La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

El primer día sin ella me lo trago con disciplina. El segundo, la disciplina y yo dejamos de hablarnos.

La despedí con la voz rasposa y las orejas bajas, mañana estaré nueva, y a la tarde siguiente el claro me recibe mudo.

El postigo ciego, la chimenea sin humo, y dentro una respiración que no es la suya.

Es corta, rota, con un hervor al fondo que conozco de la noche del crío del yesero, y huele a lo que huele la fiebre cuando aprieta.

A metal y a tomillo y a miedo dulzón. Dejo la pieza del día junto a las de ayer, que siguen donde las dejé, intactas, y esa hilera de caza sin recoger es la cosa más elocuente que he visto en mi vida.

Monto la guardia pegado al muro y la oigo pelear la noche entera.

Los dientes, la sed, los pasos que se intentan y se caen, el golpe sordo de un cuerpo que no llega al fuego, y cada ruido me pasa por encima como pasa un carro.

Hay un infierno hecho a la medida de los que guardan.

Estar a un muro de distancia del peligro y que el peligro sea de los que no se pueden morder.

Al amanecer del segundo día, el fuego de dentro se muere.

Lo oigo morirse, el chisporroteo adelgazando, el silencio frío ganando la estancia, y hago lo que no he hecho en todas mis guardias: la dejo sola una hora.

Cruzo el monte a la carrera que solo este cuerpo sabe, tomo forma de hombre tras el establo y saco a mi madre de la cama con los nudillos.

Me escucha en el umbral, con el manto sobre el camisón, sin interrumpir. La roca del río, la fiebre, dos noches, el hervor del pecho, la sed, el fuego muerto.

—¿Bebe?

—No puede. Lo intenta y no llega.

—Pues por ahí se muere la gente, no por la fiebre.

—Mi madre no adorna ni a estas horas—. Agua a los labios con un paño empapado, gota a gota, sin prisa, aunque tardes la noche.

Fuego vivo, que el frío de marzo mata más que el mal.

Y calor pegado al cuerpo, que la tiritona gasta lo que la fiebre no se lleva. ¿Me has entendido?

—Entendido. —Y me quedo, un latido, con lo que de verdad vine a preguntar—. Madre. Para hacer todo eso hay que entrar. Cinco años sin pisar su casa. Si despierta y me ve...

—¿Y me lo preguntas? —Me mira cómo me miraba a los siete años, cuando dudaba en lo evidente—.

Entra. Las leyes de cinco años valen menos que tres días de fiebre, y si despierta y te ve, le dices la verdad, que ya va siendo hora por las malas si no pudo ser por las buenas.

Anda. Corre. —Y cuando ya me voy, su voz me alcanza en el patio, baja y firme—.

Cael. Tráemela viva al deshielo, que tengo salvia dicha y mesa puesta.

Vuelvo al claro con la lección sabida y ahí se acaban las leyes.

El postigo que cierra mal. El que nunca arreglé, el único descuido que me consentí en esta cabaña, y a saber si alguna parte de mí lo dejó cojo a propósito para una noche como esta.

Cede a la segunda maña, de hombre, con las manos que ella me preguntó dos veces si tengo.

Tengo, muchacha. Y esta noche, por fin, van a servir de algo más que de plantar flores.

Entro en su casa por primera vez en cinco años, y su casa me cae encima entera.

Es pequeña. Lo sabía y no lo sabía. Cabe en cuatro zancadas, y en esas cuatro zancadas está toda su vida puesta en orden de batalla.

Los manojos colgando de la viga por familias.

El vasar con sus dos cuencos, el desportillado y el sagrado.

La banqueta buena junto al fuego, para las visitas que no vienen.

La labor doblada con sus puntadas furiosas.

Cinco años oliendo esta casa por las rendijas y verla por dentro es como leer entera una carta de la que solo conocía el sobre, y no hay tiempo, porque en el jergón del rincón arde lo que importa.

Arde. Esa es la palabra. Tirita ardiendo, encogida bajo una manta que no abriga lo que hay que abrigar, con el pelo de plata pegado a las sienes y los labios cuarteados moviéndose en sueños, y al verla así de pequeña, de gastada, de sola, entiendo con el cuerpo entero una cosa que sabía con la cabeza.

Que esta mujer lleva años ganándole la partida al invierno con los puños desnudos, y que nadie, nadie en toda la comarca, le ha sostenido jamás una fiebre.

Pues se acabó esta noche.

Primero el oficio, que algo se pega de una madre curandera.

Avivo el fuego con la leña gorda, arrimo el cubo del agua al alcance de su brazo, le acerco a los labios el agua con un paño empapado, gota a gota, como vi hacer a mi madre con los que no pueden beber.

Bajo la manta gruesa del arcón y la arropo.

Y después, lo otro, lo que ningún físico receta y todos los lobos sabemos de nacimiento: el calor.

Me tumbo en su forma de lobo pegado a su espalda, todo el costado contra ella por encima de la manta, el horno entero de este cuerpo trabajando para su tiritona, y ajusto mi respiración a la suya rota para irla trayendo, despacio, a un compás mejor, que es lo primero que se le hace a un cachorro con frío y lo último que se me ocurre mejor para una mujer con fiebre.

Funciona. A medias, a ratos, a su paso. La tiritona afloja contra mi costado, la respiración se le va colgando de la mía, y yo monto desde dentro la guardia que llevo media vida montando desde fuera, y son dos guardias distintas, que el muro lo cambia todo.

Aquí dentro se oye lo que el muro robaba, el quejido pequeño, el suspiro de alivio cuando el calor prende, el nombre de las hierbas que murmura en el duermevela, que hasta delirando esta mujer repasa el oficio.

Y en lo peor de la madrugada, cuando la fiebre delira de verdad, habla.

Llama a su madre dos veces, con voz de niña, y a mí se me parte lo que quedaba por partir.

Y una vez, ya de mañana, con la frente por fin húmeda de sudor bueno, dice otra cosa.

Una palabra. La dice hacia atrás, hacia mi calor, arrimándose.

Lobo.

Dormida. Ardiendo. Y me ha encontrado igual.

Dos noches hago la misma guardia por dentro, saliendo al alba por el postigo cojo, borrando lo borrable, dejando el fuego cebado y el agua a un brazo, y la tarde del tercer día su respiración cambia de país.

Se vuelve larga, honda, la de la fiebre vencida, y yo me retiro a la linde a esperar el milagro de costumbre, que es verla abrir la puerta.

La abre a media tarde, envuelta en la manta, pálida como la cera nueva y viva, viva, viva, y cruzo el claro sin acordarme de mi calma y la reviso entera a hocico, los pies, las manos, la cara, tachando males de la lista, y ella se ríe floja y se deja, ya lo sé, las del oficio somos las peores enfermas.

Y luego me cuenta su fiebre, y al llegar al sueño, me cuenta el sueño.

El calor grande pegado a su espalda. El peso, el latido, el corazón de tambor lento contra sus costillas. Que no quería despertarse por no perderlo. Que la fiebre te inventa lo que más falta te hace y luego te lo quita.

No era la fiebre, muchacha de las hierbas. Era yo. No te inventaste nada. Te lo trajeron, y nadie va a quitártelo, y el día que sepas leer las huellas te voy a contar también las de dentro de tu casa, las dos noches enteras, y entenderás por qué tu manta huele a bosque y tu fuego no se murió.

Aguanto la confesión a pie quieto, que aguantar es mi oficio, y entonces ella hace lo que no estaba en ningún plan de los míos. Se deja caer de la piedra a la hierba, de rodillas, y me abraza.

Me echa los brazos al cuello. Hunde la cara en mi pelaje. Y me abraza con unas fuerzas que no tiene, llorando lo justo, lo atrasado, y me da las gracias por todas las cosas sin saber ni la mitad de las cosas, y me nombra lo que soy: su único amigo. Su único amigo en el mundo entero.

Hay que haber esperado cinco años un abrazo para saber lo que pesa.

Yo me quedo quieto primero, quieto de no creérmelo, y después me dejo ir contra ella todo lo despacio que el ansia permite, la cabeza sobre su hombro pequeño, apretando lo que un cuello de lobo sabe apretar, y cierro los ojos en su pelo de plata y pienso, con la única claridad que me queda: aquí.

Era aquí. Veintidós años preguntándome para qué tanto cuerpo, tanto horno, tanta guardia, y era para esto.

Para que una convaleciente del bosque de Strathos tuviera donde llorar lo atrasado.

Cuatro días, me digo esa noche, de vuelta por la vaguada. Cuatro días para el deshielo pleno y el ovillo entero. Después del abrazo de hoy, ya ni el miedo me sabe igual.

Y entonces lo huelo otra vez.

Hierro engrasado. En el viento del este, más cerca que el martes, mezclado ahora con sebo de botas y humo frío de un vivac sin llama.

Ya no es un rastro: es una constancia. Hay un hombre viviendo a la espera en mi bosque, y los hombres que esperan en los bosques con hierro engrasado solo esperan una cosa.

Mañana lo busco. Mañana doy con su vivac, le pongo cara, y entre mi padre y yo lo sacamos de estas tierras como se sacó al tratante: sin ruido y sin vuelta.

Mañana.

Hay palabras que no perdonan, y esa es la que menos.