La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Nos sentamos en el claro de las hierbas con el sol alto, como se acordó, él en una piedra y yo en otra, dos pasos de hierba nueva entre los dos, y Cael empieza por donde dijo que empezaría: por el principio. Y el principio no es lo que yo esperaba.

—Hace cinco años, con el primer deshielo, una cría se cayó al río grande.

La crecida la llevaba como a una rama. —Habla mirándome, sin parpadear apenas, con las manos quietas en las rodillas—.

Yo tenía diecisiete, y la otra forma, y andaba el bosque sin saber todavía para qué.

La saqué del agua por la capa, a la orilla del sauce caído.

Comprobé que respiraba. Y me fui antes de que abriera los ojos, porque era un lobo y los lobos espantan, y me llevé del río una cosa que no supe nombrar hasta años después.

La certeza de que aquella cría era el centro del mundo.

Tenía trece años, el pelo como la luna, y al sacarla del agua se agarró a un canto liso de la orilla como se agarran los que no piensan morirse.

El claro se me queda sin aire.

Yo conozco esa historia. La conozco por dentro, desde el agua.

El frío pardo del deshielo, el peso de la ropa tirando hacia abajo como diez manos, el mundo vuelto un rugido marrón, mi madre lejos, en el mercado del cruce, y la certeza limpia, sin drama, de que me ahogaba, que a los trece años una ya sabe lo que es ahogarse, aunque no sepa nada más.

Y después un tirón en la capa, una fuerza que no era la corriente porque la corriente no tira hacia la vida, y despertar en la orilla del sauce, sola, empapada, viva sin explicación, con la mano cerrada en un puño que no quería abrirse.

Mi madre dijo que me habría agarrado a una raíz.

Yo no dije lo que medio recordaba, un calor enorme, un resoplido de animal, un peso retirándose, porque a los trece años ya sabía lo que la comarca hacía con las niñas raras que decían cosas raras.

Lo enterré con todo lo demás. Lo enterré tan hondo que ni la fiebre lo encontró.

Me levanto sin decirle nada. Él no se mueve, no pregunta, me deja ir, y cruzo el monte hasta la cabaña con el corazón a golpes, y me arrodillo junto al jergón, y levanto la tabla floja, y ahí está, donde ha estado siempre: el canto liso del río.

Gris, perfecto, gastado de palma. Lo guardé sin saber por qué lo guardaba.

Lo saqué en los inviernos malos, a calentarlo en la mano.

Mi cuerpo supo siempre lo que mi cabeza no. Que aquel canto era la prueba de algo.

Vuelvo al claro de las hierbas con la piedra en el puño y se la planto delante, en la palma abierta.

—¿Esta orilla?

Cael mira el canto liso y se le mueve la cara entera, todo a la vez, como se mueve un valle cuando pasa la nube, y cuando contesta le sale la voz rota por el medio.

—Esa orilla.

—Cinco años debajo de una tabla. —Cierro el puño otra vez sobre la piedra, que de pronto pesa como pesa todo hoy—. Sigue. Hasta el final. Y no me ahorres nada, que ya veo que el ahorro no es lo tuyo: lo tuyo es el contrabando.

Y sigue. Habla el sol entero de mediodía, y yo escucho la historia de mi propia vida contada desde la linde.

Me cuenta lo que es. Que su madre los parió distintos a los tres, un lobo, un halcón, un ciervo, que la sangre les viene de antiguo y que esa hebra no es toda suya y me la dará entera quien deba.

Me cuenta el vínculo, y me lo cuenta con las manos abiertas, mirándome.

Que los de su sangre eligen una vez y para siempre, que él eligió sin saberlo a los diecisiete, en un río, y que esa atadura es suya, suya entera, y mía en nada.

Ahí lo paro, porque hay una pregunta que no espera a su turno.

—¿Y si elijo que no? —Se lo planto a la cara, sin adorno—. Dices que tu sangre elige una vez. Que me elegiste en un río antes de que yo supiera nadar del susto. ¿Y si yo, que no he elegido nada de todo esto, elijo que no? ¿Qué pasa contigo, con tu lazo y con tu para siempre?

No tarda en contestar. Esta la traía sabida, se le nota, repasada contra algún roble.

—Entonces tú tendrás tu vida y yo tendré la linde, si me la consientes, o el destierro de tu claro, si no.

El lazo es mío de cargar, Aila. No es una deuda que te pase, ni una red que te eche, ni una razón que puedas deberme.

Tú no me debes nada por ser yo lo que soy: ese trato sería de tramposos.

—Y baja la voz, sin bajar los ojos—. Que mi sangre elija una vez no te obliga a ti ni a un buenos días. Solo me explica a mí.

Lo guardo. Lo guardo en el sitio de las cosas que habrá que pesar despacio, y le hago seguir.

Me cuenta los cinco años, año a año como pedí.

La manzana del tercer invierno, el voto, las liebres, las leyes que se puso y las que se saltó.

El roble desde donde miró mi primera sonrisa.

El juramento que hizo una noche de Beltane oyéndome decir que nunca había bailado.

Las campanillas desenterradas a mano. Y la fiebre.

—La fiebre te la cuento, aunque me cueste lo que me cueste —dice, y por primera vez en toda la mañana baja los ojos—.

Entré. Por el postigo cojo, el que arreglé el otro día.

Dos noches. Te di agua con un paño, te avivé el fuego, y dormí pegado a tu espalda en la otra forma, porque te ibas por la tiritona y el calor era lo único que tenía para darte.

Me iba antes del alba. Y cuando despertaste y me contaste el sueño del calor, el del corazón de tambor lento...

—traga, y lo suelta entero—. Te dejé llamarlo sueño.

Te oí decir que la fiebre te inventaba lo que más falta te hacía, y callé.

Esa es la hebra más fea del ovillo, Aila.

Las otras las defendería mal; esa no la defiendo.

Y luego, el nombre. El último, como el remate que es.

—Me llamo Cael MacRath. Mi padre es Ronan MacRath, el laird de estas tierras. La curandera fantasma de tus saludos es mi madre, Morvenna, la señora del torreón. Yo soy el heredero. —Deja el título en la hierba, entre los dos, sin adornarlo—. Ya está. Ese es el ovillo entero. No queda hebra.

El silencio que viene después dura lo que tarda el sol en moverse un palmo.

Y en ese silencio, la leña seca de tres semanas, de cinco años, prende entera de una vez, y cuando me levanto de la piedra ya estoy ardiendo, y que se vea desde la villa.

—¿Quién te dio derecho? —Me sale baja, la voz, que las mías arden hacia abajo—.

Contéstame eso, Cael MacRath, heredero de Strathos.

¿Quién te dio derecho a decidir por mí? Cinco años.

Cinco años decidiendo tú lo que yo podía saber, y cuándo, y cuánto.

Decidiste que me salvabas y que no lo supiera.

Decidiste mirarme la vida entera por las rendijas, las cenas, las costuras, los lutos.

Decidiste qué hebras me ganaba y a qué paso, como se le racionan las golosinas a una cría.

—Le enseño el puño con la piedra—. ¡Hasta esto lo decidiste!

¡Que yo cargara cinco años una piedra sin saber qué cargaba!

—Aila...

—No he terminado. —Y no he terminado—. Yo le di todo a aquel lobo.

Todo, Cael. Le di a mi madre y el serbal y los dos días cavando.

Le di lo de que nací para estar sola, que no se lo había dicho ni al aire.

Le di mi nombre de la fiebre, le lloré un sueño que era tu cuerpo, ¡le di hasta el cuenco de mi madre muerta!

Porque a un animal se le puede dar todo.

Un animal no te juzga, no te compara, no vuelve a una mesa de torreón sabiéndote entera.

Y todo ese tiempo, al otro lado de las orejas grises, había un hombre.

Tomando. Guardando. Sabiéndome. —Abro los brazos, con la piedra en una mano y cinco años en la otra—.

Tú me has tenido entera desde el río. ¿Y yo a ti?

Tres semanas y un nombre de esta mañana.

Esa cuenta, MacRath. Esa cuenta no hay guiso que la pague.

Él recibe todo de pie, sin defenderse, blanco como la cera nueva, y cuando ve que he acabado dice lo único que dice, y lo dice entero.

—Tienes razón. En todo. No vine a discutirte la cuenta: vine a entregártela.

Y eso, que es lo único que podía decir, es también lo que no puedo oír ahora mismo, porque la razón dada en caliente no apaga: aviva.

Recojo mi rabia y mi piedra y echo a andar hacia el monte, y desde el borde del claro le doy la única instrucción del día, sin volverme, porque si me vuelvo no sé qué hago.

—No te vayas. Esta casa no echa a nadie y menos a medio curar. Pero hoy no me sigas, Cael. Hoy tengo una visita que hacer, y a esa visita voy sola desde antes de que tú supieras mi nombre.

Y subo al serbal del este, a contárselo todo a la única que escucha mejor que un lobo.