La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Amanece un día limpio, de los que no se esconden nada, y me parece bien. Hoy en este claro no se esconde nada nadie.

Cael está raro desde el desayuno, de un raro nuevo que tardo en ponerle nombre porque no se lo había visto nunca: nervios.

El hombre que aguantó mi tribunal sin pestañear anda esta mañana recolocando leña que no lo necesita, y cuando por fin salimos al claro, con el sol ya alto como se pidió, va y deja junto a las rocas de la linde un zurrón que no le conocía.

—¿Y eso?

—Ropa. —Carraspea, y juro que se le suben los colores—. Órdenes de mi madre. De hace tiempo. Dijo que conocía a los de mi sangre y que sabía cómo acaban estos lances, y que a la muchacha no le amaneciera yo en cueros, que bastante iba a tener con el prodigio.

La risa se me escapa antes de poder ponerme seria, y bendita sea, porque se lleva por delante la mitad de los nervios de los dos.

—Empiezo a entender por qué su salvia corta tan fino, la señora del torreón. —Me siento en mi piedra, me recojo las faldas, y le hago el gesto de los tribunales—. Cuando quieras.

Se aparta unos pasos, al centro del claro, a plena luz como se pidió. Se queda quieto, descalzo en la hierba, me busca los ojos por última vez, ¿segura?, dicen los suyos, y los míos contestan lo que contestan, y entonces baja la cabeza, suelta el aire despacio.

Y se deja ir.

La otra vez fue de noche, con sangre y a la fuerza, y yo lo vi con el espanto puesto.

Esta vez es a la luz del sol y porque yo lo pido, y lo veo entero, con los ojos del oficio y con los otros.

La quietud primera, honda, de quien suelta amarras por dentro.

El rumor de deshielo de los huesos buscando su otra casa.

El pelo gris ganándole a la piel como gana la escarcha a un cristal, de dentro afuera, y la cara, eso es lo que no me suelta, la cara haciéndose hocico sin dejar en ningún momento de ser suya, porque los ojos, los ojos de ámbar, no cambian.

Me sostienen la mirada de principio a fin, de hombre a lobo, sin soltarme, como la mano que no se suelta al cruzar el vado.

Y entiendo, mirándolo, lo que la curandera necesitaba entender y la otra mitad de mí agradece de rodillas: que no duele.

Que no hay violencia ninguna, ni castigo, ni maldición de las que cuenta la aldea.

Es despacio y es suyo, como respirar hondo, como meterse al río un día de calor, y si la palabra prodigio sirve para algo en esta lengua, sirve para esto.

Para un hombre que se quita la forma a la luz del día porque una mujer se lo ha pedido, mirándola a los ojos para que no se pierda nada.

Y donde había un hombre con los colores subidos hay un lobo gris plantado al sol, enorme y conocido, con la cabeza alta y las orejas francas, esperando mi veredicto.

Me levanto de la piedra y cruzo el claro despacio.

De cerca es él, es mi lobo de cinco años, el de las liebres y el ronroneo y el muro compartido, y es también, ahora lo sé y no se puede dessaber, Cael, el de las manos en la nieve, el del lo siento a pulso entero, y los dos son uno y a ese uno le pregunto lo que hay que preguntar, porque hoy en este claro las cosas se piden.

—¿Puedo hacerlo?

La cabeza enorme baja una vez, despacio. Un sí de lobo.

Y lo toco. Hundo las dos manos en el pelaje del cuello, el pelaje de siempre, áspero por fuera y plumón por dentro, y no es lo de siempre, porque ahora sé a quién acaricio, y el saber no me quita nada: me lo dobla.

Acaricio al lobo y acaricio al hombre, a los dos a la vez, por primera vez a sabiendas, y el muy sinvergüenza, hasta en el día más solemne de nuestra historia, arranca el ronroneo de contrabando, y la risa y otra cosa se me juntan en la garganta.

—Sigues siendo de contentar fácil —le digo al pelaje—. Eso no lo ha cambiado ni la verdad entera.

La lección de las huellas nos lleva la mañana.

Camina y yo leo. El paso de guardia y el paso de caza, el venteo, la marca de orina en el lindero que me hace levantar la ceja, esa me la explicas luego con palabras, y el quiebro en las rocas que no guardan rastro, todos los trucos de cinco años de matute enseñados a la inversa, el contrabandista entregándole las rutas a la aduana.

Y la lección tiene una parada que no esperaba: la vaguada del fresno doble.

El lobo me lleva hasta las rocas donde el viento no entra, el sitio exacto donde una mañana de nieve virgen el mundo se me volvió imposible y yo me senté a mirarlo, y se planta en el punto donde las patas se volvían pies, y me mira, y la lección está clara: aquí.

Aquí cerraste la página por mí. Ábrela ahora, que estoy yo para leerla contigo.

Camino el trecho despacio, el que caminé aquel día con el corazón en la boca, y lo que entonces era vértigo ahora es mapa.

Aquí se desnudaba el lobo de su forma, aquí guardaba el hombre su ropa, aquí empezaba el otro contrabando, el de volver al torreón a ser heredero con el olor de mi claro en la piel.

Pongo la palma en la roca fría, donde la puso él dos mil veces.

—Página leída —digo—. Y mira tú: no mordía.

Y a media mañana toma un rumbo que no es de lección, monte arriba, mirando atrás cada pocos pasos para que lo siga, hasta una loma que conozco de verla y no de pisarla, y allí, en un roble viejo de corteza gruesa, se para y me espera.

El roble está lleno de muescas.

Muescas pequeñas, hechas a zarpa, ordenadas en filas como las cuentas de un pastor, y las recorro con los dedos, una a una, contándolas, y son veinticuatro, y cuando me vuelvo a preguntarle el lobo ya no está.

Está el hombre, vistiéndose tras las rocas con la ropa del zurrón de su madre, y viene hasta el roble abrochándose la camisa y contesta a la pregunta que no he hecho.

—Veinte. Una por estación. —Pone la palma sobre las muescas, sobre los años—.

Desde este roble se ve tu claro entero. Aquí montaba la guardia de las noches malas, y cada cambio de estación hacía una muesca, y la muesca decía.

Otra estación que ha pasado esta mujer adelante.

Otra que le ha ganado al invierno, a la aldea, a la costumbre de estar sola.

No las hacía por mí, Aila. Eran tu cuaderno de victorias. Alguien tenía que llevarlo.

Vuelvo a las muescas y esta vez las leo de otra manera: con mi vida puesta encima.

—Entonces esta —digo, con el dedo en una de las ondas— sería el invierno del garrotillo del crío.

La gané, sí. —Subo dos —. Y esta, la primavera de Beltane, la de la torta de pasas.

Esa la ganamos a medias, que tú pusiste la compañía.

—Bajo hasta las primeras, las más viejas, gastadas ya por la corteza que crece—.

Y estas de aquí abajo son de cuando yo no sabía que existías.

Los inviernos de verdad. Los que gané sola del todo.

—Me vuelvo a mirarlo—. ¿También las hacías entonces? ¿Antes de las liebres, antes de todo?

—Desde la primera estación después del río. —No aparta la palma del roble—. Entonces no sabía para qué las hacía. Ahora sí: para hoy. Para poder enseñarte un día que tus años de sola no los vio nadie en balde. Están contados, Aila. Estación a estación. No hubo ni una que no contara.

Vuelvo al roble y bajo con el dedo hasta la fila de abajo del todo, la primera, la que la corteza ha ido tragándose con los años, y me quedo en la primera muesca, la fundacional, la que ya casi es árbol otra vez.

Hago la cuenta hacia atrás y me deja sin voz un momento, porque las cuentas, ya se sabe, no preguntan si una quiere saberlas.

—Esta de aquí —digo, y no me hace falta terminar.

—La primera estación después del río. —Lo dice quieto, sin acercarse, dejándome la muesca y el momento—. El invierno de la segunda nevada grande.

El invierno del serbal. El de los dos días cavando.

Yo creía que aquella estación no la había visto nadie, que era mía y de la tierra dura y de nadie más, la estación de la que no se habla ni el día del año en que se habla.

Y resulta que está aquí. Contada. La primera de la fila, tallada por un muchacho de diecisiete años que no sabía por qué la tallaba.

Aquel invierno yo cavé una tumba, y alguien, a media legua, apuntó que lo había ganado.

Que seguía adelante. Que la cuenta empezaba.

—No estuviste —digo, con el dedo en la muesca, y no es reproche: es asombro de inventario—. A ese invierno llegaste tarde, tú mismo lo has dicho. Y aun así lo apuntaste.

—Llegué tarde a ayudarte. —Su voz baja un escalón, al sitio donde guarda las deudas viejas—.

A dar fe llegué a tiempo. Es lo único que pude hacer con aquella estación, Aila: que constara.

Hay inviernos que no se pueden compartir y no se deben perder.

Ese es el primero del cuaderno porque es el padre de todos los demás.

El invierno en que decidiste seguir. Sin él no hay liebres, ni claro, ni hoy.

Me siento al pie del roble, en la tierra fría, porque esto no se puede leer de pie, y recorro la fila entera con el dedo, muesca a muesca, despacio, sin saltarme ninguna, veinte estaciones de mi vida pasadas a dedo como pasaba mi madre las hierbas del repaso.

El nombre, la virtud, la dosis. Esta la gané con hambre.

Esta con fiebre. Esta de aquí con una manzana en un umbral que me hizo llorar sin saber por qué.

Y el hombre que las talló espera de pie, a dos pasos, sin meterme prisa, montando guardia sobre mi lectura como la montó sobre todo lo demás.

Cuando acabo, el sol ha rodado un palmo y yo tengo la cara mojada y seca a la vez, que es como se queda una después de leerse entera.

Me quedo mirando el roble, las veinte estaciones de mi vida talladas a zarpa por un centinela que no cobraba, y el claro allá abajo, mi casa pequeña con su humo, vista desde donde él la veló cinco años, y algo se me mueve por dentro con un crujido manso, como se mueve la tierra cuando una raíz encuentra agua.

Bajamos la loma sin hablar, su paso acompasado al mío, y a media bajada mi mano encuentra la suya, o la suya la mía, que a estas alturas la aritmética de las distancias ya no sabe quién cruza qué, y llegamos al claro de la mano, por primera vez a la luz del día, y ninguno de los dos lo menta, porque hay cosas que mentarlas las espanta.

El perdón iba a ser de hebras. A mi paso, dije, y puede tardar lo que tarde, dije.

Pues va a tardar menos de lo presupuestado, y la culpa es de un roble.