La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

Los días que siguen al roble son los primeros de mi vida en que soy uno solo delante de alguien, y no sabía que se podía vivir así: sin aduanas por dentro.

El método de Aila resulta ser un interrogatorio sin horario, y es lo mejor que me ha pasado nunca. Las preguntas caen cuando caen, desgranando guisantes, a media cena, al cruzar el claro, y no hay dos del mismo tamaño.

—¿Qué se siente, al cambiar?

—Como zambullirse. Un momento de no ser ninguno de los dos, y luego el agua nueva. El primer aliento en la otra forma es lo mejor que hay.

—¿Qué oye el lobo que no oigas tú?

—Tu corazón, desde la linde. Cinco años sabiendo cómo dormías por el compás.

—¿Y la liebre con colmillos del primer invierno, ya que estamos, fue idea del lobo o del hombre?

—Del lobo la caza y del hombre la vergüenza de no poder dejarte también el saludo.

Y de cuando en cuando cae una de las grandes, sin avisar, entre dos pequeñas, que esa es su táctica y la conozco.

—¿Tu familia sabe lo que soy para ti? ¿Desde cuándo?

—Mi padre lo sospechó por el barro de mis botas, hace más de un año, y me lo dijo a caballo, a su manera, contándome cómo cortejó a mi madre.

Mis hermanos lo supieron al descubrirme, cada uno en su forma, y juraron.

Y mi madre... —y aquí pago la partida entera, que el método no admite descuentos—.

Mi madre me emboscó en una solana, me preguntó qué eras para mí, y le contesté con una palabra.

Todo. Desde ese día te carteó en hierbas, Aila.

La árnica fue su saludo, la salvia su bienvenida, y el carteo no era cortesía.

Era mi madre sentándote a su mesa antes de conocerte, tallo a tallo, por si algún día querías sentarte.

Ella deja la labor en el regazo y se queda un momento con la vista en el fuego, y veo la pieza encajar en su sitio del arcón, con las otras.

—Tallo a tallo —repite—. Conque llevo un año comiendo en esa mesa sin saberlo. —Y mueve la cabeza, entre la sorna y otra cosa—. Está visto que en tu familia se quiere de matute, Cael. Os viene de fábrica.

Contesta el que toque, y a veces contesto y la veo guardar la respuesta en su arcón de dentro, con sus lazadas, y entiendo que esto es el perdón haciéndose. Uno de obra, no de palabra, hecho de saberme entero, pregunta a pregunta. Justicia de curandera. La herida se limpia entera antes de coser.

El mundo, claro, escoge esta semana para llamar a la puerta.

Llama como llama mi familia, por el aire: Bríde se posa en la cerca del huerto un mediodía, a la vista, sin esconderse ya, y Aila se queda con la azada quieta mirando al halcón mirarla, y dice, sin volverse.

—La hermana que vuela, supongo.

—La misma.

—Pues dile que baje a un cuenco de agua, que en esta casa la familia del paciente no espera en la cerca.

Y mi hermana, que entiende el escocés en todas sus formas, baja de la cerca, toma la humana tras el cobertizo con la muda que lleva atada a la pata para estos casos, y entra en el claro de Aila por su pie, alta y seria y con los ojos de nuestro padre, y las dos mujeres se miden un momento largo, de oficio a oficio, antes de que Bríde incline la cabeza con una formalidad que no le he visto usar ni con los señores del este.

—Bríde MacRath. Te debo un hermano y no sé pagar esas deudas, conque he traído miel.

—Le tiende el tarro que traía en el zurrón de la muda, y suelta, con su sequedad exacta—.

Y un recado, que es a lo que vengo, y es para los dos.

Padre pregunta. La comarca también, más bajito.

El heredero lleva una luna fuera del torreón y las lunas de fuera crían cuentos, y los cuentos, ya sabéis en esta casa, crían flechas.

Padre no manda nada, que conste: pregunta.

Pregunta cuándo, y pregunta cómo, y pregunta, palabras suyas, si debe ir poniendo otro cubierto o guardando luto por el hijo, que con este hijo nunca se sabe.

Las dos me miran. Las dos a la vez, halcón y curandera, y yo digo la verdad que llevo días rumiando, y se la digo a Aila, porque es suya.

—No le he contestado. Llevo una luna sin contestarle, y mi padre lo sabe todo de las esperas, conque espera.

No le contesto porque la respuesta no es mía, Aila.

Yo sé lo que soy y sé lo que quiero, lo sé desde un río, eso está dicho y no se mueve.

Lo que no está dicho es lo tuyo, y sin lo tuyo yo no tengo recado que mandar.

—Abro las manos, que es todo lo que un hombre puede abrir—.

No te pregunto hoy ni mañana. Te digo dónde está la puerta y de qué lado se abre: del tuyo.

Cuando tú digas algo, lo que digas, eso contestaré yo al torreón.

Y si no dices nada, la guardia se monta igual, que ese oficio no caduca.

El claro se queda en silencio, con la miel de Bríde en las manos de Aila y el peso de una luna entera sobre la hierba.

Mi hermana, que sabe cuándo sobra hasta un halcón, recoge su zurrón, y antes de irse se permite con Aila lo que Bríde entiende por efusión.

La mira de frente, de mujer a mujer, y le dice, seca y entera.

—Lo cosiste con virote de lengüetas dentro y lo tienes andando en tres semanas. En el torreón hay quien borda, quien rima y quien manda. No había quien cosiera así. Que se sepa que se nota.

—Se agradece —contesta Aila, igual de seca, y juro que las dos se caen bien por el procedimiento de no demostrarlo.

—Me vuelvo con lo que hay —dice mi hermana—. Que es más de lo que había. —Y ya desde la linde, sin darse la vuelta, a su manera—. La miel es de madre. Dice que las conversaciones largas se endulzan a mitad, no al principio. Sabréis cuándo.

Esa noche Aila friega los cuencos más despacio que nunca, y yo la dejo fregar, que en esta casa los terremotos se piensan fregando, y cuando acaba se seca las manos, se sienta enfrente de mí con la mesa en medio, y me mira con esa cara de víspera que le conozco de la noche antes de la verdad.

—Tres días —dice—. Dame tres días, Cael.

No para dudar de lo que ya sé, que eso me lo sé desde antes de querer sabérmelo.

Para otra cosa: para elegirlo despierta.

A mí me lo han quitado todo siempre sin preguntarme, y lo poco que tengo me lo he ganado sin elegirlo, a pura falta de otra cosa.

La cabaña me la dejó una muerta, el oficio me lo dictó un testamento, hasta la soledad me vino puesta.

Esto no. Esto va a ser lo primero de mi vida que escoja entera, con las dos manos, sabiendo lo que escojo y lo que dejo, que también hay que mirar lo que se deja.

Y eso se hace despacio y se hace bien, que las cosas de toda la vida no se firman con prisa de feria.

—Se levanta, y al pasar a mi lado me deja la mano en el hombro, un peso firme, de los que prometen—.

Tres días. Y después mando yo el recado al torreón.

Yo, con mis palabras. Que se vaya enterando tu casa de cómo escribe la del claro.

—¿Necesitas que me aparte? Los tres días. Puedo dormir en la linde, que el oficio no se me ha olvidado.

—Ni se te ocurra. —Lo dice desde su camastro, ya de espaldas, arrebujándose—.

Elegir no es echar de menos, Cael, que eso lo hace cualquiera.

Elegir es mirar lo que se tiene delante, despacio, tres días, con sus cenas y sus desayunos, y decirse: esto.

Esto quiero. Conque tú a tu banqueta y a tus guisos, que el tribunal delibera mejor bien comido.

Tres días. Después de cinco años, tres días.

Los voy a pasar como he pasado todo lo demás. A su paso, montando la guardia.

Y por primera vez en esta historia, no tengo ni idea de lo que va a decir, y no cambiaría esa incertidumbre por ninguna certeza del mundo, porque es la prueba final de que ya no decido nada por ella.

Elige, muchacha de las hierbas. El claro, el torreón y el lobo esperan a la señora.