CAPÍTULO 38
Tres días sin influir es el oficio más duro que he tenido, y he tenido el de centinela cinco inviernos.
Porque influir es fácil y se hace sin querer.
Una cara larga influye, una atención de más influye, hasta un guiso mejor que otro influye.
Conque me paso los tres días en el filo de ser yo sin hacer campaña de mí, cocinando lo de siempre, partiendo la leña de siempre, contestando lo que se me pregunta y ni una palabra de propina, y por dentro, en la sala de guardia del pecho, el lobo y yo nos turnamos para no mirarla demasiado, no sea que mirar también influya, que con lo que yo miro, influye.
El primer día me pilla en una sola flaqueza, y la pago cara. La cena me sale mejor que de costumbre, sin querer queriendo, el guiso con un punto de fiesta que no tocaba, y ella lo prueba, me mira por encima del cuenco con la ceja del oficio, y dicta sentencia sin soltar la cuchara.
—Esto es campaña electoral.
—Es romero. Se me fue la mano.
—Ya. Pues que se te vuelva, MacRath, que el tribunal no se deja sobornar con romero. —Y rebaña el cuenco entero, eso sí, hasta la última hebra, porque esta jueza será insobornable pero no es tonta.
El segundo día baja al cruce y vuelve con cara de sopa de Maired y un recado que me deja sin sangre.
—Dice Maired que le debes un saludo y dos inviernos de discreción.
Que lleva un año hablándole a tu rastro.
—Y como me ve la cara, se le escapa la media risa—.
Sí. Lo sabe. Lo sabe desde la maza, por lo visto, y se lo ha callado por sus razones, que en esa cabeza torcida caben más razones que en el torreón entero.
Tranquilo. Dice que las leyendas viejas no se le han olvidado, y a las viejas que guardan leyendas se las honra, no se las teme. Me lo enseñó mi madre.
La vieja del cruce. Un año leyéndome el rastro y callando. Cuando esto acabe, sea como sea, esa mujer tendrá leña cortada hasta que se muera, y de la buena.
El tercer día amanece con ella distinta, y la diferencia la huelo antes de vérsela: ha dejado de deliberar.
Anda por la casa con una calma nueva, de sentencia firmada, y a mí el corazón se me pasa el día entre la esperanza y el barranco, porque la calma de las sentencias la tienen igual las absoluciones que las condenas, y esta jueza no telegrafía.
Y con la última luz, me manda a la linde.
Cael. Ve a la linde. Cuatro palabras, y lo entiendo todo de golpe: la geografía.
Esta mujer va a dictar sentencia en el mapa de nuestra historia, en el sitio exacto donde un lobo plantó una distancia una noche de Beltane, y me voy a mi puesto viejo de centinela como se va al paredón o al altar, sin saber cuál, con el sol bajo en los ojos y el corazón en las orejas.
Y entonces ella cruza.
Cruza contando, doce, once, diez, y cada número viene cargado, esta distancia la pusiste tú, tú las cruzaste todas, y yo entiendo a la tercera zancada lo que está haciendo y me tengo que clavar las uñas en las palmas para quedarme quieto, porque lo que está haciendo es devolverme cinco años de cruces en doce pasos.
La última distancia de esta historia la cruzo yo. Porque me da la gana. Porque te elijo.
Y llega a cero, y me planta la mano en el pecho, encima del tambor desbocado que el sueño de su fiebre llamaba lento, y me da el discurso que ninguna balada de Oisín va a saber rimar.
Que me elige sabiéndolo entero, al lobo y al hombre, al del cuenco y al del virote.
Que se queda con su claro y con su oficio, que de las colinas no se va ni por mí, y que la señora que me llevo cura garrotillos y cobra en huevos, y yo pienso, con lo poco que me funciona, que así, justo así, con el claro dentro y el oficio puesto, es como la quiero yo.
Entera, sin que suelte nada, sin que cambie un borde.
Y al final, el remate, su herida vieja vuelta estandarte.
A las que son como yo no las escogen, dije una vez. Pues mira tú por dónde: ahora escogen ellas.
Pido permiso, porque en este claro las cosas se piden, y me lo da con un sí de loba, y la beso.
Cinco años. Cinco años de linde, de ventana, de muro, de cuenco, de virote, de tribunal, y todo, todo cabe en este beso y aún sobra sitio, porque ella me devuelve el beso agarrada a mi camisa con los dos puños, con una fuerza de superviviente que no pide ni concede, y sabe a sal, está llorando, mi mujer de hierro está llorando contra mi boca, y cuando me aparto el dedo de alarma ella se ríe y llora a la vez y me lo explica.
—Es la primera vez que lloro por algo bueno. Déjalo correr, que llevaba dieciocho años en la cola.
Pues que corra. Que corra todo lo atrasado de esta mujer, que para recogerlo estoy yo, ahora ya con las dos manos y a la luz que haga falta.
La sostengo contra el pecho lo que la lágrima atrasada tarda en correr entera, su cabeza bajo mi barbilla, su pelo de luna oliendo a romero y a humo, y por encima de su cabeza miro mi claro, mi linde, mi roble allá en la loma, toda la geografía de este querer a distancia, y me despido de ella sin pena ninguna.
Se acabaron las distancias en este mapa.
A partir de hoy, todas las leguas de esta historia se miden desde aquí, desde este palmo cero, y a ver quién es el guapo que me lo discute.
Esa noche, después de una cena que ninguno de los dos recuerda haber comido, ella despacha el último trámite del día con su pragmatismo de siempre: el recado al torreón.
—Mañana le mando a tu madre el recado, como dije.
Con mis palabras. —Y va al rincón del huerto donde lo verde apunta, y corta, a uña, por el nudo justo, un manojo pequeño de lo primero que ha florecido—.
Violetas. Le dije una vez a un lobo que las violetas dicen lo que dicen y que cada cual entienda lo suyo.
Tu madre entenderá. Las violetas tempranas dicen: me quedo.
Dicen. De los vuestros. Dicen. La primavera está elegida.
—Las ata con su lazada de cumplido y me las pone en la mano—.
Esto para la señora del torreón. Y para el laird, palabras, que los hombres de mandar entienden mejor las palabras.
Dile a tu padre, de parte de la del claro...
—y aquí le sale la sonrisa entera, la del alba de hace un año, la primera— ... que vaya poniendo el cubierto.
El cubierto. La frase de mi padre, devuelta al torreón por una curandera del bosque que no lo ha visto nunca y ya le habla de igual a igual.
—Hay algo más —añade, porque esta mujer no deja trámites a medias—.
Cuando lleves el recado, diles también esto: que la del claro irá a conocerlos.
En persona, a su mesa, cuando se me pase el vértigo, que se me pasará.
Que una no se cartea un invierno entero con una señora para no mirarle nunca las manos que cortan tan fino.
Y que iré como soy, con mis botas de monte y mi oficio, y el que espere otra cosa que vaya desesperando.
—Se queda un momento con la vista en las violetas, y baja la voz a la medida de las confesiones—.
Nunca he tenido familia que conocer, Cael.
No sé hacerlo. Conque lo haré como hago todo lo que no sé. De frente y aprendiendo.
—Lo harás como haces todo. —Le cierro los dedos sobre los míos, alrededor del manojo—. Mejor que los que sabían.
Mañana corro al torreón con violetas y un recado, el correo del bosque en su último servicio de soltero, y mi familia entera va a saber que la del claro ha elegido, y que ha elegido quedándose entera, y que el heredero de Strathos vuelve a casa para pedir lo único que ha querido pedir en su vida.
Esta noche, en cambio, no corro a ninguna parte.
Esta noche me quedo en el claro de la mujer que me ha cruzado los últimos doce pasos, oyéndola tararear la canción de moler mientras friega los cuencos, y hago la única muesca que me queda por hacer, y la hago por dentro, en el roble del pecho, la más honda de las veinticinco.
La estación en que ella me eligió a mí.