me busca la mano por debajo de la mesa cada vez que cree que no se nota, y se nota siempre, y yo como en la mesa de un laird con mis botas de monte puestas, y nadie, en toda la noche, mira las botas.
A mitad de cena, Bríde, que ha hablado dos veces en toda la velada y las dos con motivo, se inclina hacia mí por encima de la fuente.
—Cuando estés instalada en lo tuyo, sea donde sea lo tuyo, te enseño cetrería. —Y como debo de poner cara de pregunta—. Coses fino, lees rastros y no te asustas de lo imposible. El halcón pide esas tres cosas y poco más. En esta comarca no hay con quién volar, y empieza a hacer falta.
—Trato hecho —le digo, y la hermana que vuela asiente una vez, trato cerrado, y vuelve a su plato, y entiendo que acabo de ganar algo que esta mujer no reparte: un sitio en su cielo.
Para ser la maldita de la comarca, la mesa que se me llenaba era esta.