CAPÍTULO 25
El deshielo ha ganado la guerra y el claro entero lo celebra.
El arroyo baja crecido y hablador, la tierra huele a tierra por primera vez en meses, y mis campanillas, que aguantaron lo suyo, han pasado el mando a los primeros brotes de todo lo demás.
Yo he pagado mis deudas de fiebre en caldo de perdiz, tres noches seguidas, y el cuerpo vuelve a ser mío, y la primavera, que de cría me daba igual y de moza me daba pena, este año me encuentra con una impaciencia rara, como si me hubieran prometido algo y se me hubiera olvidado el qué.
La salvia del hilo rojo sigue colgada sobre mi puerta, donde la puse el día que me llegó con las nieves.
Bienvenida, de los míos, dijo el corte de uña, y yo le contesté a la curandera fantasma con romero de mi mata buena, que el romero dice memoria y dice gracias, y desde entonces el carteo duerme, como duermen las cortesías en invierno.
Habrá que despertarlo ahora que el monte abre.
Tengo media idea de mandarle violetas cuando salgan, que las violetas dicen lo que dicen y que cada cual entienda lo suyo.
El día lo gasto en faenas de primavera. Destapo el huerto, oreo las mantas, cuelgo a secar lo que el invierno dejó húmedo. Y a media mañana sube Maired, con la cuesta ya sin hielo y el genio intacto, a traerme la simiente del yesero y a pasarme revista de convalecencia.
—Tienes mejor color que la última vez —dictamina, plantándome dos dedos en la muñeca sin pedir permiso—. Y el pulso de los vivos. Buen susto nos diste, niña. Cuando el yesero me dijo que llevabas días sin bajar al cruce, ya tenía yo medio luto puesto.
—Pues desvístaselo, que aquí me tiene. Una fiebre de las serias, ya pasó. Me cuidé sola, como siempre.
—Sola. —La vieja me mira de través, con ese ojo de tasadora que no perdona—.
Sola con el fuego encendido tres días, dirás.
Las fiebres de las serias no echan leña, niña, eso te lo digo yo que he velado unas cuantas.
—Y como me ve venir la réplica, la despacha con la mano—.
Déjalo. En este claro las cuentas nunca salen y la enferma está viva. A caballo curado no le mires el diente.
Le doy de mi caldo, le lleno el zurrón de lo primero de la temporada, y es ya en la despedida, con el sol alto, cuando me lo suelta, en el tono bajo que la vieja reserva para lo que importa.
—Una cosa más, y óyeme bien. La semana pasada paró un forastero en el cruce.
Ballesta al hombro, botas de mucho camino, poca conversación.
Preguntó por el lobo grande de Strathos.
Que dónde se le ve, que por qué senderos baja.
—Se ciñe el mantón, y los ojos se le van un momento a mi linde—.
Le dije que el lobo grande era cuento de taberna, invención de borrachos para asustar forasteros, y que aquí los lobos son como en todas partes, ruines y huidizos.
No sé si me creyó. Los que huelen plata oyen mal.
—Me aprieta la mano con su zarpa de sarmientos—.
Dile a tu guardián que el monte tiene visita. Y que la visita pregunta por él.
Se va cuesta abajo con su paso de leña vieja, y a mí la mañana me cambia de temperatura sin cambiar de sol.
El resto del día lo trabajo con esa noticia rondándome, y todo lo hago hablando por los codos con mi parroquiano, que hoy ha llegado temprano y me supervisa las labores echado al sol nuevo, panza arriba a ratos, hecho un escándalo de animal feroz.
Le doy el recado de Maired el primero, con todas sus letras, el forastero, la ballesta, las preguntas, y el lobo lo escucha con una atención distinta, levantado sobre las patas delanteras, y al acabar yo juraría que asiente, si los lobos asintieran, como quien oye confirmar lo que ya sabía.
—Conque ya lo sabías —concluyo, mirándolo—. Por eso andas de centinela toda la semana. —Suspiro, y vuelvo a los surcos, que las manos ocupadas piensan mejor—. Ten cuidado, ¿me oyes? Te lo digo en serio y te lo digo una vez. Este claro ha aprendido a contar contigo, y este claro no sabe restar.
—Este año pongo el doble de habas —le informo, marcando los surcos—. Y guisantes junto al lindero, que el yesero me ha mandado simiente con Maired, en pago de no sé qué, dice, como si no lo supiéramos los dos. La economía de este claro va para arriba, lobo. Dos años más así y pongo criada.
Hablo y él escucha, y en algún momento de la tarde caigo en la cuenta de que estoy haciendo planes.
Planes largos, de los de meses. Las habas, las violetas, la feria de mayo a la que igual este año bajo, a vender en vez de a esconderme, con el crío de los sapos de pregonero, que ese me defiende gratis.
Hago planes como quien tiene futuro, y me paro con la azada a medio surco al darme cuenta, porque esta también es nueva.
La muchacha de la legua y media, haciendo cuentas con el porvenir.
Mi madre decía que los planes largos son el lujo de los que se sienten a salvo, y que por eso los pobres y los solos viven al día, no por falta de cabeza sino por sobra de golpes.
Pues mírame, madre. Tu hija planea violetas para mayo.
Algo se habrá puesto a salvo este invierno sin pedirme permiso.
—Tú tienes la culpa —le digo, apuntándolo con la azada—. Antes de ti yo vivía al día, que es como viven los que no esperan nada, y mírame ahora: simiente apalabrada y violetas prometidas. Me has malacostumbrado al mañana, lobo. Eso no se le hace a una superviviente.
Es con la última luz, recogiendo aperos, cuando le noto lo raro.
Lleva un rato de pie en mitad del claro, vuelto al este, quieto de esa quietud suya de trabajo, las orejas altas y la nariz leyendo el viento como leo yo los pulsos.
No es la primera vez esta semana. Anda así desde la fiebre.
Vigilante de más, madrugador de más, con escapadas al monte a deshoras y vueltas con los ojos llenos de algo que no me cuenta.
—¿Qué oyes tú que yo no oigo? —le pregunto, acercándome a su lado, mirando al este con él, donde no hay más que monte azuleando—. Llevas días raro. Como quien ensaya algo, o como quien vigila algo, y contigo nunca sé cuál de las dos, que eres de secretos como otros son de pulgas.
El lobo me mira de reojo, me regala un golpe de hocico en la mano, su moneda nueva desde el abrazo, y vuelve al este. Y yo lo dejo estar, porque así nos queremos en este claro. Cada cual con sus páginas cerradas y la confianza de que se abrirán a su hora.
—Pues sea lo que sea —le digo, ya con el sol cayendo, sentada en mi piedra con él pegado al costado y mi mano trabajándole la oreja buena, que estos lujos ya son de diario—, mañana hago guiso grande.
De los de domingo, aunque caiga en martes.
Tengo el ánimo de celebrar y ninguna fiesta a mano, conque la invento.
Celebraremos el deshielo, las habas futuras y que esta convaleciente vuelve a cargar la azada.
Trae buen apetito y trae las orejas, que pienso dar discurso.
El ronroneo de contrabando me contesta que el discurso será atendido.
Nos quedamos así el rato largo del crepúsculo, él derramado contra mi falda y yo mirando cómo el claro cambia de luz, y en algún momento me sorprendo tarareando, bajito, la canción de moler de mi madre, la de los días buenos, y caigo en que es la primera vez que me sale sola desde que ella no está.
Las canciones también saben cuándo volver.
Se va antes que otras noches. Se levanta con la primera estrella, me deja un golpe de hocico en la mano, más largo que de costumbre, casi un apoyarse, la frente entera contra mi palma un momento que se estira, y toma hacia el este a un trote serio que no es el suyo de las despedidas.
—¡Oye! —le grito a la linde, medio en broma y la otra mitad no—. ¡Que mañana hay guiso grande! ¡No me dejes plantada, que el tuétano no se gasta en cualquiera!
La cola me hace un vaivén desde la linde, su manera de firmar los tratos, y la oscuridad se lo traga.
Me quedo un rato en el umbral, mirando el sitio oscuro por donde se ha ido.
La noche está tibia y el arroyo habla y las campanillas blanquean a la luz que queda, y todo está bien, todo está mejor que bien, todo está como nunca ha estado.
Cierro la puerta, atranco por costumbre y me acuesto haciendo la lista del guiso grande.
El tuétano, la sal de las fiestas, laurel del nuevo.
Tardo en dormirme, y no sé por qué.