CAPÍTULO 21
Desde la noche del tratado, la distancia entre nosotros se ha muerto del todo, y nadie la llora.
Ahora cena a mi lado. No a seis pasos, no a dos.
Al lado, su bulto enorme tumbado junto a mi piedra del umbral, tan cerca que el calor que suelta me hace de brasero y el vaho de su respiración se cruza con el mío.
Me trae el cuenco al acabar, escucha mi tertulia con la cabeza en las zarpas, y se queda hasta que la vela dice basta.
Solo falta una cosa entre nosotros, una sola, y mis manos llevan semanas pidiéndomela cada noche con un hambre que no les conocía y que ya no sé dónde guardar.
Tocarlo.
No lo he hecho nunca. Cinco años, y ni un dedo.
Al principio por miedo, después por respeto, y de un tiempo a esta parte por algo más raro que no sé nombrar.
Porque tocar es cruzar, y las cruzadas, en este claro nuestro de cortesías largas, las ha ido marcando siempre él.
Él acortó los pasos. Él bajó a mis pies.
Él se pegó a mi muro. Y yo espero mi turno sin saber si me toca, valga el juego.
Lo de mis manos viene de lejos y lo sé contar.
La última persona a la que toqué por gusto fue mi madre, y de eso hace cinco inviernos.
Desde entonces toco por oficio, que es otra cosa.
La frente de un crío con fiebre, el tajo de un pastor, la rodilla de Maired.
Tocar midiendo, tocar curando, tocar de paso.
Las manos de una curandera trabajan todo el año y no cobran nunca en su moneda, y una se acostumbra, como se acostumbra a todo, hasta que un animal imposible se le instala a un palmo y las manos empiezan a reclamar atrasos.
Hasta que una tarde de deshielo el turno me lo da él.
Pasa así: estoy sentada en la piedra, con la labor en el regazo y la última luz dorando el claro, y él se levanta de su sitio, da dos pasos, y se tumba pegado a mí.
Pegado. Su costado contra mi falda, su cabeza a la altura de mi rodilla, todo ese animal del tamaño de un ternero acomodado contra mi costado como si mi costado fuera suyo de toda la vida, y se queda quieto, con los ojos de ámbar entornados hacia el claro, esperando.
Porque está esperando. Lo sé como sé las hierbas. Se ha puesto al alcance de mi mano a propósito, y ahora respira despacio y espera, y el corazón se me sube a un sitio absurdo de la garganta.
—Voy a hacer una tontería —le aviso, con la voz más baja del invierno—. Llevo queriendo hacerla desde hace más tiempo del que pienso confesar. Avísame si muerdes.
Extiendo la mano. Despacio, muy despacio, como se acerca la mano a un remedio que hierve, y la dejo caer sobre su cabeza, entre las orejas.
El lobo se queda de piedra.
Quieto entero, hasta la respiración, un animal convertido en estatua bajo mis dedos, y por un momento pienso que me he equivocado de umbral y de noche y de vida.
Y entonces, despacio, como se vence un tronco, suelta el aire en un suspiro larguísimo y deja caer la cabeza en mi regazo, entregándomela, y el claro entero se queda en silencio para mirar.
Su pelaje es dos cosas. Áspero por fuera, donde el invierno y la lluvia han hecho su oficio, y debajo, cuando los dedos se hunden, suave como el plumón nuevo, con un calor de horno bien llevado.
Acaricio la cabeza primero, con miedo de romper algo, y como nada se rompe me suelto.
Detrás de las orejas, donde el pelo se arremolina, y el lobo empuja contra mi mano; el cuello, hondo y fuerte; el lomo, que sube y baja con una respiración cada vez más larga, cada vez más rendida.
Cinco años de distancia se me deshacen entre los dedos, y este animal terrible, este demonio de taberna, esta leyenda de la comarca, se derrite contra mi falda como se derrite la cera, hasta quedarse hecho un derrame de lobo al sol que ya no calienta.
No hay nada raro en esto. Eso es lo que pienso mientras lo acaricio y la última luz se va. Que debería ser raro y no lo es. Es lo más sencillo que he hecho en años. Es como volver a un sitio.
El claro oscurece a nuestro alrededor sin que ninguno de los dos lo estorbe.
La cabeza le pesa en mi regazo lo que pesa un mundo bien puesto, y yo le hablo bajito mientras trabajo, de nada, del deshielo, de las campanillas que aguantan, palabras de relleno que no son relleno porque llevan la voz, y la voz, he aprendido este invierno, es la mitad de lo que este animal viene a buscar a mi claro.
De cuando en cuando paro, por probar, y él abre un ojo de ámbar y me lo deja claro sin moverse: ni se le ocurra.
Y sigo, y el ojo se cierra, y así se nos va la tarde entera, la primera tarde de mi vida adulta que se me va en acariciar a alguien, y que el cielo me explique cómo he podido vivir dieciocho años sin saber que esto existía.
Y entonces, con los dedos trabajando detrás de su oreja izquierda, lo oigo.
Un ruido. Hondo, grave, continuo, naciéndole del pecho como nace el hervor de una olla tapada, un retumbo manso que no es gruñido ni es queja ni es nada que yo le haya oído a animal alguno. Me quedo con la mano parada y el ruido se para. Muevo los dedos y el ruido vuelve.
—No. —Me agacho a mirarlo a la cara, que él esconde contra mi falda—.
No puede ser. ¿Eso ha sido un ronroneo? —El retumbo sigue a lo suyo, delatándolo—.
¡Ha sido un ronroneo! ¡El lobo de Strathos ronronea!
—La risa me puede y la suelto entera al claro—.
¡El terror de las tabernas! ¡El demonio del bosque!
¡Plata ofrecen por tu piel, criatura, y resultas ser de contentar más fácil que un gato de molino!
¡Si lo supiera el tratante! ¡Dos rascadas detrás de la oreja y te llevaba a casa andando!
El lobo levanta la cabeza con su dignidad de Maired ofendida, me mira un instante con esos ojos de ámbar que dicen tú sabrás lo que haces con esta información, y la vuelve a dejar caer en mi regazo, empujando la oreja contra mis dedos, porque entre la dignidad y las rascadas este señor tiene claras las prioridades.
Lo acaricio hasta que sale la primera estrella, hablándole de todo y de nada, y en algún momento, con su cabeza pesándome en el regazo y su calor subiéndome por las manos, se me sale del pecho lo que llevo cinco años tragándome a la puerta de los labios.
—Mi lobo —le digo. Así, sin más, probándolo en voz alta por primera vez, y la palabra me sabe a verdad vieja—.
Hala. Ya lo he dicho. Cinco años tragándomelo, desde la primera vez que te vi en la linde, mi lobo, casi digo entonces, y me lo tragué porque los lobos no son de nadie.
—Le rasco la oreja buena, y el ronroneo de contrabando me contesta—.
Pues mira, me retracto. Los lobos no serán de nadie.
Tú eres mío. No sé de quién más serás, ni qué serás cuando no eres esto, ni me importa esta noche.
Aquí, en este claro, con la cabeza en mi falda, eres mi lobo.
Y se acabó la discusión, que no la había.
Esa noche, fregando el cuenco, me miro las manos al trasluz de la vela.
Huelen a él, a bosque y a animal limpio y a algo caliente sin nombre, y caigo en la cuenta de una cosa que me deja quieta con el paño a medio camino: hoy he tocado a alguien.
Por primera vez desde mi madre, he tocado a alguien por gusto, no por oficio.
Cinco años curando cuerpos sin que ninguno me dejara nada en las manos, y esta noche las tengo llenas.
Y desde esa tarde, claro, el señor se malacostumbra, que las cortesías nuevas crían derechos viejos en tres días.
Lo descubro la noche del viento sur, dos días después.
Estoy agachada ante la chimenea, peleándome con un fuego que el viento empuja chimenea abajo y que se me ahoga a cada intento, y le dedico al asunto toda mi atención y mis dos manos, que es lo que el asunto pide.
Y a media faena, un hocico. Un hocico enorme empujándome el hombro, sin ceremonia, con el aplomo de quien reclama lo suyo.
—Ahora no, que se me apaga. —Soplo las brasas. El hocico vuelve, más firme, y me desencaja el soplido—. ¡Lobo! ¿No ves que estoy con el fuego?
El lobo mira el fuego. Me mira a mí. Vuelve a mirar el fuego con un desprecio tan limpio que casi lo oigo, y me empuja el hombro por tercera vez, y entonces lo entiendo, y me siento en los talones para mirarlo con toda la incredulidad que la escena merece.
—No me lo puedo creer. ¿Estás celoso de la chimenea?
—El lobo sostiene la acusación sin pestañear—.
Del fuego. Estás celoso del fuego, criatura, porque le estoy dando a él las manos.
Cinco años espiándome por la ventana con una paciencia de santo y ahora no aguantas ni el rato de prender un fuego.
—Le planto una mano entre las orejas, y el muy sinvergüenza se derrite en el sitio, con ronroneo de contrabando incluido—.
Que lo sepas. Te has echado a perder en una semana. Y la culpa es mía, que malcrío.
Mi madre decía que las manos de curandera se gastan dando. Las mías, hoy, han cobrado, y por lo visto van a seguir cobrando, que el cliente ha resultado de los fieles.