CAPÍTULO 28
Vuelvo al mundo como se vuelve de un río. A manotazos, sin saber cuál es el lado del aire.
Primero no hay nada y duele. Después hay retazos, y duelen más: un fuego que cruje.
Un techo de vigas con manojos colgados, visto desde abajo, desde dentro, imposible.
Unas manos en mi costado que queman y alivian en la misma pasada.
Una voz que trabaja sin descanso en la orilla de todo, riñéndome puntada a puntada, esto por no decirme nada, esto por venir a morirte a mi puerta, y yo quiero contestar a cada cargo, culpable, culpable de todos, y la boca no es mía y el cuerpo es un país lejano y la fiebre me devuelve al río.
En el río del delirio todo está del revés.
Soy yo el que se ahoga, yo el que va dando tumbos en el agua parda del deshielo, y desde la orilla se lanza una muchacha con el pelo de luna, y me agarra, y tira de mí contra toda ley de pesos y corrientes, no te atrevas, dice el agua con su voz, no-te-atrevas, y yo dejo de pelear contra la corriente y peleo hacia sus manos, que es lo único que he sabido hacer en esta vida, remar hacia sus manos.
Hay otro retazo que me guardo de esos días sin días, y es de los que valen una fiebre.
En alguna hora sin nombre, entre dos vueltas del río, la oigo tararear.
Bajito, hacia dentro, mientras sus manos me cambian un paño, una canción de moler que conozco de oídas, de un Beltane de tambores lejanos, la canción de los días buenos de una muerta.
La está cantando sobre mi fiebre como quien riega lo que cuida, y yo pienso, desde el fondo del agua parda, que, si esto es morirse, me han mentido mucho sobre morirse.
Y un amanecer, sin aviso, el río me suelta en la orilla buena.
Abro los ojos a un techo de vigas y manojos.
Tomillo, saúco, consuelda, milenrama, las familias colgadas en su orden de batalla, y la luz del alba entrando sesgada por un postigo que conozco por fuera de cinco años y por dentro de tres noches que ella no sabe.
Me duele el costado a cada respiración, con un dolor cosido, ordenado, de herida bien gobernada, y peso lo que pesa un puente.
Estoy vivo. Estoy en su jergón, bajo su manta, en el lado del aire.
Giro la cabeza, que es todo el viaje que el cuerpo me concede, y allí está.
Sentada en la banqueta buena, a dos pasos, con la espalda recta de quien lleva noches sin dársela a nada, ojeras de cuatro días y el pelo de plata recogido de cualquier manera de las hermosas.
En la mano izquierda, el atizador, que lo tiene ahí desde hace cuatro noches por si el que despierta en su jergón no es el hombre que ella espera.
Me ve despierto y no se mueve. No se levanta, no se acerca, no pregunta cómo estás.
Se queda muy quieta, mirándome a los ojos un tiempo largo, como se mira a la puerta que por fin va a abrirse, y yo le sostengo la mirada con todo lo que tengo, que es poco y es suyo, y pienso en lo extraño y lo enorme de esto: cinco años mirándola desde fuera de todas las ventanas, y ahora me mira ella a mí desde dentro de la mía.
Cuando habla, su voz sale baja y entera.
—Tienes los mismos ojos.
La primera frase. Cinco años esperando la primera frase que le diría a esta mujer con boca de hombre, ensayando discursos contra robles, y al final la primera frase la pone ella, y es esa, y a mí la garganta rota solo me da para la verdad desnuda.
—Son los míos.
Hablar. Hablarle. Que mi voz salga al aire de su casa y ella la oiga y la conteste, después de tanto tragarme las respuestas a todas sus tertulias, de contestarle por dentro a cada buenas noches, lobo. Dos palabras me han dado el cuerpo, dos, y han sido el viaje más largo de mi vida.
Mi voz suena a cosa rota, a desuso, a primera vez.
Ella la recibe sin pestañear, la sopesa como sopesa todo, a peso de mano, y veo pasarle por la cara, en fila y a caballo una de otra, todas las cosas que no dice.
El pasmo, la confirmación, la pena, la rabia, las preguntas haciendo cola.
Lo que sale es lo de siempre, lo primero de ella, el oficio.
—¿Sed?
—Mucha.
Se levanta, deja el atizador sobre la banqueta, que no se me escapa el gesto ni la decisión que hay dentro del gesto, y me da de beber como se da a los que no pueden.
La mano bajo la nuca, el cuenco inclinado a sorbos pequeños, sin prisa.
Sus dedos en mi nuca. Su cara a un palmo.
Cinco años de linde, de pasos contados, de muro compartido, y ahora su pulso en mi piel y el agua de su pozo bajándome por la garganta, y si este es el precio del virote, virotes me deben desde niño.
—Despacio —ordena—. La costura es mía y la respondo, lo de dentro ya es cosa tuya.
Has tenido fiebre cuatro días. He sacado el virote, era de lengüetas, lo tienes ahí sobre el vasar, de recuerdo.
—Me acomoda la cabeza, se sienta de nuevo, y me estudia con esos ojos de enero que no han dormido—.
Y ahora tengo una pregunta, y la vas a contestar despierto.
—Pregunta.
—¿Cómo te llamas?
Y aquí está. El nombre. Lo único que no le he dado en cinco años, lo último del ovillo junto con la historia entera.
Los nombres, en mi familia, no se sueltan como se suelta la caza.
Un nombre es una rienda, decía mi madre, y se la das a quien quieras que te lleve.
Cinco años lo he guardado como se guarda la última almena, no por mí, que por mí lo habría gritado a los valles el primer invierno, sino porque con el nombre va todo lo demás, el torreón, el apellido, el peso, y ella merecía recibirlo entero o no recibirlo.
Pues entero no puedo dárselo hoy, que no me da la voz.
Le doy la rienda, y me oigo entregársela con la voz rota y el corazón en su sitio por primera vez en esta vida.
—Cael.
No dice nada al principio. Lo repite para dentro, moviendo apenas los labios, probándoselo como se probó el mi lobo, dándole vueltas como les da vueltas a las hierbas nuevas entre los dedos, buscándole la virtud y la dosis.
Cuatro letras, y la veo pesarlas contra cinco años de lobo dicho en todos los tonos que existen, el de las riñas, el de las tertulias, el de las buenas noches, y entiendo lo que está haciendo porque la conozco.
Está mudando una casa entera de un nombre al otro, habitación por habitación, y eso no se hace en voz alta ni se hace deprisa.
Algo le cruza la cara mientras muda, algo que no me da tiempo a leer porque lo guarda enseguida, que esta mujer guarda más rápido de lo que yo leo.
Y a mí me pasa por dentro la otra mitad del trueque, la que no esperaba.
Que entregar el nombre no me ha quitado nada.
Cinco años creyendo que el nombre era la última almena, y resulta que era la puerta, y las puertas no se pierden cuando se abren: se usan.
—Aila. —Su nombre me sale solo, con lo que queda de voz, porque hay una cosa que no espera a estar fuerte—. Lo sien...
—No. —Lo corta en seco, con la mano alzada, sin alzar la voz—.
Eso no. Eso no me lo des ahora, que estás débil y me lo darías barato, y yo lo cobraría blando, y nos haríamos trampa los dos.
Los lo siento de esta casa se pagan a pulso entero.
—Baja la mano, y algo se le suaviza en la boca sin llegar a sonrisa—.
Guárdalo. Para cuando hablemos. Vas a necesitarlo entonces, y lo vas a necesitar bueno.
—Cael —dice al fin, en voz alta, y mi nombre en su voz me hace más efecto que todos sus remedios juntos—.
Bien. Pues lo segundo no es pregunta, Cael, es aviso, y te lo doy ahora que estás débil y no puedes huir.
Cuando puedas sostenerte sentado y la fiebre sea historia, tú y yo vamos a hablar.
De todo. Del principio a hoy, sin saltarte una hebra, que llevo años cobrando en misterios y se me ha llenado el arcón.
—Se inclina, me sube la manta hasta el pecho con ese cuidado suyo que desmiente toda la dureza del discurso, y remata—.
Y ahora duerme. Que por lo visto eres mío, y lo mío lo cuido.
Me duermo como me lo manda, con el costado cosido por sus manos y el nombre recién entregado, y de camino al sueño, en ese último recodo donde uno todavía piensa, hago la cuenta nueva de mi vida.
Lo sabe. Sigo aquí. Me ha cosido, me ha velado, me ha puesto el virote de recuerdo en el vasar y me ha llamado suyo.
Quedan por delante todas las deudas grandes.
La historia entera que le debo hebra a hebra, el río que no sabe, el nombre de mi casa, que cuando lo oiga va a pesar lo suyo, y el lo siento guardado, que pienso pagar a pulso entero el día que me lo cobre.
Quedan mi madre con su salvia, mi padre con sus lindes, mis hermanos con su balada a medio rimar, y un cazador suelto en alguna taberna contando que mató al demonio de Strathos, que cuente, que el demonio convalece bien acompañado.
Queda el espanto, que puede venir todavía, y la rabia, que vendrá seguro, que se la conozco en la cola de la mirada y la tendrá bien ganada.
Que venga todo, y por su orden.
Esta plaza lleva cinco años sin rendirse, y ahora, por fin, se defiende a cara descubierta.