CAPÍTULO 23
La culpa es de la roca del río, del deshielo, y mía, por este orden.
Bajo a lavar con la crecida alta, piso donde he pisado mil veces, y la roca, lamida por el agua nueva, me despide sin aviso.
Medio cuerpo al agua helada, la ropa empapada hasta el alma, y legua y media de vuelta con el viento del norte cosiéndome la ropa mojada al cuerpo.
Para cuando llego a la cabaña ya voy tiritando de esa manera honda que las del oficio conocemos bien en los demás y negamos siempre en nosotras.
—No es nada —le informo al fuego, mientras me cambio—. Un caldo, tomillo, y a sudarlo. Mañana ni me acuerdo.
Los del oficio somos los peores enfermos del mundo, eso también lo decía mi madre, y como en todo, llevaba razón.
Me doso mi propio remedio, me riño la flojera, le saco al lobo su cena con la voz ya rasposa y lo despacho temprano, que no quiero contagiarle la murria, si es que los lobos se amurrian.
—Mañana estaré nueva —le prometo desde el umbral, y el animal se queda mirándome con las orejas bajas, sin irse, hasta que cierro—. Que sí, pesado. Nueva.
Es la última cosa entera que recuerdo en dos días.
Lo demás me llega en pedazos, como llegan los naufragios a las playas.
La noche poniéndose espesa. El frío y el calor turnándose en mi cuerpo como dos acreedores.
Yo intentando llegar al fuego para echarle leña y el suelo subiendo a buscarme a mitad de camino, y después el jergón otra vez, no sé cómo, y la sed, una sed de arenal, y la certeza flotante, sin miedo siquiera, de que esto era el garrotillo de los mayores y de que estaba sola, sola con la palabra fiebre, que en una cabaña del monte es la palabra más grande que existe.
Y los sueños.
Sueño con mi madre machacando hierbas y cantando bajito, y la canción no se acaba nunca y yo no quiero que se acabe.
Sueño con el río del deshielo llevándome, y esta vez no hay orilla, y grito sin voz, como se grita en las fiebres, y el río se vuelve frío y el frío se vuelve el de verdad, el del jergón, el de la casa sin fuego.
Y sueño, sobre todo, el sueño grande, el que vuelve cada vez que los otros me sueltan: un calor.
Un calor enorme pegado a mi espalda, del tamaño de mi espalda entera, un calor con peso y con latido, un corazón grande y lento sonando contra mis costillas por detrás, y un aliento que no es el mío acompasándose al mío, despacio, con paciencia, hasta que el mío deja de ir a trompicones y aprende el paso.
Y en el sueño yo no pregunto qué es, porque en el sueño lo sé.
Es lo que se siente cuando alguien te guarda.
Me arrimo a ese calor como se arrima la cría al costado, y la fiebre, que todo lo quema, a ese sueño no lo puede quemar.
Cada vez que el río me suelta, el calor me recoge.
Así dos noches, o veinte, o las que fueran, que la fiebre no lleva calendario.
Despierto al tercer día con la camisa empapada de sudor frío, que es la bandera blanca de las fiebres, y la cabeza hueca y mía otra vez.
Tardo un rato en hacer inventario, porque el cuerpo me responde como responde la servidumbre vieja, tarde y de malas.
Estoy viva, lo primero. La fiebre, rendida.
Y la casa... la casa está rara, y en mi estado tardo en saber por qué: el fuego.
El fuego tiene brasas vivas, gordas, de leña reciente, y yo no recuerdo haberlo alimentado, aunque tampoco recuerdo no haberlo hecho, que la fiebre ordena las horas a su manera.
El cubo del agua está a un paso del jergón, y juraría que lo dejé junto a la puerta.
Y la manta de arriba, la del arcón, me huele a bosque.
Me la acerco a la cara, ahí tirada en el jergón, sin fuerzas ni para extrañarme con propiedad. Bosque, y animal limpio, y ese algo caliente sin nombre que se me quedó en las manos la tarde del primer tacto.
—Lo que es la fiebre —murmuro, y la voz me sale de estraza—. Hasta los olores te receta.
Habré echado la leña sin memoria. Habré arrastrado el cubo en algún viaje perdido.
La manta olerá a mis propias manos, que llevan semanas oliendo a él de tanto malcriarlo.
Cada cosa tiene su explicación de a pie, y yo las cojo todas y las dejo en su estante, como dejo las hierbas, cada una con su nombre y su virtud, porque ordenar explicaciones es lo que hacemos las del oficio cuando el mundo amenaza con ser más grande que nosotras.
La otra explicación no me la puedo permitir.
La otra explicación tiene postigos que ceden y manos que vigilan fiebres, y me la guardo donde guardo el sueño del calor, en el sitio de las cosas demasiado buenas, que es un sitio que este invierno no para de llenarse.
Salgo al umbral a media tarde, envuelta en la manta, con las piernas de lana, y el claro me da la bienvenida con el sol bajo y con él.
Está en la linde, de pie, y según me ve aparecer cruza el claro entero sin su calma de siempre, a paso largo, y se planta delante de mí y me revisa.
Así, como suena: me revisa. El hocico me recorre de los pies a las manos, las manos, la cara, resoplando a cada parada como un físico que va tachando males de la lista, y cuando acaba el reconocimiento se sienta delante de mí y me mira con un reproche tan humano que me arranca la primera risa floja de la convalecencia.
—Ya. Ya lo sé. —Me dejo caer sentada en la piedra del umbral, que el cuerpo no da para más ceremonia—. Dije mañana estaré nueva y han sido tres. Las del oficio somos las peores enfermas, ¿qué quieres que te diga? Viene de fábrica.
Entonces veo la linde, y la linde me cuenta sus tres días: la caza amontonada.
Una liebre, dos perdices, una trucha ya perdida para el mundo, puestas en fila junto a la piedra plana, las entregas de cada tarde que nadie salió a recoger, y el animal trayendo la siguiente igual, contra toda lógica de despensa, porque lo suyo no era despensa.
Era recado. Estoy aquí. Sigo aquí. Sal cuando puedas.
—Has venido todos los días —le digo, y no es pregunta—.
Con la casa muda y la cena sin sacar, has venido todos los días y has dejado tu parte.
—Señalo la hilera con la barbilla—. La trucha la lloraremos juntos, que ya no tiene arreglo.
Las perdices, esta noche, en caldo. Me toca a mí cocinar para los dos hasta que me sostenga, que las deudas de fiebre se pagan en caldo, eso es ley vieja del oficio.
Le cuento la fiebre como se cuenta una batalla perdida y ganada, a trozos y quitándole hierro, y al llegar al sueño me oigo contárselo también, porque a él se lo cuento todo y porque los sueños, contados, pesan menos.
—Y soñé una cosa, lobo. La soñé muchas veces, creo, o una vez muy larga.
Soñé que algo grande y caliente me guardaba la espalda.
Con su peso, con su latido y todo, un corazón de tambor lento aquí detrás.
—Me toco las costillas, por detrás, donde el sueño vive—.
Y no quería despertarme, fíjate lo que te digo.
Con la fiebre que tenía, y yo no quería despertarme por no perder el calor aquel.
—Me río flojo, moviendo la cabeza—. Lo que es la fiebre, ¿eh?
Te inventa lo que más falta te hace y luego te lo quita.
El lobo me está mirando de una manera nueva. No sabría escribirla. Es la mirada de alguien que aguanta algo con todo el cuerpo, y me la sostiene mientras hablo del sueño como si el sueño fuera suyo, y de pronto, sin que medie nada, me sube de dentro una ola que no es de la fiebre.
Porque he estado sola. Tres días en el filo, sola, con trece años otra vez por dentro, y mi madre en los sueños y nadie en la casa, y se acabó, ya pasó, estoy viva, y él está aquí, ha estado aquí cada tarde de mi convalecencia me consta porque las piezas de caza se han ido amontonando en la linde sin que yo pudiera recogerlas, y la ola me puede, me puede entera, y hago lo que no he hecho nunca con nadie que no fuera mi madre.
Me dejo caer de la piedra a la hierba, de rodillas, y lo abrazo.
Le echo los brazos al cuello, hundo la cara en el pelaje hondo y caliente, y lo abrazo con todo lo que tengo, que hoy no es mucho y es todo, y lloro un poco, lo justo, lo atrasado, y él se queda quieto primero, quieto de no creérselo, y luego siento su peso venirse despacio contra mí, su cabeza enorme bajar sobre mi hombro y apretar, devolviéndome el abrazo como lo devuelven los que no tienen brazos: con todo el cuerpo.
—Gracias —le digo al pelaje, donde nadie más lo oye—.
No sé por qué te las doy, ni por cuál de todas las cosas.
Por todas. Por estar en la linde cuando he abierto la puerta.
Por ser mi único amigo, que lo eres, ¿lo sabías?
Mi único amigo en el mundo entero. Vaya cosa te ha tocado ser, criatura.
Con lo grande que es el mundo y lo raros que somos los dos.
Nos quedamos así hasta que el sol se va, una convaleciente y su lobo abrazados en un claro del bosque de Strathos, y si alguien nos hubiera visto habría salido corriendo a contarlo a las tabernas, y por una vez, que lo cuenten. No sabrían ni por dónde empezar.