CAPÍTULO 37
El primer día de los tres lo gasto en mirar lo que tengo, que es por donde se empieza a elegir.
Miro mi claro con ojos de inventario. La cabaña que levantó mi madre, el huerto con sus habas recién puestas, el serbal del este, las hierbas, el oficio, la legua y media.
Todo esto soy y nada de esto suelto, y esa es la primera piedra de la elección, puesta antes del desayuno.
Si elegir a Cael MacRath cuesta dejar de ser Aila la del claro, la respuesta es no, y que sea bonito el lazo.
Mi madre me hizo prometerle que no me iría de las colinas, y las promesas a los muertos no se renegocian.
Conque lo que se elija, se elige con el claro dentro.
Y miro también lo otro, lo que da vértigo y hay que mirar de frente: el torreón.
Que elegir a este hombre es elegir, tarde o temprano, su mundo entero, un apellido con tierras, una mesa con señores del este, una comarca que me llamó bruja mirando comer a su futura señora.
Le doy al vértigo su rato, que los vértigos no atendidos vuelven de noche, y al rato el vértigo se me ordena solo, por la vía de siempre.
¿y qué? Esa comarca guarda los tarros de mi madre en sus vasares y me trae a sus críos de noche.
Esa mesa la preside un hombre que llenó posadas por un lobo.
Y a esa señora del torreón yo le gano en corte de uña, que lo ha dicho ella misma por carteo.
El mundo de Cael no me queda grande. En todo caso, le voy a quedar yo brava al mundo de Cael, y ese ya no es mi problema.
El segundo día bajo al cruce, porque hay decisiones que no se toman sin consultar a la sabiduría local.
Maired me recibe en su casa torcida con dos cuencos de algo que llama caldo y es sopa de poderes desconocidos, y me escucha entera, lo que se puede contar.
Que el hombre que convalece en mi casa se llama Cael, que es el hijo del laird, el heredero de Strathos, que me quiere desde hace años a su manera callada y de lejos, y que me ha puesto la puerta de mi lado, y que tengo tres días, y voy por el segundo.
La vieja sorbe su caldo sin pestañear ni una vez en todo el cuento.
—El hijo del laird —repite al fin, y suelta una risa seca de las suyas—.
Conque la maza era de buena cuna. Te lo dije, niña: mano de hombre.
Lo que no calculé fue el apellido. —Deja el cuenco y me apunta con la cuchara—.
Y a todo esto, ¿qué me preguntas? Porque has subido a preguntarme algo y llevas media sopa dándole vueltas al cuenco.
—Cómo se sabe. Si se elige bien. Usted enterró a dos maridos, algo sabrá de elegir hombres.
—De elegir sé poco, que a los míos me los trajo la marea.
De saber si era bueno, sé una cosa sola, y vale para maridos, oficios y perros: —alza un dedo de sarmiento— ¿te hace más tú o menos tú?
Esa es toda la ciencia, niña. Hay quereres que te van comiendo los bordes, despacito, hasta que un día te miras y eres la mujer de alguien y de ti no queda ni el nombre.
Y hay quereres que te agrandan lo que ya eras, que te dejan más Aila de lo que te encontraron.
¿Este cuál es? Piénsalo con la sopa, que para eso la he hecho espesa.
Lo pienso con la sopa, y no hace falta acabarla.
Más. La respuesta es más, y lo es desde antes de la pregunta.
Antes de él yo vivía al día y no cantaba; ahora planeo violetas para mayo y la canción de mi madre me sale sola.
Antes mi oficio era de puerta de atrás; ahora un crío me llama señora de los sapos a plena plaza.
Antes la cuenta de mi vida daba sola siempre; ahora me da una casa de comidas, un carteo de hierbas, un cuaderno de victorias en un roble.
No me ha comido un borde en cinco años. Me los ha ido devolviendo todos, uno a uno, los que la aldea me arrancó.
—Más —le digo a Maired, dejando el cuenco—. Me hace más.
—Pues ya está elegido, niña. —Recoge los cuencos con su crujido de leña vieja—.
Lo demás es trámite y vestido. Y ahora vete, que tengo siesta, y dile al heredero de mi parte que la próxima vez que ronde mis caminos con forma de lo que sea, que salude, que esta vieja lleva un año hablándole a su rastro.
Me quedo helada a medio levantar. La vieja me guiña un ojo de tasadora.
—¿Usted...?
—Yo soy vieja, niña, no tonta. Colmillos y maza en la misma mano solo caben de una manera, y en estas colinas las leyendas viejas no se nos han olvidado a todos. —Me empuja suave hacia la puerta—. Anda. Ve a elegir. Y que sepa el mozo que me debe un saludo y dos inviernos de discreción.
El tercer día amanece limpio y yo amanezco sabida, que es distinto de decidida. Decidida estaba; sabida es cuando la decisión ya te cabe en el cuerpo.
Lo dejo madurar hasta la última luz, porque las cosas grandes de este claro siempre han pasado a la hora en que el sol se rinde, y cuando la tarde dora la hierba salgo al umbral, donde él parte leña que no hace falta, y le digo.
—Cael. Ve a la linde.
Se endereza despacio. Me mira, mira la linde, el sitio exacto de los doce pasos de hace una vida, y lo entiende todo de golpe, porque este hombre me lee como yo leo la nieve, y deja el hacha, y cruza el claro, y se planta en su sitio viejo de centinela, de cara a mí, con el sol bajo dándole en los ojos de ámbar, y espera.
Y yo cruzo.
Doce pasos, los cuento en voz alta para los dos, porque esta cuenta se acaba hoy y se acaba bien contada.
—Doce. —Primer paso—. Esta distancia la pusiste tú, hace años, una noche de Beltane, y yo llevé la cuenta sin saber para qué.
Once. Diez. Tú las cruzaste todas, Cael.
La linde, la loma, los treinta pasos, los quince.
Nueve. Tú bajaste a mis pies y tú te pegaste a mi muro.
Ocho. Siete. Todo lo cruzaste tú, siempre, a tu costa y a tu paso, y a mí me quedaba esta.
Seis. Cinco. La última distancia de esta historia la cruzo yo.
Cuatro. Porque me da la gana. Tres. Porque te elijo.
Dos. Despierta, entera y sabiendo lo que elijo. Uno.
Cero.
Quedo delante de él, tan cerca que el mundo sobra, con la cabeza echada atrás para sostenerle los ojos, y le digo lo que traigo sabido en el cuerpo desde la sopa de Maired.
—Tú me encontraste antes de que yo supiera tu nombre.
Pues óyeme ahora, Cael MacRath: yo te elijo sabiéndolo entero.
Al lobo y al hombre, al centinela y al heredero, al del cuenco y al del virote.
Te elijo con mi claro dentro, que de las colinas no me voy ni por ti, y con mi oficio puesto, que la señora que te lleves cura garrotillos y cobra en huevos.
Te elijo yo, que nadie me elegía. —Y le pongo la mano abierta en el pecho, sobre el corazón de tambor lento del sueño de la fiebre—.
A las que son como yo no las escogen, dije una vez.
Pues mira tú por dónde. Ahora escogen ellas.
Lo que él hace entonces con la cara no tiene nombre en mi lengua ni en la suya.
—Aila —dice, y mi nombre le sale como sale el agua del deshielo, rota y corriendo—. ¿Puedo?
Mi pregunta. Me devuelve mi pregunta, la del primer tacto, y yo le contesto con su respuesta, bajando la cabeza una vez, despacio, un sí de loba.
Y me besa.
Me besa despacio, con las dos manos sosteniéndome la cara como se sostiene un cuenco sagrado, con cinco años de paciencia puestos en no tener ninguna prisa, y yo me agarro a su camisa con los dos puños y le devuelvo el beso con dieciocho años de atrasos, y el claro entero, mi claro, el de la legua y media, el de la maldita de la comarca, se queda en silencio alrededor para mirar cómo la cuenta de mi vida, por fin, por fin, da de sobra.
El primer beso de mi vida sabe a sal, porque estoy llorando, y es la primera vez que lloro por algo bueno, y no pienso parar ni de besar ni de llorar, que las dos cosas llevaban dieciocho años en la cola.
Cuando el beso nos suelta, que tarda, nos quedamos frente con frente en mitad de la linde muerta, respirando el mismo aire, y a mí me sale la cuenta nueva con la voz mojada.
—Para que conste en el cuaderno de victorias: hoy hace falta otra muesca. La estación en que la del claro escogió. —Le aliso la camisa arrugada por mis puños, sin prisa por soltarla—. Y que sea de las hondas, MacRath. Que se vea dentro de cien años.
—De las hondas —promete—. La más honda del roble.
Y volvemos al claro de la mano, dejando la linde atrás vacía para siempre, jubilada de su oficio, y yo pienso, mientras la noche cierra mansa sobre mi casa con dos, que mi madre tenía razón en lo del baile y en todo lo demás.
El suelo ya sabe dónde está. Lo difícil, lo que cuesta una vida entera, es aprender a no mirarlo.
Esta tarde no lo he mirado. He cruzado doce pasos con la cabeza alta, talón y vuelta, y al final de los doce pasos estaba mi vida.