CAPÍTULO 34
La veo subir hacia el serbal con la piedra del río en el puño, y me quedo en el claro de las hierbas con el ovillo entregado y las manos vacías, que es como se queda uno después de las batallas que no se ganan ni se pierden: se pagan.
Lo dije todo. Esa parte, al menos, está hecha.
El río, el lazo con su carga bien repartida, mía entera y suya en nada, los cinco años sin podar vergüenzas, la fiebre con su hebra fea, el nombre con su torreón.
Y ella escuchó como escucha ella, entera, sin perderse nada, guardando cada pieza, y al final ardió, y ardió tan limpio y tan justo que mientras me quemaba una parte de mí, la que la quiere bien, pensaba: así.
Así arde la gente que se respeta. Ni una lágrima de las que piden pena, ni un reproche de los que mendigan.
Una cuenta. Me plantó la cuenta entera, partida por partida, y todas las partidas eran verdad.
¿Quién te dio derecho a decidir por mí? Nadie, Aila.
Me lo tomé. Me lo tomé a los diecisiete sin saber que lo tomaba, y lo fui renovando año tras año con razones que eran buenas y míos los dos pies del razonamiento.
Protegerte de espantos, ganarme tu paso.
Razones buenas para decisiones que no me tocaban.
Esa es la herida exacta, y la has nombrado mejor que mi padre, mejor que Bríde, mejor que yo en todos mis años de roble.
Obedezco la única instrucción del día: no la sigo.
Vuelvo a la cabaña, que la casa no echa a nadie, dijo, y a falta de poder hacer nada hago lo que hacen los hombres de mi familia cuando no pueden hacer nada.
Trabajo. Parto leña hasta donde el costado permite.
Acarreo agua. Pongo el guiso de la noche al fuego, el suyo y el mío, que la cocinera está de visita y las casas de comidas no cierran por temporal, y mientras la tarde cae me preparo para todas las vueltas posibles.
La que vuelve y me echa, la que vuelve y calla un año, la que no vuelve hasta mañana.
Y me prohíbo una cosa mientras espero, la única que de verdad importa prohibirse, y me la prohíbo con juramento: desearle el enfado más corto.
Porque ahí está la trampa de los que esperan, en querer que el dolor del otro se dé prisa para descansar uno, y esa trampa yo no la piso.
Que arda lo que tenga que arder, lo que ella pida, un mes, un año.
Esta mujer no ha tenido que cambiar nada para merecer la guardia entera, y no va a tener que cambiar nada ahora, ni el genio, ni el paso, ni la rabia bien ganada.
Tal cual es la elegí sin saberlo, y tal cual es la espero a sabiendas.
Mientras parto la leña pienso en el serbal y en lo que le estará contando.
Todo, me figuro, como me lo contó a mí sin saber que me lo contaba.
Dos mujeres ajustando cuentas con el mundo bajo un árbol de bayas tercas, la viva hablando y la muerta escuchando, y yo aquí abajo, partiendo leña, esperando el veredicto de las dos, porque a estas alturas tengo claro que en esta historia se me juzga a dos tribunales y el de arriba lleva cinco años de ventaja en el sumario.
Vuelve con la última luz.
Baja del monte con el paso gastado de las conversaciones largas con los muertos, la piedra ya no está en su puño, me la imagino de vuelta bajo su tabla o sobre la tumba, vaya usted a saber, y al cruzar el claro ve el fuego encendido, el guiso oliendo, la mesa puesta con los dos cuencos, y se para en el umbral a mirarlo todo con una cara que no le sé leer, que ya es decir.
—Has hecho la cena.
—La casa no cierra por temporal.
Cenamos casi en silencio, un silencio raro, de los que trabajan, y al recoger los cuencos ella se sienta de nuevo, cruza las manos sobre la mesa y me mira, y veo que la visita al serbal ha hecho su oficio. La rabia sigue ahí, ordenada ahora, hecha tribunal.
—Te diré lo que me ha dicho mi madre —empieza, y la sorpresa debe de vérseme, porque aclara con media ceja—.
A su manera, que es la de hacerme hablar hasta que me oigo.
Le he contado el río, el lazo, los cinco años, tu torreón.
Todo. Y hablando me he oído decir una cosa que no sabía que pensaba, y te la voy a decir a ti porque el método empieza por no guardarse nada.
Estoy furiosa contigo y no me has dado miedo ni un momento.
Ni con el cambio delante, ni con el lazo, ni con el nombre del laird.
Furia toda la que quieras. Miedo, ninguno.
Y eso, me ha dicho mi madre a su manera, también es información.
—Cruza las manos otra vez, y el tribunal toma asiento—.
Ahora sí. Ahora te lo cobro. El lo siento que te hice guardar.
A pulso entero, Cael, y con las partidas claras, que los lo siento a bulto no valen nada.
Y se lo pago. A pulso entero, mirándola, partida por partida.
—Siento haberte mirado cinco años sin que pudieras mirarme.
Siento cada confesión que le hiciste al lobo creyendo que se la hacías a nadie, y siento sobre todo tres.
La del serbal, la de nací para estar sola, y el sueño del calor, porque esas tres las recibió un hombre que callaba y no tenían que haber sido suyas hasta que tú quisieras.
Siento el postigo, las dos noches de la fiebre, haberte oído llamarme sueño y no haber ladrado siquiera.
Siento la piedra, que cargaras tanto tiempo una prueba sin saberlo.
Y siento entero el derecho que me tomé. Decidir tu saber, tu paso y tu paz, cinco años, sin que tú firmaras nada.
—Tomo aire, y remato sin esconderme—. Lo que no siento, porque mentiría, es haberte querido desde el río, ni la guardia, ni las liebres, ni las flores.
Eso lo volvería a hacer con las dos formas.
El cómo es lo que te debo, Aila. El qué, no sé sentirlo.
Me escucha hasta el final sin mover una pestaña, sopesándolo todo a peso de mano, y el silencio que viene después es el más largo de mi vida, contando todos los de la linde.
—Está bien pagado —dice al fin. Y levanta un dedo antes de que el corazón se me dispare—.
Pagado no es perdonado. El perdón no es un guiso, Cael, no se hace en una tarde.
Se hace como se hizo lo otro, a hebras y a mi paso, y puede tardar lo que tarde, y no te prometo el final.
Lo que te prometo es el método. —Se levanta, recoge su cuenco y el mío, y desde el vasar, de espaldas, añade la última partida del día—.
Y hay una cosa que vas a hacer mientras tanto, y no es por ti, es por mí.
Mañana, con el sol alto, en mi claro. Vas a enseñarme a leer las huellas.
Todas. La página que cerré por ti la abres tú, entera, delante de mí.
Quiero verte cambiar, Cael MacRath. A la luz del día y porque yo lo pido, que ya va siendo hora de que en esta historia algo pase porque yo lo pido.
—Pedido está —contesto, y la voz me sale firme por primera vez desde el mediodía—. Mañana, con el sol alto. Y Aila... —Espera, de espaldas, con los cuencos en las manos—. Gracias por el método.
—No me las des todavía. —Friega, y en el ruido del agua se le cuela algo que casi es su sorna de siempre—. El método incluye preguntas. Muchas. Llevo cinco años de atraso y memoria de curandera. Vas a añorar los tiempos en que solo te clavaba agujas.
Esa noche, en mi camastro, con su respiración al otro lado del aire, hago el recuento del día más largo de mi vida. He perdido el contrabando, el secreto y la inocencia de estas tres semanas. He ganado un tribunal con método, una sentencia aplazada y una cita mañana al sol.
Mi padre tenía razón. La verdad entera, cuanto más tarde, más cara. La he pagado hoy a precio de cinco años.
Y volvería a pagarla mañana, porque al otro lado del aire la respiración de ella baja por fin al sueño, aquí, en esta casa, conmigo dentro y la verdad entera encima de la mesa, y por primera vez desde un río no hay entre nosotros ni una sola hebra escondida.
Pobre de mí. Ahora ya solo puede quererme o no quererme.