La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

El ruido que me saca de la cama no es un ruido: es un peso. Algo grande cayendo en la hierba de mi claro, y después nada, y esa nada es la que me pone de pie.

Abro la puerta con la vela en una mano y el mundo se me cae al suelo con la otra.

—¡Lobo!

Está tumbado a veinte pasos, donde la hierba nueva, tumbado de esa manera en que los animales no se tumban, de costado vencido, con las patas sin recoger, y cruzo el claro descalza sin enterarme del claro, y mis manos aterrizan en su pelaje y el pelaje está caliente y mojado, y la vela me enseña lo que el olor ya me ha dicho por el camino: sangre.

Mucha. Y del costado izquierdo, detrás de la paletilla, asomando como el palo de una bandera infame, el asta corta de un virote de ballesta.

—No. No, no, no. Ni se te ocurra. —Las manos ya están trabajando solas, palpando el contorno de la herida, midiendo la sangre, buscándole el pulso en la ingle, y la boca trabaja con ellas—. ¿Me oyes, lobo? Soy yo. Estoy aquí. Y no te atrevas. ¿Me estás oyendo? No-te-atrevas.

El ojo de ámbar se entreabre, me encuentra, y algo dentro de ese ojo se afloja al encontrarme, como quien por fin se permite soltar el fardo, y lo veo irse.

La conciencia. Se le apaga el ojo despacio, sin miedo, mirándome, y yo me quedo con las dos manos en su costado y el grito subiéndome, y entonces pasa.

Pasa debajo de mis manos.

No sé contarlo como fue porque no fue de ninguna manera que las palabras sepan.

El pelaje, que tengo agarrado a puñados, se retira.

Se retira como se retira la espuma de la arena, dejando piel donde había pelo, piel humana, tibia, viva, y mis manos se quedan donde están porque no se acuerdan de que pueden quitarse.

Los huesos, los huesos que conozco de mil caricias, se mueven bajo la piel con un rumor de deshielo, alargándose unos, recogiéndose otros, el hocico replegándose hacia un rostro, las zarpas abriéndose en dedos, la cruz del lomo bajando a hombros de hombre, y todo despacio y todo a la vez, sin violencia, sin monstruo, con la naturalidad terrible de las cosas que no piden permiso, igual que el río se vuelve hielo, igual que la oruga, igual que todas las mudanzas de la creación que nadie ve nunca y yo estoy viendo con las manos puestas encima.

Dura lo que dura un padrenuestro o lo que dura una vida.

La vela me tiembla en la otra mano y la sostengo igual, porque alguien tiene que sostener la luz mientras el mundo cambia de forma, y cuando el rumor de deshielo se aquieta, mis manos, que entraron en esto agarradas a un pelaje, están abiertas sobre unas costillas de hombre que suben y bajan.

Retrocedo de rodillas, dos pasos, tres, con la vela temblándome la luz.

Donde estaba mi lobo hay un hombre.

Un hombre joven, grande, desnudo en la hierba de mi claro, con el pelo oscuro pegado a la frente y la cara vuelta hacia mí, una cara que no he visto en mi vida y que se me hace conocida como se hacen conocidas las casas en sueños.

Y en el costado izquierdo, debajo de la paletilla que ya no es paletilla sino costillar de hombre, el virote.

El mismo virote. La misma sangre, manando ahora de piel humana, encharcando la hierba al ritmo de un corazón que conozco.

Que he oído ronronear. Que ha dormido contra mi muro.

El claro entero da una vuelta despacio alrededor de la vela, y por un momento que no mediré nunca estoy en el filo de todas las cosas. Del grito, de la huida, de las palabras de la aldea que vienen en tropel a ofrecerse, brujería, demonio, maldición, todas con mi voz.

Y entonces la sangre llega a mi rodilla. Caliente, a través de la falda, la sangre de él buscándome por la hierba, y la sangre hace lo que la sangre hace siempre conmigo: me da oficio.

—Primero se cura —me oigo decir, en voz alta, con la voz de mi madre y la mía trenzadas—. Primero se cura, niña. El pasmo, después.

Y el mundo vuelve a ponerse del derecho, porque le he dado una orden y a mí mis órdenes me funcionan.

Lo que sigue lo hago como se hacen las cosas imposibles: por partes.

Traigo la manta gruesa del arcón, la del olor a bosque, y lo hago rodar encima con las dos manos y todo el cuerpo, pidiéndole perdón a cada vuelta por lo que el virote cobra.

Lo arrastro por la hierba y por el umbral, palmo a palmo, una mujer flaca remolcando a un hombre que pesa como un novillo, y juro que en mitad del esfuerzo me sale entre los dientes una risa corta y loca, porque cinco años negándole la entrada a los hombres y al primero lo meto yo misma a rastras, desnudo y desangrándose, por la puerta grande.

Junto al fuego, a la luz buena, el oficio toma el mando entero.

Pongo el agua a hervir con la milenrama, despliego el lienzo de los hierros, afilo y caliento el cuchillo fino, y mientras las manos preparan, la boca reza lo único que sé rezar, que es el repaso.

La hierba, su nombre, su virtud, la dosis, la letanía que una muerta me hizo aprender a oscuras para noches justo como esta, y en mitad del repaso entiendo, con un escalofrío que no es del relente, que mi madre lleva cinco años muerta y sigue presentándose a trabajar.

Está en mi pulso, en mi agua hervida, en mi primero se cura. Buenas noches, madre. Hay tajo.

El virote ha entrado hondo y de través, con la punta frenada en la costilla, que es lo que le ha salvado el pulmón, y tiene lengüetas, lo noto al primer tiento, conque tirar es desgarrar.

Abro lo justo, dos dedos, con el pulso que me han dejado dieciocho años de remendar comarca, y libero la punta, y el virote sale entero con un suspiro de carne que me suena a victoria pequeña.

Lavo con el agua de milenrama, la hierba de las heridas, la de mi primer recado al bosque, quién me lo iba a decir.

Coso por dentro y por fuera, puntada furiosa, como dice Maired que coso, y cada puntada se la cobro en palabras.

—Esto... por no decirme nada. Esto... por el cebo que te habrás hecho, que te conozco.

Esto por la ballesta, que no es tuya la culpa y me da igual, hoy reparto culpas a mi gusto.

Y esto... —la última, la del nudo— esto por venir aquí.

Por venir a morirte a mi puerta en vez de a otra.

Esto te lo cobro y te lo agradezco a la vez, y no me preguntes cómo se hace, que se hace.

Lo tapo con la manta hasta el pecho, con un cuidado que no le he puesto a nada en mi vida, porque la desnudez de un hombre sin sentido es una intemperie y a mí las intemperies me pueden. Le pongo paños de agua de saúco en la fiebre que ya sube. Y velo.

Y antes de velar, pago. Porque el oficio es un préstamo y los préstamos se devuelven.

En cuanto el último nudo queda hecho y el enfermo abrigado, las manos, que han trabajado una hora con pulso de hierro, se me echan a temblar las dos a la vez, como si el temblor hubiera estado esperando en la puerta a que acabara el turno, con la educación de los miedos grandes.

Salgo al umbral porque la casa se me queda chica, me siento en mi piedra con el aire de la madrugada, y ahí me cobra el miedo todo lo aplazado.

El peso cayendo en la hierba, la sangre en la vela, el ojo de ámbar apagándose, el pelaje retirándose bajo mis manos, todo junto y por orden, y yo lo dejo pasar entero, tiritando en mi piedra, porque los miedos despachados a medias vuelven a medianoche y esta noche no hay sitio.

Y debajo del miedo al prodigio, mucho más hondo, el otro, el de verdad, el que me tiene cogida desde que oí el peso en la hierba: que se me vaya.

Que después de tantos años de tenerlo en la linde se me muera en el jergón la misma noche en que por fin ha entrado en casa.

Eso no, le digo a la madrugada, con los dientes apretados para que no castañeteen.

Eso no. A este no me lo lleva ni la sangre, ni el misterio, ni la madre que lo parió, sea quien sea, que ya la conoceré.

Este se queda. Lo ha dicho el oficio y lo digo yo.

Vuelvo dentro con las manos ya mías y el miedo despachado a su rincón, que no se va, los miedos de estos no se van. Se quedan de guardia conmigo.

Velo la noche entera, sentada en la banqueta buena, la de las visitas que no venían, con el atizador a mano izquierda por si el mundo se vuelve más raro todavía y el caldo arrimado a las brasas por si se vuelve menos.

Y velando, miro. Miro la cara del extraño que no es extraño, a la luz del fuego, y el oficio de mirar, que también lo tengo, va encontrando al lobo en el hombre como se encuentran las hierbas en el monte, una a una.

El ceño que se le frunce con la fiebre es el mismo gesto exacto de las orejas cuando algo le inquieta.

La manera de buscar mi lado del cuarto aun dormido, la cabeza vencida hacia donde estoy, es la de todas las noches de echarse orientado a mi piedra.

Hasta el suspiro hondo que suelta cuando el paño fresco le toca la frente es el suspiro del muro, el de las noches compartidas con la pared en medio.

No es que el lobo se haya vuelto hombre, comprendo a fuerza de mirarlo.

Es que siempre fueron el mismo, y yo llevo cinco años conociendo a este hombre por la mitad de fuera, como conocía su casa por el humo.

Y en lo hondo de la madrugada, cuando la fiebre le arranca palabras a medio hacer, retazos en los que mi oído pesca órdenes de centinela, este, el cruce, no, el delirio se le aclara un momento, los párpados se les abren a medias, y dos ojos me buscan por la estancia y me encuentran.

Ámbar. De miel quemada. Los ojos exactos que llevan años cenando en mi claro.

—Dios bendito —se me escapa, inclinada sobre él, con el paño parado a medio camino—. Tienes los mismos ojos.

Y el hombre que era mi lobo mueve los labios cuarteados, y antes de hundirse otra vez en la fiebre, dice una palabra. Una sola. La que no le he dicho nunca a ningún animal de ningún bosque, la que solo saben los vivos que me quedan, que son una vieja y un crío.

Aila.

Me quedo con el paño en la mano hasta que el agua se enfría.

Sabe mi nombre. El lobo de Strathos duerme en mi jergón con cara de hombre, cosido por mis manos, y sabe mi nombre, y yo le prometí una vez a ese lobo que cuando quisiera enseñarme a leer las huellas, aquí estaría.

Pues aquí estoy. Que despierte y empiece la lección, que esta alumna lleva cinco años pagando la escuela.