La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1) CAPÍTULO 31
66%

CAPÍTULO 31

A la segunda semana, mi convaleciente se me amotina por la vía de las tareas.

Empieza humilde. Desgrana guisantes sentado, ata manojos con una lazada que mejora a ojos vistas, pela lo que se le ponga delante.

Y va subiendo. Que si afilar mis cuchillos, que están, dice, en un estado que ofende; que si trenzar cuerda nueva para el pozo; que si revisar las herramientas, y cuando me descuido lo encuentro de pie ante mi banco de trabajo, pálido todavía y terco siempre, pidiéndome la maza y los clavos por las buenas.

—¿Y se puede saber para qué quiere la maza el enfermo?

—El postigo. El que cierra mal. —Lo señala con la barbilla, muy serio—. Tengo cinco años de tareas atrasadas en esta casa, y esa va la primera.

—Ese postigo lleva cojo desde que tengo memoria.

Toda la casa me la fue arreglando el bosque, techo, cerca, leñera, y ese postigo nunca.

Mira que se lo señalé veces a la nada. —Le doy la maza, porque a los tercos convalecientes se les vence dándoles trabajo sentado, y le acerco la banqueta al postigo—.

¿Y a ti qué te ha hecho ese postigo, si puede saberse, para ir el primero de la lista?

Se queda un momento con la maza en la mano, mirando el postigo como se mira a un viejo cómplice, y contesta sin mirarme.

—Está en la lista.

—Todo está en la lista. —Levanto las manos al cielo—. La lista de esta casa ya es más larga que el invierno. El día que hablemos vamos a necesitar tres días y avituallamiento.

—Dos días —dice, y clava el primer clavo—. Hablo rápido cuando me dejan.

Arregla el postigo en una tarde, con descansos que le impongo y acata de morros, y al acabar lo abre y lo cierra dos veces, comprobando el encaje, y se queda mirando el postigo cerrado con una cara que no es de carpintero satisfecho: es de quien clausura algo.

No pregunto. Apunto. La lista, ya digo, da para avituallamiento.

Las veladas, mientras tanto, han cambiado de oficio. Ahora el que habla es él.

Lo descubrí por accidente, una noche de labor, al preguntarle por preguntar si conocía la feria grande de la villa, y se abrió un arcón que yo no sabía que estaba en mi casa: el hombre ha visto mundo.

Me contó la feria entera, los puestos del especiero con sus cortezas de canela, los tratantes de caballos con sus juramentos, el bardo que cobra por verso y miente por gusto, y me la contó bien, con ojo y con sorna, y desde entonces cada noche le cobro un sitio.

—Esta noche, el mar —le exijo, enhebrando—. Que mi padre vino del mar y yo no lo he visto nunca, y tú tienes cara de haberlo visto.

—Una vez. Desde los acantilados del norte, dos días de viaje.

—Se acomoda en la banqueta, y le sale esa voz de contar que no sé de quién la habrá sacado—.

No te lo voy a describir bien porque no se puede.

Es grande de una manera que ofende. Miras, y donde debería acabarse, sigue.

Gris y vivo y hablando solo, como un monte que no se está quieto.

Me pasé la tarde entera sentado en el borde, escuchándolo, y volví distinto, y no sé decirte en qué.

—Mi madre decía que mi padre olía a eso. A grande. —Doy cuatro puntadas, y la pregunta se me escapa con la voz pequeña—. ¿Me llevarás? Algún día. A verlo.

El silencio que hace antes de contestar dura cuatro puntadas más, y cuando contesta, la voz le sale con un peso que la pregunta no pedía.

—Te llevaré a donde quieras. Algún día está corto.

La primera salida larga la hacemos al claro de las hierbas, despacio, su mano en mi hombro las cuestas y su orgullo en el bolsillo, que se lo he hecho guardar antes de salir.

Y por el camino me descubro haciendo de lo que nunca: de anfitriona.

Le enseño mi reino con nombres y todo, aquí la roca del río, que me tiró al agua y me trajo esta historia; aquí el paso de las zarzas; este es el claro de las hierbas, mi despensa verde, y voy nombrando como quien presenta a su gente, y a cada nombre él asiente con una atención que no es de visita.

—Tú ya conoces todo esto —caigo, a media presentación—. Nombre a nombre. Llevas años pisándolo de noche.

—Lo conozco de noche y de lejos. —Se agacha con cuidado de costado y pasa la mano por la mata de milenrama nueva, la del primer recado—. Es la primera vez que me lo enseñas tú. No es el mismo sitio.

Y tiene razón el hombre, y la razón me deja callada un trecho: no es el mismo sitio.

Mi claro de las hierbas visitado a escondidas era un mapa; enseñado por mi mano es una casa.

Llevo dos semanas dándole entrada a todo lo mío, al cuenco, a la mesa, a los nombres, y cada entrada que le doy me gusta dársela, y eso, en una mujer que tardó cinco años en dejar que un lobo se acercara doce pasos, es una velocidad de vértigo que no sé si me asusta o me presume.

De vuelta paramos a descansar en la roca del río, su roca y mía, la que me tiró al agua dos veces, la de la colada y la de la fiebre, y nos quedamos un rato mirando la corriente del deshielo ya mansa, sentados a un palmo el uno del otro, y ninguno dice nada y el silencio trabaja solo, que los silencios de este claro tienen oficio propio.

En un momento dado su mano se apoya en la roca, entre los dos, abierta hacia arriba, sin pedir nada, ofreciéndose como se ofreció el lobo aquella tarde, a tiro.

Yo la miro, la mano grande y quieta, y pongo la mía encima, y así nos estamos hasta que refresca, dos manos en una roca y un río delante, y de todas las maneras de hablar que hemos inventado en cinco años, esta nueva es la que más dice con menos.

Lo otro que descubro esa semana es que se me ha pegado su oficio.

Me sorprendo leyéndolo como él me leía. Le acerco el agua antes de que la pida, porque le he visto la sed en la manera de tragar en seco; le arrimo la banqueta al sol de la tarde porque el costado se le alivia al calor y lo sé por cómo se sienta; le dejo silencio cuando la cara se le va lejos, a su gente, a su monte, a lo que sea que un hombre así deja en barbecho mientras convalece en casa ajena.

Centinela, me ha salido el oficio. Cinco años mirándome él por las rendijas y resulta que el espionaje se contagia.

—Toma. —Le planto el cuenco de agua delante una tarde, antes de que abra la boca, y él lo mira, me mira, y la sonrisa le sube despacio.

—No he dicho nada.

—Has tragado en seco dos veces. —Me siento a mi labor, muy digna—. A mí no me mires así, que la culpa es tuya. Se me ha pegado tu oficio, cinco años de centinela en mi linde y la aprendiza ha salido espabilada. Ahora te vigilo yo, conque ya sabes lo que se siente.

—Lo sé desde hace dos semanas. —Bebe, y por encima del cuenco le brillan los ojos de ámbar—. Se siente uno el hombre más rico de Escocia.

Y luego están los amaneceres, que son mi rato secreto de mirarlo.

Cada alba, lo primero, antes del agua y antes del fuego, va a la puerta, la abre, y se queda en el umbral leyendo el viento.

La cabeza alta, los ojos entornados, la nariz trabajando el aire del claro como trabajo yo un pulso, dos respiraciones largas, tres, el parte del bosque entero, quién pasó, qué cambió, qué viene, y luego cierra y vuelve a ser un hombre que pone agua a calentar.

El lobo no se le ha ido a ninguna parte.

Vive ahí, debajo de la piel, asomándose al umbral cada mañana, y a mí ese asomo, que debería ponerme los pelos de punta, me pone en paz.

Es la prueba diaria de que no he perdido a uno por ganar al otro.

Son el mismo. Mi lobo madruga dentro de mi hombre.

Mi hombre. Anda. Mira lo que ha dicho la cabeza sin pedir permiso.

Esa noche, fregando los cuencos, me hago la pregunta que llevo días esquivando: está fuerte.

Camina sin mi hombro, clava clavos, sube al claro de las hierbas.

Está fuerte desde hace por lo menos cinco días, y la que dijo ponte fuerte pronto no ha vuelto a mentar la conversación, y sé por qué, y el porqué no me gusta.

Porque estas dos semanas son lo más parecido a una familia que he tenido desde el serbal, y la conversación puede costármelas.

La rabia sigue ahí, con su leña seca. Y al lado de la rabia, nuevecito, el miedo a perder lo que la rabia queme.

Me seco las manos y me quedo mirando los dos cuencos en el vasar, el desportillado y el de mi madre, juntos ya como cosa natural, y le pregunto a la que siempre pregunto.

—¿Tú qué harías, madre? —El vasar calla, que es su manera de hacerme contestar a mí—. Ya. Ya lo sé. Tú me lo dejaste dicho con otras palabras. Llorar y cavar a la vez no se puede. Pues querer y esconderse tampoco, digo yo. Una de dos.

Mi madre no crio a una mujer que esconde la cabeza.