La única mujer del lobo (Los hijos de Morvenna 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Cinco años soñé con esa mano, y los sueños, hay que decirlo, se quedaron cortos.

La decisión la tomé yo, eso que conste en mi descargo.

Dos pasos y el costado contra su falda, el viejo truco de ponerse a tiro, que con ella es la única táctica que me ha funcionado siempre.

Lo que no decidí fue lo demás. Ni la estatua en que me convertí cuando sus dedos me cayeron entre las orejas, porque hay momentos tan esperados que el cuerpo no se cree que hayan llegado y se queda en guardia por si son emboscada del deseo.

Ni el suspiro con que me rendí. Ni, que el cielo me perdone, lo otro.

El ruido.

Yo no sabía que mi pecho hacía ese ruido.

Veintidós años habitando este cuerpo en sus dos formas y el muy traidor se guardaba un retumbo de gato de molino para la noche más importante de mi vida.

Detrás de la oreja izquierda, dos rascadas, y el heredero de Strathos ronroneando en el regazo de su mujer como una olla al fuego manso.

Ella paró la mano y el ruido paró, y yo pensé sálvese lo salvable, y movió los dedos y el ruido volvió, porque mi cuerpo, puesto a elegir entre el decoro y sus manos, no ha dudado ni dudará.

Y su risa. Su risa entera rodando por el claro, plata ofrecen por tu piel y resultas de contentar más fácil que un gato de molino, y yo con la cara escondida en su falda dejando que se ría de mí todo lo que quiera, todos los años que quiera, porque he echado los números y salen.

Por esa risa, a ese precio, la dignidad me sobra entera.

Y después, con la primera estrella, lo dijo.

Mi lobo.

Lo dijo probándolo, como quien estrena una palabra guardada, y me contó que se la traga desde la primera linde, y luego la afirmó entera.

Tú eres mío, y se acabó la discusión, que no la había.

Y no la había. Cinco años siendo suyo de contrabando, sin papeles ni testigos, y por fin la dueña me pone el título en voz alta, con la mano en mi oreja y el claro de notario.

De todos los nombres que llevo, hijo de laird, heredero de Strathos, demonio del bosque, ninguno me ha quedado nunca tan a la medida.

De lo del fuego, dos noches después, diré lo mínimo y bajo protesta.

Es verdad. Todo. La empujé con el hocico dos veces porque llevaba un cuarto de hora dándole sus dos manos a una chimenea, y la chimenea ni le trae caza ni le guarda las tormentas, y me pareció, lo sostengo, un reparto injusto.

Vuelvo al torreón ya con el alba, hecho una cosa que no camina, sino que flota, y mi madre, que está en el huerto de las hierbas con la primera luz, me ve pasar y no necesita más.

—Vaya cara traes, hijo. —Se endereza, se sacude la tierra de las manos—. ¿Qué ha pasado?

—Me ha tocado.

Lo digo así, sin adorno, porque con mi madre los adornos estorban, y ella se queda un momento midiéndome, y lo que sea que ve la hace sonreír de esa manera suya escasa, la que guarda para las cosechas buenas.

—Cinco años —dice—. Más despacio que tu padre, y mira que tu padre. —Recoge su cesta, me la cuelga del brazo, que en esta casa el que flota carga—. Entra, desayuna doble, y luego me cuentas lo que vienes a contarme desde hace días, que se te ve venir desde la solana.

Se lo cuento en la despensa, con la puerta cerrada, como las cosas grandes de esta familia: la fecha. Cuando acabe el invierno. En cuanto el deshielo abra el claro y los días alarguen, se acabaron las hebras. Le enseño el ovillo entero.

Mi madre escucha sin interrumpir, que es su manera de tomarse en serio las cosas, y cuando acabo no me pregunta si estoy seguro, ni me repite el aviso del roble, ni me mienta los riesgos, que los llevamos sabidos los dos. Pregunta lo otro, lo práctico, porque mi madre es ante todo mujer de oficio.

—¿Cómo?

—De día. En su claro, que es terreno de ella.

Yo en mi forma de lobo, ella sentada en su piedra, a la distancia que ella quiera.

Y cambiar delante de sus ojos, despacio, sin esconder nada.

—Lo he pensado cien noches y se nota, porque me sale de corrido—.

Nada de aparecérmele de hombre y explicarle después, que eso es un desconocido con un cuento.

El lobo es quien tiene su confianza. Que sea el lobo quien se la entregue al hombre, delante de ella, de una mano a la otra.

Mi madre lo rumia con los ojos entornados, dándole vueltas como le da a un diagnóstico, y al cabo asiente, una vez, de las suyas.

—Está bien pensado. De día, en lo suyo, y que lo vea venir.

—Levanta un dedo—. Tres cosas más, y las tres van a misa.

Una. Que ese día no haya comido tu guiso ni tú el suyo, que las revelaciones con deuda reciente saben a cobro.

Dos. Cuando estés en tu forma de hombre, no te acerques tú; que la distancia la cierre ella o no se cierre.

Y tres. Lleva ropa, criatura, por la santa paciencia, que conozco a los de tu sangre y sé cómo acaban estos lances.

La muchacha bastante va a tener con el prodigio para que encima le amanezcas en cueros.

—Madre.

—Ni madre ni nada. Ropa. En un zurrón, tras las rocas.

—Y ya abriendo la puerta de la despensa, con la sesión levantada, se le escapa lo último en otro tono, el de muy adentro—.

Cuando acabe el invierno, entonces. Bien.

Ya era hora de que esta casa pusiera un cubierto más en la mesa de verdad, y no solo en mi arcón de hierbas.

—Madre. —La detengo con la voz antes de que cruce el umbral—. Si sale mal. Si me ve cambiar y lo que ve la espanta. ¿Qué hago?

Se vuelve a medias, con la mano en la puerta, y se toma la pregunta el tiempo que la pregunta vale.

—Lo que hace el lobo desde hace cinco años —contesta al fin—.

Quedarte a la distancia que ella ponga, y volver al día siguiente.

El espanto, hijo, es como la fiebre. Hay que dejar que suba y que baje, y no abandonar al enfermo a medianoche.

Esa muchacha ha visto las dos huellas en la nieve y te ha puesto la cena.

El cimiento aguanta más de lo que tú te crees.

—Y se va, y desde el pasillo me llega el remate—.

Y la ropa, Cael. Que te conozco la sangre.

Los días siguientes los gasto en los preparativos del que solo tiene un tiro.

Camino el claro a horas nuevas midiendo luces, elijo la mañana, y ensayo en la vaguada el cambio lento, que nunca lo he hecho despacio y despacio cuesta el doble, como aguantar el aliento al revés.

A la tercera mañana de ensayo, Oisín me cae del cielo, casi literal.

Baja la ladera en su forma de ciervo, toma la humana tras las rocas y aparece silbando, con las preguntas ya en la cara.

—Conque aquí ensaya el artista. —Se sienta en una piedra como en un palco—. Bríde no suelta prenda y me amenaza el laúd, conque he venido a la fuente. ¿Cuándo?

—A su hora.

—Esa hora tiene cara de ser esta semana, hermano, que andas midiendo luces como un pintor de retablos. —Y como no contesto, cambia el pie, que Oisín tiene más entradas que un castillo—. Está bien. No pregunto el día. Pregunto otra cosa: ¿qué hago yo?

—¿Tú?

—Yo. Algo habrá. Vigilar un camino, espantar curiosos, sostenerle la jarra a alguien. En las baladas el hermano del héroe siempre hace algo, y me niego a salir en la mía tocando el laúd en la retaguardia.

Lo miro, y por una vez le contesto en serio, porque en serio lo pregunta.

—Reza lo que sepas. Y ten la cerveza fría para cuando vuelva, sea con la noticia que sea.

—Hecho. —Me tiende la mano y se la estrecho, y la sonrisa le vuelve a medio gesto—. La cerveza fría y el cuarto verso listo. Tengo dos finales compuestos, uno de boda y otro de funeral. Procura que rime el primero.

Siete días. El deshielo viene corriendo monte abajo, los días alargan, el claro se despereza. Siete días y se acaban las hebras, el ovillo entero en sus manos, y que sea lo que ella decida, que para eso lo ha ganado.

Solo una cosa me roza el ánimo en toda la semana, y la dejo pasar como se deja pasar un mal olor en el viento. Bajando al claro el martes, cruzo un rastro de hombre donde no suele haberlos, monte adentro, fuera de senda. Botas gastadas, paso de espera, y un olor frío que tarda en irse de la nariz.

Hierro engrasado.

Me digo que será un furtivo de lazos, que los marzos traen hambres viejas, y sigo mi camino con la cabeza en mis siete días.

Es la última vez en mi vida que dejo pasar un rastro.