La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

El lobo de dentro lleva dos semanas dando vueltas en su jaula de costillas, y no lo culpo. Es la primera vez en nuestra vida que pasamos tanto tiempo en una sola piel.

No he cambiado desde el virote. No puedo.

El cambio remueve hasta el último hueso, y un costado a medio soldar no está para mudanzas, eso me lo enseñó mi madre con nueve años, cuando me rompí el brazo trepando y pasé seis semanas de niño entero, rabiando.

El lobo lo sabe y lo acata, y aun así empuja, sobre todo al alba, cuando el claro huele a relevo de guardia.

Asomarse al umbral y leer el viento es lo que le doy, dos respiraciones largas de parte del bosque, y con eso vamos tirando los dos.

Lo curioso es que empuja menos de lo que yo temía, y tardo en entender por qué, y cuando lo entiendo me da la risa floja.

El lobo no echa de menos correr. El lobo corría para venir aquí.

Estando aquí, la mitad de su oficio está hecha, y la otra mitad, la guardia, la montamos juntos desde dentro de la casa, que es el mejor puesto que hemos tenido nunca.

Lo que no sabe el lobo es que su hambre de correr es la menor de mis cuentas pendientes.

El segundo fardo llega con la luna nueva, y trae, además de avena y un tarro de miel del bueno, una novedad doblada en cuatro: papel. Letra de Oisín, que escribe como canta, con más ánimo que ortografía, y el papel dice, en verso, porque mi hermano es incorregible.

El cazador del demonio bajó a la villa a cobrar, / contó la hazaña en tres tabernas y la cuarta fue de más: / que el laird tiene oídos largos y la paciencia más corta, / le compró al héroe la ballesta a precio de su escolta.

/ Camino del sur va el necio, con destierro y sin la plata.

/ El demonio sigue vivo. La balada se alarga.

/ P. D. Madre dice que comas. Bríde dice que no es verso.

Yo digo que se vuelve cargante convalecer tan lejos.

Leo el papel dos veces y la segunda se la leo a Aila en voz alta, porque las buenas noticias a medias no alimentan, y le cuento lo que el verso viste.

Que el hombre de la ballesta presumió de matarme en las tabernas, que mi padre lo mandó llamar, le quitó el hierro y lo sacó de estas tierras por el camino real, sin sangre y sin vuelta.

Ella escucha con el ceño de ir atando, prueba la miel del tarro con un dedo y levanta la ceja, esta miel no es de mercado, y al final pregunta lo que sabía que preguntaría, porque esta mujer no pregunta nunca lo pequeño.

—¿Quién escribe? —Alza el papel, con los versos de mi hermano a la luz de la vela—. Porque esto no lo escribe una curandera. Esto lo escribe alguien que te quiere y que no se toma en serio ni el destierro de un ballestero.

—Mi hermano pequeño.

Es la primera vez que le doy familia en voz alta, y los dos lo notamos. La palabra hermano cae en la estancia y se queda, calentita, haciendo sitio.

—¿Tienes hermanos?

—Dos. Un hermano que rima y una hermana que vuela. —Y como me mira con la cara de apuntar, le concedo la sonrisa entera—. Lo de que vuela está en la lista. Lo de que rima, ya lo has leído, y no tiene cura.

—Un hermano que rima y una hermana que vuela.

—Lo repite despacio, guardándolo, y mueve la cabeza con esa media risa que se le escapa cuando el mundo le crece—.

Y una curandera fantasma que corta a uña, y un laird con la paciencia corta.

Te voy a decir una cosa, Cael. Tu lista ya no es una lista.

Es una casa entera. —Dobla el papel de tu hermano con cuidado, como se dobla lo que se piensa releer, y me lo devuelve—.

Y a la casa entera, por lo visto, le importa mucho lo que pase en este claro.

—No te haces idea.

—Sí me la hago. —Señala con la barbilla el fardo, la miel, las vendas del ancho justo—. Por eso lo apunto todo. Para no deberle un agradecimiento a nadie sin saber su nombre.

—Apunta. —Le sostengo la mirada, y el corazón me hace lo que me hace siempre que la veo acercarse a la verdad: animarla—. Te queda poco margen en la lista. Mañana la cierras entera.

Lo he dicho antes de pensarlo, y al decirlo sé que llevaba días queriendo decirlo.

Ella se queda quieta con el papel de Oisín en la mano. La palabra mañana se instala entre los dos en mitad de la estancia, grande como un mueble nuevo, y nos quedamos mirándola.

—Mañana —repite.

—Estoy fuerte. Lo estoy desde hace cinco días y los dos lo sabemos, y los dos hemos dejado correr los cinco días, y sé por qué lo has dejado correr tú y sé por qué lo he dejado correr yo, y ninguno de los dos motivos es bueno.

—Tomo aire, que el discurso lo tenía pensado para otra hora y se me ha adelantado —.

Mañana, si quieres. En el claro de las hierbas, a la luz del día, con el sol alto.

Te lo cuento todo, Aila. Del principio a hoy, sin saltarme una hebra, como mandaste.

El principio está más atrás de lo que crees, y hay hebras que no me van a dejar en buen lugar, y las vas a tener todas.

Y después decides tú, y lo que decidas se hace.

Me escucha entera, sin interrumpir, con esa quietud suya de sopesar a peso de mano, y cuando contesta lo hace con dos palabras, las justas, y me las da mirándome a los ojos.

—Mañana, entonces.

Y se va a fregar los cuencos, porque en esta casa los terremotos se anuncian fregando, y me deja la velada entera para el oficio de la víspera, que es repasar.

Repaso el río, donde empieza todo. Una cría de trece años en el agua parda y un muchacho de diecisiete que aún no sabía lo que era.

Repaso los años de linde, las leyes que me puse y las que me salté, la manzana, el voto del segundo invierno, el juramento del baile.

Repaso la fiebre, las dos noches de dentro que ella cree sueño, y el postigo que arreglé ayer con ella delante, clausurando mi última puerta falsa.

Y repaso el nombre que viene con todo lo demás, el de mi casa, el que va a caerle encima con su torreón y su apellido y su señora del claro, tú, que despachas al laird con la ceja levantada sin saber que cenas con su heredero.

Y repaso el orden, que el orden es la mitad de las batallas.

Primero el río, porque el río es la raíz y lo demás cuelga de él.

Después el lobo y los míos, lo que somos, que eso ya lo ha visto y solo le falta la explicación.

Después los cinco años, año a año si los pide, sin podar ni una vergüenza.

Y el nombre el último, porque el nombre sin lo demás es un título, y con lo demás es solo el remate.

Lo único que no pienso ordenar es lo que diga ella, que esa parte del día no me pertenece y bien está.

Hay hebras que no perdonan. La del río, sobre todo.

Cinco años, va a sumarlos, sabiéndolo todo de mí mientras yo le hablaba a una ventana, ¿quién te dio derecho?

, va a decir, o algo mejor dicho y peor de oír, porque ella siempre encuentra la palabra que más pesa.

Y tendrá razón. La he tenido yo cinco años en la linde y le toca a ella tenerla el tiempo que haga falta.

Esa noche no duermo, y por una vez no es por guardia: es por víspera.

Desde mi camastro oigo su respiración al otro lado de la estancia, honda y despierta, porque ella tampoco duerme, y los dos lo sabemos y ninguno habla, dos insomnes velándose las vísperas a tres pasos de aire, y pienso que así debió de empezar el mundo.

Dos que no duermen, esperando a que amanezca la verdad.

En lo más hondo de la noche, su voz cruza la estancia, baja, sin sueño que disimular.

—Cael.

—Dime.

—Sea lo que sea lo de mañana... has tenido cinco años para irte. No te has ido nunca. —Una pausa, y la oigo darse la vuelta en el camastro—. Eso también lo apunto. En la otra columna.

No contesto, porque hay regalos que se estropean agradeciéndolos, y al rato su respiración baja por fin al país del sueño, y yo me quedo de guardia con su frase, la otra columna, montándomela en el pecho como se monta una lumbre.

Mañana se acaba el contrabando. Cinco años queriendo de matute, y mañana, con el sol alto, en su claro de las hierbas, esta historia pasa por la aduana entera.

Pago lo que marque. Llevo el caudal.