La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

El vivac amanece frío, y eso es lo primero que sale mal.

Llevo desde el alba sobre el rastro del hierro engrasado, y el hombre ya no está donde estuvo.

Cenizas muertas bajo un abrigo de rocas, huesos de liebre roídos, el suelo planchado de tres noches de manta.

Se ha movido, y un cazador que se mueve es un cazador que ha decidido algo.

Sigo su rastro nuevo con el sol subiendo y el humor bajando, y a media mañana el rastro me cuenta lo segundo que sale mal, y esta vez se me hiela la sangre de las dos formas.

Va hacia mis caminos.

No hacia el claro, gracias sean dadas a todos los cielos: hacia mis pasos.

Hacia el cruce del arroyo por donde bajo cada tarde, el único tramo de todos mis caminos que nunca varié, porque varié todos los demás y ese no, ese era el último antes de verla y en ese siempre tuve prisa.

Bríde me lo dijo con todas las letras. Lo que no puedas dejar, al menos no lo hagas previsible.

Pues aquí está mi previsible, medido y elegido por un desconocido con ballesta.

Un puesto de espera entre dos peñas, a tiro del cruce, orientado a mi paso de cada tarde, con el viento de cara para que su olor no me llegue bajando.

Hecho con oficio. El hombre sabe esperar y sabe dónde. La plata enseña deprisa.

Lo estudio desde la ladera el tiempo que un centinela estudia, y lo que veo no me gusta nada: paciencia.

Dos noches al raso en marzo y ni una fogata de día, agua del arroyo y liebre fría, el aguante de los que ya han gastado el viaje y no piensan volverse con las manos vacías.

Hay cazadores de impulso, que se espantan con un mal día, y cazadores de oficio, que han dividido la plata entre las jornadas y les sigue saliendo a ganancia. Este es de oficio.

Me agacho entre los brezos, a media ladera, y hago el consejo de guerra más rápido de mi vida.

Volver al torreón a por mi padre son cuatro horas entre ir y venir, y el puesto está armado para esta tarde.

Lo dicen las ramas recién cortadas del parapeto y el rastro fresco que entra y no sale.

Esperar a la noche y reventarle el puesto con él dentro es ganas de que un susto acabe en sangre, la suya o la mía.

Y dejarlo estar no existe. Ese hierro apunta a mi camino, y mi camino muere en su claro.

Conque elijo la tercera, la de siempre, la que me sé: me elijo de cebo.

El plan es simple y los planes simples son los buenos.

Dejarme ver lejos, a contraviento, fuera de tiro, y tirar hacia el este, monte arriba, lejos del claro y lejos del cruce.

Un lobo que se muestra y se va es un lobo que se sigue.

El hombre levantará el puesto, vendrá detrás de la plata, y yo lo pasearé por media Escocia hasta dejarlo a dos valles de aquí con la noche encima y el rastro perdido.

Mañana, con mi padre y seis hombres, lo sacaremos de estas tierras por el camino real y en propia mano.

Esta noche llego tarde a cenar, y ella me reñirá, y yo cobraré la riña como cobro todo lo suyo.

Eso es lo que tenía que pasar.

Subo a la loma pelada dando el rodeo largo, comprobando el viento dos veces a cada tramo, y antes de salir a lo abierto repaso el plan como me enseñó mi padre a repasar las cinchas.

Doscientos pasos largos, viento cruzado de través, la luz baja a mi favor, y ninguna ballesta del mundo hace ese tiro a carne en movimiento.

El plan sale. El plan lo haría igual cualquier hombre de armas de esta comarca.

Lo que no entra en ningún plan, lo que no ha entrado nunca, es la suerte de los necios.

Lo que pasa es esto: me dejo ver en la loma pelada, a doscientos pasos largos, de costado, dos latidos, lo justo y lo medido, y echo a trotar hacia el este.

Y el hombre no se levanta a seguirme. El hombre, que lleva tres noches al raso soñando con plata y oyendo crecer al demonio del bosque en su propia cabeza, ve al demonio del cuento del tabernero, negro como el pecado y grande como un novillo, y hace lo que hace el miedo cuando lleva una ballesta en las manos.

Dispara a todo lo que tiene, sin medir, sin esperar, a la desesperada de los que tiran contra sus propios fantasmas.

No lo oigo: lo siento. Un golpe seco, sin dolor primero, como una coz de caballo en el costado izquierdo, detrás de la paletilla, que me cruza la carrera y me siembra de morros en los brezos. El dolor llega un latido después, y llega entero.

Doscientos pasos largos, viento cruzado, y me ha alcanzado. La suerte de los necios trabaja para cualquiera.

Me levanto porque levantarse es lo primero que se aprende, y el mundo se ladea y vuelve.

El virote está dentro, hondo, el asta corta asomando del costado, y cada respiración lo mueve y cada movimiento lo cobra.

Monte abajo, el hombre grita algo, a la plata o a su santo, y lo oigo venir rompiendo brezos, recargando a la carrera, y el cuerpo toma el mando con la única orden que el cuerpo conoce.

Correr.

Corro. Mal, de tres patas, con el costado ardiendo y el aliento silbando por donde no debe, y aún en plena huida una parte de mí hace lo que lleva cinco años entrenando: no hacia el claro.

Primero al este, regando brezos, luego el quiebro en las rocas peladas que no guardan rastro, luego el arroyo, agua arriba cien pasos con el frío mordiéndome la herida, y solo entonces, con el rastro roto y el perseguidor sembrado, dejo que el cuerpo pida lo que lleva pidiendo desde el primer golpe.

Casa.

Y casa, en este cuerpo, en esta sangre, en esta vida mía gastada en una linde, no es el torreón.

El torreón está a dos leguas y media y cuesta arriba, y el torreón es donde viven los que quiero.

Casa es donde vive la que soy. A media legua, arroyo abajo, con su fuego encendido y sus manos de oficio, y el cuerpo tira hacia allí sin consultarme, y yo lo dejo, porque se me están acabando las fuerzas de discutir y porque hasta el final, hasta en esto, es verdad lo que es verdad. Todos mis caminos mueren en su claro.

La media legua dura tres vidas.

El virote trabaja a cada zancada. La sangre me empapa el costado y gotea un rastro que ya no puedo permitirme romper.

Las cosas se van quedando atrás de una manera nueva, no como se dejan atrás corriendo sino como se sueltan.

Primero el dolor, que se vuelve lejano y constante, un socio; luego el miedo al cazador, que ya no me alcanza y que ya no importa; luego los planes, la mañana medida, los siete días, todo el andamiaje del que fui dueño esta mañana cayéndose tabla a tabla por el camino.

El mundo se estrecha por los bordes, como se estrecha un sendero de noche, y yo voy gastando lo que queda en poner una pata delante de otra y en una sola idea fija que se repite al ritmo de la sangre: llegar. Llegar. Llegar.

En el último repecho las patas delanteras me fallan dos veces, y dos veces el costado paga la levantada, y en algún punto de ese repecho dejo de ser el que corre y paso a ser el que es llevado.

El cuerpo tira solo, con esa lealtad última de las bestias buenas, remando hacia el humo de su chimenea como reman los barcos rotos hacia el faro, sin preguntarse ya si llegarán enteros, solo si llegarán.

La linde de su claro me recibe con el olor de su humo, y las patas me duran justo hasta cruzarla.

Caigo en la hierba nueva, a veinte pasos de su puerta, y ya no me levanto.

Lo intento dos veces y el cuerpo declina la invitación, muy cortés, muy lejano, todo se está volviendo muy lejano.

El dolor del costado, el olor del guiso de mañana que ya nunca será mañana, las campanillas blanqueando ahí al lado, a la altura de mis ojos vencidos, las seis opiniones en contra mirándome caer.

Y noto entonces, con el último rincón despierto, la cosa que llevo cinco años sujetando con tres candados: el cambio.

Se me está soltando. Sin permiso, sin ceremonia, como se suelta un nudo mojado cuando la cuerda cede, porque el cambio se sujeta con fuerzas y las fuerzas se me van por el costado, gota a gota, a la hierba de su claro.

No así. Cinco años eligiendo la manera, el sitio, la hora. La mañana medida, el cambio lento, el ovillo entregado hebra a hebra a la luz del día. No así, no de noche y sangrando, no como un fardo que le cae al umbral, no...

La puerta se abre. Su luz me llega por la hierba, y su voz llega detrás, y la voz se rompe en mi nombre, en el que me puso ella, mi lobo, y suena a grito y suena a carrera, y sus manos, las manos que me preguntaron dos veces, aterrizan en mi pelaje por última vez.

Lo último que pienso, mientras la noche se cierra y el nudo se suelta, es que el ovillo se entrega entero, y de la peor de todas las maneras.

Lo último que oigo es su voz diciéndome que no me atreva.